
Desde los primeros instantes de la sublevación militar del 17 de Julio de 1936, la ciudad de Zaragoza quedó en el bando de los sublevados, sufriendo sus habitantes , y por parte de los rebeldes, una cruenta depuración con encarcelamientos y ejecuciones de los gobernantes que democráticamente habían elegido los zaragozanos, y de todo aquel sospechoso de simpatizar con los ideales de la República. La violencia y el terror empezaron a adueñarse de la ciudad. Los golpistas no escatimaron ni medios ni balas para pasar por las armas a más de 3.000 zaragozanos en las primeras semanas y por la cárcel a muchos leales al gobierno republicano.
Zaragoza comenzaba así a formar parte de un importante núcleo humano e industrial controlado por los sublebados. Una ciudad no sólo importante para ellos, sino también un importante núcleo estratégico y militar anhelado por los republicanos y defendido por los rebeldes. Los defensores de la República recurrirían a miles de voluntarios milicianos para acudir en ayuda de la capital aragonesa. Las acciones de su anticuada aviación en los momentos iniciales ya de la guerra civil comenzarían en los primeros días contra la capital maña.
Así la noche del 3 de Agosto de 1.936, cuando los sublevados habían puesto ya en práctica las ejecuciones masivas y encarcelamientos de los simpatizantes de izquierdas en Zaragoza, llenando fosas, cunetas y cárceles, un Fokker F VII republicano sobrevoló a baja altura los tejados de las casas zaragozanas, dejando caer cuatro bombas sobre la ciudad, sin explosionar ninguna de ellas. Pero el efecto psicológico sobre la población fue tremendo. Dos de ellas habían caído sobre el templo del Pilar, otra en la misma plaza frente a la calle Alfonso y la cuarta en el río Ebro. La población zaragozana sentía de cerca el miedo y el terror de la guerra civil. Las nuevas autoridades nacionales y locales, civiles y religiosas, no dudaron en calificar el hecho como milagroso y aprovecharon tal “milagro” para la defensa de su Cruzada. Fue el único bombardeo sobre Zaragoza que no causó víctimas ni destrozos, pero el que más notoriedad tendría.
Bombardeos mucho más duros y violentos no alcanzaron tal fama. Muchos zaragozanos experimentarían en sus vidas, en sus casas o en sus barrios los efectos demoledores de posteriores bombardeos, y muchos aún recuerdan cómo en su niñez tuvieron que abandonar sus camas y sus casas para escapar huyendo en busca de los refugios antiaéreos, cuando las sirenas irrumpían en sus sueños, mientras la aviación rompía el silencio de la noche o la tranquilidad de los días primaverales del mes de mayo de 1937.
Este mes de Mayo fue un mes que los que aún sobreviven de aquellos años recuerdan con mucha amargura y dolor. Fue el mes de las bombas, de los muertos, de los heridos y mutilados, el mes del dolor y de los gritos, de los que pedían auxilio entre los escombros, de las casas reventadas y de las calles destrozadas. Muchos zaragozanos huían en busca de los refugios de la calle Torrenueva, en lo que fue la Cámara de Comercio e Industria de Zaragoza, de la Plaza San Felipe, o el que habían en el colegio de la Sagrada Familia, así como el de la calle Sobrarbe 69, ahora San Juan de la Peña 5, en lo que era la fábrica de componente eléctricos de “García Julián”. Este último un refugio amplio, bien protegido y bien preparado para dar cobijo a los refugiados. De igual modo bajaban a la desesperada al refugio particular de la calle Lourdes 11 en el barrio de Jesús, propiedad de la familia de D. Pedro Bombardeau, de hormigón y hierro, entre otros muchos existentes en la ciudad de Zaragoza.
Ahora, 70 años después de aquellos horrores, también es momento de hacer memoria, así como recordar a todos de los que tan poco o nada se han acordado durante muchos años. Y la memoria nos recuerda que la población zaragozana oiría en muchas ocasiones la sirena anunciadora de la presencia aérea provocando la huída despavorida a los sótanos y refugios habilitados o excavados a pico y pala en los bajos de las casas. Refugios algunos construidos de hormigón, muy bien equipados, como el ya citado de la fábrica de García Julián en el Arrabal, otros fácilmente inundables y húmedos como los del casco histórico.
El mes de mayo de 1937 para los zaragozanos fue fatídico. Ya el día 3 caerían las bombas sobre la céntrica calle de D. Jaime y aledañas, a una hora de máxima concurrencia de gentes paseando por las calles en la primaveral tarde. Las casas con los números 44 y 46 de la calle Espoz y Mina fueron destrozadas por una de ellas, otra caería junto a los números 46, 48 y 43 de la calle D. Jaime, en el pavimento, provocando serios destrozos en las viviendas y numerosos muertos y heridos entre los viandantes que no tuvieron tiempo de refugiarse en los sótanos o portales de la calle. Muertos y heridos entre el polvo, escombros y cables eléctricos, todos entremezclados con el horror de una calle llena de gritos y de pánico. Casi un centenar de personas desparramadas entre las ruínas solicitaban la ayuda urgente de sus paisanos. Una placa en cerámica aún recuerda sobre la fachada de la casa tal barbaridad.
