FRANCO-MUSSOLINI-ESPAÑA: desencuentros en la guerra civil española

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El Duce y el Caudillo se hundieron en la guerra.Se necesitaban el uno al otro, por diferentes motivos, pero se necesitaban y por esos sus relaciones resultaron en varios momentos muy complejas, basadas en la desconfianza, en los intereses particulares de cada uno  y en intentar sobreponerse el uno sobre el otro y que provocaron momentos de fuertes crisis en su amistad. Franco era un gran admirador de Mussolini, pero los dos se parecían muy poco; eran dos personajes  con contrastes muy dispares, dos personalidades distintas desde el inicio de sus relaciones hasta el mismo final, donde el Caudillo deja casi en el olvido a su Duce cuando la situación internacional marcaba un claro final favorable para los aliados.

Tenían fuertes lazos que les unían, los dos eran anticomunistas acérrimos. Pero  desde las dudas iniciales antes de dar Mussolini  su apoyo a Franco, hasta las posteriores prisas por acabar su presencia en España, mantuvieron frecuentes choques  por salvaguardar el prestigio internacional del fascismo y ante la lentitud y la forma de llevar la guerra del general Franco y su orgullo nacional. Se mantuvieron enfrentados y rivalizaron en diversos momentos, provocando envidias, recelos, traiciones, replanteamientos de la ayuda prestada, amenazas de retirada de tropas, falta de respeto con los acuerdos firmados, falta de coordinación militar, intereses contrarios en las batallas, estrategias diferentes,  dificultades diplomáticas, enfados por quien se había apuntado los éxitos, protestas, descalificaciones mutuas…..   Las diferentes tácticas de uno y del otro, el intento alemán e italiano de dirigir la guerra, los planes de actuación y las prisas del Duce chocaban una y otra vez con los planes de Franco y  la lentitud en el avance de la guerra. Prevalecieron los intereses del Caudillo, que prolongaban la guerra para no dejar enemigos a sus espaldas, provocando la ira y la desesperación en Mussolini que en muchas ocasiones se sintió decepcionado por Franco llegando a profetizar su derrota. Los desacuerdos entre ambos empezaron ya con el envío de tropas, y no sólo de armas; continuaron en  la batalla de Málaga, pero habría de ser después de la batalla de Guadalajara cuando la crisis se acentúa, tras un mal comienzo de la batalla y un peor final, donde el fascismo de Mussolini es sometido a la risa internacional. Fue el gran pulso entre Franco y Mussolini.  En el frente del Norte, con el afán de revancha y de buscar una gran victoria que le restableciera el orgullo fascista perdido en Guadalajara, la amistad prácticamente se rompió del todo, siendo el momento de mayor crisis y enfado con los enfrentamientos al general Bastico. Las actuaciones italianas en Bermeo, Guernica y los desacuerdos de Santoña no contribuyeron precisamente para allanar las dificultades.

Restablecida en parte la amistad y reconsiderando la situación, Mussolini en el trascurso de la batalla del Ebro y tras la lentitud de las operaciones y no aprovechar el éxito, explotaría pronunciando la famosa frase contra Franco: “Este hombre o no sabe hacer la guerra o no quiere ganarla”, y  se desesperaba cuando veía a sus tropas permanecer inactivas en los frentes o en la retaguardia, dejando pasar inútilmente los días sin luchar por una victoria rápida. Prefería que sus tropas y sus aviones siguieran aterrando al mundo con su agresividad, en vez de dejarlas en la retaguardia.

La lucha entre ambos fue permanente. Para ambos era importantísimo llegar antes que el otro a Madrid, conquistar Valencia, la capital de la República en guerra, entrar primero en Barcelona, llegar antes que el otro al Mediterráneo o alcanzar la frontera francesa persiguiendo al ejército rojo en retirada. El orgullo nacional franquista frente al prestigio internacional del fascismo.

