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20/04/2016

20/04/2016 11:25 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

26/11/2008

CUENTOS DEL CAMINO. "O REI"

<!-- @page { size: 21cm 29.7cm; margin: 2cm } P { margin-bottom: 0.21cm } -->

Todos lo habéis leído alguna vez: Es tradición que los peregrinos de la Edad Media, cuando llegaban en grupo al Monte del Gozo, cantaban o rezaban un “Te Deum” y emprendían veloz carrera –todo lo veloz que les permitía el peso del equipaje y sus fatigadas piernas- para ver quién llegaba antes a la Puerta Santa. El primero que llegaba era proclamado por sus compañeros rey del grupo y ese honor era muy apreciado por los peregrinos de entonces.

Fulgencio era un clérigo italiano que aquel año 1193 había emprendido viaje, desde su ciudad de Padua hasta Santiago de Compostela, acompañado por un grupo de paisanos suyos también clérigos. Iban a postrarse a los pies del Apóstol para pedirle su intercesión y ayuda en el “negocio” que querían establecer: la fundación de una Orden Religiosa. Fulgencio era uno de los más jóvenes del grupo, pero también de los más ambiciosos. En su interior acariciaba la idea de que sus compañeros lo eligiesen Superior de aquel monasterio en el que querían establecerse como monjes. Al fin y al cabo, él aportaba el edificio: una casona heredada de sus padres, con una capilla que con el tiempo agrandarían para el servicio religioso de la ciudad. Además él se consideraba con méritos suficientes para desempeñar el cargo de Abad; era culto, de buena presencia, emprendedor y decidido. En todo el Camino no desaprovechó cualquier ocasión que se le presentase para mostrar su ascendencia entre sus compañeros.

Llegaron al Monte del Gozo cansadísimos, pues venían caminando desde Barcelona, donde habían desembarcado, y todos sabemos lo duro que es ese tramo del Camino, sobre todo a su paso por los Monearos. Fulgencio fue el encargado de entonar el “Te Deum” con aquella potente y bien timbrada voz de barítono que enriquecía el acervo de sus cualidades. Apenas acabado el himno cogieron sus mochilas –zurrones- y emprendieron la bajada al monte hacia la entrada de la ciudad. Fulgencio quería a todo trance ser proclamado “O Rei” del grupo, pues veía en esta tradición como un anticipo de su nombramiento de Abad. Y esforzándose al máximo, consiguió ponerse a la cabeza de todos y entrar el primero por la Puerta Santa. Sus compañeros aplaudieron su fortaleza y coraje y lo coronaron Rey con una corona de laurel que uno de ellos había confeccionado en el Camino. Cuando intentaron subirlo a hombros, Fulgencio se derrumbó y cayó inerte en medio del círculo de peregrinos que lo aclamaban. Sus facciones se habían desencajado y en sus ojos extremadamente abiertos brillaba una luz de estupor que poco a poco se fue apagando. Sus compañeros intentaron reanimarlo sin conseguirlo. Tampoco obtuvo resultado la sangría que un cirujano de la ciudad le practicó. La muerte había acabado con todos los sueños y ambiciones del futuro Abad. Se armó un gran revuelo en la Catedral, no sólo entre los peregrinos que la llenaban, sino también entre el Cabildo, que tomó a su cuenta los funerales y el sepelio del clérigo italiano. Sus restos descansan en la Catedral Compostelana y en su lápida se lee: “FULGENCIO, O REI”.


Zaragoza, 2006

26/11/2008 14:18 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "EN MELIDE NOS ENCONTRAREMOS"

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Esther y Rosa eran dos chicas deportistas que vivían en Sarria. Las conocí en el año 93, a la salida de su ciudad. Yo había madrugado mucho para afrontar la etapa Sarria – Portomarín. Era noche cerrada cuando pasé junto a las tapias del cementerio, después de dejar atrás la ciudad, casi dormida aún. Digo casi porque todavía no se habían acostado todos sus moradores: unos jóvenes, que seguramente venían de la discoteca, intentaron atropellarme con su coche al cruzar la carretera.

El silencio, la soledad y la oscuridad tras la que se adivinaban, todavía más densas, las masas de tumbas y cipreses, no lograban amedrentarme. Nunca me han infundido miedo los cementerios; de los muertos no espero ningún daño y los “vivos” no suelen frecuentar estos lugares, ni menos de noche. A la bajada del cementerio el camino tuerce a la derecha por una carreterita asfaltada que llega al río Celeiro y lo cruza por el “Ponte Áspera”. Yo me alumbraba con mi pequeña linterna y a su débil luz distinguí, dibujada en la calzada, una flecha que indicaba un camino de tierra, como una corredoira, que retrocedía paralela al río. La seguí durante unos 200 m., pero como no encontraba nuevas señales, volví sobre mis pasos hacia el camino asfaltado que había abandonado, confundido por la flecha. Al llegar vi enseguida, un poco más adelante, uno de los mojones con que en Galicia se señala el Camino. Ya me disponía a seguir cuando escuché más arriba voces y, volviéndome, vislumbré, a la tenue claridad del incipiente día que pugnaba por desgarrar la oscuridad nocturna, unas figuras humanas que buscaban también la orientación. Las llamé y aparecieron dos guapas y altas mozas. Eran Esther y Rosa, que se presentaron y me contaron sus intenciones de hacer algunas etapas del Camino. Esther había salido de una lesión de rodilla que se había producido jugando a baloncesto y quería probar sus fuerzas. No tenían intención de llegar hasta Santiago, pues no estaban preparadas para la peregrinación. No se sentían motivadas ni por lo espiritual ni por lo cultural. El románico de Barbadelos no les decía nada; pasaron de largo mientras yo me acercaba a contemplar la iglesia. Cuando las alcancé de nuevo y les explicaba las características arquitectónicas del edificio, me escuchaban con mucha atención y me confesaron que no sabían nada de arte. A ellas lo que les interesaba era el deporte; y haciendo gala de su buena preparación física, emprendieron una veloz marcha, dejándome atrás con facilidad. A la mañana siguiente salimos juntos del albergue de Portomarín, esta vez acompañados por un joven gallego de la misma edad que las chicas, y se repitió la historia. Lo mismo ocurrió al salir de Palas de Rei. Esta vez, al dejarme atrás, me gritaron:

-En Melide lo esperamos, abuelo.

-En Melide nos encontraremos- respondí, temiendo que a ese paso pudieran seguir más adelante.

Efectivamente, cuando llegué a Melide encontré a Esther sentada en un banco de la plaza.

-¿Qué te pasa? ¿Y los acompañantes?- le pregunté.

-Se me ha reproducido la lesión- contestó- y estoy esperando a que abran el dispensario médico para que me visiten. Mi amiga y el otro chico están en el bar. Tenía Vd. razón cuando nos aconsejaba prudencia. Pero en estos minutos que llevo sentada esperando he pensado mucho en cosas que nunca me habían preocupado. Le he prometido al Apóstol Santiago que, si me curaba, iría en peregrinación hasta su tumba, pero con más humildad y preparación.

Lamenté que se le hubiese reproducido la lesión y me alegré de que este percance le sirviese para hurgar en su alma.


Zaragoza, 2006





26/11/2008 14:16 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "HISTORIAS SUMERGIDAS"

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Muchos peregrinos, cuando cruzan el viaducto sobre el embalse de Belesar para subir a Portomarín, no son conscientes de que pasan por encima de San Pedro, primero, y luego, sobre San Nicolás. Ambos pueblos duermen un sueño bajo el agua y ocultan sus historias, en este caso literalmente sumergidas. A estos pueblos les unía un puente romano sobre el Miño. La última restauración de dicho puente databa del s. XII, hasta que se construyó uno nuevo en 1929, que aún asoma su esqueleto cuando baja el nivel del embalse.

