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IGLESIA Y GUERRA CIVIL

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IGLESIA Y GUERRA CIVIL

            La Iglesia en España desde prácticamente el Renacimiento ha mantenido una enfrentamiento permanente y una lucha constante contra todo aquello que pudiera ser o parecer anti religioso, que pudiera amenazar sus tradiciones y sobre todo que pudiera resultar una amenaza contra su poder terrenal   y sus privilegios. La Ilustración fue una seria amenaza para la iglesia que vivió de espaldas al pueblo prohibiendo o condenando todo aquello que no estuviera dentro de sus paradigmas de lo católico y apostólico y apenas prestó atención a las consecuencias que la revolución industrial trajo respecto al mundo obrero y sus reivindicaciones proletarias, manteniéndose siempre del lado del poder del Estado y de las clases económicas más potentes. Todas aquellas protestas y revueltas las consideraban anticlericales y enemigas de la santa madre iglesia. Las tierras de la Iglesia -que hasta entonces constituían una tercera parte de todas las tierras de cultivo- fueron confiscadas por los sucesivos gobiernos, hasta que la Dictadura de Primo de Rivera desarrollo una política protectora de la Iglesia en general y de las "obras católicas".

 

            Tras la llegada de la II República,  y en octubre de 1931, Manuel Azaña, que para entonces ocupaba la jefatura del gobierno republicano, declaró: "España ha dejado de ser católica", y su gobierno actuó en consonancia con aquello. Así no nos debe de extrañar que durante la II República en España surgieran los temores del peligro anti clerical que sus reformas pudieran traer, sobre todo con separación de la Iglesia y Estado, la proclamación de la libertad de cultos, prohibir que la enseñanza estuviera en manos de las órdenes religiosas o la prohibición de la presencia de los crucifijos en las aulas, la legalización del matrimonio civil  o la aprobación del divorcio, entre otras reformas.

 

            Todo esto suponía sobre todo alejarse del poder político y económico y dejar de controlar la educación, dejando paso a una educación más racionalista y laica, por lo que  no dudó en dar su apoyo inmediato y sin ningún tipo de duda a los sublevados del verano de 1936, en donde casi la totalidad de la jerarquía católica se decantó sin ningún tipo de escrúpulos del lado de los rebeldes, junto al bando mal llamado “nacional”, en defensa de la Cruzada y de la lucha contra los aires anticlericales que la República había apoyado. Participaron de manera muy notoria y activa y desde los altavoces de iglesias y púlpitos difundieron por los cuatro puntos cardinales su animadversión hacia los que consideraban enemigos de la religión, proclamando su apoyo a quienes eran no sólo los defensores de la Santa Cruzada, sino sobre todo a los defensores de sus privilegios económicos  de poder. Era la defensa de sus intereses económicos y jurídicos lo que más le preocupaba, así como la pérdida del control social y educativo de España, calificando a los republicanos como una "horda roja", sin tener en cuenta de que muchos de los que se encontraban en el bando republicano también eran católicos practicantes, sobre todo en la región vasca, de gran tradición católica. En numerosas iglesias de la  zona republicana el humo de los incendios inundó sus naves, a la vez que en las de la zona nacional era el humo de la pólvora y la represión, en vez de el del incienso y de la conciliación,  el que subió hasta sus altares.

             Aunque los generales del ejército que encabezaron el golpe de estado  de julio de 1936 tenían motivos políticos, el conflicto pronto tomó un cariz religioso, uniéndose la espada y la cruz en la lucha contra la República. El general Sanjurjo le ordenó a Mola que procediera inmediatamente “a la revisión de todo cuanto se ha legislado, especialmente en materia de religión y social hasta el día, procurando volver a lo que siempre fue España”.

            El día del levantamiento de 1936, el entonces arzobispo de Santiago, Tomás Muniz, se comunicó por carta con la persona que orquestaría el reconocimiento del régimen de Franco por parte de la Iglesia de Roma, el cardenal Gomá: “Estoy aterrado con los últimos sucesos, que no ocurren sino en países de civilización rudimentaria. ¿No habrá algún Estado que se decida a someternos a tutela, como nosotros lo hicimos en otro tiempo con los indios”. A las pocas semanas del alzamiento, la Iglesia, cuyo poder había sido ya socavado por la reciente legislación, se convirtió de repente en blanco de muchos y crueles ataques en la España republicana, mientras que en la zona nacional se produjo un compromiso o militancia de la Iglesia como  legitimadora del Alzamiento al formular un planteamiento maniqueo de lucha entre el bien y el mal. Fueron rápidos a la hora de hacer manifiestos en defensa de la Santa Cruzada, como quedó pronto reflejado en el contenido de la Circular que emite el Arzobispo de Zaragoza el 26 de agosto sobre rogativas para el feliz término de la guerra: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente Cruzada de defensa de la patria y de la Religión». O la circular del obispo de Ávila quien además pone de manifiesto la rapidez con la que pensaban vencer y donde además de Cruzada habla de Reconquista; hablamos del 4 de septiembre de 1936  cuando inicia una Exhortación Pastoral de la siguiente manera: «Nos creíamos en un principio que el feliz coronamiento de esta Santa Cruzada sería cosa de breves días». Es un extracto de una  Circular sobre reorganización del servicio parroquial además de reafirmarse en su posición de cruzado introduce juicios de valor sobre la guerra: «a la amorosa intervención de la Divina Procedencia, que tan manifiestamente estamos palpando en esta Cruzada de Reconquista». El cardenal primado Isidro Gomá diría tres semanas después del golpe militar: “Puede afirmarse que en la actualidad  luchan España y la antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”.

            Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el Movimiento de los generales sublevados. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha, en la que decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, él mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello   significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”, precisamente los pilares sobre los que se sustentaría el régimen de Franco.   Con este documento el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

 

 

            El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Isidro Gomá y Tomás fue recibido por S. S. el Papa Pío Xl. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el día 29 de aquel mismo mes quien les confirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Les prometió, además, que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual. El Vaticano nunca utilizó la palabra Cruzada para referirse a la guerra española y no fue hasta junio de 1938 cuando se normalizaran las relaciones entre el Vaticano y el régimen de Franco.

                         En marzo de 1937, Pío XI dejaba al cardenal Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. Y así, el 8 de junio de 1937, el cardenal Gomá anunció a Eugenio Pacelli (más tarde Papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. Él mismo redactó el borrador que, después de comunicado al Vaticano, se envió a todos los obispos españoles.

            Pero sería la Carta Colectiva del episcopado español a favor de los sublevados y de su alzamiento el documento más problemático, aprobada por todo el obispado excepto por Vidal y Barraquer y Mateo Múgica, un documento que nunca aprobaría el Vaticano. Ensalzaron las acciones del ejército franquista, transformando así una guerra civil en una "Cruzada de Salvación". Esta Carta Colectiva se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio de 1936. Se editó en Pamplona en 1937, siendo un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, constaba de nueve apartados:

1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.

            Una vez terminada la guerra, el nuevo papa, Pío XII, felicitó “con inmenso gozo” a Franco por el fin de la contienda en un radiomensaje que es todo un ejemplo de reconocimiento a los “nacionales” y su triunfo. En el designaba a España como “la Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. Añadiendo que dicha nación “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu”.

            El aspecto más dramático lo conforma la persecución que sufrió la Iglesia en la zona republicana, especialmente durante las primeras semanas, durante el llamado “terror caliente”, cuando la falta de control  de todo tipo dejó libre paso a los impulsos emocionales de las masas. Nadie pone en duda la  persecución, crueldad y represión que la jerarquía eclesiástica sufrió a lo largo de la contienda civil, soportando una dura represión y violencia con más de seis mil víctimas ejecutadas, sobre todo en los momentos de terror caliente durante los primeros meses así como unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Se saquearon o incendiaron miles de archivos, se profanaron tumbas, se destruyeron sepulcros, se destruyeron miles de obras de arte con cuadros quemados o rajados y miles de esculturas o retablos incendiados. Una persecución inhumana e irracional contra todo lo clerical, sin olvidar en esta represión contra la iglesia que los franquistas tras la toma del País Vasco también ejecutaron a varios sacerdotes y encarcelaron a muchos más. Como escribió Hugh Thomas, “posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado”.