La Conferencia de Munich y los llamados acuerdos de Semana Santa  que marcaría el acercamiento entre Italia e Inglaterra, fueron también momentos que ampliaron las diferencias y el deterioro de la relaciones entre los dos dictadores. La prepotencia de los generales fascistas Roatta,  Berti, Bastico o Gambara chocaba una y otra vez con el orgullo de los nacionales, que, sumado a  frecuentes roces y contratiempos, hicieron que Mussolini no confiara en Franco ni Franco en Mussolini. Hubo además una traición y un hecho insólito en esta supuesta relación de amistad y colaboración militar: los negocios clandestinos que Mussolini mantuvo colaborando con la República, con tráfico de mercancías para los republicanos desde el Danubio y Cagliari hasta Cataluña, mientras sus hombres luchaban  y morían junto a los del general Franco por acabar con ella. Crisis, desconfianzas, reproches y críticas que siguieron subiendo de tono con  las malas relaciones que el hermano del Generalísimo, Ramón Franco, provocó en las esferas políticas italianas. Y un hecho de especial relevancia en estas relaciones, los bombardeos indiscriminados de la Aviazione legionaria contra la población civil española, en muchos momentos sin el visto bueno del Generalísimo. Los conflictos y enfrentamientos entre italianos y españoles ni siquiera finalizaron tras el Día de la Victoria, el puerto de Alicante fue el fiel reflejo de lo que hasta entonces había venido sucediendo.

            La ayuda de Mussolini a Franco pudo haber sido decisiva para sus intenciones y nunca  fue desinteresada y generosa como se ha considerado. Fue pagada y muy bien pagada,  obteniendo privilegios frente a otras naciones a través del asentamiento de numerosas empresas italianas, la permisividad y oídos sordos de Franco a las actuaciones en territorio español de su inteligencia, de sus aviones y de sus barcos durante el trascurso de la Segunda Guerra.

También sería  un gran desengaño para Mussolini que su amigo Franco no aclarara su futuro cuando finaliza la guerra. Aunque no consideraba a la monarquía como la forma ideal para acoplar en ella sus ideales fascistas, se preocupó por una restauración monárquica a la italiana frente a los oscuros intereses de Franco; la prefería por encima de otras formas de gobierno. Tanto la negativa de una posibilidad de intervenir Italia en la política interna española,  como la negativa colaboración de Franco con la política internacional italiana, o el engaño de Franco de hacer creer a Mussolini que participaría incondicionalmente a su lado en la Segunda Guerra Mundial como agradecimiento a su ayuda, sirvieron para degradar aún más esa relación inicial de amistad y entrega mutua, a pesar de lo que había dicho su cuñado Suñer de que “ … por sentimientos y por razón España estará siempre al lado del Eje”. Pero Franco “era un militar todavía más jefe de un ejército que de un Estado”, según palabras de Ciano. Su reunión en Bordighera se consideró como un encuentro inútil entre ambos dictadores.

Los últimos días de la relación entre ambos fueron los días de una amistad venida a menos, donde la incondicional amistad inicial, con  los desencuentros y enfrentamientos de la guerra civil se convirtieron en olvido paulatino  hacia el  Duce y de la ayuda que le había prestado al Generalísimo. El fascismo y el Mussolini, al igual que con Hitler y el nazismo, se hundían ante el paulatino cambio de chaqueta del amigo. La astucia del Generalísimo permitía, sin embargo, iniciar una larga etapa dictatorial  y personalista con el consentimiento de los aliados.

El Duce y el Caudillo se hundieron en la guerra y  se necesitaban el uno al otro, por diferentes motivos, pero se necesitaban y por esos sus relaciones resultaron en varios momentos muy complejas, basadas en la desconfianza, en los intereses particulares de cada uno  y en intentar sobreponerse el uno sobre el otro y que provocaron momentos de fuertes crisis en su amistad. Franco era un gran admirador de Mussolini, pero los dos se parecían muy poco; eran dos personajes  con contrastes muy dispares, dos personalidades distintas desde el inicio de sus relaciones hasta el mismo final, donde el Caudillo deja casi en el olvido a su Duce cuando la situación internacional marcaba un claro final favorable para los aliados.

