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El pasado día 18 de abril comenzó su andadura el grupo JUNTALETRAS en el Centro Salvador Allende. Lo componemos alumnos pertenecientes a los Talleres de Animación a la Escritura y Animación a la Lectura, que hemos decidido reunirnos quincenalmente para leer y comentar cuentos, relatos, poesías, etc., escritos por nosotros, y así perfeccionar su ejecución al escuchar las sugerencias y/o críticas a los mismos.
Nuestra invitación a participar es extensiva a todas las personas pertenecientes a los Centros de Convivencia.
El único requisito que se pide, tanto en el esccrito como en los comentarios, es RESPETO.
La próxima reunión será el jueves, dia 2 de mayo a las 11,30 horas. Os esperamos.
Agradecemos, desde aquí, al director del Centro, D. Javier Casamián, su ayuda e interés para que este proyecto salga adelante.
Grupo Juntaletras

El Centro Salvador Allende tiene un patio. No todos los Centros disfrutan del privilegio de un patio; los hay que no lo tienen. Además hay patios y patios. El del Salvador Allende es todo un señor patio. De los buenos. De ajustadas proporciones y de gran belleza. Lo que no haya en él...
Cuatro paredes enladrilladas con amplias ventanas. Colgando de sus paredes o a su base, cantidad de macetas con variadas plantas de vistosos colores; un frondoso árbol, y en su centro, una fuente que lo contagia de historia.
Si fuera un cuadro, ¿quién no lo compraría? Qué de pinceladas bien dadas. Todo natural y de verdad.
Ahora de colores otoñalas, tiene el perfil de una caricia.
Es para verlo y disfrutarlo. I.B.A.

El pasado día 22 nos visitó el polifacético cantautor y periodista Juaquín Carbonell. Con su sencillez característica nos contó la vida y milagros de su maestro -como él reconoció-José Antonio Labordeta.
El título de su libro, QUERIDO LABORDETA, sobre la vida del que también fue su amigo no puede ser más elocuente. En él cuenta su convivencia durante muchos años de malos y buenos tiempos.
Se ha atrevido a escribir esta biografía porque, como le dijo a Juana, su viuda, después de ti nadie ha convivido con él tanto tiempo y corrido tantas aventuras. Recordó aquellos tiempos en que fueron los precursores de la canción aragonesa y tenían que presentar antes de cada concierto, a la censura las letras de las canciones, y les decían esta sí y la otra no. Pero lo que más recuerda de Labordeta es su íntegridad como persona. Contó que, según decía él, no sabía tocar la guitarra, pero tenía un algo que con una guitarra mal tocada y una voz no muy agradable atraía al público como él sólo lo conseguía.
Tampoco fue poeta, y lo poco que tenía de tal se lo había inculcado su hermano Miguel.
Al preguntarle cómo se escribía una canción me decía: escribe lo que veas y nada más.
Reconocía que el tiempo que estuvo en política fue un error, porque era un hombre de todo Aragón y pasó a serlo de sólo una parte. Siempre se declaró un hombre de izquierdas.
En resumen, nos contó alguna de sus aventuras con Labordeta, que al final de sus días no tenía un euro; todo lo que había ganado fue para ayudar a sus hijas y sus nietas. Estando ya enfermo y sin salir de casa le pidió que le preparara algún concierto para poder ganar alguna "perra". 
Manuel Urbano

Pues, digo que el verbo escuchar es de las palabras que a mí más me satisfacen de nuestro rico idioma. Por sus dos vocales fuertes bien repartidas en las sílabas primera y final; por el maridaje centrado de la fuerte "c" y la débil "u". Y toda ella en un increscendo armonioso y sonoro:es-cu-char. Y, principalmente, por su significado. ¡Lo que no se podría escribir en Psicología acerca de este rotundo e imperativo verbo!
Escuchar, define el diccionario, es prestar atención a lo que se oye, dar oídos, atender a un consejo o sugestión.
Escuchar es para mí devolver, corresponder a un favor que se le concede a uno.
Escuchar es también doblar la voluntad y el pensamiento sobre los estímulos recibido y digerirlos. La persona, partiendo de estas sensaciones, elabora ideas, conocimientos...
Escuchar y reflexionar. Escuchar y aprender.
Lo que quiero decir es que el ejercicio de la escucha es del mayor provecho y servicio. Todo aprendizaje se fragua dentro del cerebro, y nadie ha aprendido nada de importancia si no ha escuchado primero y reflexionado detenidamente después.
La experiencia nos dice de los deseos, del ardor de saber que manifiestan las personas mayores que asisten a estos encuentros literarios. El pasado día 29 de octubre se llenó el salón para escuchar la charla-coloquio que impartió el novelista y locutor de radio, Miguel Mena.
Sin revelar el desenlace de su última novela, ALERTA BÉCQUER, sobre la que habló, ésta nos hace reflexionar sobre el amor. Un sentimiento humano que mueve al protagonista a realizar las más sorprendentes acciones para ganarse el amor de su amada.
¿Se da en las personas mayores tamaños hechos?, fue una de las preguntas que se suscitaron. Por lo oído, el ensueño también cuenta, cómo no, en ellas. La vida del hombre está llena de despropósitos porque está llena de ilusiones y sueños en todas las edades.
En cuento a la forma sus consejos podrían resumirse en dos: Escribir bien es hacerlo claro, no raro; y todos los días, aunque sólo sea en breves tiempos.
Isaac Bureta

*En la fotografía, Javier Casamián, Director del Centro, presentando la actividad.