            La Iglesia fue víctima y parte en el conflicto, y, con algunas excepciones, configuró uno de los pilares sociales del bando sublevado y victorioso suministrándoles una buena parte del aparato ideológico. La  Iglesia institucional participó directamente en la masacre de la represión y persecución durante y después de finalizada la guerra, bendiciéndola con agua bendita y protegiendo bajo palio a su impulsor. En ella se apoyaron los sublevados para llevar adelante su política de exterminio y de terror, sosteniendo  que matar en nombre de Dios  y a los que luchaban contra los que defendían la Santa Cruzada eran enemigos de Dios,

            El mismo día 2 de Abril de 1939, recién proclamado el último parte de guerra desde Burgos,  la iglesia informaba de su victoria. El diario La Voz de España, editado en San Sebastián, publicaba el telegrama de felicitación del Papa Pio XII al caudillo: “…levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España, hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron”. Casi  la totalidad de la jerarquía eclesiástica se había puesto de parte de los militares rebeldes, en una clara confluencia de intereses y dieron oxígeno y justificación a los rebeldes contra el régimen democráticamente establecido:  "El alzamiento cívico militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada: en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso tutelar aquellos principios." O con esta otra afirmación: "La iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo."

            La victoria del ejército de Franco supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. La Iglesia y el Estado: dos caras de una misma moneda. Durante la posguerra, los curas redactaron informes demoledores, denunciaron y delataron a todo sospechoso de deslealtad al nuevo régimen, renunciando a la posibilidad de transformarse en un instrumento de reconciliación nacional.  Le dieron carta de naturaleza necesaria para justificar teológica, política y culturalmente, la obligada necesidad de una guerra contra los “hordas rojas” enemigas de la Santa Cruzada.

            Finalizada la guerra, de esta manera concibió el papa Pío XII la victoria nacional: «el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan en Él” ,supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo».

            El nacional catolicismo, que impregnó ideológicamente el franquismo español, “partía de una visión jerárquica e imperialista de la historia de la humanidad, en la cual la nación española sigue desde el inicio de los tiempos un plan marcado por la divinidad destinado a salvar el mundo o por lo menos al mundo occidental”. Ya en 1938 se había derogado la ley del matrimonio civil,  aprobada en 1932, y declaraba nulos todos los matrimonios civiles celebrados a los largo de esos seis años. En el mismo año  se había anulado también la ley de congregaciones religiosas que había sido aprobada por la República en 1933. Todas estas primeras reformas se acompañaron con el reconocimiento de una partida económica destinada a la Iglesia y dependiente de los presupuestos generales del estado. Con ello, nuevamente, la Iglesia católica pasaba a recibir financiación estatal para el sustento y mantenimiento del culto y del clero. Se aprobó una extensa legislación en materia educativa que se ocupaba de adaptar la escuela y los principios educativos a la muy alta misión que tenía España de convertirse en la reserva espiritual de Occidente, a la vez que se emprendió una muy dura represión de todos aquellos maestros que no cumplieran los requisitos ideológicos deseados. La  escasez de maestros por las fuertes depuraciones  hizo que se facilitara el acceso al magisterio a los que fueran militantes de Falange, o a los que pudieran probar su adhesión al régimen de manera fehaciente y no dudar de su catolicismo, mutilados de guerra o excombatientes, pasando a un segundo o tercer lugar su formación pedagógica y académica. Innumerables manifestaciones externas de culto más que actos de afirmación religiosa tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor del período anterior.

            El 10 de marzo de 1941, el Estado se comprometió mediante decreto a la reconstrucción de las iglesias parroquiales. A la espera de un nuevo concordato, hubo acuerdos entre el régimen de Franco y el Vaticano, en 1944, 1946 y 1950, para la designación de obispos, los nombramientos eclesiásticos y el mantenimiento de los seminarios y las universidades dependientes de la Iglesia. Catorce años después del final oficial de la guerra, un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede reafirmaba la confesionalidad del Estado, proclamaba formalmente la unidad católica y reconocía a Franco el derecho de presentación de obispos, pasando a vivir la iglesia una larga época de felicidad plena, con  un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos. La sangre de los mártires no había sido derramada en vano. La Iglesia había ganado también la guerra y estaba ganando la paz, una paz a su medida, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, a la vez que los obispos y religiosos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los valores y principios del dogma católico. La iglesia se puso a “recatolizar” España, produciéndose una simbiosis entre Religión y Patria e iba a caminar de la mano del Caudillo, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

            El régimen político y católico de la España de esos años no se limitó a estar presente en las tareas de gobierno, escuela y centros religiosos, sino que fue mucho más allá, impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana de los españoles. Los periódicos y las publicaciones en general (desde los tebeos a los libros), el cine y la radio, sin excepción se vieron afectados por la moral católica que se infiltraba en el acontecer diario de una manera natural. La iglesia ejercería de censora, controlando  toda la enseñanza, imponiendo una moral rígida, autoritaria, una formación de súbditos resignados, respetuosos del orden y de la jerarquía social. La censura se ocuparía de borrar toda referencia que pudiera considerarse dañina para la salud espiritual de los españoles.  Estuvo presente física y simbólicamente en el centro de cada comunidad y en cada festividad, en  cada rito y cada evento importante de la vida individual y colectiva de España y de los españoles, siendo una institución intocable y controladora de toda la vida del país. La iglesia sería el alma del Nuevo Estado y España quedó envuelta en un “totalitarismo divino”.

 

Dimas Vaquero

 

 

 

 

 

IGLESIA Y GUERRA CIVIL

 

            La Iglesia en España desde prácticamente el Renacimiento ha mantenido una enfrentamiento permanente y una lucha constante contra todo aquello que pudiera ser o parecer anti religioso, que pudiera amenazar sus tradiciones y sobre todo que pudiera resultar una amenaza contra su poder terrenal   y sus privilegios. La Ilustración fue una seria amenaza para la iglesia que vivió de espaldas al pueblo prohibiendo o condenando todo aquello que no estuviera dentro de sus paradigmas de lo católico y apostólico y apenas prestó atención a las consecuencias que la revolución industrial trajo respecto al mundo obrero y sus reivindicaciones proletarias, manteniéndose siempre del lado del poder del Estado y de las clases económicas más potentes. Todas aquellas protestas y revueltas las consideraban anticlericales y enemigas de la santa madre iglesia. Las tierras de la Iglesia -que hasta entonces constituían una tercera parte de todas las tierras de cultivo- fueron confiscadas por los sucesivos gobiernos, hasta que la Dictadura de Primo de Rivera desarrollo una política protectora de la Iglesia en general y de las "obras católicas".

 

            Tras la llegada de la II República,  y en octubre de 1931, Manuel Azaña, que para entonces ocupaba la jefatura del gobierno republicano, declaró: "España ha dejado de ser católica", y su gobierno actuó en consonancia con aquello. Así no nos debe de extrañar que durante la II República en España surgieran los temores del peligro anti clerical que sus reformas pudieran traer, sobre todo con separación de la Iglesia y Estado, la proclamación de la libertad de cultos, prohibir que la enseñanza estuviera en manos de las órdenes religiosas o la prohibición de la presencia de los crucifijos en las aulas, la legalización del matrimonio civil  o la aprobación del divorcio, entre otras reformas.

 

            Todo esto suponía sobre todo alejarse del poder político y económico y dejar de controlar la educación, dejando paso a una educación más racionalista y laica, por lo que  no dudó en dar su apoyo inmediato y sin ningún tipo de duda a los sublevados del verano de 1936, en donde casi la totalidad de la jerarquía católica se decantó sin ningún tipo de escrúpulos del lado de los rebeldes, junto al bando mal llamado “nacional”, en defensa de la Cruzada y de la lucha contra los aires anticlericales que la República había apoyado. Participaron de manera muy notoria y activa y desde los altavoces de iglesias y púlpitos difundieron por los cuatro puntos cardinales su animadversión hacia los que consideraban enemigos de la religión, proclamando su apoyo a quienes eran no sólo los defensores de la Santa Cruzada, sino sobre todo a los defensores de sus privilegios económicos  de poder. Era la defensa de sus intereses económicos y jurídicos lo que más le preocupaba, así como la pérdida del control social y educativo de España, calificando a los republicanos como una "horda roja", sin tener en cuenta de que muchos de los que se encontraban en el bando republicano también eran católicos practicantes, sobre todo en la región vasca, de gran tradición católica. En numerosas iglesias de la  zona republicana el humo de los incendios inundó sus naves, a la vez que en las de la zona nacional era el humo de la pólvora y la represión, en vez de el del incienso y de la conciliación,  el que subió hasta sus altares.

             Aunque los generales del ejército que encabezaron el golpe de estado  de julio de 1936 tenían motivos políticos, el conflicto pronto tomó un cariz religioso, uniéndose la espada y la cruz en la lucha contra la República. El general Sanjurjo le ordenó a Mola que procediera inmediatamente “a la revisión de todo cuanto se ha legislado, especialmente en materia de religión y social hasta el día, procurando volver a lo que siempre fue España”.