Estos dos pueblos han sido un ejemplo más de lo que ya es tradicional entre localidades cercanas: la rivalidad. Y a estos les viene de muy atrás, de la Alta Edad Media. Se acusaban mutuamente de un sinfín de despropósitos. El puente romano que los unía fue destruido por Doña Urraca en su lucha con Alfonso el Batallador y así hubiese continuado a no ser que en 1120 llegó a este paso Pedro Peregrino, gran favorecedor de los peregrinos, y convenció a los habitantes de ambas parroquias para que se uniesen y le ayudasen a restaurar el puente. Así los peregrinos podrían seguir pasando por allí. Poco les duró la paz. Los de San Nicolás cogieron envidia a sus vecinos de San Pedro al verles levantar, en 1182, el hermoso templo románico con portada de tres grandes y elegantes arquivoltas. Ellos no querían ser menos, así que en el siguiente siglo se ganaron el favor de los Caballeros de Santiago, que en el año 1170 habían fundado, en el Monasterio de Loio una orden militar parecida a la de los Templarios, con el fin de proteger a los cristianos y peregrinos de las últimas razzias musulmanas y, posteriormente, de los bandoleros. Los Caballeros crearon una gran encomienda en San Nicolás y construyeron el magnífico e interesante templo fortaleza que hoy contemplamos en la plaza Mayor de Portomarín. También un gran hospital para la atención a los peregrinos, con lo que los parroquianos de San Pedro cogieron una rabieta que los corroía por dentro. Hasta que uno de ellos, el sacristán de la parroquia, no pudiendo soportar por más tiempo el sentimiento de inferioridad que le envenenaba el alma, una noche oscura en la que el viento traía presagios de desgracias en su continuo ulular, pasó el puente y prendió fuego al hospital. El hospitalero y algunos peregrinos que pernoctaban aquella noche, despertaron muy a tiempo para salvarse del fuego; más aún, consiguieron, a pesar del enfurecido viento que animaba las llamas, apagar el incendio con el agua del río que un fornido peregrino transportaba a gran velocidad en una enorme calabaza. Solamente se quemó el establo y unas dependencias contiguas. Cuando a la mañana siguiente, a la luz del día, buscaron al fornido peregrino que con tanta efectividad había contribuido a apagar el fuego, no lo encontraron por ninguna parte, ni tampoco la gigantesca calabaza. Por eso creyeron todos que había sido un milagro del Apóstol Santiago.

El sacristán de San Pedro, al enterarse de cómo se habían desarrollado los hechos, huyó del pueblo y nunca más se supo de él. Aunque hay algunos que cuentan que se retiró a una ermita, donde vivió muchos años haciendo penitencia y ayudando a los demás.

Esta rivalidad continuó durante siglos y llegó hasta nuestros días. Cuando en la pasada centuria el embalse inundó los pueblos y se acordó construir un nuevo poblado en lo alto, los de San Nicolás enseguida quisieron que el nuevo pueblo llevase su nombre, puesto que la iglesia la iban a trasladar, piedra a piedra, al centro de la nueva localidad. No estuvieron conformes los de San Pedro, que también querían ponerle su nombre, puesto que también su iglesia, al menos la portada, iba a ser trasladada al nuevo pueblo. Para contentar a las dos partes se le puso por nombre Portomarín y si el templo de San Nicolás, que era más grande, presidiría la plaza Mayor, la iglesia de San Pedro se levantaría en un paraje idílico y cercano a ella se construiría un flamante Parador Nacional.

Así quedaron todos contentos y se acabó la rivalidad de los dos pueblos fundiéndose en uno solo.


Zaragoza, 2006





26/11/2008 14:14 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "ME QUEDO EN SAMOS"

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La bajada del Cebreiro a Triacastela fue muy rápida Por eso los 21 kilómetros se me hicieron cortos y no quise quedarme en su albergue, todavía cerrado a mi llegada. En el último bar del pueblo pregunté por la salida del Camino y me indicaron la que va por San Xil. Al salir a la carretera vi el poste indicador con las dos opciones: por la derecha, la vía por San Xil; a la izquierda, la carretera que pasa por Samos; pero esta, tachada. Ahora me expliqué el retintín con el que el del bar me indicó el camino de San Xil. Y es que muchos de Triacastela no quieren que los peregrinos pasen por Samos. Pero yo tenía la ilusión de conocer su famoso monasterio y seguí carretera adelante hasta Cristo bo, donde la dejé para coger una agradable corredoira que me llevó de nuevo a la carretera, pero ya en las inmediaciones de Samos. Llegué a su monasterio y a la puerta del albergue, que no abrían hasta las cuatro. Ya había otro peregrino que había madrugado más que yo y que aguardaba la vez para entrar. El fue el que me informó del horario. Como faltaba aún mucho tiempo, nos pasamos al mesón que hay al otro lado de la carretera para comer. Por cierto que comimos muy bien: carne a la brasa hecha a la vista, ensaladas y postre por 600 ptas. Una vez aposentados en el albergue que los monjes benedictinos, con su tradicional hospitalidad, tienen abierto en una amplia dependencia de la abadía, visitamos el imponente monasterio cuyo origen se remonta al siglo V. De la primitiva construcción nada queda, pero sí de su época de esplendor, como lo demuestra su iglesia con una extraordinaria fachada y uno de sus claustros, el mayor que hay en España. Pero lo que más me impresionó fue el asistir a las vísperas cantadas en la capilla de los monjes, invitado y acompañado por uno de ellos , que me contó su historia:

“ Yo también fui peregrino. Llegué hace unos años a este monasterio cansado y enfermo. Los monjes me recibieron con suma amabilidad y me permitieron quedarme en el refugio dos días más y me ayudaron a reponerme. Continué camino hasta Compostela y ante la tumba del Apóstol sentí la llamada a la vida monástica. Volví de nuevo por Samos y solicité ser admitido en el cenobio. El P. Abad me invitó (previo pago correspondiente) a quedarme en la hospedería al menos tres días para que, siguiendo la vida monástica que ellos llevaban, me cerciorase de si realmente me gustaba aquello. Y aquí me tienes. Claro, antes volví a mi casa durante tres meses para arreglar los negocios humanos y despedirme de la familia y amigos. Realmente no tenía tan graves compromisos como tú, que me dices que eres casado y con cuatro hijas, pero sí que me costó convencer a mis padres y a mis hermanos, con los que compartía negocio propio y boyante. Me decían:

-¿Crees que vas a ser más feliz en esa nueva vida? Ya nos parecía que esa locura de la peregrinación a Compostela no nos traería nada bueno. Piénsatelo, todavía estás a tiempo. Aquí te queremos todos y te espera un porvenir brillante. Quédate con nosotros y serás feliz.

- Esta locura que vosotros decís es lo más grande y maravilloso que me ha sucedido en mi vida. Yo también os quiero, pero ya no podría ser feliz aquí. Siento muy fuerte la llamada del Señor y no quiero defraudarle. Ya me conocéis y sabéis que cuando tomo una decisión la llevo hasta el fin. Me gusta mucho mi casa, mi familia, mi ciudad; pero definitivamente me quedo en Samos.”


