Excursión

20081026202110-copia-de-pa250047.jpgAmanece; el cielo está despejado, la ciudad se empieza a desperezar. Pasamos por Biescas y se nota mucho movimiento. Vemos un cartel anunciando la Feria de otoño. Llegamos a la Pradera de Ordesa y casi está  al completo; coches, autocares, gentes, familias, mayores, niños,  e incluso montañeros con sus grandes mochilas dispuestos a pasar la noche en algún refugio.
Hay algún charco y el suelo es una inmensa alfombra de hojas de tonos pardos brillantes. Los primeros árboles que vemos ya casi no tienen hoja. Iniciamos la marcha  por el camino hacia la Cola de Caballo y la primera parte casi tenemos que ir como en procesión, unos detrás de otros y sin poder adelantar. Luego se van dispersando o quedando y  vamos permaneciendo algunos menos.
Pasamos por espacios de gran luminosidad; el sol, que está en todo su esplendor se cuela por las ramas, ya sin hojas,  y va  dejando en el suelo espacios claros alargados como tiras, zonas que contrastan con la oscuridad brillante de las pardas hojas húmedas  depositadas a miles. Hay otros  momentos, el sol se ha quedado detrás de la inmensa pared de la cara norte, que predominan las áreas de umbría, con una cierta oscuridad.
Poco a poco, sin prisa, deteniéndonos en cada  recoveco para intentar hacer la foto que recoja la hermosura del territorio, ascendemos el camino que serpea.
El suave sonido del río se va haciendo un tanto más fuerte porque estamos llegando a la primera zona de cascadas desde la pradera. El agua discurre con cierta fuerza, mucha más que en el otoño del año pasado.
Las gentes se detienen, hacen fotos, se quedan prendidas, admiradas. Es la naturaleza, un día de sol, en el otoño, en Ordesa, con murmullos de agua, árboles y hojas caídas.  
Seguimos andando, y hacia las dos horas de haber comenzado,  el camino atraviesa una especie de cueva abierta, rocas sobres nuestras cabezas, con un parapeto de piedras a su derecha y  entramos en una zona más despejada, de más luz, muy cerca del río, con mucho más horizonte al fondo.
Allá a lo lejos, al final de una pequeña subida, se ven una sucesión de escalones, que van conduciendo el agua de poco en poco, como para que no se vea rota la suavidad de su discurrir y así salvar suavemente el desnivel de la zona. ¿Serán las gradas de Soaso?
Al fondo, en la parte más alta de la montaña se ve un pico nevado, al que el sol, que le alumbra con toda su fuerza, todavía le hace más destacar en su blancura, frente al gris de la roca donde todavía no ha cuajado la nieve.
Damos la vuelta en este punto, por aquello de dejar algo para otro día, y así tener un argumento más para volver.
Son las 4 de la tarde; la oscuridad de la tarde enseguida empieza a caer en muchas zonas del bosque y en la bajada todavía nos encontramos gentes que inician la subida.
Termina y comienza el ciclo de la vida. Los árboles se despojan de su bien más preciado; las hojas caen, formarán el sustrato que dé calor, proteja y sirva de alimento para que se produzca el nuevo resurgir. Allí dentro, en el silencio, en el recogimiento, en la oscuridad se producirá otra vez, como en cada temporada,  el milagro de la vida.
26/10/2008 20:22 Enlace permanente.

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