jordisiracusa (Jordi Martínez Brotons)

24/10/2015

Paoletta, la pasión de Haití -novela .

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Paoletta, la pasión de Haití
Nueva novela de contenido erótico-festivo que cuebta parte de la vida de Paulina Bonaparte, sobre todo la má íntima. Podeís encomtrar más detalles en:
http://paolettalanovela.com/
https://www.facebook.com/novelasobrepaulinabonaparte

 o ver el vídeo de la novela en:
https://www.youtube.com/watch?v=U3nFsCbhsZY

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24/10/2015 18:31 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

19/06/2013

Mi nuevo libro

La Peregrina y otras perlas es mi nuevo libro que ya está a la venta en todas las librería y en Internet.

El próximo miércoles 26 de junio hago la presentación en el Palacio de Sástago a las 7 de la tarde en la Sala de Música. Además el acto contara con las actuaciones del pianista Michel Reinoso, la soprano Olena y el trio de cuerda Sonors

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19/06/2013 21:54 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

15/06/2012

Nuevo artículo de Rebelde con Causa

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Nuevo artículo, esta vez sobre la corrupción bancaria. Espero que os guste

 

http://www.otromundoesposible.net/rebelde-con-causa/corrupcion-bancaria

 

15/06/2012 16:28 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Presentación de libro en Zaragoza

El próximo lunes día 18 a las 19.30, presento la novela de mi amigo vallisoletano Juan Martín Salamanca en el Ámbito Cultual del Corte Inglés en Independencia.

El título de la obra es "En busca del hogar" y narra las aventuras y deventuras de un malagueño que recorre mares y ciudades desde Lepanto hata Filipinas.

No os lo perdáis y os prometo que a las 20.30 habremos terminado ,a tiempo de ver la nueva victoria d eEspaña

 

http://www.ambitocultural.es/ambitocultural/tratarAplicacionAgenda.do?comunidad=0&paginaActual=3&fechaInicio=18%2F06%2F2012&fechaFinalizacion=18%2F06%2F2012

 

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15/06/2012 16:20 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

04/06/2011

Presentación de mi última novela

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Hola a tod@s.
En breve -a primeros de julio- sale mi novela cuya principal personaje es la infanta Eulalia de Borbón, su título: Al hilo de la vida. Un homenaje a su libro escrito en París en 1911. Cien años justos y todavía sigue vigente gran parte de su contenido. El domingo 12 de junio, estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, en la caseta de ediciones Éride, la número 292.

No se trata de la biografía de Eulalia, se trata de su novela. Sin embargo, los hechos históricos narrados están corroborados y documentados. En la obra se retrata un momento de la Historia y lo que representaron en la vida de Eulalia personajes como su madre Isabel I, su hermano Alfonso XII o su sobrino Alfonso XIII desde la perspectiva de la protagonista y de su tiempo.
Os ruego que compartáis con vuestros amigos y parientes la noticia…eso se llama publicidad, pero os aseguro que valdrá la pena.

AQUÍ TENÉIS LA PORTADA: www.jordisiracusa.es

 

 

 

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04/06/2011 13:56 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

18/01/2011

ENTRE BRUMAS

 

 

      ENTRE BRUMAS

La niebla, hoy, es la soberana
Amaneció el día entre mil brumas,
confirmando que el invierno aun no acabado.

No se alarmen
Pero hoy el mundo es un estropajo:
Haití es un lugar de desolación y desamparo
y de promesas que el viento se ha llevado.
En Australia están llorando a mares
y cuanto más lloran, más suben las aguas.
En Brasil está todo anegado
y la samba gime enterrada por el barro.

Aquí , las lluvias son de otro calibre
se miden por decretos del Gobierno
y la oposición, es su momento,
saca los paraguas mientras toma medidas…
al salón del Consejo de Ministros.

Mientras,
Los verdaderos dioses de las lluvias,
esperan que pase la tormenta y a que
las deudas de la confianza, alcancen el interés que interesa.
Son los gurús de la banca,
los financieros del poder supremo,
los del patrón oro…los de los dineros.

Pero no se alarmen,
Que la ansiedad no les quite el sueño
Ni las ganas de trabajar hasta los setenta.

Hoy, entre las nieblas que ha traído el día,
pienso en el sufrimiento de los seres humanos,
en el despido libre, en los subsidios de desempleo,
en las lluvias de un inacabable invierno.
En los campos de refugiados, en las camas frías,
en los calores polares y en las heladas de los desiertos.
y no me consuela saber que hay gobiernos maduros para administrar pobreza,

ni bancos dispuestos a renegociar hipotecas. No consuela.

No se alarmen
Pero creo que estamos ante un invierno muy duro.
Y de muchas brumas.