Como hemos visto tenían fuertes lazos que les unían, los dos eran anticomunistas acérrimos. Pero  desde las dudas iniciales antes de dar Mussolini  su apoyo a Franco, hasta las posteriores prisas por acabar su presencia en España, mantuvieron frecuentes choques  por salvaguardar el prestigio internacional del fascismo y ante la lentitud y la forma de llevar la guerra del general Franco y su orgullo nacional. Se mantuvieron enfrentados y rivalizaron en diversos momentos, provocando envidias, recelos, traiciones, replanteamientos de la ayuda prestada, amenazas de retirada de tropas, falta de respeto con los acuerdos firmados, falta de coordinación militar, intereses contrarios en las batallas, estrategias diferentes,  dificultades diplomáticas, enfados por quien se había apuntado los éxitos, protestas, descalificaciones mutuas…..   Las diferentes tácticas de uno y del otro, el intento alemán e italiano de dirigir la guerra, los planes de actuación y las prisas del Duce chocaban una y otra vez con los planes de Franco y  la lentitud en el avance de la guerra. Prevalecieron los intereses del Caudillo, que prolongaban la guerra para no dejar enemigos a sus espaldas, provocando la ira y la desesperación en Mussolini que en muchas ocasiones se sintió decepcionado por Franco llegando a profetizar su derrota. Los desacuerdos entre ambos empezaron ya con el envío de tropas, y no sólo de armas; continuaron en  la batalla de Málaga, pero habría de ser después de la batalla de Guadalajara cuando la crisis se acentúa, tras un mal comienzo de la batalla y un peor final, donde el fascismo de Mussolini es sometido a la risa internacional. Fue el gran pulso entre Franco y Mussolini.  En el frente del Norte, con el afán de revancha y de buscar una gran victoria que le restableciera el orgullo fascista perdido en Guadalajara, la amistad prácticamente se rompió del todo, siendo el momento de mayor crisis y enfado con los enfrentamientos al general Bastico. Las actuaciones italianas en Bermeo, Guernica y los desacuerdos de Santoña no contribuyeron precisamente para allanar las dificultades.

Restablecida en parte la amistad y reconsiderando la situación, Mussolini en el trascurso de la batalla del Ebro y tras la lentitud de las operaciones y no aprovechar el éxito, explotaría pronunciando la famosa frase contra Franco: “Este hombre o no sabe hacer la guerra o no quiere ganarla”, y  se desesperaba cuando veía a sus tropas permanecer inactivas en los frentes o en la retaguardia, dejando pasar inútilmente los días sin luchar por una victoria rápida. Prefería que sus tropas y sus aviones siguieran aterrando al mundo con su agresividad, en vez de dejarlas en la retaguardia.

La lucha entre ambos fue permanente. Para ambos era importantísimo llegar antes que el otro a Madrid, conquistar Valencia, la capital de la República en guerra, entrar primero en Barcelona, llegar antes que el otro al Mediterráneo o alcanzar la frontera francesa persiguiendo al ejército rojo en retirada. El orgullo nacional franquista frente al prestigio internacional del fascismo.

La Conferencia de Munich y los llamados acuerdos de Semana Santa  que marcaría el acercamiento entre Italia e Inglaterra, fueron también momentos que ampliaron las diferencias y el deterioro de la relaciones entre los dos dictadores. La prepotencia de los generales fascistas Roatta,  Berti, Bastico o Gambara chocaba una y otra vez con el orgullo de los nacionales, que, sumado a  frecuentes roces y contratiempos, hicieron que Mussolini no confiara en Franco ni Franco en Mussolini. Hubo además una traición y un hecho insólito en esta supuesta relación de amistad y colaboración militar: los negocios clandestinos que Mussolini mantuvo colaborando con la República, con tráfico de mercancías para los republicanos desde el Danubio y Cagliari hasta Cataluña, mientras sus hombres luchaban  y morían junto a los del general Franco por acabar con ella. Crisis, desconfianzas, reproches y críticas que siguieron subiendo de tono con  las malas relaciones que el hermano del Generalísimo, Ramón Franco, provocó en las esferas políticas italianas. Y un hecho de especial relevancia en estas relaciones, los bombardeos indiscriminados de la Aviazione legionaria contra la población civil española, en muchos momentos sin el visto bueno del Generalísimo. Los conflictos y enfrentamientos entre italianos y españoles ni siquiera finalizaron tras el Día de la Victoria, el puerto de Alicante fue el fiel reflejo de lo que hasta entonces había venido sucediendo.

            La ayuda de Mussolini a Franco pudo haber sido decisiva para sus intenciones y nunca  fue desinteresada y generosa como se ha considerado. Fue pagada y muy bien pagada,  obteniendo privilegios frente a otras naciones a través del asentamiento de numerosas empresas italianas, la permisividad y oídos sordos de Franco a las actuaciones en territorio español de su inteligencia, de sus aviones y de sus barcos durante el trascurso de la Segunda Guerra.

