
- ¡Eh! ¡Usted, el de allí abajo! ¿No he dicho yo que estaba prohibido bajar por la escalera?
- Señor, yo no he bajado por la escalera.
- ¡Suba ahora mismo! ¡Deprisa! Si no quiere que lo traiga a patadas.
Estas palabras fueron las últimas que dijo el señor Til en aquel escenario; porque el hombre que se encontraba abajo comenzó a bracear con impetú y ascendía por el aire, ante el asombro de todos, entre el hueco de la escalera, como lo haría un experto buceador si aquello estuviese lleno de agua.
Cuando el hombre se puso a su altura, el señor Til, el bravucón encargado de la obra, dio unos pasos para atrás, frunció el ceño, y dándose media vuelta, comenzó a caminar con los cabellos erizados. Lo hacia cabizbajo, como si fuera sin rumbo, sin mirar lo que pisaba ni hacer caso de aquellos obreros que habían interrumpido su trabajo.
Llegó hasta la puerta del Masati, bar próximo que formaba esquina con la calle de La Cenia.
-Le preparo enseguida su café con leche- le dijo Nati, la dueña del establecimiento, cuando lo vio llegar.
-¡No! ¡Quiero una copa grande de coñac!
Nati quedó sorprendida, y al observar su rostro abatido y asustadizo, le dijo:
- ¡Dios! ¡Qué cara! ¿Acaso ha visto usted un fantasma?
José Cañada
* Del Boletín "Creaciones. Junio 2010". Centro de Convivencia para Mayores "Salvador Allende"
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