El pasado viernes por la mañana, dentro de la programación de Fín de Curso preparada en el Centro, se desarrolló la actividad "Lecturas con Bombones", organizada por el Taller de Animación a la Escritura, con la colaboración de todos los Talleres de Cultura. Los alumnos escribieron sus propios relatos, que con ocasión del acto leyeron personalmente en público.
Observamos gratamente como cada Curso se incrementa el número de socios amantes de las letras y de la cultura en general, y que, incluso en los supuestos en que nunca antes se practicó el arte del escribir por falta de tiempo, esto no es obstáculo a que, llegada la jubilación y con ella la oportunidad de atravesar las puertas del universo a la expresión escrita, aquéllos a los que la pasión efectivamente conduce a traspasarlas, consiguen transmitir maravillosamente en sus relatos, los más variados sentimientos, reflexiones, recuerdos, gratitudes, fantasías, inquietudes, afectos, añoranzas, querencias...
Felicitamos a todos los participantes por los buenos resultados, y los agradables momentos compartidos.

Nunca es tarde para realizar los sueños,
nunca es tarde para ser feliz,
nunca es tarde para cambiar,
nunca es tarde para comprender,
nunca es tarde para querer,
nunca es tarde para aceptar
y nunca es tarde para recordar...
Recordar quiénes somos
y quiénes queremos ser.



Queridos amigos de la Lectura y la Escritura:
Estos relatos que vais a escuchar/leer son una pequeña muestra del trabajo que hemos realizado este Curso en el Taller de Escritura del Centro Salvador Allende.
Ha sido para mí un verdadero placer participar en él. Compartir el mediodía de los viernes de estos siete meses con este excelente grupo es un privilegio. He tenido la suerte de aprender con historias muy variadas, desde algunas divertidas incluso cómicas, hasta otras trágicas, duras, tristes, desde la que invitan a la reflexión a las que nos evocan recuerdos imborrables, unas de denuncia social, de psicología familiar, de reivindicaciones culturales o medioambientales, de intriga, de ciencia ficción de amor, de cariño, de lealtad, de solidaridad, vivencias, deseos, anhelos...
Todas ellas realmente interesantes, con un trocito de corazón de cada escritor, con unas gotas de esfuerzo y una clara voluntad de mejora y superación, de plasmar en unas líneas, en unas hojas de cuaderno, algunas de las ideas que tenemos almacenadas, o bien que nos rondan y nos dan vueltas, quizá buscando una manera de aflorar o una forma de expresión.
Han presidido siempre la clase, como en una coalición, el respeto y la sonrisa. Se ha generado un buen clima y hemos practicado la escucha. Hemos sido testigos de cómo evolucionaban los escritos y de cómo iban configurándose algunos estilos.
En general, hemos disfrutado y el balance en lo humano y en lo literario ha sido muy positivo.
Escribir es una bonita y enriquecedora experiencia y os animo a seguir en ella en este camino.
Muchas gracias a todos,
Javier Polo de Marcos
Profesor Taller de Animación a la Escritura.

Te deseo, te sueño,
silencio.
Te amo,
silencio.
Te busco, te escribo,
silencio.
Te grito, pregunto al mar,
silencio.
Pregunto a la tierra,
silencio.
Mi soledad, mi desespero,
silencio.
La oscuridad, mi noche,
silencio.
El vacio, la nada,
silencio.
El silencio.
Emilio Cazcarra Usón