            El día del levantamiento de 1936, el entonces arzobispo de Santiago, Tomás Muniz, se comunicó por carta con la persona que orquestaría el reconocimiento del régimen de Franco por parte de la Iglesia de Roma, el cardenal Gomá: “Estoy aterrado con los últimos sucesos, que no ocurren sino en países de civilización rudimentaria. ¿No habrá algún Estado que se decida a someternos a tutela, como nosotros lo hicimos en otro tiempo con los indios”. A las pocas semanas del alzamiento, la Iglesia, cuyo poder había sido ya socavado por la reciente legislación, se convirtió de repente en blanco de muchos y crueles ataques en la España republicana, mientras que en la zona nacional se produjo un compromiso o militancia de la Iglesia como  legitimadora del Alzamiento al formular un planteamiento maniqueo de lucha entre el bien y el mal. Fueron rápidos a la hora de hacer manifiestos en defensa de la Santa Cruzada, como quedó pronto reflejado en el contenido de la Circular que emite el Arzobispo de Zaragoza el 26 de agosto sobre rogativas para el feliz término de la guerra: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente Cruzada de defensa de la patria y de la Religión». O la circular del obispo de Ávila quien además pone de manifiesto la rapidez con la que pensaban vencer y donde además de Cruzada habla de Reconquista; hablamos del 4 de septiembre de 1936  cuando inicia una Exhortación Pastoral de la siguiente manera: «Nos creíamos en un principio que el feliz coronamiento de esta Santa Cruzada sería cosa de breves días». Es un extracto de una  Circular sobre reorganización del servicio parroquial además de reafirmarse en su posición de cruzado introduce juicios de valor sobre la guerra: «a la amorosa intervención de la Divina Procedencia, que tan manifiestamente estamos palpando en esta Cruzada de Reconquista». El cardenal primado Isidro Gomá diría tres semanas después del golpe militar: “Puede afirmarse que en la actualidad  luchan España y la antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”.

            Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el Movimiento de los generales sublevados. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha, en la que decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, él mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello   significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”, precisamente los pilares sobre los que se sustentaría el régimen de Franco.   Con este documento el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

 

 

            El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Isidro Gomá y Tomás fue recibido por S. S. el Papa Pío Xl. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el día 29 de aquel mismo mes quien les confirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Les prometió, además, que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual. El Vaticano nunca utilizó la palabra Cruzada para referirse a la guerra española y no fue hasta junio de 1938 cuando se normalizaran las relaciones entre el Vaticano y el régimen de Franco.

                         En marzo de 1937, Pío XI dejaba al cardenal Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. Y así, el 8 de junio de 1937, el cardenal Gomá anunció a Eugenio Pacelli (más tarde Papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. Él mismo redactó el borrador que, después de comunicado al Vaticano, se envió a todos los obispos españoles.

            Pero sería la Carta Colectiva del episcopado español a favor de los sublevados y de su alzamiento el documento más problemático, aprobada por todo el obispado excepto por Vidal y Barraquer y Mateo Múgica, un documento que nunca aprobaría el Vaticano. Ensalzaron las acciones del ejército franquista, transformando así una guerra civil en una "Cruzada de Salvación". Esta Carta Colectiva se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio de 1936. Se editó en Pamplona en 1937, siendo un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, constaba de nueve apartados:

1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.

            Una vez terminada la guerra, el nuevo papa, Pío XII, felicitó “con inmenso gozo” a Franco por el fin de la contienda en un radiomensaje que es todo un ejemplo de reconocimiento a los “nacionales” y su triunfo. En el designaba a España como “la Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. Añadiendo que dicha nación “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu”.

            El aspecto más dramático lo conforma la persecución que sufrió la Iglesia en la zona republicana, especialmente durante las primeras semanas, durante el llamado “terror caliente”, cuando la falta de control  de todo tipo dejó libre paso a los impulsos emocionales de las masas. Nadie pone en duda la  persecución, crueldad y represión que la jerarquía eclesiástica sufrió a lo largo de la contienda civil, soportando una dura represión y violencia con más de seis mil víctimas ejecutadas, sobre todo en los momentos de terror caliente durante los primeros meses así como unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Se saquearon o incendiaron miles de archivos, se profanaron tumbas, se destruyeron sepulcros, se destruyeron miles de obras de arte con cuadros quemados o rajados y miles de esculturas o retablos incendiados. Una persecución inhumana e irracional contra todo lo clerical, sin olvidar en esta represión contra la iglesia que los franquistas tras la toma del País Vasco también ejecutaron a varios sacerdotes y encarcelaron a muchos más. Como escribió Hugh Thomas, “posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado”.

            La Iglesia fue víctima y parte en el conflicto, y, con algunas excepciones, configuró uno de los pilares sociales del bando sublevado y victorioso suministrándoles una buena parte del aparato ideológico. La  Iglesia institucional participó directamente en la masacre de la represión y persecución durante y después de finalizada la guerra, bendiciéndola con agua bendita y protegiendo bajo palio a su impulsor. En ella se apoyaron los sublevados para llevar adelante su política de exterminio y de terror, sosteniendo  que matar en nombre de Dios  y a los que luchaban contra los que defendían la Santa Cruzada eran enemigos de Dios,

            El mismo día 2 de Abril de 1939, recién proclamado el último parte de guerra desde Burgos,  la iglesia informaba de su victoria. El diario La Voz de España, editado en San Sebastián, publicaba el telegrama de felicitación del Papa Pio XII al caudillo: “…levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España, hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron”. Casi  la totalidad de la jerarquía eclesiástica se había puesto de parte de los militares rebeldes, en una clara confluencia de intereses y dieron oxígeno y justificación a los rebeldes contra el régimen democráticamente establecido:  "El alzamiento cívico militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada: en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso tutelar aquellos principios." O con esta otra afirmación: "La iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo."

            La victoria del ejército de Franco supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. La Iglesia y el Estado: dos caras de una misma moneda. Durante la posguerra, los curas redactaron informes demoledores, denunciaron y delataron a todo sospechoso de deslealtad al nuevo régimen, renunciando a la posibilidad de transformarse en un instrumento de reconciliación nacional.  Le dieron carta de naturaleza necesaria para justificar teológica, política y culturalmente, la obligada necesidad de una guerra contra los “hordas rojas” enemigas de la Santa Cruzada.

            Finalizada la guerra, de esta manera concibió el papa Pío XII la victoria nacional: «el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan en Él” ,supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo».

            El nacional catolicismo, que impregnó ideológicamente el franquismo español, “partía de una visión jerárquica e imperialista de la historia de la humanidad, en la cual la nación española sigue desde el inicio de los tiempos un plan marcado por la divinidad destinado a salvar el mundo o por lo menos al mundo occidental”. Ya en 1938 se había derogado la ley del matrimonio civil,  aprobada en 1932, y declaraba nulos todos los matrimonios civiles celebrados a los largo de esos seis años. En el mismo año  se había anulado también la ley de congregaciones religiosas que había sido aprobada por la República en 1933. Todas estas primeras reformas se acompañaron con el reconocimiento de una partida económica destinada a la Iglesia y dependiente de los presupuestos generales del estado. Con ello, nuevamente, la Iglesia católica pasaba a recibir financiación estatal para el sustento y mantenimiento del culto y del clero. Se aprobó una extensa legislación en materia educativa que se ocupaba de adaptar la escuela y los principios educativos a la muy alta misión que tenía España de convertirse en la reserva espiritual de Occidente, a la vez que se emprendió una muy dura represión de todos aquellos maestros que no cumplieran los requisitos ideológicos deseados. La  escasez de maestros por las fuertes depuraciones  hizo que se facilitara el acceso al magisterio a los que fueran militantes de Falange, o a los que pudieran probar su adhesión al régimen de manera fehaciente y no dudar de su catolicismo, mutilados de guerra o excombatientes, pasando a un segundo o tercer lugar su formación pedagógica y académica. Innumerables manifestaciones externas de culto más que actos de afirmación religiosa tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor del período anterior.

