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20080213044226-e-antonio-saura.jpgDesde aquel Antonio Saura tan educado como altanero al que traté en los 70, en los 80 y 90 era otra persona. Mediaron muchas cosas, la mayor parte no gratas para él: muertes, enfermedad. Yo creo que todo eso le había dado otra perspectiva a su vida. Su talante se había dulcificado. Era más comprensivo. Relativizaba todo mucho más. Me estuvo contando cómo, durante su convalecencia, había realizado una serie en pequeño formato, cuyo fondo eran recortes de las noticias que le iban interesando. A ese momento pertenece la foto, tomada en el hotel Corona.
Como a Tapies y en plena juventud, una enfermedad le había acercado a la pintura. Como Tapies, sus inicios fueron en el surrealismo.
La primera estancia de Saura en París, comienzos de los 50, le hace coincidir con Fermín Aguayo, con quien ya había expuesto en Madrid (1952) antes de que ambos marcharan a París. Tampoco le debió de ser ajena la ausencia/presencia de Manuel Viola en la capital francesa cuya actividad entre los artistas españoles fue tan activa como notable, aunque Manolo –así se firmaba Viola por aquella época parisina- había dejado Francia en 1949. En ese paso que experimentó la pintura de Saura, del surrealismo al informalismo, hay mucho de Viola y mucho del uso del trazo negro, muy empleado por Aguayo. Es mi opinión. Luego, Viola se sumaría a El Paso, el grupo que Saura creó para cargar de tensión creativa a sus componentes y luego –a los tres años- disolver el grupo. Manuel Rivera me relató en otra ocasión cómo se trabajaba bajo la escrutadora mirada de Saura, un House del hospital del arte que fue El Paso. En todo el comienzo de esta historia algo de´bió pesar la figura de Victor Bailo que estuvo en Bucholtz, la galkería de Madrid que expuso las primeras obras de Tapies, Saura, Ponç. Luego Bailo abriía en Zaragoza la sala Libros y todos esos artistas los trajo aquí.
La segunda vez que pude entrevistarlo fue en Huesca y nuestro encuentro estuvo precedido por una anécdota con cierta picaresca: Joaquín Aranda había criticado duramente la actuación de Pedro Ruiz en un teatro de Zaragoza. Pedro, en respuesta, le mandó a Joaquín un ramo de claveles blancos, flores que Aranda tiró inmediatamente a la papelera. Como éramos vecinos de mesa en la redacción de Heraldo, yo lo vi. Pedí permiso y me llevé los claveles a casa. Durante la noche los mantuve al fresco. A la mañana siguiente, fueron mi presente para Monserrat Costa Coiduras, a la que iba a ver antes que a Saura y quién había facilitado nuestro encuentro en la apretada agenda del pintor en Huesca. Pedrito Ruiz me hizo quedar muy bien.

 

13/02/2008 04:42 #.

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