La cena de trabajo se ha alargado. Al salir del restaurante veo borrosas las torres del Pilar, quizás sea por la niebla o por la copa que llevo de más. Subiré andando la calle Alfonso, hasta el Coso. Me llama la atención el escaparate de una tienda de ropa y me paro.
De repente, siento una navaja en mi espalda y una voz que dice: "No te muevas, que te clavo". Hundo mis pies en el suelo, la sangre se me sube a la cabeza y se acelera mi corazón... No soy valiente, lo confieso, y mi única fuerza es ser abogado en los juicios contra delincuentes. Sigue un largo silencio. Ahora ya no siento la presión en la espalda y, en el reflejo del escaparate sólo veo mi imagen y personas que se cruzan tras de mí. Todo parece normal y pienso que son los efectos del alcohol.
Sigo mi camino, sin miedo: la calle peatonal está bastante iluminada a pesar de la niebla y las personas pasan de prisa por la hora tardía. Al llegar a la calle Espoz y Mina, aparece una mano fuerte que me tapa la boca y me arrastra hasta un portal cercano y oscuro. Creo que es un ladrón, pero no puedo gritar. Es más alto que yo, joven, gordo, con barba y pelo largo. Huele a vino. En el silencio del callejón, oigo claramente: "Te mataré. Tú me metiste en la cárcel, cabrón". Mi muerte parece segura, pero reacciono y le doy un rodillazo en los testículos. Me suelta, doblado por el dolor inesperado. Salgo del callejón y corro, tropiezo y caigo. Oigo gritar tras de mí: "Te mataré". Me levanto y sigo corriendo. Me cruzo con gente, pero unos me miran y otros siguen indiferentes. Quiero chillar pero no puedo, tampoco espero ayuda. Corro más. Otra vez un callejón y los pasos son cada vez más cercanos. Estoy perdido en estas callejuelas del Casco Histórico: no pasan coches, ni personas, ni hay bares abiertos para pedir auxilio... No tengo arma ni fuerzas para enfrentarme al agresor. Siento ya su aliento en mi cabeza, su voz en mi oido y sus pasos sobre mis talones. Mis piernas se paran, mis pulmones se ahogan..., la edad me pasa factura. ¡Ya no puedo más! Me apoyo en la pared, jadeando. Alguien aprieta mis mejillas con sus frías manos...
Es la frialdad de la muerte. Mi final.
Lucio P. González

Una larga cadena de farolas encendidas perfila la carretera que muere en la ermita, en lo alto de la sierra. Su pequeña torre, que descansa sobre la fachada principal, es foco de luz del negro horizonte. Sierra abajo hasta mis pies, sólo hay oscuridad y, bajo éstos, una luna de nácar se refleja en el espejo de aguas quietas de la piscina.
El cantar monótono de grillos acompaña mi silencio. De cuando en cuando, algún ladrido de perro cercano contesta a otros que le llaman desde la lejanía. No veo el mar, pero siento sus eternos latidos en la inmensidad.
Sentado en la terraza, veo las fachadas laterales de otros apartamentos de la urbanización, tenuemente iluminadas por la luz de las farolas que se flibra entre las palmeras y olivos del jardín. Casi todas las persianas bajadas, alguna luz encendida. Las largas y espigadas ramas de las palmeras, siempre verdes, se ondulan suavemente y en silencio sobre el tronco marrón anclado en tierra.
El reloj ha detenido el tiempo, aunque sus agujas siguen girando. Son las once de la noche de un día primaveral con termómetro de verano.
Los apartamentos vacacionales están vacios. El césped no tiene cuerpos bronceándose, ni hay flotadores ni alegres gritos de niños en la piscina. Esto sí es tranquilidad.
Colgados de los laterales de la sierra, hay grupos de luz ubicando urbanizaciones desperdigadas. Observo el negro cielo cosido de brillantes estrellas y busco en él las más conocidas: la Osa Mayor, la estrella Polar..., pero no sé encontrarlas. Ahora, ya no recuerdo ni el nombre de las constelaciones más importantes. No importa. Están sobre mi cabeza y frente a mí, con su luz callada y fria, son mis únicos acompañantes. Ahora no existe para mí la ciudad ni la civilización, con sus prisas, sus coches, sus televisores y sus móviles pegados al oído. Me siento a gusto con mi soledad y mi tranquilidad. Disfruto cada segundo de mi silencio.
Lucio P. González

Mujer. Ayer te ví llorar amargamente.
Tus preciosos ojos azules, que en otro tiempo dejaban paso al sol, al mar y a las estrellas, a duras penas se entreabrían y dejaban adivinar las verdades a medias -que en realidad eran mentiras-, el desamor, la cobardía y todo aquello que te había herido como nunca hubieras podido imaginar.
El dolor te invadía las entrañas y no acertabas, ni intentabas, ni querías ver más allá. Lo hiciste presa tuya, se instaló contigo y ocupó tu lugar preferido. Lo invadió todo. Te ví llorar nueve lunas.
Mi hombro te ofrecí a modo de caricia; mi corazón también, y mi palabra. Con todo ello me embarqué contigo, navegando en ese mar de lágrimas. Hubo momentos en los que sólo mis brazos remaron, aunque con tal fuerza, que bastaba para que tú siguieras deslizándote en mí, por un camino de agua. Durante nueve lunas navegamos.
Tus ojos no veían ni miraban. Te sabías al borde de un abismo, y te agarrabas fuerte, por si el viento en un momento débil pudiera derribarte. Pero llegó un momento en que supiste que allí estabas segura, que podías cobijarte. Fue al final de la novena luna, cuando tus ojos poco a poco volvieron a mirar de frente, y a encontrar su precioso azul perdido.
Fue precisamente entonces cuando te diste cuenta de lo que habías elegido. La vida se abrió paso y barrió el desamor, y las mentiras, y comenzó a devolverte la sonrisa. El dolor quedó poco a poco arrinconado. Te estremecías al pensar en el futuro: no era así como lo habías planeado. Comenzaste a hablar de la esperanza y, las dos, mano a mano, comenzamos a construir el nido... Tú fuiste tejiendo. Yo miraba...
Le pusiste caricias, susurros, pensamientos dulces, nanas, sonrisas, días, noches y madrugadas. Lo hiciste a toda prisa, como ganando tiempo; pero también temblando, y con la incertidumbre de necesitar, a la vez, sentirte sostenida y volar sola.
Llegó el momento, y quisiste afrontarlo en compañía. Apretabas mi mano a cada instante, y juntas respirábamos. Fue largo el camino; limpié tu sudor, y en la espera hablamos de mil cosas. Me hiciste confidencias, depositaste en mí tus esperanzas. Me pediste que no te abandonara, y me contaste en qué momento y en qué palabra mia llegó tu decisión de cambiar el dolor por la sonrisa.
Un llanto interrumpió los pensamientos. Roberta está en tus brazos. Ya nunca estarás sola.
Gloria Colás Gracia