            El 10 de marzo de 1941, el Estado se comprometió mediante decreto a la reconstrucción de las iglesias parroquiales. A la espera de un nuevo concordato, hubo acuerdos entre el régimen de Franco y el Vaticano, en 1944, 1946 y 1950, para la designación de obispos, los nombramientos eclesiásticos y el mantenimiento de los seminarios y las universidades dependientes de la Iglesia. Catorce años después del final oficial de la guerra, un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede reafirmaba la confesionalidad del Estado, proclamaba formalmente la unidad católica y reconocía a Franco el derecho de presentación de obispos, pasando a vivir la iglesia una larga época de felicidad plena, con  un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos. La sangre de los mártires no había sido derramada en vano. La Iglesia había ganado también la guerra y estaba ganando la paz, una paz a su medida, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, a la vez que los obispos y religiosos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los valores y principios del dogma católico. La iglesia se puso a “recatolizar” España, produciéndose una simbiosis entre Religión y Patria e iba a caminar de la mano del Caudillo, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

            El régimen político y católico de la España de esos años no se limitó a estar presente en las tareas de gobierno, escuela y centros religiosos, sino que fue mucho más allá, impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana de los españoles. Los periódicos y las publicaciones en general (desde los tebeos a los libros), el cine y la radio, sin excepción se vieron afectados por la moral católica que se infiltraba en el acontecer diario de una manera natural. La iglesia ejercería de censora, controlando  toda la enseñanza, imponiendo una moral rígida, autoritaria, una formación de súbditos resignados, respetuosos del orden y de la jerarquía social. La censura se ocuparía de borrar toda referencia que pudiera considerarse dañina para la salud espiritual de los españoles.  Estuvo presente física y simbólicamente en el centro de cada comunidad y en cada festividad, en  cada rito y cada evento importante de la vida individual y colectiva de España y de los españoles, siendo una institución intocable y controladora de toda la vida del país. La iglesia sería el alma del Nuevo Estado y España quedó envuelta en un “totalitarismo divino”.

 

Dimas Vaquero

 

 

 

 

 

IGLESIA Y GUERRA CIVIL

 

            La Iglesia en España desde prácticamente el Renacimiento ha mantenido una enfrentamiento permanente y una lucha constante contra todo aquello que pudiera ser o parecer anti religioso, que pudiera amenazar sus tradiciones y sobre todo que pudiera resultar una amenaza contra su poder terrenal   y sus privilegios. La Ilustración fue una seria amenaza para la iglesia que vivió de espaldas al pueblo prohibiendo o condenando todo aquello que no estuviera dentro de sus paradigmas de lo católico y apostólico y apenas prestó atención a las consecuencias que la revolución industrial trajo respecto al mundo obrero y sus reivindicaciones proletarias, manteniéndose siempre del lado del poder del Estado y de las clases económicas más potentes. Todas aquellas protestas y revueltas las consideraban anticlericales y enemigas de la santa madre iglesia. Las tierras de la Iglesia -que hasta entonces constituían una tercera parte de todas las tierras de cultivo- fueron confiscadas por los sucesivos gobiernos, hasta que la Dictadura de Primo de Rivera desarrollo una política protectora de la Iglesia en general y de las "obras católicas".

 

            Tras la llegada de la II República,  y en octubre de 1931, Manuel Azaña, que para entonces ocupaba la jefatura del gobierno republicano, declaró: "España ha dejado de ser católica", y su gobierno actuó en consonancia con aquello. Así no nos debe de extrañar que durante la II República en España surgieran los temores del peligro anti clerical que sus reformas pudieran traer, sobre todo con separación de la Iglesia y Estado, la proclamación de la libertad de cultos, prohibir que la enseñanza estuviera en manos de las órdenes religiosas o la prohibición de la presencia de los crucifijos en las aulas, la legalización del matrimonio civil  o la aprobación del divorcio, entre otras reformas.

 

            Todo esto suponía sobre todo alejarse del poder político y económico y dejar de controlar la educación, dejando paso a una educación más racionalista y laica, por lo que  no dudó en dar su apoyo inmediato y sin ningún tipo de duda a los sublevados del verano de 1936, en donde casi la totalidad de la jerarquía católica se decantó sin ningún tipo de escrúpulos del lado de los rebeldes, junto al bando mal llamado “nacional”, en defensa de la Cruzada y de la lucha contra los aires anticlericales que la República había apoyado. Participaron de manera muy notoria y activa y desde los altavoces de iglesias y púlpitos difundieron por los cuatro puntos cardinales su animadversión hacia los que consideraban enemigos de la religión, proclamando su apoyo a quienes eran no sólo los defensores de la Santa Cruzada, sino sobre todo a los defensores de sus privilegios económicos  de poder. Era la defensa de sus intereses económicos y jurídicos lo que más le preocupaba, así como la pérdida del control social y educativo de España, calificando a los republicanos como una "horda roja", sin tener en cuenta de que muchos de los que se encontraban en el bando republicano también eran católicos practicantes, sobre todo en la región vasca, de gran tradición católica. En numerosas iglesias de la  zona republicana el humo de los incendios inundó sus naves, a la vez que en las de la zona nacional era el humo de la pólvora y la represión, en vez de el del incienso y de la conciliación,  el que subió hasta sus altares.

             Aunque los generales del ejército que encabezaron el golpe de estado  de julio de 1936 tenían motivos políticos, el conflicto pronto tomó un cariz religioso, uniéndose la espada y la cruz en la lucha contra la República. El general Sanjurjo le ordenó a Mola que procediera inmediatamente “a la revisión de todo cuanto se ha legislado, especialmente en materia de religión y social hasta el día, procurando volver a lo que siempre fue España”.

            El día del levantamiento de 1936, el entonces arzobispo de Santiago, Tomás Muniz, se comunicó por carta con la persona que orquestaría el reconocimiento del régimen de Franco por parte de la Iglesia de Roma, el cardenal Gomá: “Estoy aterrado con los últimos sucesos, que no ocurren sino en países de civilización rudimentaria. ¿No habrá algún Estado que se decida a someternos a tutela, como nosotros lo hicimos en otro tiempo con los indios”. A las pocas semanas del alzamiento, la Iglesia, cuyo poder había sido ya socavado por la reciente legislación, se convirtió de repente en blanco de muchos y crueles ataques en la España republicana, mientras que en la zona nacional se produjo un compromiso o militancia de la Iglesia como  legitimadora del Alzamiento al formular un planteamiento maniqueo de lucha entre el bien y el mal. Fueron rápidos a la hora de hacer manifiestos en defensa de la Santa Cruzada, como quedó pronto reflejado en el contenido de la Circular que emite el Arzobispo de Zaragoza el 26 de agosto sobre rogativas para el feliz término de la guerra: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente Cruzada de defensa de la patria y de la Religión». O la circular del obispo de Ávila quien además pone de manifiesto la rapidez con la que pensaban vencer y donde además de Cruzada habla de Reconquista; hablamos del 4 de septiembre de 1936  cuando inicia una Exhortación Pastoral de la siguiente manera: «Nos creíamos en un principio que el feliz coronamiento de esta Santa Cruzada sería cosa de breves días». Es un extracto de una  Circular sobre reorganización del servicio parroquial además de reafirmarse en su posición de cruzado introduce juicios de valor sobre la guerra: «a la amorosa intervención de la Divina Procedencia, que tan manifiestamente estamos palpando en esta Cruzada de Reconquista». El cardenal primado Isidro Gomá diría tres semanas después del golpe militar: “Puede afirmarse que en la actualidad  luchan España y la antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”.

            Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el Movimiento de los generales sublevados. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha, en la que decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, él mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello   significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”, precisamente los pilares sobre los que se sustentaría el régimen de Franco.   Con este documento el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

 

 

            El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Isidro Gomá y Tomás fue recibido por S. S. el Papa Pío Xl. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el día 29 de aquel mismo mes quien les confirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Les prometió, además, que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual. El Vaticano nunca utilizó la palabra Cruzada para referirse a la guerra española y no fue hasta junio de 1938 cuando se normalizaran las relaciones entre el Vaticano y el régimen de Franco.

                         En marzo de 1937, Pío XI dejaba al cardenal Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. Y así, el 8 de junio de 1937, el cardenal Gomá anunció a Eugenio Pacelli (más tarde Papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. Él mismo redactó el borrador que, después de comunicado al Vaticano, se envió a todos los obispos españoles.

            Pero sería la Carta Colectiva del episcopado español a favor de los sublevados y de su alzamiento el documento más problemático, aprobada por todo el obispado excepto por Vidal y Barraquer y Mateo Múgica, un documento que nunca aprobaría el Vaticano. Ensalzaron las acciones del ejército franquista, transformando así una guerra civil en una "Cruzada de Salvación". Esta Carta Colectiva se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio de 1936. Se editó en Pamplona en 1937, siendo un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, constaba de nueve apartados:

1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.

