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EL FÁRMACO DE LA FELICIDAD

28.02.2010 - EL comercio digital
JOSÉ ANTONIO FLÓREZ LOZANO
CATEDRÁTICO DE CIENCIAS DE LA CONDUCTA DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
No es fácil tener un concepto claro de la felicidad. Probablemente sea la palabra más importante para el hombre, de tal suerte que buscarla es, sin duda, la tarea fundamental durante nuestra existencia. Filósofos, médicos y psicólogos se han preocupado de este tema desde la antigüedad. Sin embargo, todos estamos de acuerdo que constituye la base de la salud. Pero es conveniente subrayar desde el principio que salud no es equivalente a felicidad; en todo caso, es uno de sus componentes esenciales, pero no el único. Hay gente sana que no es feliz y, paradójicamente, personas que se están muriendo y que son felices. Cómo conquistar, mantener y recuperar la felicidad es, de hecho, para la mayoría de las personas, el motivo secreto de todo lo que hacemos. El ser humano busca la felicidad, todos la deseamos, se vende de todo por conseguirla y se adquiere de todo para conservarla; pero se trata de un escurridizo anhelo que, en vez de ser permanente, muchas veces, una vez que la alcanzamos (?), se esfuma velozmente. La felicidad o la infelicidad tiñen todos los actos humanos.

 

Estamos en la sociedad de la felicidad (?), al menos eso es lo que se nos ofrece: playas, viajes, rebajas, coches, concursos, ’glamour’, fiestas, drogas, tarjetas de crédito, etcétera. Muchas personas consideran que una mayor cantidad de dinero aliviaría sus dificultades financieras y le permitiría comprar más felicidad. Numerosos ciudadanos creen firmemente que el dinero aumenta la felicidad. Si esto fuera así, en la sociedad del bienestar estaríamos rebosantes de felicidad y, sin embargo, nos encontramos con altas tasas de depresión y suicidio. Cuando el estado de ánimo del individuo es sombrío, la vida en general es muy deprimente; si el humor mejora, las relaciones, la autoimagen y las esperanzas en el futuro son mucho más positivas. Un incremento en los bienes materiales, en los lauros académicos, en el prestigio social, sin duda, aporta un inicial surgimiento de placer, pero demasiado rápidamente se desvanece la euforia. Necesitamos un nivel aún más alto para experimentar otra oleada de placer. Surge, por lo tanto, una nueva indiferencia y un nuevo nivel de logro por alcanzar.

 

Al encaramarse en la escalera del éxito (riqueza, cargos, poder, reconocimientos, posición social, logros, etcétera), la gente mira hacia arriba, nunca hacia abajo. Dedican todas sus actividades a sus crecientes aspiraciones y ya no les interesa de dónde vinieron. Además, procurar la satisfacción y/o felicidad mediante la conquista material exige una expansión continua, un esfuerzo titánico de superación que nunca tiene fin y que pone en peligro la salud de la persona. La escalera del éxito no tiene fin; la gente se compara con los que están al mismo nivel o más alto; siempre hay alguien con el que compararse y ahí, naturalmente, surge fácilmente la frustración y otras respuestas emocionales negativas para la salud, muy especialmente la envidia. Como observó Bertrand Rusell (1930), «Napoleón envidiaba a César, César envidiaba a Alejandro y, posiblemente, Alejandro envidiaba a Hércules que jamás existió».

 

Esta ’fiebre de la felicidad’ del ser humano contemporáneo, que busca metas de satisfacción y autoestima a través de un desmedido afán de poder, mercantilismo y consumismo, implica graves riesgos para la salud, incluso para su supervivencia. ¿Cómo se puede ser feliz a esta velocidad de vértigo? ¿Se puede ser feliz con la crisis económica actual? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad ausente de comunicación y sin capacidad de expresar los sentimientos? ¿Cómo se puede ser feliz sin capacidad de escuchar? ¿Cómo se puede ser feliz con la vida sedentaria que llevamos? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad altamente competitiva? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad con altas dosis de violencia y agresividad? ¿Es posible ser feliz, conociendo las noticias que la televisión nos bombardea continuamente, un día sí y el otro también? Muchos interrogantes que explican la aparición de numerosas enfermedades (bulimia, anorexia, hipertensión, depresión, ansiedad, accidentes cardiovasculares, enfermedades alérgicas, etcétera) propias de esta sociedad de la opulencia y el consumo (¿sociedad feliz?).

 

Estoy convencido de que si somos capaces de hacer un alto en el camino y recordar las privaciones padecidas en el pasado, si nos comparamos con aquellos que no tienen nada, seremos capaces de disfrutar y valorar nuestra realidad actual. El terremoto de Haití puede ser un espejo en el que simplemente, si nos miramos, podremos descubrir la auténtica felicidad. Nuestro concepto de la felicidad se desploma cuando contemplamos a un niño haitiano que no tiene nada, en medio de la ciudad destruida por el seísmo, y que, paradójicamente, está rebosante de felicidad. Posiblemente, la familia (la solidez de la estructura familiar), el afecto, el amor y la comunicación constituyan en esos pueblos los ingredientes esenciales de la felicidad y, sin embargo, nosotros, a pesar de nuestro especial desarrollo biotecnológico, no hemos sido aún capaces de inventar (¿fabricar?) la felicidad. Ciertamente, el deseo humano por excelencia para conseguir la felicidad -como decía Lacan- es precisamente el de ser reconocido por el otro y de ser deseado al ser reconocido. Pero en nuestro contexto socio-cultural, ¿es posible este reconocimiento y esta valoración personal y sincera?

 

Los jóvenes son especialmente vulnerables a este fracaso en la búsqueda de la felicidad; de ahí el refugio masivo en el alcohol, las drogas y la violencia. Jóvenes orientados a un consumo anestesiante, irrefrenado y despilfarrador; jóvenes que no encuentran empleo y que prolongan su vieja adolescencia en el hotel de cinco estrellas, que no es más que su propia casa. En fin, busquemos el fármaco de la felicidad; es gratuito y no tiene efectos secundarios. Es la felicidad auténtica, que, como decía Aristóteles, se corresponde siempre con una actividad armónica con la virtud. Una conducta relacionada con el trabajo, la compañía, el esfuerzo, el sacrificio, el respeto, la contemplación, la amistad, la afectividad y el amor. Especialmente, con el amor.

 

01/03/2010 11:49 Enlace permanente.

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