Le llamaban Doro. Erra de talla baja, ojos pequeños y tierna mirada. Su rostro reflejaba la tristeza por la ausencia de su hijo Ramón, exiliado en Francia. Trabajaba de sol a sol. Iba y venía con sus dos mulas y su boina negra.
Era un hombre de carácter reservado; sin embargo, tenía algo especial que nos cautivaba a todos. En las frias noches de invierno, al amor de la lumbre, le escuchábamos con atención narrar bonitos cuentos. Nuestro favorito era "Ali Babá y los cuarenta ladrones". Hablaba pausadamente, dando sentido a las palabras y creando con ello misterio y emoción, mientras nuestra imaginación volaba.
Para mí, el autor del cuento favorito es mi abuelo, y de él heredé su mejor legado: la pasión por los relatos.
Dolores Moya

La iglesia estaba en penumbra, sólo iluminada por la luz de las velas en el pequeño altar del Santo Patrón. No había más que una mujer arrodillada en el confesionario. El hombre que había entrado esperó hasta que la mujer terminó la oración que el sacerdote le había impuesto como penitencia, y cuando ésta se alejó, se aproximó al confesionario y pidió confesión.
- Ave María Purísima -dijo el hombre.
- Sin pecado concebida. Tú dirás, hijo mío, de qué te acusas.
- Padre, he pecado gravemente contra el quinto mandamiento. He matado a un hombre, y quiero el perdón de Dios.
- Hijo mío, eso que me dices es muy grave. La justicia te andará buscando.
- Si pueden ya me encontrarán; pero lo que yo quiero es el perdón divino. No es la primera vez que peco, y Dios siempre me perdona.
- Dios siempre lo hace, pero tú has de hacer acto de contrición.
- Ya lo hago, Padre, pero luego algo se tuerce y vuelvo a pecar.
- Tienes que ser fuerte, hijo. No has de volver a hacerlo.
- Deme la absolución, Padre. Quiero estar en gracia de Dios.
- Te la voy a dar, hijo. Me cuesta, pero lo voy a hacer, y que ésta sea la última vez. Y tendrás que responder ante la justicia, aunque yo no te delataré: el secreto de confesión me lo impide.
- Lo sé, Padre. Lo sé, y se lo agradezco.
- Como penitencia, te pongo que hagas el Camino de Santiago.
- Lo haré, Padre. Lo haré.
- Ego te absolvo in nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Ve en paz, hijo mío, y no vuelvas a pecar.
Cuando el hombre se levantó, algo metálico brilló a la luz de las velas y, un reguero de sangre salió del confesionario. ![]()
... El hombre que se había confesado abandonó la iglesia, en busca de otro cura con quien confesarse.
María Luz Ibarra

En mis primeros días de casada quise sorprenderle con una buena comida, así que elegí algo fácil de hacer: macarrones. Compré una buena pasta, y seguí las instrucciones: agua, un poco de sal y cocer doce minutos.
Aproveché esos minutos para hacer una llamada de teléfono. Quizás había pasado algún minuto de más cuando escuché un fuerte ruido que venía de la cocina. Salí corriendo y, ¡horror! Los macarrones habían crecido tanto, tanto, que había saltado la tapa de la cacerola y se habían desparramado por la encimera y el suelo de la cocina.
No se me olvidará que cien gramos de pasta por persona son suficientes para un buen plato. Yo había preparado ochocientos gramos.
María Pilar Villanueva
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En la vida de una persona, como supongo que hay muchas, pero ésta la llegué a conocer.
Hizo el servicio en Marruecos, joven y con ideas, ingresó en la academia de Carabineros en Castellón, donde le cogió el comienzo de la contienda. Estuvo en varios sitios, hasta acabar la guerra, y por ser socialista pasó a ser detenido y estuvo un tiempo en un campo de concentración, en San Juan de Mozarrifar. Gracias a un familiar pudo salir a su casa, pero se tenía que presentar cada 15 días en el cuartel de la Guardía Civil y sufrir el insulto de algún número. Gracias a su superior, salía bien.
Tuvo que trabajar mucho para poder salir adelante en el campo, como agricultor, pero llegó el cambio y con ello el reconocimiento a cosas pasadas, a tener validez lo que había sido y a recibir una indemnización. Le reconocieron su estancia en Carabineros, lo cual supuso que lo ascendieran a teniente y, ¿qué hizo el buen Señor? Consiguió una chaqueta del cargo y se hizo fotos. Se presentó en el cuartel y, al verlo entrar, el número se quedó blanco viendo cómo el sargento se cuadraba y le hacía el saludo pertinente.
Era agricultor, ya falleció y a la viuda le dieron a elegir entre la pensión del campo o la de la Guardia Civil. La elección no tiene duda.
Ahora está muy de moda lo de la memoria histórica.
Octavio Hormigón