            Una vez terminada la guerra, el nuevo papa, Pío XII, felicitó “con inmenso gozo” a Franco por el fin de la contienda en un radiomensaje que es todo un ejemplo de reconocimiento a los “nacionales” y su triunfo. En el designaba a España como “la Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. Añadiendo que dicha nación “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu”.

            El aspecto más dramático lo conforma la persecución que sufrió la Iglesia en la zona republicana, especialmente durante las primeras semanas, durante el llamado “terror caliente”, cuando la falta de control  de todo tipo dejó libre paso a los impulsos emocionales de las masas. Nadie pone en duda la  persecución, crueldad y represión que la jerarquía eclesiástica sufrió a lo largo de la contienda civil, soportando una dura represión y violencia con más de seis mil víctimas ejecutadas, sobre todo en los momentos de terror caliente durante los primeros meses así como unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Se saquearon o incendiaron miles de archivos, se profanaron tumbas, se destruyeron sepulcros, se destruyeron miles de obras de arte con cuadros quemados o rajados y miles de esculturas o retablos incendiados. Una persecución inhumana e irracional contra todo lo clerical, sin olvidar en esta represión contra la iglesia que los franquistas tras la toma del País Vasco también ejecutaron a varios sacerdotes y encarcelaron a muchos más. Como escribió Hugh Thomas, “posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado”.

            La Iglesia fue víctima y parte en el conflicto, y, con algunas excepciones, configuró uno de los pilares sociales del bando sublevado y victorioso suministrándoles una buena parte del aparato ideológico. La  Iglesia institucional participó directamente en la masacre de la represión y persecución durante y después de finalizada la guerra, bendiciéndola con agua bendita y protegiendo bajo palio a su impulsor. En ella se apoyaron los sublevados para llevar adelante su política de exterminio y de terror, sosteniendo  que matar en nombre de Dios  y a los que luchaban contra los que defendían la Santa Cruzada eran enemigos de Dios,

            El mismo día 2 de Abril de 1939, recién proclamado el último parte de guerra desde Burgos,  la iglesia informaba de su victoria. El diario La Voz de España, editado en San Sebastián, publicaba el telegrama de felicitación del Papa Pio XII al caudillo: “…levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España, hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron”. Casi  la totalidad de la jerarquía eclesiástica se había puesto de parte de los militares rebeldes, en una clara confluencia de intereses y dieron oxígeno y justificación a los rebeldes contra el régimen democráticamente establecido:  "El alzamiento cívico militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada: en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso tutelar aquellos principios." O con esta otra afirmación: "La iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo."

            La victoria del ejército de Franco supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. La Iglesia y el Estado: dos caras de una misma moneda. Durante la posguerra, los curas redactaron informes demoledores, denunciaron y delataron a todo sospechoso de deslealtad al nuevo régimen, renunciando a la posibilidad de transformarse en un instrumento de reconciliación nacional.  Le dieron carta de naturaleza necesaria para justificar teológica, política y culturalmente, la obligada necesidad de una guerra contra los “hordas rojas” enemigas de la Santa Cruzada.

            Finalizada la guerra, de esta manera concibió el papa Pío XII la victoria nacional: «el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan en Él” ,supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo».

            El nacional catolicismo, que impregnó ideológicamente el franquismo español, “partía de una visión jerárquica e imperialista de la historia de la humanidad, en la cual la nación española sigue desde el inicio de los tiempos un plan marcado por la divinidad destinado a salvar el mundo o por lo menos al mundo occidental”. Ya en 1938 se había derogado la ley del matrimonio civil,  aprobada en 1932, y declaraba nulos todos los matrimonios civiles celebrados a los largo de esos seis años. En el mismo año  se había anulado también la ley de congregaciones religiosas que había sido aprobada por la República en 1933. Todas estas primeras reformas se acompañaron con el reconocimiento de una partida económica destinada a la Iglesia y dependiente de los presupuestos generales del estado. Con ello, nuevamente, la Iglesia católica pasaba a recibir financiación estatal para el sustento y mantenimiento del culto y del clero. Se aprobó una extensa legislación en materia educativa que se ocupaba de adaptar la escuela y los principios educativos a la muy alta misión que tenía España de convertirse en la reserva espiritual de Occidente, a la vez que se emprendió una muy dura represión de todos aquellos maestros que no cumplieran los requisitos ideológicos deseados. La  escasez de maestros por las fuertes depuraciones  hizo que se facilitara el acceso al magisterio a los que fueran militantes de Falange, o a los que pudieran probar su adhesión al régimen de manera fehaciente y no dudar de su catolicismo, mutilados de guerra o excombatientes, pasando a un segundo o tercer lugar su formación pedagógica y académica. Innumerables manifestaciones externas de culto más que actos de afirmación religiosa tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor del período anterior.

            El 10 de marzo de 1941, el Estado se comprometió mediante decreto a la reconstrucción de las iglesias parroquiales. A la espera de un nuevo concordato, hubo acuerdos entre el régimen de Franco y el Vaticano, en 1944, 1946 y 1950, para la designación de obispos, los nombramientos eclesiásticos y el mantenimiento de los seminarios y las universidades dependientes de la Iglesia. Catorce años después del final oficial de la guerra, un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede reafirmaba la confesionalidad del Estado, proclamaba formalmente la unidad católica y reconocía a Franco el derecho de presentación de obispos, pasando a vivir la iglesia una larga época de felicidad plena, con  un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos. La sangre de los mártires no había sido derramada en vano. La Iglesia había ganado también la guerra y estaba ganando la paz, una paz a su medida, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, a la vez que los obispos y religiosos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los valores y principios del dogma católico. La iglesia se puso a “recatolizar” España, produciéndose una simbiosis entre Religión y Patria e iba a caminar de la mano del Caudillo, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

            El régimen político y católico de la España de esos años no se limitó a estar presente en las tareas de gobierno, escuela y centros religiosos, sino que fue mucho más allá, impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana de los españoles. Los periódicos y las publicaciones en general (desde los tebeos a los libros), el cine y la radio, sin excepción se vieron afectados por la moral católica que se infiltraba en el acontecer diario de una manera natural. La iglesia ejercería de censora, controlando  toda la enseñanza, imponiendo una moral rígida, autoritaria, una formación de súbditos resignados, respetuosos del orden y de la jerarquía social. La censura se ocuparía de borrar toda referencia que pudiera considerarse dañina para la salud espiritual de los españoles.  Estuvo presente física y simbólicamente en el centro de cada comunidad y en cada festividad, en  cada rito y cada evento importante de la vida individual y colectiva de España y de los españoles, siendo una institución intocable y controladora de toda la vida del país. La iglesia sería el alma del Nuevo Estado y España quedó envuelta en un “totalitarismo divino”.

 

Dimas Vaquero

 

 

 

 

 

IGLESIA Y GUERRA CIVIL

 

            La Iglesia en España desde prácticamente el Renacimiento ha mantenido una enfrentamiento permanente y una lucha constante contra todo aquello que pudiera ser o parecer anti religioso, que pudiera amenazar sus tradiciones y sobre todo que pudiera resultar una amenaza contra su poder terrenal   y sus privilegios. La Ilustración fue una seria amenaza para la iglesia que vivió de espaldas al pueblo prohibiendo o condenando todo aquello que no estuviera dentro de sus paradigmas de lo católico y apostólico y apenas prestó atención a las consecuencias que la revolución industrial trajo respecto al mundo obrero y sus reivindicaciones proletarias, manteniéndose siempre del lado del poder del Estado y de las clases económicas más potentes. Todas aquellas protestas y revueltas las consideraban anticlericales y enemigas de la santa madre iglesia. Las tierras de la Iglesia -que hasta entonces constituían una tercera parte de todas las tierras de cultivo- fueron confiscadas por los sucesivos gobiernos, hasta que la Dictadura de Primo de Rivera desarrollo una política protectora de la Iglesia en general y de las "obras católicas".

 

            Tras la llegada de la II República,  y en octubre de 1931, Manuel Azaña, que para entonces ocupaba la jefatura del gobierno republicano, declaró: "España ha dejado de ser católica", y su gobierno actuó en consonancia con aquello. Así no nos debe de extrañar que durante la II República en España surgieran los temores del peligro anti clerical que sus reformas pudieran traer, sobre todo con separación de la Iglesia y Estado, la proclamación de la libertad de cultos, prohibir que la enseñanza estuviera en manos de las órdenes religiosas o la prohibición de la presencia de los crucifijos en las aulas, la legalización del matrimonio civil  o la aprobación del divorcio, entre otras reformas.

