MÁLAGA: Victoria italiana y Represión franquista

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La victoria italiana en la batalla de Málaga les llevaría a formarse una idea equivocada del ejército de la república y de la guerra en España en general, porque si bien es cierto que aquí el ejército republicano era un ejército desordenado y desorganizado, no serían las mismas unidades en el resto de las batallas en las que se tuvieron que enfrentar a ellos. No obstante el desenlace y el triunfo final habían resultado positivos, y por ello se mostrarían demasiado contentos y no llegarían, por el momento, a valorar en la justa medida las fuerzas del ejército al que habían venido a combatir. Sacarían unas conclusiones falsas sobre el enemigo y no quisieron reconocer y valorar los defectos que ese ejército fascista, que tantos éxitos había logrado en sus campañas mediterráneas, había cometido en la batalla de Màlaga.

Aunque en los primeros momentos el mando de la ciudad  corrió a cargo del Mayor  italiano  De Blasio,  a los pocos días éste pasaría a estar en manos de los militares nacionales del General Franco. Aquí comienza otra historia,  la del terror nacionalista sobre su población y la de las protestas italianas y mediación para evitar la dura represión que se ejerció contra sus ciudadanos; la guerra no terminaría cuando los soldados italianos ocupan la ciudad y entregan el mando a los nacionales[1].

A partir de estos momentos comenzaría una guerra más dura, más cruel y sanguinaria, sin defensa posible, ni táctica a la que poder presentar otra en las mismas condiciones de lucha. La batalla oficial había terminado con el triunfo arrollador de las tropas nacionales en las que tuvieron un papel importantísimo los italianos, pero los perdedores no sólo morirían en los combates, otros muchos tendrían que salir huyendo de las crueles respuestas por parte de los vencedores, por parte del ejército de Franco. Las reglas de juego dejaron de existir y sólo hubo una posibilidad para los vencidos, la denuncia y la muerte. En el caso de Málaga, como en la mayoría de los pueblos y ciudades de España se puso en práctica, siguiendo la horma al pie de  la letra, lo que ya había dictaminado el General Mola:

Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo (...) serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.

En este trance de la guerra yo ya he decidido la guerra sin cuartel. A los militares que no se hayan sumado a nuestro Movimiento, echarlos o quitarles la paga. A los que han hecho armas contra nosotros, contra el ejército, fusilarlos. Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo.

Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular, debe ser fusilado (...) Hay que sembrar el terror; dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.  (General Mola).

Igual consigna propuso  el General Queipo de Llano:

“.... ¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré. Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombre. De paso, también a las mujeres de los rojos, que ahora por fin han conocido hombres de verdad, y no castrados milicianos....Ya conocerán mi sistema: Por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y  a los  dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello; les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar”. (Queipo de Llano).

Por supuesto que el otro General, Franco, no se iba a quedar rezagado: “No hay redención sin sangre, y bendita mil veces la sangre que nos ha traído nuestra redención”. (Franco).

                Tras la conquista de la ciudad de Málaga existió un clima violento, una violencia gratuita, desmedida, innecesaria; venganzas personales y acusaciones particulares, aflorando odios y viejas rencillas, odios que habían emergido con rapidez contra centenares de personas por el simple hecho de pensar de forma distinta  o por imaginárselo; denuncias insostenibles pero eficaces; persecuciones ideológicas indiscriminadas para las que todas las cárceles eran pocas. Crónica negra, sucesos de sangre amparados en una supuesta limpieza ideológica que aplacaran viejos rencores. Actuaciones tremendamente injustas encaminadas a eliminar cualquier  posible oposición. Toda una masacre apoyada por una justicia arbitraria, con falta de rigor, cuya práctica se limitaba a algo más que simples exposiciones por parte de los fiscales de las consideraciones y la imposición posterior e inmediata de las condenas.



[1] Vaquero Peláez, D., Credere, obbedire, combattere, fascistas italianos en la guerra civil española, Edit. Mira Editores, Zaragoza 2007, Se desarrolla ampliamente las relaciones del vicecónsul Tranquilo Bianchi para mediar y salvar a los malagueños de la represión iniciada por los nacionales tras la toma de Málaga, pág. 108 y ss.

26/01/2014 11:50.

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