También sería  un gran desengaño para Mussolini que su amigo Franco no aclarara su futuro cuando finaliza la guerra. Aunque no consideraba a la monarquía como la forma ideal para acoplar en ella sus ideales fascistas, se preocupó por una restauración monárquica a la italiana frente a los oscuros intereses de Franco; la prefería por encima de otras formas de gobierno. Tanto la negativa de una posibilidad de intervenir Italia en la política interna española,  como la negativa colaboración de Franco con la política internacional italiana, o el engaño de Franco de hacer creer a Mussolini que participaría incondicionalmente a su lado en la Segunda Guerra Mundial como agradecimiento a su ayuda, sirvieron para degradar aún más esa relación inicial de amistad y entrega mutua, a pesar de lo que había dicho su cuñado Suñer de que “ … por sentimientos y por razón España estará siempre al lado del Eje”. Pero Franco “era un militar todavía más jefe de un ejército que de un Estado”, según palabras de Ciano. Su reunión en Bordighera se consideró como un encuentro inútil entre ambos dictadores.

Los últimos días de la relación entre ambos fueron los días de una amistad venida a menos, donde la incondicional amistad inicial, con  los desencuentros y enfrentamientos de la guerra civil se convirtieron en olvido paulatino  hacia el  Duce y de la ayuda que le había prestado al Generalísimo. El fascismo y el Mussolini, al igual que con Hitler y el nazismo, se hundían ante el paulatino cambio de chaqueta del amigo. La astucia del Generalísimo permitía, sin embargo, iniciar una larga etapa dictatorial  y personalista con el consentimiento de los aliados.

El Duce y el Caudillo se hundieron en la guerra y  se necesitaban el uno al otro, por diferentes motivos, pero se necesitaban y por esos sus relaciones resultaron en varios momentos muy complejas, basadas en la desconfianza, en los intereses particulares de cada uno  y en intentar sobreponerse el uno sobre el otro y que provocaron momentos de fuertes crisis en su amistad. Franco era un gran admirador de Mussolini, pero los dos se parecían muy poco; eran dos personajes  con contrastes muy dispares, dos personalidades distintas desde el inicio de sus relaciones hasta el mismo final, donde el Caudillo deja casi en el olvido a su Duce cuando la situación internacional marcaba un claro final favorable para los aliados.

Como hemos visto tenían fuertes lazos que les unían, los dos eran anticomunistas acérrimos. Pero  desde las dudas iniciales antes de dar Mussolini  su apoyo a Franco, hasta las posteriores prisas por acabar su presencia en España, mantuvieron frecuentes choques  por salvaguardar el prestigio internacional del fascismo y ante la lentitud y la forma de llevar la guerra del general Franco y su orgullo nacional. Se mantuvieron enfrentados y rivalizaron en diversos momentos, provocando envidias, recelos, traiciones, replanteamientos de la ayuda prestada, amenazas de retirada de tropas, falta de respeto con los acuerdos firmados, falta de coordinación militar, intereses contrarios en las batallas, estrategias diferentes,  dificultades diplomáticas, enfados por quien se había apuntado los éxitos, protestas, descalificaciones mutuas…..   Las diferentes tácticas de uno y del otro, el intento alemán e italiano de dirigir la guerra, los planes de actuación y las prisas del Duce chocaban una y otra vez con los planes de Franco y  la lentitud en el avance de la guerra. Prevalecieron los intereses del Caudillo, que prolongaban la guerra para no dejar enemigos a sus espaldas, provocando la ira y la desesperación en Mussolini que en muchas ocasiones se sintió decepcionado por Franco llegando a profetizar su derrota. Los desacuerdos entre ambos empezaron ya con el envío de tropas, y no sólo de armas; continuaron en  la batalla de Málaga, pero habría de ser después de la batalla de Guadalajara cuando la crisis se acentúa, tras un mal comienzo de la batalla y un peor final, donde el fascismo de Mussolini es sometido a la risa internacional. Fue el gran pulso entre Franco y Mussolini.  En el frente del Norte, con el afán de revancha y de buscar una gran victoria que le restableciera el orgullo fascista perdido en Guadalajara, la amistad prácticamente se rompió del todo, siendo el momento de mayor crisis y enfado con los enfrentamientos al general Bastico. Las actuaciones italianas en Bermeo, Guernica y los desacuerdos de Santoña no contribuyeron precisamente para allanar las dificultades.

Restablecida en parte la amistad y reconsiderando la situación, Mussolini en el trascurso de la batalla del Ebro y tras la lentitud de las operaciones y no aprovechar el éxito, explotaría pronunciando la famosa frase contra Franco: “Este hombre o no sabe hacer la guerra o no quiere ganarla”, y  se desesperaba cuando veía a sus tropas permanecer inactivas en los frentes o en la retaguardia, dejando pasar inútilmente los días sin luchar por una victoria rápida. Prefería que sus tropas y sus aviones siguieran aterrando al mundo con su agresividad, en vez de dejarlas en la retaguardia.