Cantarico que en la balsa
y a la fuente te llevaba
todos los días del año,
hiciera sol o nevara.
Éste fue nuestro trabajo,
el llevar a casa el agua
en invierno, a mediodía,
en verano con el alba.
Pero tengo que contarte
que por fin llegó el descanso,
tenemos agua corriente,
eso sí que fue un milagro.
Hoy te tengo en mi granero
como a un privilegiado,
entre todos mis recuerdos
eres tú el más preciado.
Al contemplarte de nuevo
y verte ahí tan lozano,
me han venido mil recuerdos
que los tenía aparcados.
Mas, no quiero entristecerme
con los recuerdos amargos,
sólo quiero recordar
a mi cántaro de barro.
Asunción Hombria Casas

* Imagen de una de las obras realizadas en el Centro
En el sofá de mi casa me puse a leer un rato; pronto me venció la somnolencia, y en esa media horita tuve un sueño.
Me encontraba en un salón de grandes dimensiones; las paredes eran archivos, todo cajoncitos, y cada uno tenía un número. La curiosidad me llevó hasta uno de ellos, lo abrí y dentro había unas cuantas tarjetas: todas tenían mi nombre. Una ponía el tiempo que yo había pasado de vacaciones, otra las horas de trabajo, otra el tiempo que dediqué a la familia, las distracciones, el ocio, algunas cosas que ni yo recordaba. Todo estaba al detalle. Al final, en una decía: Conciencia.
Yo pensé: ¡Ajá!, ésta será bonita, yo tengo la conciencia tranquila.
Cuando empecé a leer ví todo lo que pude hacer y no hice: ayudar a compañeros, amigos, familiares, vecinos..., siempre puse pequeñas justificaciones.
Unas tímidas lágrimas corrieron por mis mejillas, y desperté entristecida. Pronto brotó una suave sonrisa. Mi conciencia había despertado conmigo.
Milagros Barco


