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01/03/2010

EL FÁRMACO DE LA FELICIDAD

28.02.2010 - EL comercio digital
JOSÉ ANTONIO FLÓREZ LOZANO
CATEDRÁTICO DE CIENCIAS DE LA CONDUCTA DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
No es fácil tener un concepto claro de la felicidad. Probablemente sea la palabra más importante para el hombre, de tal suerte que buscarla es, sin duda, la tarea fundamental durante nuestra existencia. Filósofos, médicos y psicólogos se han preocupado de este tema desde la antigüedad. Sin embargo, todos estamos de acuerdo que constituye la base de la salud. Pero es conveniente subrayar desde el principio que salud no es equivalente a felicidad; en todo caso, es uno de sus componentes esenciales, pero no el único. Hay gente sana que no es feliz y, paradójicamente, personas que se están muriendo y que son felices. Cómo conquistar, mantener y recuperar la felicidad es, de hecho, para la mayoría de las personas, el motivo secreto de todo lo que hacemos. El ser humano busca la felicidad, todos la deseamos, se vende de todo por conseguirla y se adquiere de todo para conservarla; pero se trata de un escurridizo anhelo que, en vez de ser permanente, muchas veces, una vez que la alcanzamos (?), se esfuma velozmente. La felicidad o la infelicidad tiñen todos los actos humanos.

 

Estamos en la sociedad de la felicidad (?), al menos eso es lo que se nos ofrece: playas, viajes, rebajas, coches, concursos, ’glamour’, fiestas, drogas, tarjetas de crédito, etcétera. Muchas personas consideran que una mayor cantidad de dinero aliviaría sus dificultades financieras y le permitiría comprar más felicidad. Numerosos ciudadanos creen firmemente que el dinero aumenta la felicidad. Si esto fuera así, en la sociedad del bienestar estaríamos rebosantes de felicidad y, sin embargo, nos encontramos con altas tasas de depresión y suicidio. Cuando el estado de ánimo del individuo es sombrío, la vida en general es muy deprimente; si el humor mejora, las relaciones, la autoimagen y las esperanzas en el futuro son mucho más positivas. Un incremento en los bienes materiales, en los lauros académicos, en el prestigio social, sin duda, aporta un inicial surgimiento de placer, pero demasiado rápidamente se desvanece la euforia. Necesitamos un nivel aún más alto para experimentar otra oleada de placer. Surge, por lo tanto, una nueva indiferencia y un nuevo nivel de logro por alcanzar.

 

Al encaramarse en la escalera del éxito (riqueza, cargos, poder, reconocimientos, posición social, logros, etcétera), la gente mira hacia arriba, nunca hacia abajo. Dedican todas sus actividades a sus crecientes aspiraciones y ya no les interesa de dónde vinieron. Además, procurar la satisfacción y/o felicidad mediante la conquista material exige una expansión continua, un esfuerzo titánico de superación que nunca tiene fin y que pone en peligro la salud de la persona. La escalera del éxito no tiene fin; la gente se compara con los que están al mismo nivel o más alto; siempre hay alguien con el que compararse y ahí, naturalmente, surge fácilmente la frustración y otras respuestas emocionales negativas para la salud, muy especialmente la envidia. Como observó Bertrand Rusell (1930), «Napoleón envidiaba a César, César envidiaba a Alejandro y, posiblemente, Alejandro envidiaba a Hércules que jamás existió».

