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CUENTOS DEL CAMINO. "MISA DE REQUIEM"

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En mi peregrinación del año 1993, en Mansilla de las Mulas me acerqué a visitar la iglesia de Santa María la Real y me encontré con la sorpresa de sus inmediaciones y su atrio lleno de gente, principalmente hombres; y en su interior, atestado de personas, especialmente mujeres de todas las edades, descubrí que se trataba del funeral corpore insepulto de un personaje, creí yo, importante, no sólo por la gran afluencia de público, sino también porque en el presbiterio había seis o siete sacerdotes concelebrando. Me quedé, a pesar de sufrir la incomodidad de permanecer en pie durante la larga ceremonia, atraído por la curiosidad y porque la Misa de Réquiem la cantaba, en un gregoriano muy digno, un coro mixto de la misma localidad.

Apoyado en el fuste de una columna me dispuse a disfrutar del bello canto gregoriano, del cual un famoso músico compositor clásico había declarado que a gusto daría toda su obra (extensa por cierto) a cuenta de haber sido el autor de un solo pasaje de la Misa de Réquiem. El coro fue desgranando el introito, los quiries, el gradual... y yo estaba ya en las nubes acompañándolos interiormente. Me bajó al suelo la voz cálida, elocuente y emocionada del panegirista que trazó un esbozo corto, pero completo y de encendida alabanza, de la vida del finado.

“Ángel había nacido en el seno de una familia acomodada, de gran carisma en todo Mansilla y, sobre todo, muy cristiana. Mn. Anselmo, que nos acompaña, es hermano de su madre. Su padre, D. Vicente, fue Alcalde de la localidad durante muchos años y el promotor del primer albergue de peregrinos. Ángel era el menor de los tres hijos que tuvo la familia: dos mujeres y un varón. Ya de niño se distinguió por su educación y su aplicación en la escuela, por su simpatía y don de ganarse amigos; todos los niños del pueblo lo adoraban. De joven fue creciendo en esas virtudes y en belleza espiritual y corporal. Estudió Agronomía, pero se quedó en el pueblo trabajando las extensas tierras de su padre. Todas las muchachas estaban prendadas de él y a todas distinguía con un trato cariñoso y respetuoso a la vez. Con ninguna se comprometió hasta no acabar sus estudios. La elegida fue Isabel. “¡Qué suerte!” comentaban las otras jóvenes. Pero su envidieta enseguida se cambió en simpatía, pues Isabel es una chica estupenda, buena amiga de todas y se lo merecía. Hacía sólo dos años que se habían casado y precisamente hoy cumple dos meses el fruto de su amor, una niña preciosa, que lo tenía loco de dicha y alegría ¡Qué desgarro tan terrible para estas dos inocentes criaturas! ¡Y para sus padres y hermanas, que tanto lo querían! ¡Qué inescrutables son los caminos del Señor! (Las lágrimas corren por el rostro de los que me rodean y mis ojos, fáciles al llanto, también se humedecen) La vida de Ángel ha sido ejemplar en todos los sentidos: en el humano, en el social y en el religioso. Y nos ha puesto el listón bien alto a todos, niños, jóvenes y adultos... Y su muerte, aunque nos parezca absurda, no lo es de ninguna manera; ha entregado su vida en el surco del trabajo y en aquello que él amaba especialmente: el Camino de Santiago. (una gran sorpresa y estupor embargan mi ánimo al escuchar esta noticia) Ya sabéis todos que, de joven, había peregrinado con su padre a Santiago de Compostela en acción de gracias por haber acabado con éxito los estudios. Desde entonces quedó prendado del Camino y se comprometió a trabajar por él con todo entusiasmo. Salía siempre que podía a repintar las señales, a arreglar los desperfectos que las tormentas producían en alguno de sus tramos... Precisamente el lunes pasado, ese día que nosotros consideramos aciago, fue el elegido por el Señor para llevárselo con Él . Ya estará junto con el Apóstol Santiago, a quien tanta devoción había cogido, en la Compostela eterna, en la Jerusalén celestial. Acababa de arar con el tractor un campo que tenía lindando con el Camino y, aunque era un poco tarde, quiso allanar unas barrancadas que la última tormenta había ocasionado en el firme. Quizás el cansancio de todo un día de trabajo le hizo perder los reflejos ante el volante y volcó su flamante tractor con tan mala suerte que lo cogió debajo y lo aplastó contra el camino. Su preciosa sangre regó la tierra que él, como tantos otros miles de peregrinos, habían pisado con amor en busca del sepulcro del Apóstol. (Nuevas lágrimas).”

El párroco continuó haciendo reflexiones espirituales y recomendando a la familia y a todos los feligreses y asistentes que, además de rogar por él, pidiésemos su intercesión para nosotros, pues sin duda habría alcanzado en el cielo un sitial muy cercano al Señor.

Siguió la celebración. En la Comunión el coro intercaló un canto polifónico: el Panis Angélicus de C. Casciolini, una pieza que yo había cantado de joven y que me gustaba mucho.

Acabaron las exequias con las antífonas, para mí, más extraordinarias y bellas de todo el canto gregoriano: In paradisum, Chorus angelorum, Ego sum...: Otra vez mi espíritu se eleva mientras escucho y acompaño al canto en mi interior: “Los ángeles te guíen al Paraíso; a tu llegada te reciban los mártires y te conduzcan a la ciudad santa Jerusalén.- El coro de los ángeles te reciba y goces del descanso eterno junto con el pobre Lázaro.- Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.

¡Qué emociones tan intensas, qué vivencias tan variadas proporciona el Camino de Santiago!



Zaragoza, 2006






26/11/2008 13:57 Enlace permanente.

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