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¿QUIÉN ES CAPAZ DE ROMPER EL MALEFICIO QUE SUFRE EL TEATRO FLETA?

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Todas las ciudades tienen un edificio maldito. Aquel que a lo largo de los años ha sufrido el abandono, la desidía e incluso el voluntario olvido de sus autoridades y ciudadanos. En Zaragoza ese maleficio lo sufre el Teatro Fleta, emblemático edificio construído en los años cincuenta, obra el arquitecto zaragozano José Yarza.

 

Y como todo maleficio que se precie, el Fleta anda embarcado desde hace ya muchos años en la búsqueda de una princesa o hada que rompa esa condena.

 

Inaugurado el 24 de febrero de 1955, en su momento constituyó la obra más vanguardista de las construidas en la ciudad, llegándose incluso a catalogarlo como Edificio de Interés Arquitectónico. Edificio icónico para la ciudad durante las décadas de los años 50 a los 70, pero que con el paso del tiempo y las modas, pasó de ser el emblema de la modernidad zaragozana a convertirse en un viejo y caduco dinosaurio. Un edificio que se condenó al abandono, varado en medio de la ciudad, cuando la moda ya no pasaba por los grandes cines o teatros y se imponía la rentabilidad antes que la permanencia en si del edificio.

 

Este teatro, como otros muchos edificios, forma ya parte de la historia y la vida de esta ciudad para varias generaciones de zaragozanos. Otros antes que él sufrieron la misma maldición, cayendo primero en el abandono, luego en el olvido y al final bajo la picota, para ser transformados en tiendas de alguna multinacional de la moda, bancos de múltiples siglas nacidos de fusiones millonarias o edificios de alto standing cuyo metro cuadrado valía una millonada.

El Teatro Fleta, ese pobre sapo encantado, busca infructuosamente la fórmula mágica que rompa su maleficio. Para ello debería contar con la voluntad clara y decidida de las instituciones para sacarlo de la vergonzosa situación en la que se encuentra. Ni el Gobierno de Aragón, el Ayuntamiento de esta ciudad, ni ninguna otra institución han sido capaces de despertarlo del sueño, en el que cual bella durmiente, se encuentra sumido. Hadas ha habido que lo intentaron, ahí están los dos fallidos proyectos que se aprobaron, pagaron, publicitaron y después, tal vez como parte de ese maleficio, fueron olvidados en algún cajón, sin que se supiera más de ellos.

 

Nuevamente volvemos a oír hablar del Fleta. Se nos dice que ahora si, que esta vez el sapo se transformará en príncipe, que éste será el proyecto definitivo, el que sacará de su sueño de ruinas, goteras y humedades, herrumbres, hundimientos y telarañas al Fleta.

 

¿Será verdad? Si las propuestas que se presentan cristalizan en ese proyecto definitivo, tal vez, y digo tal vez, consigamos ver a los obreros trabajando entre su esqueleto herrumbroso e incluso se despeje su fachada de ese velo oscuro y sucio que la tapa.

 

Y roto el maleficio ya me imagino, una vez terminado, como volverán sus salas a llenarse de ávidos ciudadanos deseosos de ver espectáculos, asistir a conferencias, o escuchar nuevamente la música entre sus paredes. Ya me veo, cual heroína cinematográfica, bajando sus escaleras. Aquellas enormes y modernas escaleras de mi juventud que subíamos y bajábamos incansables mis hermanos y yo todos los domingos en la matinée. Incluso puede que no me asuste, como cuando era niña, con aquellas máscaras que adornaban los laterales del escenario. Siempre me preguntaba al verlas porque estaban allí. Habrían de pasar muchos años hasta que comprendiera su significado.

 

En mis recuerdos el Fleta era un gran cine, su patio de butacas enorme, sus pasillos laberínticos. Visitarlo me hacía pensar que teníamos el privilegio de compartir no solo la diversión que nos proporcionaban las divertidas y sugerentes «pelis» de vaqueros o piratas a las solía llevarnos mi padre sino también un trocito de la modernidad que para nosotros significaba aquel grandioso edificio.

 

Esperemos que un día no muy lejano el Teatro Fleta vuelva a ser una realidad, con nuevas salas, nuevos usos y otros destinos. Pero yo sabré cuando lo vea nuevamente en pie, moderno y reabierto que una parte del antiguo teatro, aquel que conocí en mi niñez y juventud, seguirá escondido entre sus paredes. Agazapado entre sus nuevas salas, esperará a que baje la guardia sumida en mis ensoñaciones, para que me asalten los recuerdos de lo que fue. Recordándome aquel otro teatro que llenó mis mañanas de domingo de cine, teatro, programas radiofónicos y sobre todo trayéndome la compañía y el recuerdo de mi padre, gran cinéfilo, quien domingo tras domingo viendo y disfrutando de aquellas películas nos convirtió en amantes del séptimo arte.

 

03/04/2010 19:47.

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