 

            Todo esto suponía sobre todo alejarse del poder político y económico y dejar de controlar la educación, dejando paso a una educación más racionalista y laica, por lo que  no dudó en dar su apoyo inmediato y sin ningún tipo de duda a los sublevados del verano de 1936, en donde casi la totalidad de la jerarquía católica se decantó sin ningún tipo de escrúpulos del lado de los rebeldes, junto al bando mal llamado “nacional”, en defensa de la Cruzada y de la lucha contra los aires anticlericales que la República había apoyado. Participaron de manera muy notoria y activa y desde los altavoces de iglesias y púlpitos difundieron por los cuatro puntos cardinales su animadversión hacia los que consideraban enemigos de la religión, proclamando su apoyo a quienes eran no sólo los defensores de la Santa Cruzada, sino sobre todo a los defensores de sus privilegios económicos  de poder. Era la defensa de sus intereses económicos y jurídicos lo que más le preocupaba, así como la pérdida del control social y educativo de España, calificando a los republicanos como una "horda roja", sin tener en cuenta de que muchos de los que se encontraban en el bando republicano también eran católicos practicantes, sobre todo en la región vasca, de gran tradición católica. En numerosas iglesias de la  zona republicana el humo de los incendios inundó sus naves, a la vez que en las de la zona nacional era el humo de la pólvora y la represión, en vez de el del incienso y de la conciliación,  el que subió hasta sus altares.

             Aunque los generales del ejército que encabezaron el golpe de estado  de julio de 1936 tenían motivos políticos, el conflicto pronto tomó un cariz religioso, uniéndose la espada y la cruz en la lucha contra la República. El general Sanjurjo le ordenó a Mola que procediera inmediatamente “a la revisión de todo cuanto se ha legislado, especialmente en materia de religión y social hasta el día, procurando volver a lo que siempre fue España”.

            El día del levantamiento de 1936, el entonces arzobispo de Santiago, Tomás Muniz, se comunicó por carta con la persona que orquestaría el reconocimiento del régimen de Franco por parte de la Iglesia de Roma, el cardenal Gomá: “Estoy aterrado con los últimos sucesos, que no ocurren sino en países de civilización rudimentaria. ¿No habrá algún Estado que se decida a someternos a tutela, como nosotros lo hicimos en otro tiempo con los indios”. A las pocas semanas del alzamiento, la Iglesia, cuyo poder había sido ya socavado por la reciente legislación, se convirtió de repente en blanco de muchos y crueles ataques en la España republicana, mientras que en la zona nacional se produjo un compromiso o militancia de la Iglesia como  legitimadora del Alzamiento al formular un planteamiento maniqueo de lucha entre el bien y el mal. Fueron rápidos a la hora de hacer manifiestos en defensa de la Santa Cruzada, como quedó pronto reflejado en el contenido de la Circular que emite el Arzobispo de Zaragoza el 26 de agosto sobre rogativas para el feliz término de la guerra: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente Cruzada de defensa de la patria y de la Religión». O la circular del obispo de Ávila quien además pone de manifiesto la rapidez con la que pensaban vencer y donde además de Cruzada habla de Reconquista; hablamos del 4 de septiembre de 1936  cuando inicia una Exhortación Pastoral de la siguiente manera: «Nos creíamos en un principio que el feliz coronamiento de esta Santa Cruzada sería cosa de breves días». Es un extracto de una  Circular sobre reorganización del servicio parroquial además de reafirmarse en su posición de cruzado introduce juicios de valor sobre la guerra: «a la amorosa intervención de la Divina Procedencia, que tan manifiestamente estamos palpando en esta Cruzada de Reconquista». El cardenal primado Isidro Gomá diría tres semanas después del golpe militar: “Puede afirmarse que en la actualidad  luchan España y la antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”.

            Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el Movimiento de los generales sublevados. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha, en la que decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, él mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello   significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”, precisamente los pilares sobre los que se sustentaría el régimen de Franco.   Con este documento el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

 

 

            El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Isidro Gomá y Tomás fue recibido por S. S. el Papa Pío Xl. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el día 29 de aquel mismo mes quien les confirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Les prometió, además, que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual. El Vaticano nunca utilizó la palabra Cruzada para referirse a la guerra española y no fue hasta junio de 1938 cuando se normalizaran las relaciones entre el Vaticano y el régimen de Franco.

                         En marzo de 1937, Pío XI dejaba al cardenal Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. Y así, el 8 de junio de 1937, el cardenal Gomá anunció a Eugenio Pacelli (más tarde Papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. Él mismo redactó el borrador que, después de comunicado al Vaticano, se envió a todos los obispos españoles.

            Pero sería la Carta Colectiva del episcopado español a favor de los sublevados y de su alzamiento el documento más problemático, aprobada por todo el obispado excepto por Vidal y Barraquer y Mateo Múgica, un documento que nunca aprobaría el Vaticano. Ensalzaron las acciones del ejército franquista, transformando así una guerra civil en una "Cruzada de Salvación". Esta Carta Colectiva se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio de 1936. Se editó en Pamplona en 1937, siendo un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, constaba de nueve apartados:

1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.

            Una vez terminada la guerra, el nuevo papa, Pío XII, felicitó “con inmenso gozo” a Franco por el fin de la contienda en un radiomensaje que es todo un ejemplo de reconocimiento a los “nacionales” y su triunfo. En el designaba a España como “la Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. Añadiendo que dicha nación “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu”.

            El aspecto más dramático lo conforma la persecución que sufrió la Iglesia en la zona republicana, especialmente durante las primeras semanas, durante el llamado “terror caliente”, cuando la falta de control  de todo tipo dejó libre paso a los impulsos emocionales de las masas. Nadie pone en duda la  persecución, crueldad y represión que la jerarquía eclesiástica sufrió a lo largo de la contienda civil, soportando una dura represión y violencia con más de seis mil víctimas ejecutadas, sobre todo en los momentos de terror caliente durante los primeros meses así como unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Se saquearon o incendiaron miles de archivos, se profanaron tumbas, se destruyeron sepulcros, se destruyeron miles de obras de arte con cuadros quemados o rajados y miles de esculturas o retablos incendiados. Una persecución inhumana e irracional contra todo lo clerical, sin olvidar en esta represión contra la iglesia que los franquistas tras la toma del País Vasco también ejecutaron a varios sacerdotes y encarcelaron a muchos más. Como escribió Hugh Thomas, “posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado”.

            La Iglesia fue víctima y parte en el conflicto, y, con algunas excepciones, configuró uno de los pilares sociales del bando sublevado y victorioso suministrándoles una buena parte del aparato ideológico. La  Iglesia institucional participó directamente en la masacre de la represión y persecución durante y después de finalizada la guerra, bendiciéndola con agua bendita y protegiendo bajo palio a su impulsor. En ella se apoyaron los sublevados para llevar adelante su política de exterminio y de terror, sosteniendo  que matar en nombre de Dios  y a los que luchaban contra los que defendían la Santa Cruzada eran enemigos de Dios,

            El mismo día 2 de Abril de 1939, recién proclamado el último parte de guerra desde Burgos,  la iglesia informaba de su victoria. El diario La Voz de España, editado en San Sebastián, publicaba el telegrama de felicitación del Papa Pio XII al caudillo: “…levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España, hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron”. Casi  la totalidad de la jerarquía eclesiástica se había puesto de parte de los militares rebeldes, en una clara confluencia de intereses y dieron oxígeno y justificación a los rebeldes contra el régimen democráticamente establecido:  "El alzamiento cívico militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada: en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso tutelar aquellos principios." O con esta otra afirmación: "La iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo."

            La victoria del ejército de Franco supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. La Iglesia y el Estado: dos caras de una misma moneda. Durante la posguerra, los curas redactaron informes demoledores, denunciaron y delataron a todo sospechoso de deslealtad al nuevo régimen, renunciando a la posibilidad de transformarse en un instrumento de reconciliación nacional.  Le dieron carta de naturaleza necesaria para justificar teológica, política y culturalmente, la obligada necesidad de una guerra contra los “hordas rojas” enemigas de la Santa Cruzada.

            Finalizada la guerra, de esta manera concibió el papa Pío XII la victoria nacional: «el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan en Él” ,supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo».