 

Esta ’fiebre de la felicidad’ del ser humano contemporáneo, que busca metas de satisfacción y autoestima a través de un desmedido afán de poder, mercantilismo y consumismo, implica graves riesgos para la salud, incluso para su supervivencia. ¿Cómo se puede ser feliz a esta velocidad de vértigo? ¿Se puede ser feliz con la crisis económica actual? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad ausente de comunicación y sin capacidad de expresar los sentimientos? ¿Cómo se puede ser feliz sin capacidad de escuchar? ¿Cómo se puede ser feliz con la vida sedentaria que llevamos? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad altamente competitiva? ¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad con altas dosis de violencia y agresividad? ¿Es posible ser feliz, conociendo las noticias que la televisión nos bombardea continuamente, un día sí y el otro también? Muchos interrogantes que explican la aparición de numerosas enfermedades (bulimia, anorexia, hipertensión, depresión, ansiedad, accidentes cardiovasculares, enfermedades alérgicas, etcétera) propias de esta sociedad de la opulencia y el consumo (¿sociedad feliz?).

 

Estoy convencido de que si somos capaces de hacer un alto en el camino y recordar las privaciones padecidas en el pasado, si nos comparamos con aquellos que no tienen nada, seremos capaces de disfrutar y valorar nuestra realidad actual. El terremoto de Haití puede ser un espejo en el que simplemente, si nos miramos, podremos descubrir la auténtica felicidad. Nuestro concepto de la felicidad se desploma cuando contemplamos a un niño haitiano que no tiene nada, en medio de la ciudad destruida por el seísmo, y que, paradójicamente, está rebosante de felicidad. Posiblemente, la familia (la solidez de la estructura familiar), el afecto, el amor y la comunicación constituyan en esos pueblos los ingredientes esenciales de la felicidad y, sin embargo, nosotros, a pesar de nuestro especial desarrollo biotecnológico, no hemos sido aún capaces de inventar (¿fabricar?) la felicidad. Ciertamente, el deseo humano por excelencia para conseguir la felicidad -como decía Lacan- es precisamente el de ser reconocido por el otro y de ser deseado al ser reconocido. Pero en nuestro contexto socio-cultural, ¿es posible este reconocimiento y esta valoración personal y sincera?

 

Los jóvenes son especialmente vulnerables a este fracaso en la búsqueda de la felicidad; de ahí el refugio masivo en el alcohol, las drogas y la violencia. Jóvenes orientados a un consumo anestesiante, irrefrenado y despilfarrador; jóvenes que no encuentran empleo y que prolongan su vieja adolescencia en el hotel de cinco estrellas, que no es más que su propia casa. En fin, busquemos el fármaco de la felicidad; es gratuito y no tiene efectos secundarios. Es la felicidad auténtica, que, como decía Aristóteles, se corresponde siempre con una actividad armónica con la virtud. Una conducta relacionada con el trabajo, la compañía, el esfuerzo, el sacrificio, el respeto, la contemplación, la amistad, la afectividad y el amor. Especialmente, con el amor.

 

