MUJERES REPRESALIADAS DURANTE Y DESPUÉS LA GUERRA CIVIL

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Mujeres represaliadas durante  y después de la guerra civil:

Fragmento de mi novela “A LA SOMBRA DE LA SABINA”  (Edt. Libros Certeza)

“...Para Carmen y la madre de Blas no se acabarían las penas y sufrimientos con aquella ejecución. Sobre ellas recaerían las mayores humillaciones públicas y marginaciones que a una persona se le puede hacer. Ni la intervención del padre de Carmen, Hipólito, ni la de Enrique, impedirían tampoco las penas económicas ni los castigos públicos durante los siguientes años. A su madre le fue expropiada una parte de la casa que había compartido con su hijo, teniendo además que pagar una renta anual por la parte que no le quitaron y de la que no disponía libremente, para poder seguir viviendo en ella, junto a Carmen y a su nieto Blas, nacido a las pocas semanas de la ejecución del padre. El gobernador civil de Zaragoza, como presidente de la Comisión Provincial de Incautación, y el Juez de Instrucción, procedieron al embargo provisional de otros escasos bienes y derechos, de las exiguas propiedades que pertenecían en aquel momento a Blas o a su madre. Ángela y Carmen representaban la madre y la novia de un republicano anarquista que había combatido contra el nuevo régimen y la gloriosa cruzada, acusado y fusilado  por apoyar la rebelión militar. Y su hijo Blas, el zagal de un rojo y de una madre soltera, concebido bajo el grave pecado de haberlo tenido fuera del santo matrimonio y que la iglesia no dejó de recordar en sus homilías ante sus feligreses. 

 Carmen y la madre sufrirían el rapado de sus cabezas junto a otras mujeres de Valdelayegua por ser consideradas como rojas, así como  obligadas a la ingestión de aceite de ricino cuando fueron detenidas a las pocas semanas del fusilamiento de Blas. Y tras varios meses presas, cuando salieron de la cárcel ambas serían paseadas por el pueblo junto a otras seis mujeres y un cartel colgado a sus espaldas, “por rojas”.

….

En la cárcel de Torrero había muchos niños cuando nació Blas, donde el hambre y la miseria se habían adueñado de toda la prisión y los pequeños compartían con sus madres lo que éstas se privaban de llevarse a la boca por dárselo a ellos. La higiene era muy deficiente y la luz de los patios  apenas la veían unos minutos al día tanto madres como hijos completamente encerrados, únicamente podían ser visitados para certificar las denuncias o recibir otras nuevas. Nueve meses duró la prisión de Carmen, y Blas, su hijo acababa de cumplir los siete meses allí dentro cuando salió por primera vez en libertad, permaneciendo encerradas otras madres a las que les habían arrebatado los hijos tras haber superado la edad de permanecer junto a ellas, muchos de los cuales fueron llevados a hospicios por tener a los familiares más directos en prisión o en el exilio y no haber nadie que se hiciera cargo de ellos. ¡Eran los niños y niñas de la cárcel!.

                              Blas, como muchos otros muchachos en toda España, arrastraría de por vida el estigma de ser un hijo de rojo, de un fusilado, de haber nacido sin padre y en una cárcel en la que su madre estaba presa. Con infinidad de discriminaciones y rechazos  durante toda su infancia y  adolescencia, a pesar de que en todo momento su madre y su abuela le habían hablado de la verdadera historia, de quién había sido su padre, de lo que había supuesto para ellas y de por qué había muerto.

               Pero a Carmen le ofrecieron la posibilidad de librarse de aquellos tratos vejatorios y de aquella prisión. Apareció un personaje que quiso aprovecharse de la situación y debilidad de aquella joven y guapa mujer, sólo tenía que acceder a “pequeños favores sexuales” o acceder a un noviazgo formal. Nada menos que Luis Oliete  abordaría con presiones y amenazas a la joven madre para que accediera a sus apetencias con el recordatorio de que él era el alcalde, que ella estaba sola y sin un marido  que le pudiera apoyar y animar para seguir adelante con la vida de aquel  hijo producto del pecado. Fueron varias las visitas que éste le hizo a Carmen mientras permaneció detenida en el cuartel de la guardia civil, y varias también las visitas a la cárcel de Zaragoza, lugar donde  nació su hijo Blas. A Luis Oliete  siempre le acompañaba un documento escrito  en el que se recogía  la autorización   y conmutación de la pena para poder abandonar la cárcel  y rehacer su vida, siempre y cuando accediera a aquellos deseos de irse con él y luego casarse. ¡Carmen sólo tenía que estampar su firma y pagar con los favores requeridos!.  