Zaragoza, 2006

26/11/2008 14:13 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "LAS VACAS DEL CEBREIRO"

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He leído en una guía del Camino que no hay montaña en el mundo capaz de detener al peregrino. Y creo que es verdad. Aunque el peregrino de nuestro cuento tuvo grandes dificultades añadidas para poder superar la ascensión al Cebreiro, la más prolongada y dura de cuantas hay en toda la ruta iniciada en la cumbre de los Pirineos, si no fuera porque la ilusión de llegar a Galicia pone alas en corazón y en los pies.

Alejandro llevaba 20 días de peregrinación y esta etapa la afrontaba con redobladas fuerzas, pues sabía que en el instante que se sale de Villafranca del Bierzo, el tiempo corre hacia atrás. Había pernoctado en el albergue “El Ave Fénix” y no quiso pecar un poco, como decía Jesús Jato a los peregrinos de mochila cuando los invitaba a subirles la carga en su furgoneta por una módica cantidad. Así que se dispuso a afrontar la última subida con la mejor disposición, tanto de ánimo como de cuerpo. Por eso cuando llegó a Portela, después de 12 Km. de caminar, y vio abierto el Hostal Valcarce, se le abrió también a él el apetito y entró al local a saciarlo. Pidió media ración de jamón y le sirvieron 11 lonchas de pernil bien curado y con poca sal, que acompañado con abundante pan y una cerveza, comió con fruición, pensando en los esfuerzos que la etapa le exigiría. La sed que el jamón, pese a tener poca sal, le produciría, no le preocupaba, pues el trecho que tenía que recorrer ese día estaba jalonado de fuentes de abundante y fresca agua. Además tenía los bares de Vega de Valcarce o la tienda de Ruitelán. En todas bebió nuestro sediento peregrino y no era capaz de aplacar su sed. Lo fuerte de la ascensión y el calor, que a esas horas de la mañana ya empezaba a apretar, le producían un abundante sudor y la necesidad de reponer líquidos. Además Alejandro tenía la costumbre de caminar a un paso vivo, con lo que el desgaste era mayor. Pero aún había otros peregrinos que caminaban mucho más deprisa, como los que lo adelantaron a la salida de Villafranca y a los que ya nunca encontró en el Camino. O aquel padre con su hijo de 12 años, que lo pasaron al comenzar el desvío que inicia el camino de la ascensión a La Faba. Nuestro peregrino quedó un poco asombrado de que un niño lo adelantase en un camino tan duro; pero pensó que quizá ellos habían comenzado a caminar en Vega de Valcarce y también podía ser que él ya se estaba haciendo mayor… Poco le duró la duda; en los primeros recodos de aquella impresionante y empinada corredoira sombreada por magníficos carballos centenarios, se los encontró sentados y ya no volvieron a cogerlo en toda la subida.

Pasó La Faba y se acercaba a Laguna de Castilla, el último pueblo de León. Solamente dos kilómetros lo separaban del Cebreiro, pero era el tramo más duro de toda la etapa, pues el sol calentaba más, no había ninguna sombra y el cansancio ya comenzaba a hacer mella. A la salida del pueblo hay una magnífica fuente que vierte su chorro de agua cristalina y fresca sobre un abrevadero. Alejandro pensó echar el último trago antes de coronar la ascensión, pero no contó con el rebaño de vacas que también tenían sed y que se creían con más derecho a su fuente. Cuando se inclinó para beber del chorro, una de las vacas, celosa y encaprichada con sorber el agua del mismo caño, le propinó un testarazo que lo lanzó al suelo. A los gritos del peregrino se espantó todo el rebaño y salió la dueña de las vacas, que ayudó a levantarse al peregrino. Enseguida constató Alejandro que algo se había roto en su interior, pues le dolía terriblemente un costado y casi no podía respirar. La buena señora, toda asustada, recabó ayuda de otros vecinos del pueblo. Llamaron a la Guardia Civil y ellos se encargaron de subirlo en su coche-patrulla hasta Piedrafita. Desde allá, bien acondicionado, lo trasladaron a Santiago de Compostela en uno de cuyos hospitales se repuso de la fractura de una costilla.

Alejandro, cuado lo contaba, acababa diciendo:

-“No hay montaña en el mundo capaz de detener al peregrino…, con permiso de las vacas del Cebreiro”.



Zaragoza, 2006





26/11/2008 14:11 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "LA PUERTA DEL PERDÓN"

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¡Con cuánta ilusión y entusiasmo había comenzado Agustín la peregrinación a Compostela! Se había preparado a conciencia para afrontar con éxito las largas etapas que pensaba llevar a cabo. En el rito del envío, en la iglesia de Santiago de Jaca, ya soñaba con el abrazo al Apóstol. Agustín tenía un carácter impulsivo e impaciente que no le dejaba sosegar cuando tenía algo que hacer. Y el Camino, su primer camino, era muy importante para él. Por eso quemaba etapas en su imaginación para llegar cuanto antes al final de su meta.

Mas el hombre propone y Dios dispone, como dice el refrán. Hasta Astorga todo fue rápido y bien; pero en la bajada a Molinaseca resbaló en un tramo de escurridizo barrillo, cayó y se lesionó una rodilla. Echándole coraje pudo llegar hasta Ponferrada. Allá se compró en la farmacia una rodillera y pensó que con el descanso de la noche se le pasaría el dolor. Al levantarse a la mañana siguiente comprobó que la lesión seguía y también el dolor, aunque no tan agudo. Este pequeño dolorcito, pensó, no iba a poder más que su espíritu deportivo y su gran ilusión por llegar hasta Santiago. Así que se colocó la rodillera, cargó con la mochila y, asiendo el bordón con fuerza, comenzó a caminar. Al menos, llegar hasta Villafranca del Bierzo. Sabía que en la Edad Media los peregrinos que se veían imposibilitados para continuar el Camino, ganaban las indulgencias entrando a la iglesia de Santiago por la Puerta del Perdón, que es la que da al Norte y tiene esos bellos capiteles historiados (hoy en día cerrada). Hasta esta puerta llegó nuestro Agustín arrastrando su dolorida pierna, que con el ejercicio de la caminata había empeorado, pese a la rodillera. Allí lo encontró Jesús Jato y lo llevó a su cercano albergue, el Ave Fénix, que en aquellos años consistía en un desvencijado cobertizo recubierto con plásticos. Lo acostó en una miserable colchoneta de espuma y se dispuso a aliviar el dolor del magullado peregrino con sus acostumbrados pases mágicos de manos. Pero lo de Agustín era mucho más grave que un simple cansancio muscular o una, tan frecuente en el Camino, tendinitis. En lugar de sentir alivio, cada vez empeoraba y no sólo su rodilla, sino también su estado general: le brillaban sus ojos febriles y un sudor frío le perlaba su frente; entre tiritones causados por la fiebre, balbuceaba en su delirio:

-No me apartéis de la Puerta del Perdón. Llamad al Párroco de Santa María, que quiero confesarme. Si está ocupado con los ingleses, que los deje, pues lo mío corre más prisa.

Jato no entendía esto de los ingleses. No sabía que a Agustín le había contado un amigo lo que le había pasado con el Párroco, que lo requirió para confesarse y le contestó que ahora no podía porque estaba explicando las características de la iglesia a unos turistas ingleses. Jato estaba intrigado; pero, sobre todo, asustado por el estado del peregrino, llamó a un médico que, después de reconocerlo, diagnosticó una posible pulmonía, además de la lesión de la rodilla de la que no podía opinar hasta que no se le practicasen las pruebas pertinentes. Pero ahora lo importante era la pulmonía; había que bajarle la fiebre y medicarlo, pues peligraba la vida del joven. El mismo médico lo ingresó en el Hospital de Vilafranca.

