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CUENTOS DEL CAMINO. "EL PROFANADOR DE TUMBAS"

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En Villadangos del Páramo (su sobrenombre le viene de que forma parte de la antaño mísera comarca del Páramo, plana, monótona y desolada. Ahora la conocemos totalmente transformada gracias a la red de acequias y canales que la riegan con agua tomada del río Órbigo) en Villadangos digo, hay una iglesia dedicada al Apóstol con representaciones de Santiago Matamoros en su segunda puerta y en el retablo mayor. Pero lo que más choca, por inusual y macabro, es una especie de empedrado a base de huesos, dicen que humanos, que dibujan unas figuras alegóricas. De estos huesos existe una leyenda:

Sucedió en la época en que se estaba construyendo la actual iglesia. Edelmiro era un joven muy pobre que malvivía con su madre viuda de la caridad de los vecinos y de alguna peonada que echaba para los terratenientes más fuertes. La esposa de uno de estos pocos hombres ricos que existían en aquel miserable pueblo estaba a la sazón muy enferma y los médicos ya la habían desahuciado. Mujer muy piadosa y devota del Apóstol Santiago, había promovido la construcción del nuevo templo, para la cual donó una importante cantidad de dinero con la condición de que la enterrasen en el atrio de la iglesia. Quería, en un acto de humildad, ser pisada por los fieles que entrasen al templo y, a la vez, ser recordada en sus oraciones. Murió cuando el templo todavía no estaba acabado y su cadáver fue depositado en un sencillo ataúd, que colocaron semienterrado en una de las entradas del templo. Más adelante, cuando estuviese acabado el sarcófago que estaban labrando para ella, le darían definitiva sepultura.

Nuestro Edelmiro de la historia, como jornalero que había sido en repetidas ocasiones de la hacienda de la señora, asistió a todos los actos del sepelio. Lo que no pudo ver es cómo la amortajaron; pero él pensaba que, como era usual en la época, le habrían puesto las mejores joyas, aquellas que tantas veces había visto brillar en las manos, el cuello y las orejas de la señora y que le despertaban sus instintos de codicia. Pensó que no estaba bien que tanta riqueza se perdiese en la tierra y que a él le vendría bien para salir de tanta miseria. Y se puso a idear la manera de apoderarse del tesoro. Pasó toda una semana pensando obsesivamente en cómo quitaría la poca tierra colocada encima del ataúd y abriría éste valiéndose de una palanqueta que ya tenía preparada. Una noche ya no pudo resistir más y a las dos de la mañana salió sigilosamente de su casa provisto de una pala, la palanqueta y una palmatoria. Retirar la tierra con la pala no le costó mucho. El abrir la tapa del ataúd ya era más complicado. Era consciente de que estaba cometiendo una acción abominable, pero su codicia le hacía seguir adelante, aunque con cierta precaución para no estropear mucho la tapa de la caja, pues era su intención de, una vez apoderarse de las joyas, dejar todo como si no hubiese pasado nada. El chirrido que dio la caja al abrirse despertó a los perros cercanos, que empezaron a ladrar. Edelmiro se puso muy nervioso por temor a ser descubierto, pero mayor fue su nerviosismo y turbación al contemplar, a la temblorosa lucecita de la palmatoria, el cadáver de la señora, cubierto todo él por una mortaja blanca y completamente cerrada. Sólo el rostro céreo, como el de una estatua de alabastro, quedaba al descubierto. Edelmiro recibió tal impresión que, no pudiendo aguantar más, se incorporó y echó a correr dando gritos despavoridos. No tardaron en cogerlo, pues los ladridos de los perros habían despertado a los criados de la casa de la difunta señora. El escándalo y el revuelo que se armó en el pequeño pueblo fue mayúsculo. Edelmiro fue juzgado severamente y condenado a muchos años de cárcel. Pero pasados tres años y, en vista de su arrepentimiento y buena conducta, le conmutaron el resto de la pena por la peregrinación a pie a Santiago de Compostela. Edelmiro peregrinó al sepulcro del Apóstol con mucha devoción, pidió perdón de su horrible pecado y a la vuelta al pueblo suplicó encarecidamente a las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas, que le prometiesen con toda firmeza que a su muerte lo enterrarían sin ataúd ninguno y con muy poca tierra junto al sarcófago de su señora, cuyo cadáver había sido objeto de su vil profanación, y para que sus huesos, al secarse, saliesen a la superficie para que todos los que entrasen a la iglesia los pisasen y les recordasen el horrible pecado que había cometido.

Parece ser que su última voluntad se cumplió y sus huesos adornan? desde entonces la entrada al templo de Villadangos.



Zaragoza, 2006





26/11/2008 13:59 Enlace permanente.

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