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CUENTOS DEL CAMINO. "UNA NOCHE EN FONCEBADÓN"

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“Foncebadón, ese pueblo en ruinas abandonado en el Camino, en otros tiempos tan importante como para celebrarse en él un concilio, fue el escenario de una noche toledana que sufrí en mis propias carnes”

Así empezó su relato el peregrino Juan una noche del año 1993 que coincidimos en el albergue de Ponferrada.

“Cuando llegué a Rabanal del Camino, ya muy tarde, no quedaba en ninguno de los dos albergues ni un rincón donde extender el saco de dormir y decidí seguir adelante. Aunque era de noche, podía caminar por la carretera con toda seguridad y llegar hasta Manjarín y pasar la noche en su humilde refugio cuya puerta nunca se cierra y que tiene un hogar donde se puede hacer lumbre. Pero al llegar a Foncebadón comenzó a tronar y a relampaguear de una manera amenazadora y las primeras gotazas de lluvia me decidieron a buscar refugio en una de las primeras cuadras de su calle Mayor. Es una casa semihundida, sin puerta, pero que su planta baja aún conserva parte del techo. En el rincón que consideré más seguro extendí mi saco de dormir y, quitándome sólo las botas, me metí dentro e intenté conciliar el sueño. Tarea peliaguda, pues la tormenta arreciaba, los truenos retumbaban como si se hundiese el firmamento y la vívida luz de los relámpagos iluminaba fantasmagóricamente las ruinas de mi improvisado refugio como si los rayos cayesen allí mismo, delante del vano de la entrada. Yo cerraba los ojos, pero no conseguía escapar al intenso ramalazo de luz. El aguacero caía inmisericorde sobre el destrozado tejado y el agua se colaba por los desvencijados techos y paredes y ya se estaba formando en el patio un charco que me hacía temblar de miedo, pues no estaba muy seguro de si el rincón que había elegido se encontraba a la suficiente altura para no ser anegado. Para agravar la situación, se comenzaron a oír unos chirridos como de maderas que cediesen y ya me vi sepultado bajo los escombros de aquella ruinosa casa. Por otra parte, no podía salir a la calle, pues bajaba un torrente de agua que me hubiese arrastrado en su ímpetu. En esta situación, me acurruqué más en el saco y me dije: “-Que sea lo que Dios quiera” Y me puse a rezar con toda la devoción posible al Apóstol Santiago para que me protegiera. Después de un largo rato los truenos se hicieron más lejanos y dejó de llover; a tiempo, pues el agua del charco ya estaba a un palmo de mi saco. Di gracias a Dios e intenté relajarme y dormirme. Lo conseguí, pero mi sueño, en vez de ser reparador, se vio enturbiado por una horrible pesadilla: me encontraba ahogándome en un charco de estiércol empapado de agua pestilente y rodeado por unos lobos con sus fauces abiertas y sus ojos de azufre fijos en mí y ladrando desaforadamente. Me desperté sobresaltado y me encontré con las fauces abiertas, los ojos fijos y los fuertes ladridos de tres perros de pastor. Yo estaba todo empapado en sudor producido por el calor del saco y la excesiva humedad. Por la puerta abierta entraba tímidamente la primera luz de la mañana. Cuando no sabía qué actitud tomar frente a los perros, oí una voz llamándolos y enseguida se recortó en el vano de la puerta la figura de un hombre. Era el pastor, el hijo de la Sra. María, que se disponía a sacar las ovejas de otro corral donde las encerraba por la noche. Me pidió disculpas por los perros y me tranquilizó. Como me vio en un estado tan deplorable, me ayudó a levantarme y me llevó a casa de su madre, la única habitante del pueblo, y me hicieron desayunar un café con leche y un trozo de queso con pan duro. Al final todo acabó bien, pero ¡qué noche he pasado!


Zaragoza, 2006


26/11/2008 14:05 Enlace permanente.

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