Jesús Jato iba a visitarlo todos los días. Cuando el enfermo hubo salido del peligro le preguntó Jato si aún quería ver al Párroco. Agustín dijo que sí, que lo deseaba tanto como curarse, pues la salud del espíritu era para él más importante que la del cuerpo. Llamaron al Párroco, que acudió en seguida. Esa vez no tenía turistas ingleses. Cuando Agustín le contó el incidente con su amigo, el bueno del cura dijo no acordarse de nada, pero le hizo gracia. Agustín se confesó y recibió la comunión. Ya había conseguido ganar todas las indulgencias que se dispensan en la Catedral compostelana. Pero, además, había conseguido tres nuevos amigos a los que nunca olvidaría: Jesús Jato, el médico que lo atendió primero y el Párroco de la Colegiata de Santa María.


Zaragoza, 2006







26/11/2008 14:09 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "ASALTO AL CASTILLO"

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Nuevamente se muestra imponente y altivo, después de su restauración, el castillo de los Templarios de Ponferrada. Muchas de sus piedras fueron testigos de un pasado esplendoroso, cuando aquellos monjes-guerreros de blanca capa las hollaban con orgullosa fuerza. La Orden del Temple había recibido, en donación de Fernando II de León, la villa de Ponferrada en 1185. En el siglo XIII construyeron sobre la ciudadela romana ya existente, este castillo que hoy contemplamos aunque con añadiduras de siglos posteriores. La vida de estos monjes-soldados siempre ha sido motivo de encontrados sentimientos: admiración, temor, odio, curiosidad, envidia...; pero lo que nunca nadie ha puesto en entredicho ha sido su valor. Baste para corroborar esta afirmación el episodio de su expulsión de Ponferrada.

Corría el año 1312. Los templarios de Ponferrada ya habían recibido la notificación de abandonar la villa. Su Maestre Adalberto reunió en la Sala Capitular a la Comunidad y les leyó la orden de expulsión. Aunque todos ya se lo esperaban, al escuchar la lectura de, para ellos, tan ignominiosa decisión, montaron en cólera y se juramentaron para no abandonar el castillo. ¡Que los sacasen por la fuerza! Antes morir luchando que verse humillados de esta manera. Todos, el Maestre con reticencias, acordaron no acatar la orden real y quedarse en su fortaleza preparando su defensa ante el esperado ataque. No tardó en llegar. A las tres semanas de haber comunicado al Rey la decisión tomada, se presentó ante las puertas del castillo un considerable ejército de soldados reales exigiendo la rendición y el desalojo inmediato de los Caballeros Templarios. Estos no sólo no obedecieron sino que respondieron con las armas y comenzó la primera tentativa de asalto al castillo. Resultó favorable a los del Temple, pues rechazaron con facilidad el asalto y causaron varias bajas entre la tropa del Rey. Pero ellos también perdieron a uno de sus Caballeros, que murió atravesado por una certera flecha. Este hecho hizo que el Maestre comenzase a preocuparse seriamente y a cambiar de opinión. Después de pasar toda la noche en la capilla en oración reunió a sus Caballeros y les habló de esta manera:

-Queríamos demostrar nuestro valor, pero yo creo que hemos dado muestra mejor de nuestra insensatez. Si continuamos con esta terquedad no conseguiremos sino morir todos y quitar la vida a muchos otros soldados que son inocentes de esta situación de odio y repulsa que se ha desatado contra nuestra Orden. Pero tampoco nos podemos entregar, pues ya hemos causado bajas al enemigo y seríamos castigados. Os propongo una estratagema: Ahora, al despuntar el día, me presento con bandera blanca en el torreón de entrada y solicito al Comandante de las fuerzas sitiadoras que nos conceda dos días para enterrar a nuestros muertos y, a cambio, nos entregaremos sin condiciones. Si nos lo concede –que yo creo que sí- esta próxima noche nos descolgamos por la pared que da al río, que estará sin vigilancia, dada su inexpugnabilidad, y seremos libres. Podemos ir al Monasterio de Carracedo y de allí nos desperdigamos cada uno por su sitio para no comprometer a nuestros amigos.

Después de esta perorata muchos de los Caballeros comenzaron a murmurar de la cobardía de su Maestre; pero, al fin, el voto de obediencia consiguió reducir a los más rebeldes. Y tal como lo pensaron se ejecutó. El Comandante se tragó la bola y dio orden a sus huestes de no atacar, pero que no perdiesen la vigilancia de la puerta del castillo y de sus murallas más asequibles. Cuando llegó la noche, los monjes abandonaron sus capas blancas y, vestidos con pardas y cómodas ropas, ataron unas largas cuerdas a las almenas y se deslizaron por ellas, amparados en la oscuridad nocturna. Luego huyeron silenciosamente por las orillas del Sil. Pero no todos. El Maestre se quedó en el castillo y, pasados los dos días, se entregó al Comandante para que hiciesen justicia en él y se olvidasen de los otros monjes. Así salvó a sus Caballeros el Maestre Adalberto y escribió con la donación de su vida un capítulo más de la valentía del Temple.



Zaragoza, 2006





26/11/2008 14:07 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "UNA NOCHE EN FONCEBADÓN"

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“Foncebadón, ese pueblo en ruinas abandonado en el Camino, en otros tiempos tan importante como para celebrarse en él un concilio, fue el escenario de una noche toledana que sufrí en mis propias carnes”

Así empezó su relato el peregrino Juan una noche del año 1993 que coincidimos en el albergue de Ponferrada.

“Cuando llegué a Rabanal del Camino, ya muy tarde, no quedaba en ninguno de los dos albergues ni un rincón donde extender el saco de dormir y decidí seguir adelante. Aunque era de noche, podía caminar por la carretera con toda seguridad y llegar hasta Manjarín y pasar la noche en su humilde refugio cuya puerta nunca se cierra y que tiene un hogar donde se puede hacer lumbre. Pero al llegar a Foncebadón comenzó a tronar y a relampaguear de una manera amenazadora y las primeras gotazas de lluvia me decidieron a buscar refugio en una de las primeras cuadras de su calle Mayor. Es una casa semihundida, sin puerta, pero que su planta baja aún conserva parte del techo. En el rincón que consideré más seguro extendí mi saco de dormir y, quitándome sólo las botas, me metí dentro e intenté conciliar el sueño. Tarea peliaguda, pues la tormenta arreciaba, los truenos retumbaban como si se hundiese el firmamento y la vívida luz de los relámpagos iluminaba fantasmagóricamente las ruinas de mi improvisado refugio como si los rayos cayesen allí mismo, delante del vano de la entrada. Yo cerraba los ojos, pero no conseguía escapar al intenso ramalazo de luz. El aguacero caía inmisericorde sobre el destrozado tejado y el agua se colaba por los desvencijados techos y paredes y ya se estaba formando en el patio un charco que me hacía temblar de miedo, pues no estaba muy seguro de si el rincón que había elegido se encontraba a la suficiente altura para no ser anegado. Para agravar la situación, se comenzaron a oír unos chirridos como de maderas que cediesen y ya me vi sepultado bajo los escombros de aquella ruinosa casa. Por otra parte, no podía salir a la calle, pues bajaba un torrente de agua que me hubiese arrastrado en su ímpetu. En esta situación, me acurruqué más en el saco y me dije: “-Que sea lo que Dios quiera” Y me puse a rezar con toda la devoción posible al Apóstol Santiago para que me protegiera. Después de un largo rato los truenos se hicieron más lejanos y dejó de llover; a tiempo, pues el agua del charco ya estaba a un palmo de mi saco. Di gracias a Dios e intenté relajarme y dormirme. Lo conseguí, pero mi sueño, en vez de ser reparador, se vio enturbiado por una horrible pesadilla: me encontraba ahogándome en un charco de estiércol empapado de agua pestilente y rodeado por unos lobos con sus fauces abiertas y sus ojos de azufre fijos en mí y ladrando desaforadamente. Me desperté sobresaltado y me encontré con las fauces abiertas, los ojos fijos y los fuertes ladridos de tres perros de pastor. Yo estaba todo empapado en sudor producido por el calor del saco y la excesiva humedad. Por la puerta abierta entraba tímidamente la primera luz de la mañana. Cuando no sabía qué actitud tomar frente a los perros, oí una voz llamándolos y enseguida se recortó en el vano de la puerta la figura de un hombre. Era el pastor, el hijo de la Sra. María, que se disponía a sacar las ovejas de otro corral donde las encerraba por la noche. Me pidió disculpas por los perros y me tranquilizó. Como me vio en un estado tan deplorable, me ayudó a levantarme y me llevó a casa de su madre, la única habitante del pueblo, y me hicieron desayunar un café con leche y un trozo de queso con pan duro. Al final todo acabó bien, pero ¡qué noche he pasado!


