FRANCO Y MUSSOLINI

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Franco y Mussolini eran dos personalidad con contrastes muy diferentes y diversos entre ambos, a pesar de los parecidos  o semejanzas entre sus regímenes. La manera de llegar al poder ya fue muy diferente entre el uno y el otro, uno llega encabezando un golpe militar contra el régimen democrático establecido, provocando una cruenta y larga guerra civil seguida de una violenta represión el otro fue porque su rey le pidió la formación de un gobierno. El fascismo había llegado al poder con el concurso del jefe del Estado italiano y su ascenso al poder no ocasionó de forma automática la implantación de un Estado fascista. Aunque convertido en primer ministro, gobernó durante unos meses sustentado en una coalición de partidos (liberales, nacionalistas y católicos) dentro de los cauces constitucionales; de hecho, su primer gobierno (1923) tan solo contó con cuatro ministros fascistas. Franco sobreviviría a la Segunda Guerra Mundial y murió en su cama tras cuarenta años de dictadura, mientras que Mussolini muere ejecutado al final de esa guerra, quedando Italia libre del fascismo que a lo largo de algo más de dos décadas le había gobernado. Mussolini fue un gran comunicador y orador de masas a las que sabía transmitir y encandilar con gran facilidad, además escritor, mientras que en Franco éstas no fue precisamente sus mayores cualidades. Preston dice que Mussolini  “ como Franco, podía ser áspero y cruel, pero a diferencia del frío y lejano Caudillo, era capaz de amistad, benevolencia y excitación emotiva. Por ello se vio implicado más de lo que alcanzaban sus medios, en la guerra civil española”[1].

Franco siempre fue, y así lo manifestó repetidas veces, una gran admirador de Mussolini, desde que era general africanista y veía el expansionismo de Mussolini por África,  pero una admiración que  nunca le nubló la mente ni le desvió de lo que él creía que era mejor para España, enfrentándose y rivalizando con él las veces que hiciera falta con tal de imponer siempre su criterio y voluntad por encima de la de su admirado. Fue un amor platónico hacia el duce, pero obstinado y realista. En Abril de 1936 Franco ya le comunicó al cónsul italiano en las islas Canarias su entusiasmo por la Italia de Mussolini y su emoción ante el papel de Italia en la guerra de Abisinia. Le habló de su simpatía hacia Italia como una “nueva, joven y vigorosa potencia que está imponiéndose en el Mediterráneo, que hasta ahora se ha mantenido como un lago bajo control británico. Tanto Mussolini como Franco coincidían en la hegemonía anglo-francesa en las relaciones internacionales y para Mussolini, como para los generales españoles, Gibraltar británico era una gran verruga en suelo español que había que extirpar cuanto antes y que  dificultaba la posición española  en el norte de África. Y tal vez lo que más uniera a Franco con Mussolini y su política fascista  fuera su política social anti-izquierdista.

 

Como he dicho más arriba, Franco sintió un amor platónico hacia el Duce, pero un amor realista. Primeramente mostró una actitud pedigüeña y suplicante hacia él, pero poco a poco su astucia y habilidad le enseñaron a manejar poco a poco esa relación y a conseguir de Mussolini prácticamente lo que pretendiera, manejando los tempos y controlando el futuro. Franco supo a dónde acudir tras la sublevación militar, y, conocedor o no del compromiso de Mussolini para con España en el caso de una sublevación militar, supo convencer al cónsul italiano en Tánger y al agregado militar de que la victoria sería cosa de pocas días para que éste intercediera en Roma para el envío de los primeros aviones italianos, y Mussolini mordió el anzuelo que Franco le tendió, un anzuelo que ya nunca se podría quitar de la boca y que le habría de arrastrar de un lado para otro, según del lado que tirase Franco. El manso de Mussolini siempre siguió al engaño con la falsa esperanza de que al final la España de Franco tendría la victoria segura y  podría representar un gran papel en su política mediterránea frente a los franceses, y cuando Mussolini estuvo seguro de que su intervención al lado de Franco no le complicaría en una guerra contra ellos, se decide finalmente a intervenir. Y de una ayuda inicial limitada Mussolini pasó sin darse cuenta a una entrega total, iría poco a poco entrando a las peticiones que Franco le pedía,  se metía más y más y la única  manera de terminar cuanto antes aquello que parecía fácil en el verano del 36 era seguir adelante. Se fue poco a poco hundiendo en las arenas movedizas españolas, que diría Renzo de Felice, que poco a poco le fueron engullendo hasta dejar en España muchas vidas, mucho material y mucho dinero que le iba a resultar vital para el posterior conflicto en el que Italia se metió tras finalizar la guerra española.



[1]   Paul Preston, El Duce afable y el Caudillo astuto, ABC, 20 de junio de 1998, pág. 3.

03/12/2014 19:33.

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