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CUENTOS DEL CAMINO. "EL ÚLTIMO ARRIERO"

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Estaba mirando el reloj de la fachada del Ayuntamiento de Astorga, embelesado con las figuras de los arrieros, cuando se acercó a mí un anciano que, aunque apoyado en su bastón caminaba con dificultad, hablaba con fluidez y demostraba buena memoria. Como la mayoría de los ancianos, estaba deseoso de conversación y, preguntándome si me gustaban los maragatos, la entabló conmigo. Yo no soy muy comunicativo, pero me precio de ser buen oyente. Así que cuando me dijo que, si me interesaba la historia de los maragatos, él me contaría una muy particular, lo invité a sentarnos en un banco de la plaza y me dispuse a escucharlo con la mayor atención.

-No tengo prisa- le dije. –Estoy haciendo el Camino de Santiago y lo que me interesa es llegar a la tumba del Apóstol, pero no me importa cuando.

-Ya me he dado cuenta de que era un peregrino y por eso lo he abordado porque pensaba que le interesaría mi historia, pues tiene relación con el Camino – me dijo y empezó:

“Mi abuelo fue, posiblemente, el último arriero de la Maragatería. Su padre y sus tíos también se habían dedicado a este oficio. Él comenzó desde muy jovencito a recorrer los difíciles caminos de esta dura tierra a lomos de una de sus mulas a veces, pero más frecuentemente caminando cuando las bestias iban cargadas. Tenía una gran ambición y decía siempre que cuando recogiese dinero suficiente, se retiraría de este duro oficio y se iría a vivir a la ciudad de Astorga. Quería formar una familia y que los hijos que tuviese pudiesen estudiar para que se labrasen un porvenir más brillante que el que había tenido él y sus antepasados. Vivía con sus padres en Castrillo de los Polvazares, ese bello pueblo que se halla cerquita de aquí. ¿Lo conoce?

- Sí, y he comido en él un extraordinario cocido maragato. Pero siga, por favor.

-“Mi abuelo, pues, cuando cumplió los 21 años se independizó de sus padres y en poco tiempo consiguió tener su propia recua de mulos con los que transportaba toda clase de mercancías desde Astorga a León, desde León a Ponferrada o a cualquier otra ciudad de España para la que le encargasen un transporte. Su experiencia en el oficio y su gran ambición pronto lo convirtieron en el arriero más solicitado de la región. Un día, cuando iba a Ponferrada con sus mulos a cargar una mercadería que debía transportar hasta León, alcanzó, a la altura de la Cruz de Ferro, un grupo de personas que, nada más verlo, lo abordaron con gran interés.

-Nos viene Vd. como caído del cielo- le dijo uno de ellos, el que parecía el mayor. –Venimos desde Barcelona en peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago para dar gracias por haber salvado la vida de nuestra hija de una grave enfermedad y precisamente ésta se ha torcido un tobillo y no podemos seguir. Si estuviese dispuesto a llevarla en uno de sus mulos hasta Ponferrada, le estaríamos muy agradecidos además de pagarle lo que nos pidiese.

Mi abuelo, a pesar de tener tan pateados estos caminos, nunca se había encontrado con un peregrino, pero sí que había oído hablar de ellos y, por supuesto, del Camino de Santiago, que tantas veces recorría con su recua. Accedió gustoso a la petición y no sólo a cargar a la accidentada, sino también, en otra caballería, a la madre de ésta, que había quedado muy afectada por el contratiempo de su hija y se sentía sin fuerzas para dar un paso más. También cargó en una tercera caballería las mochilas y macutos de todo el grupo. Buen negociante como era, se regocijaba en sus adentros del dinero que iba a sacar sin esperarlo; ya no perdería el viaje de ida hasta la carga. Pero al montar en el mulo a la accidentada se percató de que se trataba de una joven bellísima y quedó irresistiblemente prendado de ella. Mi abuelo nunca se había fijado en ninguna chica de su pueblo ni de los otros muchos por los que pasaba; ni siquiera le hacían gracia las insinuaciones de algunas mozas de diversos mesones en los que paraba a comer o pernoctar. Por eso, la visión de aquella beldad que lo miraba con una sonrisa de cielo mientras le daba las gracias con una voz angelical le produjo una impresión tan intensa que el corazón, desbocado, se le subía a la garganta y le impedía respirar. También la joven quedó cautiva de las prendas de mi abuelo, que no eran pocas: buen mozo, con unos ojos negros como carbuncos y un donaire en el hablar adquirido en el trato con tantas personas de diferentes lugares y culturas causaban la admiración de todas las jovencitas que lo conocían. Él, para asegurar la integridad de la jinete por aquellas cuestas abajo tan pronunciadas, llevaba el mulo del ronzal y aprovechó esta circunstancia para, una vez más sereno, entablar conversación con la bella joven. El caso es que cuando llegaron a Ponferrada el mutuo flechazo ya se había producido. Lo comunicaron a los padres de ella, que después del lógico estupor que les causó la inesperada noticia, consintieron en la relación por no contrariar a su idolatrada hija y porque también se dieron cuenta de las buenas cualidades del apuesto arriero. Acordaron que, después de que mi abuelo cumpliese con el encargo del transporte que debía hacer hasta León, los iría a buscar a Santiago de Compostela para traerlos hasta Castrillo de los Polvazares para que conociesen a sus padres. Así lo hicieron y después de que mis bisabuelos quedaron encantados con la novia que se había echado su hijo, éste trasladó a los catalanes hasta León, desde donde prosiguieron viaje por su cuenta a Barcelona. Después de tres años de penoso noviazgo, pues las cartas eran pocas y menos las visitas, se casaron y se establecieron en Astorga, en la misma casa donde vivieron mis padres y yo vivo ahora con una de mis hijas. De viaje de novios fueron en peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago, pues a Él (lo creían firmemente) le debían el conocerse y el amarse. Y además, al primer hijo que tuvieron, que fue mi padre, le pusieron de nombre Santiago.

-Ese final es idéntico al de unos amigos míos -contesté yo. Y di las gracias al locuaz astorgano por tan interesante relato.



Zaragoza, 2006







26/11/2008 14:01 Enlace permanente.

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