Zaragoza, 2006


26/11/2008 14:05 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "EL ÚLTIMO ARRIERO"

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Estaba mirando el reloj de la fachada del Ayuntamiento de Astorga, embelesado con las figuras de los arrieros, cuando se acercó a mí un anciano que, aunque apoyado en su bastón caminaba con dificultad, hablaba con fluidez y demostraba buena memoria. Como la mayoría de los ancianos, estaba deseoso de conversación y, preguntándome si me gustaban los maragatos, la entabló conmigo. Yo no soy muy comunicativo, pero me precio de ser buen oyente. Así que cuando me dijo que, si me interesaba la historia de los maragatos, él me contaría una muy particular, lo invité a sentarnos en un banco de la plaza y me dispuse a escucharlo con la mayor atención.

-No tengo prisa- le dije. –Estoy haciendo el Camino de Santiago y lo que me interesa es llegar a la tumba del Apóstol, pero no me importa cuando.

-Ya me he dado cuenta de que era un peregrino y por eso lo he abordado porque pensaba que le interesaría mi historia, pues tiene relación con el Camino – me dijo y empezó:

“Mi abuelo fue, posiblemente, el último arriero de la Maragatería. Su padre y sus tíos también se habían dedicado a este oficio. Él comenzó desde muy jovencito a recorrer los difíciles caminos de esta dura tierra a lomos de una de sus mulas a veces, pero más frecuentemente caminando cuando las bestias iban cargadas. Tenía una gran ambición y decía siempre que cuando recogiese dinero suficiente, se retiraría de este duro oficio y se iría a vivir a la ciudad de Astorga. Quería formar una familia y que los hijos que tuviese pudiesen estudiar para que se labrasen un porvenir más brillante que el que había tenido él y sus antepasados. Vivía con sus padres en Castrillo de los Polvazares, ese bello pueblo que se halla cerquita de aquí. ¿Lo conoce?

- Sí, y he comido en él un extraordinario cocido maragato. Pero siga, por favor.

-“Mi abuelo, pues, cuando cumplió los 21 años se independizó de sus padres y en poco tiempo consiguió tener su propia recua de mulos con los que transportaba toda clase de mercancías desde Astorga a León, desde León a Ponferrada o a cualquier otra ciudad de España para la que le encargasen un transporte. Su experiencia en el oficio y su gran ambición pronto lo convirtieron en el arriero más solicitado de la región. Un día, cuando iba a Ponferrada con sus mulos a cargar una mercadería que debía transportar hasta León, alcanzó, a la altura de la Cruz de Ferro, un grupo de personas que, nada más verlo, lo abordaron con gran interés.

-Nos viene Vd. como caído del cielo- le dijo uno de ellos, el que parecía el mayor. –Venimos desde Barcelona en peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago para dar gracias por haber salvado la vida de nuestra hija de una grave enfermedad y precisamente ésta se ha torcido un tobillo y no podemos seguir. Si estuviese dispuesto a llevarla en uno de sus mulos hasta Ponferrada, le estaríamos muy agradecidos además de pagarle lo que nos pidiese.

Mi abuelo, a pesar de tener tan pateados estos caminos, nunca se había encontrado con un peregrino, pero sí que había oído hablar de ellos y, por supuesto, del Camino de Santiago, que tantas veces recorría con su recua. Accedió gustoso a la petición y no sólo a cargar a la accidentada, sino también, en otra caballería, a la madre de ésta, que había quedado muy afectada por el contratiempo de su hija y se sentía sin fuerzas para dar un paso más. También cargó en una tercera caballería las mochilas y macutos de todo el grupo. Buen negociante como era, se regocijaba en sus adentros del dinero que iba a sacar sin esperarlo; ya no perdería el viaje de ida hasta la carga. Pero al montar en el mulo a la accidentada se percató de que se trataba de una joven bellísima y quedó irresistiblemente prendado de ella. Mi abuelo nunca se había fijado en ninguna chica de su pueblo ni de los otros muchos por los que pasaba; ni siquiera le hacían gracia las insinuaciones de algunas mozas de diversos mesones en los que paraba a comer o pernoctar. Por eso, la visión de aquella beldad que lo miraba con una sonrisa de cielo mientras le daba las gracias con una voz angelical le produjo una impresión tan intensa que el corazón, desbocado, se le subía a la garganta y le impedía respirar. También la joven quedó cautiva de las prendas de mi abuelo, que no eran pocas: buen mozo, con unos ojos negros como carbuncos y un donaire en el hablar adquirido en el trato con tantas personas de diferentes lugares y culturas causaban la admiración de todas las jovencitas que lo conocían. Él, para asegurar la integridad de la jinete por aquellas cuestas abajo tan pronunciadas, llevaba el mulo del ronzal y aprovechó esta circunstancia para, una vez más sereno, entablar conversación con la bella joven. El caso es que cuando llegaron a Ponferrada el mutuo flechazo ya se había producido. Lo comunicaron a los padres de ella, que después del lógico estupor que les causó la inesperada noticia, consintieron en la relación por no contrariar a su idolatrada hija y porque también se dieron cuenta de las buenas cualidades del apuesto arriero. Acordaron que, después de que mi abuelo cumpliese con el encargo del transporte que debía hacer hasta León, los iría a buscar a Santiago de Compostela para traerlos hasta Castrillo de los Polvazares para que conociesen a sus padres. Así lo hicieron y después de que mis bisabuelos quedaron encantados con la novia que se había echado su hijo, éste trasladó a los catalanes hasta León, desde donde prosiguieron viaje por su cuenta a Barcelona. Después de tres años de penoso noviazgo, pues las cartas eran pocas y menos las visitas, se casaron y se establecieron en Astorga, en la misma casa donde vivieron mis padres y yo vivo ahora con una de mis hijas. De viaje de novios fueron en peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago, pues a Él (lo creían firmemente) le debían el conocerse y el amarse. Y además, al primer hijo que tuvieron, que fue mi padre, le pusieron de nombre Santiago.

-Ese final es idéntico al de unos amigos míos -contesté yo. Y di las gracias al locuaz astorgano por tan interesante relato.



