Ordesa

20091014210420-ordesa-2009-36r-.jpgZaragoza sigue de fiesta. Amanece soleado y con un poco de cierzo. Es un día ideal para irse a la montaña.
El Valle de Ordesa, hoy, está asequible. Hay coches en la pradera, pero los justos, los suficientes para saber que no estás solo y que hay gente que comparte tu afición y tiene el día libre.
Espero encontrarme una panorámica con las tonalidades clásicas del otoño, la que recuerdo de otros años, pero me sorprende ver todo, en general, muy verde. El calor, seguramente, mantiene las hojas durante más tiempo.
El sol se filtra entre los árboles. Vemos muchas hojas caídas, pero resulta que los arboles tienen todavía casi todas; eso quiere decir que son las del año pasado.
El sonido del agua nos acompaña en determinados tramos; unas veces como un ligero susurro y otras veces, algo más fuerte, cuando el agua salta al vacio en las cascadas.
Poco a poco, se va recorriendo el ascendente camino que serpentea con asiduidad, unas veces atravesando húmedas umbrías y otras, recibiendo la luz del sol que se cuela, desde los altos de la impresionante montaña que cobija el valle, a través, de pinos, abetos y hayas, según corresponda a la altitud que vamos alcanzando.
En las gradas de Soaso, allí donde parece que el valle se ensancha y pierde arbolado, el agua y la piedra se han unido; uno trabajando para la otra o los dos para los dos, han conseguido un paraje singular precioso, diferente; el agua, de grada en grada, va cayendo con verticalidad, en forma de  cascada, y allí, en su caída, predomina  el ruido, la espuma, el color blanco; otras, en cambio, aprovechando la horizontalidad del terreno y con un lecho de piedras brillantes, pulidas minuto a minuto por el roce cariñoso del agua, ésta  reposa en pequeñas pozas, y su visión pasa del azul turquesa a la claridad cristalina, así como del clamor al silencio.
Al poco de dejar las gradas, podemos ver en toda su magnitud el circo de Soaso, un espacio cerrado en su mayor parte por las inmensas montañas que le rodean. La pradera surcada por numerosos canalillos, regueros, pequeños arroyos, y torrenteras-hoy secas- van desembocando en uno más grande, ya constituido en río, al que llaman Arazas y que regará y dará esplendor a todo el valle.
A la vuelta, la luz ha cambiado y  el paisaje nos parece diferente; se nos hace más variable y más atractivo. Se ven mejor las distintas tonalidades cromáticas de las hojas de los arboles. El Pirineo siempre está ahí; sólo hace falta acercarse a él.   

14/10/2009 21:04 Enlace permanente.

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