Pero el dolor de este día no se limitó al centro de la ciudad de Zaragoza. La barriada obrera de Puente Virrey, en San José, sería igualmente víctima de los ataques de este mismo avión en su retirada. Sus bombas y metralla alcanzarían al número 8 de la calle Puente Virrey y a la acequia del Plano que por ella discurre, convirtiendo la casa en escombros y causando algunas víctimas.
Igual dolor y destrozos produciría el nuevo ataque aéreo tres días más tarde, el del día 6 de Mayo, en los edificios de la calle Torrenueva, esquina con la calle Alfonso Los edificios del “Barato” y la “cristalería de Patricio Gutiérrez” sufrieron de modo especial los efectos de las bombas. Era la madruga de este 6 de Mayo cuando un trimotor republicano, en vuelo de sur a norte, dejaba caer sus bombas sobre la Plaza Lanuza y la calle Torrenueva, así como tres o cuatro más sobre la catedral de la Seo. Supervivientes de aquella noche y de aquellos días recuerdan el estruendo y el pánico de las explosiones y la bajada alocada y desesperada de sus viviendas en busca del refugio. En la calle Torrenueva número 40 aparecerían tres cadáveres y unos trece heridos entre los destrozos provocados, y numerosos fueron los tejados de las viviendas destrozados. La catedral de la Seo no sufriría apenas daños, si bien los efectos también se dejaron notar, pero ahora no se habló ya de
“milagro” alguno.
También era de madrugada, la siete de la mañana, cuando el día 13 de mayo otro trimotor sobrevoló los tejados de Zaragoza y de sus bodegas dejó caer cuatro bombas sobre el popular barrio del Gancho. Los números 14 y 16 de la calle Aguadores fueron arrasados, y la bomba que fue a caer en la calle Casta Álvarez igualmente destrozaría las viviendas del número 74, quedando reducida a escombros, así como la parte posterior de estas casas correspondientes al número 61 de la llamada calle de la Democracia. La tercera de las bombas arrojadas fue a parar entre los números 123 y 125 de la calle de las Armas, provocando serios destrozos. La última de las bombas se estrellaría sobre la calle Libertad, junto al número 20, originando graves daños en la misma. El número oficial de muertos fue de 14 y más de 80 heridos, falleciendo posteriormente algunos más a consecuencia de las heridas sufridas. En su retirada y salida de la ciudad, este avión seguiría causando el pánico entre la zona de la Puerta del Carmen y Paseo María Agustín, lanzando sus bombas junto al Hospital Provincial y sobre la terraza del edificio de la Santa Hermandad del Refugio. Más adelante, en la calle Anselmo Clavé y en la estación del Sepulcro, la muerte y el dolor también les sobrevoló, provocando varios muertos y graves desperfectos que se irían extendiendo hacia la calle Roche, hoy Escosura, y sobre el barrio de Terminillo.
Meses más tarde, el día 12 de Octubre de 1.937 varios bombarderos republicanos, escoltados por cazas, fueron obligados a desviar su trayectoria hacia Zaragoza, dejando caer algunas bombas en el barrio de la Cartuja.
La base aérea de Garrapinillos fue otro de los objetivos de la aviación republicana, siendo bombardeados varios aparatos allí estacionados. Y un nuevo bombardeo sobre Zaragoza con serías consecuencias tendría lugar el día 5 de Noviembre de este mismo año sobre el polvorín que había en el barrio de Torrero. En esta ocasión, unos 36 aviones republicanos buscaron y acertaron con el objetivo militar. El depósito de armas y munición voló por lo aires y el material almacenado provocó sucesivas explosiones durante las horas siguientes al ataque, multiplicando los efectos del bombardeo y causando numerosas pérdidas, teniendo que ser evacuada una gran parte de la población del barrio al verse afectadas numerosas viviendas. El número de víctimas en esta acción fue superior a los 25.
Más de 120 muertos y de 250 heridos, algunos de éstos moriría con posterioridad. Muchas víctimas inocentes como las de todos los bombardeos a la población civil durante la guerra fraticida. Víctimas inocentes como las de todas poblaciones atacadas por la aviación franquista, la Aviazione Legionaria italiana o la Legión Cóndor al servicio de los sublevados, entre ellas Alcañiz, Durango, Guernica, Granollers… con un número muy superior de víctimas. Este fue su trágico balance.
Dimas Vaquero Peláez
Historiador
Imagen de cabecera: bomba caida en la Plaza del Pilar de de Zaragoza.
Autor: Alberto
Fecha: 30/09/2007 12:13.
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