Zaragoza, 2006







26/11/2008 14:01 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "EL PROFANADOR DE TUMBAS"

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En Villadangos del Páramo (su sobrenombre le viene de que forma parte de la antaño mísera comarca del Páramo, plana, monótona y desolada. Ahora la conocemos totalmente transformada gracias a la red de acequias y canales que la riegan con agua tomada del río Órbigo) en Villadangos digo, hay una iglesia dedicada al Apóstol con representaciones de Santiago Matamoros en su segunda puerta y en el retablo mayor. Pero lo que más choca, por inusual y macabro, es una especie de empedrado a base de huesos, dicen que humanos, que dibujan unas figuras alegóricas. De estos huesos existe una leyenda:

Sucedió en la época en que se estaba construyendo la actual iglesia. Edelmiro era un joven muy pobre que malvivía con su madre viuda de la caridad de los vecinos y de alguna peonada que echaba para los terratenientes más fuertes. La esposa de uno de estos pocos hombres ricos que existían en aquel miserable pueblo estaba a la sazón muy enferma y los médicos ya la habían desahuciado. Mujer muy piadosa y devota del Apóstol Santiago, había promovido la construcción del nuevo templo, para la cual donó una importante cantidad de dinero con la condición de que la enterrasen en el atrio de la iglesia. Quería, en un acto de humildad, ser pisada por los fieles que entrasen al templo y, a la vez, ser recordada en sus oraciones. Murió cuando el templo todavía no estaba acabado y su cadáver fue depositado en un sencillo ataúd, que colocaron semienterrado en una de las entradas del templo. Más adelante, cuando estuviese acabado el sarcófago que estaban labrando para ella, le darían definitiva sepultura.

Nuestro Edelmiro de la historia, como jornalero que había sido en repetidas ocasiones de la hacienda de la señora, asistió a todos los actos del sepelio. Lo que no pudo ver es cómo la amortajaron; pero él pensaba que, como era usual en la época, le habrían puesto las mejores joyas, aquellas que tantas veces había visto brillar en las manos, el cuello y las orejas de la señora y que le despertaban sus instintos de codicia. Pensó que no estaba bien que tanta riqueza se perdiese en la tierra y que a él le vendría bien para salir de tanta miseria. Y se puso a idear la manera de apoderarse del tesoro. Pasó toda una semana pensando obsesivamente en cómo quitaría la poca tierra colocada encima del ataúd y abriría éste valiéndose de una palanqueta que ya tenía preparada. Una noche ya no pudo resistir más y a las dos de la mañana salió sigilosamente de su casa provisto de una pala, la palanqueta y una palmatoria. Retirar la tierra con la pala no le costó mucho. El abrir la tapa del ataúd ya era más complicado. Era consciente de que estaba cometiendo una acción abominable, pero su codicia le hacía seguir adelante, aunque con cierta precaución para no estropear mucho la tapa de la caja, pues era su intención de, una vez apoderarse de las joyas, dejar todo como si no hubiese pasado nada. El chirrido que dio la caja al abrirse despertó a los perros cercanos, que empezaron a ladrar. Edelmiro se puso muy nervioso por temor a ser descubierto, pero mayor fue su nerviosismo y turbación al contemplar, a la temblorosa lucecita de la palmatoria, el cadáver de la señora, cubierto todo él por una mortaja blanca y completamente cerrada. Sólo el rostro céreo, como el de una estatua de alabastro, quedaba al descubierto. Edelmiro recibió tal impresión que, no pudiendo aguantar más, se incorporó y echó a correr dando gritos despavoridos. No tardaron en cogerlo, pues los ladridos de los perros habían despertado a los criados de la casa de la difunta señora. El escándalo y el revuelo que se armó en el pequeño pueblo fue mayúsculo. Edelmiro fue juzgado severamente y condenado a muchos años de cárcel. Pero pasados tres años y, en vista de su arrepentimiento y buena conducta, le conmutaron el resto de la pena por la peregrinación a pie a Santiago de Compostela. Edelmiro peregrinó al sepulcro del Apóstol con mucha devoción, pidió perdón de su horrible pecado y a la vuelta al pueblo suplicó encarecidamente a las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas, que le prometiesen con toda firmeza que a su muerte lo enterrarían sin ataúd ninguno y con muy poca tierra junto al sarcófago de su señora, cuyo cadáver había sido objeto de su vil profanación, y para que sus huesos, al secarse, saliesen a la superficie para que todos los que entrasen a la iglesia los pisasen y les recordasen el horrible pecado que había cometido.

Parece ser que su última voluntad se cumplió y sus huesos adornan? desde entonces la entrada al templo de Villadangos.



Zaragoza, 2006





26/11/2008 13:59 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "MISA DE REQUIEM"

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En mi peregrinación del año 1993, en Mansilla de las Mulas me acerqué a visitar la iglesia de Santa María la Real y me encontré con la sorpresa de sus inmediaciones y su atrio lleno de gente, principalmente hombres; y en su interior, atestado de personas, especialmente mujeres de todas las edades, descubrí que se trataba del funeral corpore insepulto de un personaje, creí yo, importante, no sólo por la gran afluencia de público, sino también porque en el presbiterio había seis o siete sacerdotes concelebrando. Me quedé, a pesar de sufrir la incomodidad de permanecer en pie durante la larga ceremonia, atraído por la curiosidad y porque la Misa de Réquiem la cantaba, en un gregoriano muy digno, un coro mixto de la misma localidad.

Apoyado en el fuste de una columna me dispuse a disfrutar del bello canto gregoriano, del cual un famoso músico compositor clásico había declarado que a gusto daría toda su obra (extensa por cierto) a cuenta de haber sido el autor de un solo pasaje de la Misa de Réquiem. El coro fue desgranando el introito, los quiries, el gradual... y yo estaba ya en las nubes acompañándolos interiormente. Me bajó al suelo la voz cálida, elocuente y emocionada del panegirista que trazó un esbozo corto, pero completo y de encendida alabanza, de la vida del finado.