La lucha entre ambos fue permanente. Para ambos era importantísimo llegar antes que el otro a Madrid, conquistar Valencia, la capital de la República en guerra, entrar primero en Barcelona, llegar antes que el otro al Mediterráneo o alcanzar la frontera francesa persiguiendo al ejército rojo en retirada. El orgullo nacional franquista frente al prestigio internacional del fascismo.

La Conferencia de Munich y los llamados acuerdos de Semana Santa  que marcaría el acercamiento entre Italia e Inglaterra, fueron también momentos que ampliaron las diferencias y el deterioro de la relaciones entre los dos dictadores. La prepotencia de los generales fascistas Roatta,  Berti, Bastico o Gambara chocaba una y otra vez con el orgullo de los nacionales, que, sumado a  frecuentes roces y contratiempos, hicieron que Mussolini no confiara en Franco ni Franco en Mussolini. Hubo además una traición y un hecho insólito en esta supuesta relación de amistad y colaboración militar: los negocios clandestinos que Mussolini mantuvo colaborando con la República, con tráfico de mercancías para los republicanos desde el Danubio y Cagliari hasta Cataluña, mientras sus hombres luchaban  y morían junto a los del general Franco por acabar con ella. Crisis, desconfianzas, reproches y críticas que siguieron subiendo de tono con  las malas relaciones que el hermano del Generalísimo, Ramón Franco, provocó en las esferas políticas italianas. Y un hecho de especial relevancia en estas relaciones, los bombardeos indiscriminados de la Aviazione legionaria contra la población civil española, en muchos momentos sin el visto bueno del Generalísimo. Los conflictos y enfrentamientos entre italianos y españoles ni siquiera finalizaron tras el Día de la Victoria, el puerto de Alicante fue el fiel reflejo de lo que hasta entonces había venido sucediendo.

            La ayuda de Mussolini a Franco pudo haber sido decisiva para sus intenciones y nunca  fue desinteresada y generosa como se ha considerado. Fue pagada y muy bien pagada,  obteniendo privilegios frente a otras naciones a través del asentamiento de numerosas empresas italianas, la permisividad y oídos sordos de Franco a las actuaciones en territorio español de su inteligencia, de sus aviones y de sus barcos durante el trascurso de la Segunda Guerra.

También sería  un gran desengaño para Mussolini que su amigo Franco no aclarara su futuro cuando finaliza la guerra. Aunque no consideraba a la monarquía como la forma ideal para acoplar en ella sus ideales fascistas, se preocupó por una restauración monárquica a la italiana frente a los oscuros intereses de Franco; la prefería por encima de otras formas de gobierno. Tanto la negativa de una posibilidad de intervenir Italia en la política interna española,  como la negativa colaboración de Franco con la política internacional italiana, o el engaño de Franco de hacer creer a Mussolini que participaría incondicionalmente a su lado en la Segunda Guerra Mundial como agradecimiento a su ayuda, sirvieron para degradar aún más esa relación inicial de amistad y entrega mutua, a pesar de lo que había dicho su cuñado Suñer de que “ … por sentimientos y por razón España estará siempre al lado del Eje”. Pero Franco “era un militar todavía más jefe de un ejército que de un Estado”, según palabras de Ciano. Su reunión en Bordighera se consideró como un encuentro inútil entre ambos dictadores.

Los últimos días de la relación entre ambos fueron los días de una amistad venida a menos, donde la incondicional amistad inicial, con  los desencuentros y enfrentamientos de la guerra civil se convirtieron en olvido paulatino  hacia el  Duce y de la ayuda que le había prestado al Generalísimo. El fascismo y el Mussolini, al igual que con Hitler y el nazismo, se hundían ante el paulatino cambio de chaqueta del amigo. La astucia del Generalísimo permitía, sin embargo, iniciar una larga etapa dictatorial  y personalista con el consentimiento de los aliados.

27/02/2016 12:26.

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gravatar.comAutor: cursos maquillaje profesional

Los dictadores del siglo pasado fueron personas complejas, que no han sido del todo comprendidas por los psicólogos y es normal que al tener cada uno intereses personales encontraran conflicto a nivel personal entre ellos.

Fecha: 13/06/2016 12:14.


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