01/03/2010 11:49 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

04/03/2010

CONTRAPORTADA DEL PERIÓDICO  de aragón

EDURNE: "A la anorexia no hay que darle nada de tiempo"
Vivió y "sufrió" en unos años de escasa información esta enfermedad a través de su hija hasta que dio con la tecla médica.
03/03/2010 ALFONSO HERNÁNDEZ 
No emite una sola señal de alarma en su rostro, y, sin embargo, detrás de sus ojos y sus palabras de mar en calma se oye cómo rompen las olas de la urgencia de su mensaje y se percibe la mano extendida de una madre que ha sufrido la anorexia en su familia y que entrega su experiencia con altruismo y los medios de Arbada, la asociación que preside. No hay rotondas en el carácter de Edurne Larrarte, sino una línea recta de actuación: "Lo principal cuando percibes la enfermedad en alguno de tus hijos o de las personas de tu entorno es no esperar. A la anorexia no hay que darle tiempo, hay que cortarla. Acudir lo ante posible a informarte donde sea. Hay muchas familias que no lo quieren ver, pero se ve".
Ella fue testigo del génesis y del desarrollo completo del trastorno de la conducta alimentaria y de la personalidad de una de sus hijas en un tiempo en el que primaba la desinformación sobre esta alteración de la salud. "Tardamos en reaccionar porque ni mi marido ni yo sabíamos qué le ocurría o creíamos que se trataba de la adolescencia. Veíamos su cambio de conducta, de amistades, cómo se encerraba en su mundo, en su habitación... Había sido una estudiante y una deportista ejemplar. No comunicaba nada pese a que insistíamos en hablarle y se mostraba irritable. Para ella lo prioritario era su cuerpo estando además muy delgada. Sientes culpabilidad", relata Edurne con asombro aún presente.
Tenía su carrera, su coche, su cuenta corriente, "pero no comía. Yo le pregunté por qué actuaba así si lo tenía todo, incluida la belleza. Me contestó que le faltaba lo más importante, las ganas de vivir". Todo comenzó tras una ruptura sentimental. Edurne y su marido hicieron equipo, cerraron filas alrededor de su hija y salieron en busca de soluciones médicas lejos de una Zaragoza aún tierna para estos tratamientos. En Barcelona invirtieron mucho tiempo y demasiado dinero. No hallaron las respuestas que esperaban y regresaron esta vez para quedarse mejor arropados y asesorados por los doctores José Mariano Velilla y Pedro Manuel Ruiz. Edurne Larrarte explica que no hay que detenerse a entender --"aún no lo he hecho yo", comenta--, sino que se debe intervenir en consonancia con los conocimientos de los especialistas.
Dieciocho años duró aquella pesadilla familiar ya resuelta desde hace tiempo "con mucho sufrimiento". Ese proceso sensibilizó a Edurne y acentuó su solidaridad. "Ha sido un camino muy duro, pero ahora me ilusiona prevenir y ayudar a las familias", los grandes retos de Arbada. La asociación forma una simbiosis perfecta con Mariano Velilla, Jefe de Sección de Psiquiatría Infanto-juvenil del Hospital Clínico Universitario, y con el Hospital Royo Villanova, donde derivan a los adultos. Hombro con hombro, unos comunican, asesoran a la familia y al enfermo e intentan "concienciar a la sociedad", y los otros ponen en marcha la maquinaria médica. "Hace ya unos 12 años, ante el incremento de pacientes con trastornos de la conducta alimentarios, unos padres sensibles al problema crearon Arbada, que ha hecho un labor impagable. Son el puente para predisponerlos al tratamiento médico, ya que muchos pacientes son reacios a dar este paso", dice Velilla. Charlas en colegios, pueblos , a profesionales... "Si podemos evitar media hora de sufrimiento, nos sentimos muy satisfechos", añade Edurne sin prisa pero sin pausa, en calma tensa.

04/03/2010 09:30 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

15/03/2010

CONTRA LA ANOREXIA

Contra la anorexia

 

JOSÉ FRAJ LÁZARO | Sant Joan Despí | 14/03/2010 | Actualizada a las 12:57 | Participación

 

Soy un profesional de la salud. Llevo 25 años trabajando en el campo de la sanidad pública en programas de promoción y prevención. Entre ellos, los que tratan de luchar contra los trastornos de la conducta alimentaria. Año tras año, aumentan los casos de anorexia y bulimia entre los jóvenes. Me indignan sobre todo los modelos sociales que aparecen en los medios de comunicación, personificados en actrices, modelos de pasarela, y reflejados en diferentes soportes publicitarios y en medios de comunicación. Tampoco ayuda el Ministerio de Sanidad, que debería ser valiente y actuar sobre las imágenes que nos llegan, de igual modo que prohibió fumar en establecimientos públicos. Pero hay grandes intereses económicos detrás, como los había cuando se intentó poner coto y medidas al consumo de alcohol.

 

Hay muchas jovencitas, y no tan jovencitas, que sueñan cada día con ser princesas, y a mí me gustaría y me ayudaría mucho en mi trabajo, al igual que a muchas familias que están pasando un calvario sufriendo día a día la enfermedad en su hogar, que todos los personajes públicos tengan un índice de masa corporal dentro de los parámetros de la normalidad.

 

15/03/2010 16:48 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

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