“Ángel había nacido en el seno de una familia acomodada, de gran carisma en todo Mansilla y, sobre todo, muy cristiana. Mn. Anselmo, que nos acompaña, es hermano de su madre. Su padre, D. Vicente, fue Alcalde de la localidad durante muchos años y el promotor del primer albergue de peregrinos. Ángel era el menor de los tres hijos que tuvo la familia: dos mujeres y un varón. Ya de niño se distinguió por su educación y su aplicación en la escuela, por su simpatía y don de ganarse amigos; todos los niños del pueblo lo adoraban. De joven fue creciendo en esas virtudes y en belleza espiritual y corporal. Estudió Agronomía, pero se quedó en el pueblo trabajando las extensas tierras de su padre. Todas las muchachas estaban prendadas de él y a todas distinguía con un trato cariñoso y respetuoso a la vez. Con ninguna se comprometió hasta no acabar sus estudios. La elegida fue Isabel. “¡Qué suerte!” comentaban las otras jóvenes. Pero su envidieta enseguida se cambió en simpatía, pues Isabel es una chica estupenda, buena amiga de todas y se lo merecía. Hacía sólo dos años que se habían casado y precisamente hoy cumple dos meses el fruto de su amor, una niña preciosa, que lo tenía loco de dicha y alegría ¡Qué desgarro tan terrible para estas dos inocentes criaturas! ¡Y para sus padres y hermanas, que tanto lo querían! ¡Qué inescrutables son los caminos del Señor! (Las lágrimas corren por el rostro de los que me rodean y mis ojos, fáciles al llanto, también se humedecen) La vida de Ángel ha sido ejemplar en todos los sentidos: en el humano, en el social y en el religioso. Y nos ha puesto el listón bien alto a todos, niños, jóvenes y adultos... Y su muerte, aunque nos parezca absurda, no lo es de ninguna manera; ha entregado su vida en el surco del trabajo y en aquello que él amaba especialmente: el Camino de Santiago. (una gran sorpresa y estupor embargan mi ánimo al escuchar esta noticia) Ya sabéis todos que, de joven, había peregrinado con su padre a Santiago de Compostela en acción de gracias por haber acabado con éxito los estudios. Desde entonces quedó prendado del Camino y se comprometió a trabajar por él con todo entusiasmo. Salía siempre que podía a repintar las señales, a arreglar los desperfectos que las tormentas producían en alguno de sus tramos... Precisamente el lunes pasado, ese día que nosotros consideramos aciago, fue el elegido por el Señor para llevárselo con Él . Ya estará junto con el Apóstol Santiago, a quien tanta devoción había cogido, en la Compostela eterna, en la Jerusalén celestial. Acababa de arar con el tractor un campo que tenía lindando con el Camino y, aunque era un poco tarde, quiso allanar unas barrancadas que la última tormenta había ocasionado en el firme. Quizás el cansancio de todo un día de trabajo le hizo perder los reflejos ante el volante y volcó su flamante tractor con tan mala suerte que lo cogió debajo y lo aplastó contra el camino. Su preciosa sangre regó la tierra que él, como tantos otros miles de peregrinos, habían pisado con amor en busca del sepulcro del Apóstol. (Nuevas lágrimas).”

El párroco continuó haciendo reflexiones espirituales y recomendando a la familia y a todos los feligreses y asistentes que, además de rogar por él, pidiésemos su intercesión para nosotros, pues sin duda habría alcanzado en el cielo un sitial muy cercano al Señor.

Siguió la celebración. En la Comunión el coro intercaló un canto polifónico: el Panis Angélicus de C. Casciolini, una pieza que yo había cantado de joven y que me gustaba mucho.

Acabaron las exequias con las antífonas, para mí, más extraordinarias y bellas de todo el canto gregoriano: In paradisum, Chorus angelorum, Ego sum...: Otra vez mi espíritu se eleva mientras escucho y acompaño al canto en mi interior: “Los ángeles te guíen al Paraíso; a tu llegada te reciban los mártires y te conduzcan a la ciudad santa Jerusalén.- El coro de los ángeles te reciba y goces del descanso eterno junto con el pobre Lázaro.- Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.

¡Qué emociones tan intensas, qué vivencias tan variadas proporciona el Camino de Santiago!



Zaragoza, 2006






26/11/2008 13:57 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "LA PEREGRINA"

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Sahagún es una ciudad cargada de historias y leyendas desde sus orígenes, que arrancan de una antigua ermita en la ribera del Cea, consagrada a los mártires romanos Facundo (que da al lugar su nombre, contracción de Sant Fagun) y Primitivo. El monasterio destruido por Almanzor fue de nuevo reedificado y puesto por Alfonso VI en manos de los monjes de Cluny, que con su labor y el favor real lo convierten en poco tiempo en la abadía más importante de la Península. Conocidas son las sublevaciones de la burguesía contra los abusos feudales; también las disputas con los obispados vecinos por el cobro de impuestos. Más conocidas son aún las múltiples leyendas relacionadas con las hazañas carolingias, entre las cuales la más difundida es la que convierte estos parajes en escenario de una famosa batalla del emperador, durante la cual las lanzas de sus guerreros muertos florecieron a orillas del Cea, a clara imagen y semejanza de los chopos que crecen en sus márgenes. Pero quizá no hayáis oído hablar tanto de la historia-leyenda que os voy a contar:

Corría el año 1230. La afluencia de peregrinos francos a esta ciudad, considerada por ellos como una segunda patria, era masiva. Pero entre todos ellos llamaba la atención por su extraordinaria belleza una joven doncella que venía del otro lado del Pirineo. Su recato y gran piedad la habían librado hasta ahora de los continuos acosos que recibía por parte, tanto de sus acompañantes de camino, como de otros habitantes de los lugares por donde pasaba. Llegada a Sahagún, fue a pedir albergue al hospital de la abadía y coincidió que a sus puertas se hallaba un apuesto y joven caballero que se estaba despidiendo del hospitalero mayor. Este joven era hijo de un importante noble que ejercía el mecenazgo con el hospital y que era muy amigo del Padre Abad, gracias a cuya influencia había prosperado y se había enriquecido. Lorenzo (era el nombre del joven), apenas vio llegar, como en una aparición, aquella beldad cuyas mejillas coloreadas por el esfuerzo del camino todavía resaltaban más sus encantos, sintió su corazón traspasado por el fuego del amor y ya no fue capaz de pensar en otra cosa que no fuese en la hermosa extranjera; y comenzó a maquinar la estrategia para hacerla suya. Habló al hospitalero y le pidió, amparado en su amistad y en los favores que le debía, que le encomendase aquella joven, pretextando que no le quedaban camas libres; que él la llevaría a casa de sus padres donde sería alojada con la dignidad que se merecía una princesa como ella, pues con ese porte no podía ser otra cosa. El hermano hospitalero accedió a los ruegos del joven noble, más por compromiso que por convicción, aunque no decía ninguna falsedad al afirmar que no había cama disponible, pues ese día el hospital se hallaba lleno. La hermosa peregrina, tan sorprendida como cansada y fiada en las palabras del monje, consintió en acompañar a aquel apuesto joven, que, por otra parte, se mostraba tan atento y respetuoso con ella. Lorenzo la presentó a su padre como una princesa de Bourgonye, conocida de los monjes de Cluny, y fue instalada en la mejor habitación de su casa-palacio, asignándole una doncella a su exclusivo servicio. Lorenzo no pudo dormir en toda la noche pensando en su bella aparición y tentado estuvo varias veces de entrar en el aposento de la joven para contemplarla dormida; pero lo detuvo el miedo al escándalo que se produciría si despertaba y se enteraba su padre. Al día siguiente, con la excusa de mostrarle el paisaje que se divisaba desde la azotea, halló la ocasión de hablar a solas con la peregrina y le suplicó que se quedase unos días a descansar en su casa. Ella agradeció la oferta, pero rehusó con energía, pues tenía mucha prisa en llegar a Compostela y acabar la peregrinación, porque en su patria la esperaba un gran acontecimiento que iba a cambiar su vida. Lorenzo se puso loco de celos creyendo que lo que le esperaba a la joven era el matrimonio. (En efecto, era el matrimonio, pero con Cristo, pues pensaba profesar en un convento de su tierra). Y entonces no pudo más y le declaró su amor y las intenciones de hacerla su esposa. Ella lo rechazó con cortesía pero con firmeza. Acostumbrado como estaba a hacer su voluntad, la negativa de la joven lo exasperó y lo enloqueció hasta el punto de abalanzarse sobre ella para estrecharla entre sus brazos y besarla. La joven, en el forcejeo por rechazarlo, tropezó en el pretil de la azotea y se precipitó al vacío, chocando contra las losas del patio y muriendo en el acto. No nos podemos imaginar la desesperación de Lorenzo. Sin valor para presentarse ante su padre y mientras los criados, aterrorizados, rodeaban el cuerpo ensangrentado de la joven, se escabulló por la puerta trasera y se acercó hasta la abadía a contarle a su amigo el Abad lo que había sucedido. Éste, después de recriminarle su fogosidad, le recomendó que acabase la peregrinación que la joven extranjera interrumpió por su culpa y, postrado ante el sepulcro del Apóstol Santiago, pidiese perdón a Dios con humildad y contrición. Así lo hizo y, a su vuelta de la peregrinación, cedió toda su herencia para que se construyese un templo donde los restos mortales de aquel fugaz y desgraciado amor pudiesen descansar en paz. Mandó que se tallase una imagen de María Santísima lo más semejante a la bella joven, y se vistiese de peregrina. Así se hizo, y esta estatua, hoy guardada en la Iglesia de San Lorenzo, fue la que dio nombre a la Iglesia de la Peregrina, raro ejemplo del gótico mudéjar, que se encuentra a corta distancia de Sahagún, hacia el sur.