Aquel acoso  y asedio finalizaría el día en que Carmen, además de la repetida negativa a las peticiones de Luis Oliete y de que éste  lo intentara por la fuerza en su última visita a la cárcel,  le dejó el rostro marcado con sus uñas tras el intento de abrazarle y besarle, cayendo Carmen al suelo tras un fuerte puñetazo de Luis Oliete. Luis saldría de la visita limpiándose el rostro con un pañuelo por los dos profundos y largos arañazos en la cara  qe
Carmen le produjo y de los que brotaban un hilillo de sangre.

A partir de aquellos hechos, sus vidas transcurrirían paralelas en Valdelayegua una vez que Carmen consiguió la libertad. Una por el camino de los vencedores y la otra por el de los vencidos, pero sin llegar nunca más a cruzarse ni a compartir momento alguno…..”

 

 

               La mujer tras la guerra civil y primeros años de la postguerra sufriría no sólo la pérdida de sus seres queridos en la batalla o en la dura represión ejercida sobre ellos. Sufrieron una auténtica violencia de género. Pagarían también ellas por  ser esposas, hermanas o madres de los represaliados y fusilados, sufriendo duras penas y siendo el aviso para las otras mujeres de lo que también podía pasar con ellas. Buscaban  no sólo la represión, también su  humillación.

               Las cárceles españolas se llenaron de mujeres que sufrieron esta dura represión; su delito el haber sido hermana, madre o esposa de un republicano. Muchas sufrieron una vejación sistemática, se les limitó sus derechos y libertades, se les aplicó fuertes  multas, se les hizo escarnio público en desfiles  acompañadas de música y con las cabezas rapadas , o sufrieron apaleamientos y violaciones; se les suministraba aceite de ricino que les provocaban fuertes diarreas para risa y escarnio de los demás y para que ellas “no olvidaran su delito”; se les prohibía o se les denegaba el trabajo que necesitaban para sacar adelante a sus familias, represaliadas con los fusilamientos en algunos casos de varios miembros. Y las que conseguían trabajar se vieron obligadas a realizar todo tipo de trabajos, mal pagados y los más duros que se les podía ofrecer, mal pagadas o simplemente a cambio de la alimentación diaria.

               Muchas fueron marcadas y juzgadas por tribunales militares sin garantías de ningún tipo por delitos no cometidos  e inventados para ser condenadas. Se les encarceló, desaparecieron o fueron asesinadas y sus hijos marcados de por vida al ser considerados “hijos de rojos”. Las hubo con más suerte y decisión, se incorporaron a la lucha guerrillera o iniciaron el viaje de un largo exilio.

               Casi todas ya habían sufrido la persecución y la cárcel con anterioridad por ser familiares de “comunistas” y de “rojos”, por pertenecer a algún partido político, militar en algún sindicato o por pertenecer al cuerpo de docente que llevaron las nuevas propuestas  e innovaciones pedagógicas a la escuela durante la República y tener ideas progresistas.

               Y la dictadura las convirtió, como al resto de la mujeres, en un instrumento dedicado a contribuir a las tareas domésticas de los hogares, al cuidado de sus hijos y a ser un ejemplo de la “nueva moral” impuesta por la iglesia, privándoles de buena parte  los derechos sociales y convirtiendo a la familia en un modelo patriarcal. La Iglesia pretendía “recristianizar” a la sociedad, para lo que comenzó a perseguir a los “enemigos de la moral católica”. Una auténtica misoginia que les tachaba  de género débil y pecador, debiendo dar ejemplo ante la sociedad de su moralidad y religiosidad, madre y esposa ejemplar según los modelos del catolicismo imperante.

Dimas Vaquero

11/02/2018 19:57.

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