Como las costumbres y el léxico de ahora, o de hoy, son distintas, comienzo diciendo que un requiebro o requebrar es lisonjear a una mujer, alabar su atractivo; es decir, piropearla, echarle flores o halagar sus encantos.
A mí, no sé si es porque soy un seductor o un tipo jacarandoso, me place, me chifla, piropear a las mujeres. Me parece hasta castizo, y ser castizo es practicar, usar el lenguaje o quehacer, costumbrista, tradicional o verdadero del país, región o pueblo del que se es nativo, residente o simpatizante.
Castizo, o castiza también, se aplica a la persona que tiene cualidades, aptitudes o atributos para, con desenfado, desparpajo y graciosa desenvoltura, representar, decir o hacer todo aquello inculcado o aprendido de su raza, estirpe, linaje, prosapia o abolengo.
Ahora ningún hombre suele decirle a una dama: "Señorita, a pesar de la sequía que hay, cuando la veo, se me hace la boca agua". O "Búsqueme en el manicomio, que sus ojos me vuelven loco". O .. "Te voy a regalar un letrero que diga: no hay mujer más guapa en el mundo entero".
Recuerdo que una vez mi señora vino contentísima a casa. Tan contenta que hasta yo se lo noté, y muy osado, le pregunté, "¿Te ha tocado la lotería?, te noto dichosa, eufórica...". "Motivos tengo", me contestó, "Hoy me ha ocurrido una cosa muy bonita. Fuera de lo común. Me han piropeado. Me han dicho... ¡Morena!, ¡si naces más guapa te tienen que encerrar!... ¡Figúrate!"
Cuando me narró lo acontecido, casi me fastidió..., me sentí molesto. Pero, más tarde, me alegré de lo sucedido, porque el que se aprovechó y disfrutó de ese estado de ánimo o euforia fui yo.
He dicho antes que me gusta piropear a las mujeres, y me ratifico en lo dicho. Cuando lo hago, la mayoría de los veces, la oyente o interfecta me sonrie, me da las gracias, creo que agradeciéndome el cumplido. Hecho o motivo, que me hace pensar... "Con que poco se puede hacer a una persona, en este caso femenina, feliz, o alegrarle su cotidiana labor, o el improbo trabajo". Como igualmente hizo el dandi, el Don Juan. O el hidalgo caballero que piropeó a mi querida damisela o consorte. Ahora está de moda decir "la adosada".
Según me consta, el piropo es un ejercicio o ritual genuino, típico español, para gloriar y enaltecer a la mujer española, y por dicha razón, es digno de que superviva por los siglos de los siglos.
Hagamos del piropo un bastión, estrato o doctrina, para que a través de él o con él, la vida sea más pintoresca, más atractiva, más humana o agradable. Qué nos disuada de cualquier venganza o violencia de género, tan en uso o practicada actualmente.
Piropeemos a las mujeres. Vitoreémoslas. Yo soy hijo de una de ellas, y es mucho lo que le debo.
Carlos Alentorn
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Primero, llegó la tormenta más enfurecida. La que dirije sus peores descargas hacía el corazón, tan vulnerable. Un corazón que ya nunca volverá a ser igual, aunque sea el mismo. Los afectos, aún arropados tan cálida y fuertemente como en los brazos de una madre, quedaron tocados para siempre. Lloraron todas las madres.
Apareció después una calma incalmable, atemporal y borrascosa. Se colaron algunos rayos de luz, tímidos, temerosos de ser atrapados por la ira de un nuevo tifón; saludaron susurrando, y emigraron. Como alucinaciones. Fue tiempo suficiente para que la retina los retuviese, y la eternidad los abrazase en el calor de la melancólica memoria.
Quedó un desolado paisaje inesperado, aterrador incluso. El tiempo entero en sombras, como anochecido. De ahí, imprevistas, surgieron radiantes estrellas. Buenas estrellas, conocidas viejas. Refulgieron hasta desconcertar. Iban y venían; a veces decían y otras, no. Candilejas de luz y de amistad que esclarecieron caminos y alimentaron el endeble corazón.
Del azar, entre las luces, surgió aquélla misteriosa. Qué temor entre tantos pretéritos temores, y en un desastre resistente a persistir. De minúscula, creció cada vez más amplia e indescifrable. En su resplandor, brotaron de la devastada tierra algunas florecillas de colores, que alentaban el horizonte dibujando sueños. Ensueños entre los claros y las sombras de la rutina.
En la lejanía, la claridad, provocadora y enigmática, partirá hacía su propio mundo. Y no sabré si retenerla.
La oscura oscuridad sigue cubriendo casi todo, aunque ya parece amanecer en las ausencias más dolorosas. Asomará la sangre de sus venas. El corazón ya no muere, aunque solloza.
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Meredith

¡Cómo me acuerdo de la primera vez que escuché la radio, qué maravilla, estábamos emocionados! Cuando había programas extra nos íbamos a casa de la Sra. Petra o del tio Pedro, fueron los primeros que compraron la radio. Se preparaba una tertulia, ¡no te digo! Si hablaban de política, allí se comentaba de todo. Me rio yo de esos periodidas, comentaristas, tertulianos, con lo que estudian y saben... se quedarían impresionados de oirnos en nuestra "Moncloa" particular, con tan sabios comentarios como inocentes, de buenas personas.
La radio no envejece, cada día es más joven. Ella no compite con nadie, siempre en su lugar haciendo su trabajo, llevando noticias buenas o malas, según son, a los campesinos, pastores, a todos los trabajadores que en su soledad lo hacen, les lleva un rayo de lo que pasa en el mundo.
Siento envidia sana por todas esas personas a las que Dios ha dado una inteligencia tan grande..., han sabido hacer buen uso de ella para el bien y el progreso de la humanidad.
Somos muy dados a hacer encuestas de audiencia, ¿quién competiría con la radio?, ¡yo no! Y es que la quiero. Estoy enamorada de la radio: es mi amiga, compañera inseparable, sobre todo de las noches largas, tristes, interminables, en soledad; nos acostamos juntas, le digo: "hija mia, a ver qué me cuentas hoy", y ella, debajo de la almohada, empieza su turno, haciendo que mis noches sean mejores. ¡Aprendo tantas cosas!, en su compañía me siento más tranquila, y el sueño llega como agua de mayo.
Así vaya mi admiración y respeto por las personas que invierten su tiempo y su saber en el bien de todos. Con todo mi respeto,
Higinia Pérez


Vista del reactor nº 4 tras la explosión de Chernobyl
Mientras se consume entre las llamas,
sale de la chimenea el humo
con flecos y volutas blancas.
Con ellas ascienden al firmamento
de los obreros sus almas,
y al suelo caen cenizas
como si fueran sus lágrimas.
En la lejanía orondas figuras satisfechas
miran de quemadero sus fábricas,
son de trajes de finas telas
y de seda las corbatas.
Zapatos de tafilete pisotean las cenizas,
y maletines de negras prebendas
de mano en mano pasan.
A los liquidadores.
Mi gratitud a todos los hombres que arriesgan sus vidas para que no se extienda la enfermedad y muerte que salen de las centrales nucleares colapsadas.
Emilio Cazcarra Usón