Zaragoza, 2006






26/11/2008 13:55 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "GUILLERMO EL TEMPLARIO

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Aquella mañana de Junio del 1993, cuando entré al albergue particular que hay en Terradillos de los Templarios, nadie salió a recibirme. Tuve que llamar varias veces hasta que apareció un individuo gordo y desaliñado con unos ojillos que indicaban, sin ninguna duda, falta de sueño.

- Buenos días. ¿Guillermo?- pregunté.

- Sí, soy yo. ¿Qué desea? –me contestó con una voz enganchada en los estropajos de la ensoñación.

Me presenté y le expliqué que, aunque le pareciese pronto, llevaba la intención de quedarme a dormir en su casa, pues por lo que me habían contado me interesaba mucho su personalidad y su historia; que si tenía una cama para mí ...

Soltó una risita de conejo y le debí caer bien, pues me adjudicó la habitación del Cura que según él, era la mejor de la casa y la llamaba así porque en ella había dormido un cura. Aunque realmente era buena habitación y buena cama, aquella noche apenas pude dormir, excitado por la narración de Guillermo y sobrecogido por la terrible tempestad de truenos, relámpagos, pedrisco y aguacero que se desató y que duró buena parte de la noche

Después de cenar logré convencer a Guillermo para que me concediese un rato de velada y me contase su historia. Él se resistía, pero al final se sinceró conmigo y me contó lo que yo os traspaso ahora:

“El año 1985 vivía yo en Almendralejo, una población importante de Extremadura. Era pobre, como ahora, pero tenía mi casita y mi huerto y, con los trabajos que iba haciendo para otros, me mantenía. Pero en mi cabeza bullía otro mundo muy distinto al que me rodeaba. Había leído libros que hablaban sobre los templarios y aquellas historias me subyugaron tanto que intenté y conseguí ponerme en contacto con la Orden Soberana del Templo Solar. Desde entonces comencé a predicar por mi pueblo su doctrina y formé un pequeño grupo que se distinguía de los demás por no estar conformes con el orden establecido y criticábamos las injusticias que veíamos tan palpables en nuestras Autoridades. Yo les decía: somos los nuevos Caballeros Andantes, los herederos de aquellos otros monjes-guerreros medievales, de aquellos locos, de aquellos valientes, de aquellos “herejes”, de aquellos Templarios... Pero no eran aquellos tiempos propicios para llevar la contraria a la jerarquía imperante, ya fuese civil o religiosa. Pronto tuve problemas con el Párroco y sobre todo, con el Alcalde, con el que tuve unas agarradas de algo más que palabras. Me reconvinieron, me multaron..., pero como no podían conmigo, al fin me declararon persona “non grata”, que alteraba el orden público. Y acabaron por desterrarme de mi localidad. Como yo sabía la estrecha relación que ha existido siempre entre el Temple y el Camino de Santiago, busqué en éste un lugar donde asentarme Y ¿qué mejor que Terradillos de Templarios? Dejaba mi Patria terrenal, Extremadura, y me instalaba en mi Patria espiritual. Vendí mi pequeña hacienda de Almendralejo y pude comprar esta casa para albergar a los Caballeros Andantes de la Nueva Caballería Universal del Fin de los Tiempos que recorren el Camino de Santiago.

NON NOBIS DOMINE, NON NOBIS!


Zaragoza, 2006


26/11/2008 13:53 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DEL CAMINO. "SAN BOAL"

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No todo son ventajas de hacer el Camino uno solo. También conlleva sus peligros. Hoy os quiero contar lo que le sucedió a Lis el año 1993.

Esta danesa es una mujer extraordinaria en todos los sentidos. Habla por lo menos siete idiomas y ha recorrido medio mundo. Después de hacer el Camino de Santiago, dejando todo: su casa, su trabajo de profesora y su hijo en su ciudad, Rudkobing, marchó a Nueva Zelanda para trabajar por las mujeres del mundo.

Este Año Sano Compostelano hacía la peregrinación a Santiago sola, pues le gustaba ir a su ritmo, cantando salmos y rezando a sus Ángeles, a los que tenía mucha devoción. En la etapa de Tardajos a Catrojeriz, al pasar por el arroyo Sambol, se acercó a visitar la reciente construcción de un elemental refugio –sólo hay un techo y un hogar donde encender lumbre y ni siquiera los ventanales están cubiertos- que el pueblo de Iglesias tuvo la atención de llevar a cabo en un sitio privilegiado del Camino, donde no falta el agua ni la sombra, y el silencio y la soledad protegen al peregrino. Mas no siempre lo protegen, pues el anterior año santo, por estos mismos parajes, una peregrina inglesa sufrió el expolio, la violación y la muerte. Nuestra Lis del cuento sabía esto y por eso su temor se acrecentó sobremanera cuando un hombre gordo con un palo en la mano se le acercó a la entrada del refugio y le comenzó a hablar. Lis se percató enseguida de que aquel individuo no era ningún peregrino y que en sus ojillos porcinos brillaba una peligrosa luz de concupiscencia carnal. Le comenzó a decir que por qué iba sola, que si no había oído lo que le había pasado a la inglesa. La danesa se defendía diciéndole que no iba sola, que unos compañeros venían por detrás. Pero el gordo, asomándose al ventanal, le contestaba que él no veía a nadie. Lis, encomendándose a sus Ángeles y sin parar de hablar, pues sabía que en estas situaciones el hablar distrae momentáneamente las malas intenciones, salió del refugio todo lo deprisa que pudo, y el “gordo” tras ella. Al llegar al camino principal se encontraron con un tractorista joven que venía conduciendo su tractor. Nuestra peregrina respiró aliviada; pero poco le duró su tranquilidad, pues el joven del tractor, a penas vislumbró al “gordo”, sin parar siquiera la máquina, se abalanzó sobre él y mientras le golpeaba, lo increpaba gritándole:

-Ya estoy harto de que vayas diciendo por ahí que yo tuve que ver en el caso de la inglesa. Tú si que demuestras que eres capaz de esos crímenes y por eso sales al encuentro de las peregrinas solitarias. ¡Te voy a romper esa cabeza de cerdo que tienes!

Y a fuer que lo hubiese conseguido si no llega a ser porque el tractor, todavía en marcha, subió por el margen de piedras y volcó en medio del camino; sus ruedas quedaron girando al aire hasta que el tractorista, desentendiéndose del “gordo”, se acercó al tractor y paró el motor.

Lis, aterrorizada, echó camino adelante, todo lo deprisa que le permitían sus temblorosas piernas, dando gracias al Apóstol y a sus queridos Ángeles por haberla librado de un trance tan peligroso. Y decidió que, aunque tuviese que madrugar, saldría a caminar en las próximas etapas acompañada.



Zaragoza, 2006

26/11/2008 13:43 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

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