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Centro Municipal de Convivencia para Mayores La Jota

SEMANA CULTURAL 2015

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MICRORRELATOS GANADORES

 

PRIMER PREMIO MICRORRELATOS GANADORES

 

 

NUNCA ES TARDE

 

Se llama Paco, lo conocí en el parque hace unos años, acompañado de su inseparable perrito.

Hoy lo he encontrado sentado en un banco, cabizbajo y absorto.

-¡Buenos días! ¿Dónde has dejado a tu fiel Tobi?

Le ha costado levantar la cabeza para responderme, unas manchas circundan sus ojos, rojos de haber llorado, sus manos deformadas por la artrosis oprimen un pañuelo blanco.

¡Ah! hola, me has cojido pensando, no me encuentro bien. Pilar lleva cuatro días ingresada, su situación es preocupante, el doctor me ha confirmado su gravedad.

Ha cerrado los ojos al pronunciar la última frase, volviéndose a abstraer. Observo que su semblante refleja senilidad y desvalidez, sin embargo al retomar la conversación, su voz adquiere un tono más resuelto.

-Ahora reconozco mi egoísmo, pienso en todo lo que he perdido por mi tozudez. Cuantas veces le he dicho a mi Pilar "CHITÓN", cuando venía a hablarme estando viendo el fútbol. Nunca he sabido reconocerle sus cuidados, me animó cuando me dio un ictus, siempre pendiente de mis pastillas, de mi ropa y en invierno de mi abrigo y mi bufanda. Deseo que se recupere, quiero resarcirle de ese tiempo no compartido, ser su cayado, su enfermero, serlo todo para ella hasta el final de nuestros días.

Mi premura me obliga a dejarle, advirtiendo que no soy el destinatario de sus palabras, son reproches que se hace a si mismo en voz alta.

Cuando nos despedimos deseándole la pronta mejoría de Pilar, voy pensando que Paco quisiera detener el tiempo, un tiempo que desearía borrar. La soledad es mala compañía.

Me viene al caso una "soleá" que dice: ¿A quién le contaré yo, lo que estoy pasando? Se lo voy a contar a la tierra, cuando me estén enterrando.

Ricardo Guillen Polo

SEGUNDO PREMIO

AZUL

 

 

Azul la mañana en la mar calmada

bandera ondeada en puerta y ventana

Mi primer vestido, vaquero raído

color de tus ojos donde yo me miro.

 

El cuarto de Elena, su infancia se ha ido

con letras azules su nombre yo escribo,

y lo canto hondo, que lo llevo dentro

en él me prolongo y va siempre conmigo

 

Elena: en mi tu naciste y juntas vivimos,

este amor que siento estará a tu lado,

y cuando me marche, en el cielo azul,

con él haré nubes, campo de caricias y

besos de lluvia que llenen tu vida

 

Dejaré recuerdos, retazos de vida

volaré al silencio, dormiré en la hierba,

con sol de verano y nieve blanca en la

montaña fría

Mª Pilar Rubio Lacuey

 

TERCER PREMIO

AMARGO REENCUENTRO

 

Se vieron por primera vez en aquel pueblecito de la costa y por alguna extraña razón sintió un escalofrío, que Diego no acertó a comprender, solo tenía dieciséis años, Gisela, que así se llamaba ella, acababa de cumplir catorce. Fueron los días más bonitos que había disfrutado nunca, su juventud se lo permitía, fue un hasta luego. Los tres años siguientes volvieron a coincidir, en el mismo pueblecito, en la misma playa, allí se juraron amor eterno, todo lo imperecedero que puede ser un querer. La vida y las circunstancias los llevaron por caminos diferentes. Diego intentó localizarla tras el último estío, pero no obtuvo ningún fruto a su búsqueda, finalmente supo que había marchado con su familia a otra ciudad, ignoraba los motivos, pero prontamente adivinó que aquella relación había dejado de existir. El tiempo lo llevó a encontrar una mujer con la que se casó, fruto de este matrimonio nacieron tres preciosas niñas, el cariño de Eloisa la hizo convertirse en un padre ejemplar y un marido modelo, aunque siempre recordaba a aquella niña morena, de ojos profundos, que pudo haber sido y no fue, siempre quiso a Eloisa y jamás pasó por su mente el hacerle un desprecio y la respetó hasta que una fatal enfermedad se llevó por delante a esta magnífica mujer. El recuerdo de Gisela, le seguía persiguiendo, pensaba, no sin razón, que haría muchos años se habría olvidado de el, pero a pesar de esta reflexión, se propuso encontrarla, saber de su vida, tampoco esta vez tuvieron fruto sus pesquisas. Su viudedad y la infructuosa búsqueda lo volvieron taciturno, malhumorado, hasta el punto de tener una relación poco fluida con sus hijas, el nacimiento de los nietos tampoco cambió su carácter, aunque lo dulcificó.

Una mañana hojeando el periódico en el bar que frecuentaba, al desayunar, vio con estupor y un gran dolor la esquela de Gisela, derramando parte del café que se estaba tomando y con inusitado atolondramiento, salió del establecimiento y marchó como un autómata al velatorio donde se encontraba aquella mujer por la que tanto había suspirado, al llegar se encontró con la hija, en la reseña del rotativo solo figuraba ella, ningún marido, ningún hijo mas y se encaminó a presentarse, la hija de Gisela mirándolo a los ojos le dijo. - Tu debes ser Diego, al que tantas veces, a lo largo de su vida, mencionó mi madre-. Al mirar aquel cuerpo inerte vio que tenía entre sus manos una vieja y raída fotografía en la que se mostraban sus dos jóvenes figuras.

Eduardo Roche Herrero

04/06/2015 23:43 Enlace permanente.

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