LA ÚLTIMA FUKUSHIMA
Postrado en la yacija que se había construido en el almacén de la desvencijada casa, Andrés, con la mirada trémula, en media visión de vigilia, intentaba ver las marcas que había trazado en la pared contando los días transcurridos.
Las lagrimas anegaban las cuencas de sus ojos, que sólo le dejaban ver los seis primeros grupos de cuatro filas, de siete líneas, que se iban alejando del trazo enérgico con el que se habían iniciado los primeros días. Tiempo atrás había podido contar alguna más, estaba seguro, pero no recordaba cuántas eran; ahora, en la penumbra, sentía que su memoria y su cuerpo le empezaban a traicionar, sumiéndolo en quietas aguas de eternidad.
En la retina interior de su mente le llegaron de nuevo las imágenes del equipo con el que había participado en la exploración de la gruta ya conocida y tantas veces estudiada; ese día habían vuelto para acompañar a dos espeleólogas de otra federación, que tenían interés en conocerla. Ana, una mujer robusta, no muy alta, morena de pelo corto, no pudo ocultar el desagrado que le produjo que José le ayudara con su equipo, aunque sólo fue un gesto de cortesía.
Con un físico que engañaba, de pelo color rojizo y rizado como el cielo que últimamente había iluminado sus días, Andrea, con agilidad felina, se colgó la pesada mochila a la espalda, llena de arneses, clavijas, cuerdas y víveres para pasar un largo fin de semana. Las dos muchachas, con las botas puestas, en el frontal de los cascos las luminarias, y metidas en sus monos, hacía que se confudieran en el grupo de hombres.
Tardaron más de lo previsto, no pudiendo llegar al fondo de la gruta. Andrés y José decidieron quedarse y seguir hasta completarla. Al salir al exterior, al cabo de unos días, se encontraron rodeados de una tenebrosa luz cobriza. En el fondo del barranco, los equipos de los compañeros seguían allí, desgarrados y esparcidos en un amplio radio, como si hubieran sido sacudidos por una poderosa y gigantesca fuerza. Al estrecho valle de rala vegetación lo cubría una espesa niebla arcillosa que, en contacto con la piel hacía que ésta se desprendiera como las escamas de un pez seco.
En las calles desiertas, un silencio sepulcral, solamente roto por el tímido ulular del viento al pasar por entre los cables de electricidad inexistente, hizo que José perdiera la calma y el control de sus nervios, alejándose de su compañero, corriendo con desesperación y gritando los nombres de sus hijas y de Tina, su joven esposa.
Andrés, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no seguir a su compañero, se dirigió a su casa; el trayecto se le hizo eterno, no viendo a nadie, sintiendo una soledad absoluta y misteriosa, como si un poder inmisericorde hubiera hecho desaparecer toda vida conocida. Los vehículos parados, esperando a ser puestos en marcha por una mano conocida y así poder continuar su recorrido. Las ventanas abiertas, con las cortinas ondeando cansinamente en un vacio espeso, en espera de que alguna persona de agradable sonrisa se asomara por ellas agitando la mano en amistoso saludo.
La puerta no ofreció ninguna resistencia al abrirla ni al entrar en la casa de sus padres. Al llegar al saloncito, en el suelo, al pie del sofa, encontró el vestido de su madre y, debajo, las zapatillas de invierno. Solía llevarlas incluso en verano, decía que se le quedaban frios los pies. A la derecha, bajo la ventana abierta y junto al silllón, encontró las de su padre, con la bata en el respaldo como esperando a ser puestas de nuevo; todo ello perfectamente colocado, pero sin cuerpos a los que poder abrazar, como si los dos se hubieran ausentado sólo por un momento.
Mudas la radio y la televisión, sin suministro eléctrico que las hiciera revivir. Desde la ventana se podían ver flotando en el aire puntitos refulgentes, como pequeñas estrellitas de muerte, y columnas de humo en la lejanía, elevándose con la pereza de no tener sentido de ser. Salió a la calle con desesperación, en busca de su compañero de expedición, pero no lo encontró.
Poco a poco perdió la cuenta de los días que pasó deambulando por las calles desiertas de vida, sin rumbo, buscando alguna persona que le hiciera salir de aquel sueño, sintiéndose como un naufrago en la vida de la desierta ciudad. El almacén de alimentos envasados donde decidió esperar -sin saber qué esperar-, le había alimentado el físico, en galopante deterioro; no así el alma, y se sintió sólo en la inmensidad del universo vacio de vida. Con la única compañía del ácido aliento que le llegaba de la Central con bufido de muerte: la última bestia del presente, creada por la humanidad ya desaparecida.
Mañana, Andrés, el apuesto joven espeleólogo, amigo del conocimiento y estudio de las profundidades de este pequeño planeta azul, no llegará a contar los seis grupos con cuatro filas cada uno, de a siete trazos cada línea. Éste será el último humano, en su último día. Entonces me conocerá: soy la EternaNada, la única superviviente.

