arbada

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26/03/2009

FELICIDAD



     La realidad es que hay situaciones de la vida en las que cuesta ser feliz. Por ejemplo cuando la cabeza nos da vueltas en torno a los problemas de nuestros hijos. A los que sufrimos sus trastornos de la conducta alimentaria nos resulta difícil concentrarnos en otros temas porque lo nuestro se vuelve obsesivo. Decimos, “ no se si hago las cosas bien cuando le trato” y por eso las repaso constantemente, o mantengo en mi cabeza aquella frase que le dije y que no debí decir, aquel tono de voz que sonó más de lo previsto o aquel toque de ironía que me perdió, esa sonrillilla que venía a decir “tu que sabrás, listo, tu que sabrás, lista”. Embrollos mentales que no podemos evitar.

Otras veces más tranquilo o más tranquila, que lo mismo puedo ser uno que otra, me relajo y pienso que soy así, tal como me expreso y que le vamos a hacer, he de admitirlo. En mi ánimo está actuar de una manera adecuada, correcta, que no complique las cosas pero a la hora de la verdad meto la pata. Me veo como un espectador que dice lo que hay que hacer pero no sabe hacerlo, como un taurino que grita en la grada y nunca bajará al ruedo, o como aquel que dijo eso de una cosa es predicar y otra dar trigo.

En medio de esta marabunta de voluntades, deseos y realidades, aparece de vez en cuando una pregunta ¿ Tengo derecho a ser feliz? ¿Podré serlo alguna vez? La respuesta parece sencilla. Naturalmente que si pero no sabemos como. Para empezar, probablemente no nos atrevemos. Nos da, incluso, vergüenza pensar en ello al ver a nuestro hijo cómo está, nos parece que le dejamos de lado como diciéndole aquello de allá tu con tu problema. Además, nuestro ánimo, ya flojo, no nos lleva por esos derroteros, no nos sale de natural.

Quizás empecemos a pensar diferente si nos planteamos si es bueno para el enfermo que estemos en esa situación, que nuestro hijo, hija, marido o mujer, nos vean pesarosos, parcos en palabras y de sonrisa ausente. Quizás sea bueno también que en casa, y fuera de ella, tratemos de comportarnos con normalidad, hablando de lo que pasa en el mundo, comentando asuntos de nuestro trabajo o mostrando nuestras opiniones sobre tantos aspectos que podamos tener en común con la familia.

Posiblemente, por esta línea, poco a poco alcanzaremos un estado que nos permitirá enfocar con más claridad los problemas. Posiblemente descubriremos que el bien del enfermo nos anima a disfrutar de las pequeñas cosas que nos rodean para tratarle mejor a él. Siempre se ha dicho que hay que cuidar al cuidador, estará más fuerte y lo hará mejor. En esto cada uno encontrará su propia vía. En nuestro caso, cuando ingresaron en el hospital a nuestro hijo, un pequeño viaje por el campo nos ayudó. También puede ayudar una buena película, un café con los amigos, visitar una exposición…

A alguno, alguna, se le ocurrirán más cosas. Esperamos que nos las contéis

26/03/2009 10:57 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

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