            El nacional catolicismo, que impregnó ideológicamente el franquismo español, “partía de una visión jerárquica e imperialista de la historia de la humanidad, en la cual la nación española sigue desde el inicio de los tiempos un plan marcado por la divinidad destinado a salvar el mundo o por lo menos al mundo occidental”. Ya en 1938 se había derogado la ley del matrimonio civil,  aprobada en 1932, y declaraba nulos todos los matrimonios civiles celebrados a los largo de esos seis años. En el mismo año  se había anulado también la ley de congregaciones religiosas que había sido aprobada por la República en 1933. Todas estas primeras reformas se acompañaron con el reconocimiento de una partida económica destinada a la Iglesia y dependiente de los presupuestos generales del estado. Con ello, nuevamente, la Iglesia católica pasaba a recibir financiación estatal para el sustento y mantenimiento del culto y del clero. Se aprobó una extensa legislación en materia educativa que se ocupaba de adaptar la escuela y los principios educativos a la muy alta misión que tenía España de convertirse en la reserva espiritual de Occidente, a la vez que se emprendió una muy dura represión de todos aquellos maestros que no cumplieran los requisitos ideológicos deseados. La  escasez de maestros por las fuertes depuraciones  hizo que se facilitara el acceso al magisterio a los que fueran militantes de Falange, o a los que pudieran probar su adhesión al régimen de manera fehaciente y no dudar de su catolicismo, mutilados de guerra o excombatientes, pasando a un segundo o tercer lugar su formación pedagógica y académica. Innumerables manifestaciones externas de culto más que actos de afirmación religiosa tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor del período anterior.

            El 10 de marzo de 1941, el Estado se comprometió mediante decreto a la reconstrucción de las iglesias parroquiales. A la espera de un nuevo concordato, hubo acuerdos entre el régimen de Franco y el Vaticano, en 1944, 1946 y 1950, para la designación de obispos, los nombramientos eclesiásticos y el mantenimiento de los seminarios y las universidades dependientes de la Iglesia. Catorce años después del final oficial de la guerra, un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede reafirmaba la confesionalidad del Estado, proclamaba formalmente la unidad católica y reconocía a Franco el derecho de presentación de obispos, pasando a vivir la iglesia una larga época de felicidad plena, con  un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos. La sangre de los mártires no había sido derramada en vano. La Iglesia había ganado también la guerra y estaba ganando la paz, una paz a su medida, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, a la vez que los obispos y religiosos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los valores y principios del dogma católico. La iglesia se puso a “recatolizar” España, produciéndose una simbiosis entre Religión y Patria e iba a caminar de la mano del Caudillo, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

            El régimen político y católico de la España de esos años no se limitó a estar presente en las tareas de gobierno, escuela y centros religiosos, sino que fue mucho más allá, impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana de los españoles. Los periódicos y las publicaciones en general (desde los tebeos a los libros), el cine y la radio, sin excepción se vieron afectados por la moral católica que se infiltraba en el acontecer diario de una manera natural. La iglesia ejercería de censora, controlando  toda la enseñanza, imponiendo una moral rígida, autoritaria, una formación de súbditos resignados, respetuosos del orden y de la jerarquía social. La censura se ocuparía de borrar toda referencia que pudiera considerarse dañina para la salud espiritual de los españoles.  Estuvo presente física y simbólicamente en el centro de cada comunidad y en cada festividad, en  cada rito y cada evento importante de la vida individual y colectiva de España y de los españoles, siendo una institución intocable y controladora de toda la vida del país. La iglesia sería el alma del Nuevo Estado y España quedó envuelta en un “totalitarismo divino”.

 

Dimas Vaquero

 

 

 

 

 

IGLESIA Y GUERRA CIVIL

 

            La Iglesia en España desde prácticamente el Renacimiento ha mantenido una enfrentamiento permanente y una lucha constante contra todo aquello que pudiera ser o parecer anti religioso, que pudiera amenazar sus tradiciones y sobre todo que pudiera resultar una amenaza contra su poder terrenal   y sus privilegios. La Ilustración fue una seria amenaza para la iglesia que vivió de espaldas al pueblo prohibiendo o condenando todo aquello que no estuviera dentro de sus paradigmas de lo católico y apostólico y apenas prestó atención a las consecuencias que la revolución industrial trajo respecto al mundo obrero y sus reivindicaciones proletarias, manteniéndose siempre del lado del poder del Estado y de las clases económicas más potentes. Todas aquellas protestas y revueltas las consideraban anticlericales y enemigas de la santa madre iglesia. Las tierras de la Iglesia -que hasta entonces constituían una tercera parte de todas las tierras de cultivo- fueron confiscadas por los sucesivos gobiernos, hasta que la Dictadura de Primo de Rivera desarrollo una política protectora de la Iglesia en general y de las "obras católicas".

 

            Tras la llegada de la II República,  y en octubre de 1931, Manuel Azaña, que para entonces ocupaba la jefatura del gobierno republicano, declaró: "España ha dejado de ser católica", y su gobierno actuó en consonancia con aquello. Así no nos debe de extrañar que durante la II República en España surgieran los temores del peligro anti clerical que sus reformas pudieran traer, sobre todo con separación de la Iglesia y Estado, la proclamación de la libertad de cultos, prohibir que la enseñanza estuviera en manos de las órdenes religiosas o la prohibición de la presencia de los crucifijos en las aulas, la legalización del matrimonio civil  o la aprobación del divorcio, entre otras reformas.

 

            Todo esto suponía sobre todo alejarse del poder político y económico y dejar de controlar la educación, dejando paso a una educación más racionalista y laica, por lo que  no dudó en dar su apoyo inmediato y sin ningún tipo de duda a los sublevados del verano de 1936, en donde casi la totalidad de la jerarquía católica se decantó sin ningún tipo de escrúpulos del lado de los rebeldes, junto al bando mal llamado “nacional”, en defensa de la Cruzada y de la lucha contra los aires anticlericales que la República había apoyado. Participaron de manera muy notoria y activa y desde los altavoces de iglesias y púlpitos difundieron por los cuatro puntos cardinales su animadversión hacia los que consideraban enemigos de la religión, proclamando su apoyo a quienes eran no sólo los defensores de la Santa Cruzada, sino sobre todo a los defensores de sus privilegios económicos  de poder. Era la defensa de sus intereses económicos y jurídicos lo que más le preocupaba, así como la pérdida del control social y educativo de España, calificando a los republicanos como una "horda roja", sin tener en cuenta de que muchos de los que se encontraban en el bando republicano también eran católicos practicantes, sobre todo en la región vasca, de gran tradición católica. En numerosas iglesias de la  zona republicana el humo de los incendios inundó sus naves, a la vez que en las de la zona nacional era el humo de la pólvora y la represión, en vez de el del incienso y de la conciliación,  el que subió hasta sus altares.

             Aunque los generales del ejército que encabezaron el golpe de estado  de julio de 1936 tenían motivos políticos, el conflicto pronto tomó un cariz religioso, uniéndose la espada y la cruz en la lucha contra la República. El general Sanjurjo le ordenó a Mola que procediera inmediatamente “a la revisión de todo cuanto se ha legislado, especialmente en materia de religión y social hasta el día, procurando volver a lo que siempre fue España”.

            El día del levantamiento de 1936, el entonces arzobispo de Santiago, Tomás Muniz, se comunicó por carta con la persona que orquestaría el reconocimiento del régimen de Franco por parte de la Iglesia de Roma, el cardenal Gomá: “Estoy aterrado con los últimos sucesos, que no ocurren sino en países de civilización rudimentaria. ¿No habrá algún Estado que se decida a someternos a tutela, como nosotros lo hicimos en otro tiempo con los indios”. A las pocas semanas del alzamiento, la Iglesia, cuyo poder había sido ya socavado por la reciente legislación, se convirtió de repente en blanco de muchos y crueles ataques en la España republicana, mientras que en la zona nacional se produjo un compromiso o militancia de la Iglesia como  legitimadora del Alzamiento al formular un planteamiento maniqueo de lucha entre el bien y el mal. Fueron rápidos a la hora de hacer manifiestos en defensa de la Santa Cruzada, como quedó pronto reflejado en el contenido de la Circular que emite el Arzobispo de Zaragoza el 26 de agosto sobre rogativas para el feliz término de la guerra: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente Cruzada de defensa de la patria y de la Religión». O la circular del obispo de Ávila quien además pone de manifiesto la rapidez con la que pensaban vencer y donde además de Cruzada habla de Reconquista; hablamos del 4 de septiembre de 1936  cuando inicia una Exhortación Pastoral de la siguiente manera: «Nos creíamos en un principio que el feliz coronamiento de esta Santa Cruzada sería cosa de breves días». Es un extracto de una  Circular sobre reorganización del servicio parroquial además de reafirmarse en su posición de cruzado introduce juicios de valor sobre la guerra: «a la amorosa intervención de la Divina Procedencia, que tan manifiestamente estamos palpando en esta Cruzada de Reconquista». El cardenal primado Isidro Gomá diría tres semanas después del golpe militar: “Puede afirmarse que en la actualidad  luchan España y la antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”.

            Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el Movimiento de los generales sublevados. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha, en la que decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, él mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello   significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”, precisamente los pilares sobre los que se sustentaría el régimen de Franco.   Con este documento el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

 

 

            El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Isidro Gomá y Tomás fue recibido por S. S. el Papa Pío Xl. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el día 29 de aquel mismo mes quien les confirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Les prometió, además, que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual. El Vaticano nunca utilizó la palabra Cruzada para referirse a la guerra española y no fue hasta junio de 1938 cuando se normalizaran las relaciones entre el Vaticano y el régimen de Franco.

                         En marzo de 1937, Pío XI dejaba al cardenal Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. Y así, el 8 de junio de 1937, el cardenal Gomá anunció a Eugenio Pacelli (más tarde Papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. Él mismo redactó el borrador que, después de comunicado al Vaticano, se envió a todos los obispos españoles.

            Pero sería la Carta Colectiva del episcopado español a favor de los sublevados y de su alzamiento el documento más problemático, aprobada por todo el obispado excepto por Vidal y Barraquer y Mateo Múgica, un documento que nunca aprobaría el Vaticano. Ensalzaron las acciones del ejército franquista, transformando así una guerra civil en una "Cruzada de Salvación". Esta Carta Colectiva se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio de 1936. Se editó en Pamplona en 1937, siendo un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, constaba de nueve apartados:

1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.

            Una vez terminada la guerra, el nuevo papa, Pío XII, felicitó “con inmenso gozo” a Franco por el fin de la contienda en un radiomensaje que es todo un ejemplo de reconocimiento a los “nacionales” y su triunfo. En el designaba a España como “la Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. Añadiendo que dicha nación “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu”.

            El aspecto más dramático lo conforma la persecución que sufrió la Iglesia en la zona republicana, especialmente durante las primeras semanas, durante el llamado “terror caliente”, cuando la falta de control  de todo tipo dejó libre paso a los impulsos emocionales de las masas. Nadie pone en duda la  persecución, crueldad y represión que la jerarquía eclesiástica sufrió a lo largo de la contienda civil, soportando una dura represión y violencia con más de seis mil víctimas ejecutadas, sobre todo en los momentos de terror caliente durante los primeros meses así como unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Se saquearon o incendiaron miles de archivos, se profanaron tumbas, se destruyeron sepulcros, se destruyeron miles de obras de arte con cuadros quemados o rajados y miles de esculturas o retablos incendiados. Una persecución inhumana e irracional contra todo lo clerical, sin olvidar en esta represión contra la iglesia que los franquistas tras la toma del País Vasco también ejecutaron a varios sacerdotes y encarcelaron a muchos más. Como escribió Hugh Thomas, “posiblemente en ninguna época de la historia de Europa y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tal contra la religión y todo cuanto con ella se encuentra relacionado”.

            La Iglesia fue víctima y parte en el conflicto, y, con algunas excepciones, configuró uno de los pilares sociales del bando sublevado y victorioso suministrándoles una buena parte del aparato ideológico. La  Iglesia institucional participó directamente en la masacre de la represión y persecución durante y después de finalizada la guerra, bendiciéndola con agua bendita y protegiendo bajo palio a su impulsor. En ella se apoyaron los sublevados para llevar adelante su política de exterminio y de terror, sosteniendo  que matar en nombre de Dios  y a los que luchaban contra los que defendían la Santa Cruzada eran enemigos de Dios,

            El mismo día 2 de Abril de 1939, recién proclamado el último parte de guerra desde Burgos,  la iglesia informaba de su victoria. El diario La Voz de España, editado en San Sebastián, publicaba el telegrama de felicitación del Papa Pio XII al caudillo: “…levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España, hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron”. Casi  la totalidad de la jerarquía eclesiástica se había puesto de parte de los militares rebeldes, en una clara confluencia de intereses y dieron oxígeno y justificación a los rebeldes contra el régimen democráticamente establecido:  "El alzamiento cívico militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada: en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso tutelar aquellos principios." O con esta otra afirmación: "La iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo."

            La victoria del ejército de Franco supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. La Iglesia y el Estado: dos caras de una misma moneda. Durante la posguerra, los curas redactaron informes demoledores, denunciaron y delataron a todo sospechoso de deslealtad al nuevo régimen, renunciando a la posibilidad de transformarse en un instrumento de reconciliación nacional.  Le dieron carta de naturaleza necesaria para justificar teológica, política y culturalmente, la obligada necesidad de una guerra contra los “hordas rojas” enemigas de la Santa Cruzada.

            Finalizada la guerra, de esta manera concibió el papa Pío XII la victoria nacional: «el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan en Él” ,supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo».

            El nacional catolicismo, que impregnó ideológicamente el franquismo español, “partía de una visión jerárquica e imperialista de la historia de la humanidad, en la cual la nación española sigue desde el inicio de los tiempos un plan marcado por la divinidad destinado a salvar el mundo o por lo menos al mundo occidental”. Ya en 1938 se había derogado la ley del matrimonio civil,  aprobada en 1932, y declaraba nulos todos los matrimonios civiles celebrados a los largo de esos seis años. En el mismo año  se había anulado también la ley de congregaciones religiosas que había sido aprobada por la República en 1933. Todas estas primeras reformas se acompañaron con el reconocimiento de una partida económica destinada a la Iglesia y dependiente de los presupuestos generales del estado. Con ello, nuevamente, la Iglesia católica pasaba a recibir financiación estatal para el sustento y mantenimiento del culto y del clero. Se aprobó una extensa legislación en materia educativa que se ocupaba de adaptar la escuela y los principios educativos a la muy alta misión que tenía España de convertirse en la reserva espiritual de Occidente, a la vez que se emprendió una muy dura represión de todos aquellos maestros que no cumplieran los requisitos ideológicos deseados. La  escasez de maestros por las fuertes depuraciones  hizo que se facilitara el acceso al magisterio a los que fueran militantes de Falange, o a los que pudieran probar su adhesión al régimen de manera fehaciente y no dudar de su catolicismo, mutilados de guerra o excombatientes, pasando a un segundo o tercer lugar su formación pedagógica y académica. Innumerables manifestaciones externas de culto más que actos de afirmación religiosa tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor del período anterior.

            El 10 de marzo de 1941, el Estado se comprometió mediante decreto a la reconstrucción de las iglesias parroquiales. A la espera de un nuevo concordato, hubo acuerdos entre el régimen de Franco y el Vaticano, en 1944, 1946 y 1950, para la designación de obispos, los nombramientos eclesiásticos y el mantenimiento de los seminarios y las universidades dependientes de la Iglesia. Catorce años después del final oficial de la guerra, un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede reafirmaba la confesionalidad del Estado, proclamaba formalmente la unidad católica y reconocía a Franco el derecho de presentación de obispos, pasando a vivir la iglesia una larga época de felicidad plena, con  un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos. La sangre de los mártires no había sido derramada en vano. La Iglesia había ganado también la guerra y estaba ganando la paz, una paz a su medida, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, a la vez que los obispos y religiosos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los valores y principios del dogma católico. La iglesia se puso a “recatolizar” España, produciéndose una simbiosis entre Religión y Patria e iba a caminar de la mano del Caudillo, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

            El régimen político y católico de la España de esos años no se limitó a estar presente en las tareas de gobierno, escuela y centros religiosos, sino que fue mucho más allá, impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana de los españoles. Los periódicos y las publicaciones en general (desde los tebeos a los libros), el cine y la radio, sin excepción se vieron afectados por la moral católica que se infiltraba en el acontecer diario de una manera natural. La iglesia ejercería de censora, controlando  toda la enseñanza, imponiendo una moral rígida, autoritaria, una formación de súbditos resignados, respetuosos del orden y de la jerarquía social. La censura se ocuparía de borrar toda referencia que pudiera considerarse dañina para la salud espiritual de los españoles.  Estuvo presente física y simbólicamente en el centro de cada comunidad y en cada festividad, en  cada rito y cada evento importante de la vida individual y colectiva de España y de los españoles, siendo una institución intocable y controladora de toda la vida del país. La iglesia sería el alma del Nuevo Estado y España quedó envuelta en un “totalitarismo divino”.

 

Dimas Vaquero

 

 

 

20/10/2016 19:09.

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