A Japón y en memoria de todas aquellas personas que han sufrido y que en estos momentos están sufriendo la locura y ambición desmedida del hombre, en el camino sin horizonte de la enegia nuclear.
Emilio Cazcarra Usón
(... continúa)

FIN DE CURSO
Ha terminado el Curso del Taller de Escritura . Me siento contenta de haber asistido. El ambiente ha sido genial, entre el "Profe" y compañeros/as, todos hemos compartido diálogos, risas, entusiasmo al leer nuestros relatos. Uno de los logros del que me siento orgullosa es el respeto mutúo que ha reinado entre todos durante este tiempo.
El día que protagonizamos "Desayunos con Autor", el Salón bien preparado con sus mesas y sillas bien dispuestas. El "Profe" , Javier Polo, hablando con la gente, y una vez sentado en la mesa central, hizo de moderador y presentador, predispuesto a darlo todo para que lo programado saliera perfecto.
Los relatos que se leyeron, nos enriquecieron los oidos a todos los presentes.
Siempre pienso que las personas que viven en este sector tienen que estar orgullosos por contar con el Centro de Mayores Salvador Allende, dotado de tantas actividades y espacios para pasar un buen rato.
Isabel Correllano
SECTOR LAS FUENTES
Es un sector que conozco moderadamente, por haberlo frecuentado poco, pero sí he oido hablar bastante de él. Compañeros/as de trabajo vivían en Las Fuentes, lo conocían bien y los comentarios de su barrio siempre eran positivos. Yo, ahora soy habitual del Centro Cívico "Salvador Allende".
Cuando me junto con compañeros/as de clase Taller de Escritura, para vernos y charlar un rato, ya tengo punto de referencia. Un poco en broma, les echo en cara lo privilegiados que son en su barrio, por contar con un Centro tan dotado de actividades, cursos y talleres. Hay muchas opciones para poder elegir; salas de juegos, salas de tertulia, biblioteca, espacios al aire libre..., también se puede tomar un cafecito..., grupos de teatro, de jota... Muy interesantes los tablones de anuncios, con sus ofertas de actividades de todo tipo: también de bonitos viajes.
Cuando estoy en el Centro, me sorprende la cantidad de personas que hay en todas salas. En el sector donde yo vivo no tenemos Centro Cívico ni Centro de Mayores.
Las personas que vivís en el sector de Las Fuentes podéis estar orgullosas de tener y poder contar con tantas actividades en el Centro de Mayores Salvador Allende.
Isabel Corellano
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Intranquilidad. Como si fuera la preparación para pasar un día en la playa, ayudo a coordinar y que salga adelante el espacio Desayunos con Autor.
Entusiasmo. ¡Se podía hacer en el día previsto con anterioridad! Exultante excitación, con final feliz.
Agitación y nervios. Día de la lectura. Es como en bajamar, espero con nervios en la playa a que suba la mar.
Mis preguntas: ¿Habré elegido bien el relato?, ¿seré capaz de salir airoso del momento?
Escalofrio. ¿Huyo al malecón buscando la seguridad?
Impaciencia. Aguanto en la playa, hasta leer mis notas y el relato.
Pleamar. Comienzo a leer. Frenesí. Escucho los relatos de mis compañeros.
Ha pasado el día. Y se aleja el agua de la pleamar. ¿Ha estado bien? ¿Hemos alcanzado nuestras expectativas?
Neurastenia. Una vez lejos de la playa a salvo de marejadas, no recuerdo si he leido bien, si la elección del relato fue acertada; tampoco recuerdo la presentación, lo que dije ni cómo lo dije. ¿Gustó? ¿Los asistentes lo pasaron bien? ¿Hubo aplausos? En la hora que duró, sólo recuerdo que mi cerebro me hundió en una niebla brillante y acogedora de palabras, frases y relatos.
Calma chicha. Al dia siguiente, el Director del Centro me dijo: "Se repetirá". Esa frase y la felicitación me dan confianza.
Estuvimos muy bien. Felicidades para todos.
Emilio Cazcarra Usón
Club de los Escritores Seniors

El pasado martes se presentó al público el recién nacido "Club de los Escritores Seniors", que surge de los alumnos de los Talleres de "Animación a la Escritura" y "Tertulia Literaria" del Centro Salvador Allende, con la colaboración de los mismos del Centro San José y la participación activa del profesor D. Javier Polo de Marcos.
La presentación fue un éxito. Un buen número de sus miembros expuso sus propios relatos a un auditorio que, impresionado y emocionado, disfrutó con gusto tan amable momento.
Emilio Cazcarra realizó una pequeña presentación del Club, e inició el turno de lecturas. Progresivamente, iremos introduciendo en el Blog todas y cada una de las narraciones, con la fotografia y el nombre completo de sus autores.
Pueden formar parte del Club todos los socios interesados de cualquiera de los Centros de Convivencia, poniéndose en contacto con nosotros en el teléfono 976724038.
¡Enhorabuena!
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/