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18/01/2011 14:47 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

08/01/2011

ALGO SOBRE EL APOCALIPSIS

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                        ALGO SOBRE  EL APOCALIPSIS

 

Cada vez que se inicia un año nuevo, viene alguien a contarnos que esto se acaba, que el mundo es viejo, está demasiado cansado y explotado para seguir aguantando.  En Maryland, las autoridades están investigando la muerte de 2.000.000 de peces en la Bahía de Chesapeake y en los estados Luisiana y Arkansas  han visto “llover” mirlos y estorninos como si de una maldición bíblica se tratara. ¿Miniglaciación, deterioro ambiental, armas químicas? Argumentos nuevos para la amenaza cíclica de que el mundo que conocemos termina su andadura. Y, no obstante, año, tras año; siglo tras siglo, sigue la humanidad en la brecha.

Una vieja leyenda maya sitúa el fin de nuestra civilización para diciembre del próximo 2012. A tenor de lo dicho, no voy a esperar al nuevo año para hacerles semejante anuncio y para darles algo de tiempo he decidido adelantar mis propias conclusiones. Y para que estén tranquilos ya les informo por adelantado de que ni por asomo creo que todo se vaya al traste, tal y como cuentan las películas cargadas de efectos especiales, terremotos y tsunamis y que producen más risa que preocupación. Ni tampoco creo en las predicciones de agoreros gurús que anuncian tamaña desgracia basados en leyendas y profecías de remotas civilizaciones, ninguna de las cuales, por cierto, pudo predecir su propio final.

 

Sin embargo, esa fábula maya dará mucho que hablar los próximos meses, porque, debemos admitirlo, la gente anda muy preocupada viendo como está cambiando “su” propio mundo y, en ocasiones, en vez de autoanalizarnos, damos la culpa a lo externo a lo irremediable. Por todo ello creo que conviene analizar los fundamentos de tales augurios.   

Los antiguos mayas fueron demostrados entendidos de los secretos celestiales, gracias a sus profundos conocimientos de la astrología y establecieron un increíble calendario cósmico que todavía hoy nos asombra. Eso les permitía predecir  inundaciones, grandes tormentas y hasta la inversión de los campos magnéticos del planeta. Su civilización se extendió por una vasta región en el Sur-sureste de México en Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán; también en América Central, en las  actuales  Belice, Guatemala, Honduras, hasta El Salvador y se prolongó por espacio de 3.000 años. Sus ciudades, construcciones, canales y pirámides, nos dan una muestra clara de su avance técnico y científico. Su popular, misterioso e  insólito calendario preveía que cada 5.125 años se iniciaba una nueva era con la llegada de un nuevo sol, es decir, un nuevo período para la humanidad. Sus profecías llegaron hasta el nacimiento del “Quinto Sol”, exactamente el sábado 23 de diciembre de 2012, en ese momento la alineación planetaria producirá  profundos cambios cósmicos  y telúricos que iniciaran un cambalache esencial en la humanidad tal y como la conocemos.

 

            A partir de esas conjeturas, cada cual arrima el ascua a su sardina y tenemos un montón de versiones – brillantes, según quién las expone – que cubren todos los gustos, desde la científica hasta la catastrofista. Muchas de estas opiniones las encontraran en reportajes televisivos, artículos, libros, películas, teorías ecologistas y esotéricas. Cualquiera de los argumentos que expongan esos dictámenes pueden ser respetables o impresentables; sinceros o hipócritas; serios o estrafalarios, cautos o exagerados, pero ninguno irrefutable. Sus pontífices se basaran en tormentas solares, calentamientos globales, avisos naturales, augurios y teorías regenerativas. Sin embargo, deberemos esperar al guarismo amenazante para saber de qué se trata. 

             El final del último Katum, como llamaban los mayas a las eras que predecían y al que bautizaron como “el tiempo del no tiempo”, no anuncia – digan lo que digan otras voces – el apocalipsis, sino el fin de una época, el termino de un período. La humanidad continuará su andadura y nuestro planeta su eclíptico desplazamiento por ese universo que no dejará de expandirse. Estoy de acuerdo con que esa fue la última profecía de los mayas, pero no porque no creyeran en la continuidad de la raza humana, es que no les dio tiempo a hacer más; llegaron unos dioses del otro lado del mar y les desmontaron el invento. A golpe de espada y –porque no decirlo – de cruz, aquellos centauros insaciables destruyeron en un plis, plas, un imperio milenario y sabio; pero también cruel, hierático, insolidario y sangriento. Sus sacerdotes jugaban con la ignorancia del Pueblo y sus soberanos y caciques abusaban de sus prebendas a costa de sus administrados y vasallos. Algo que nos resulta muy familiar.

            Parte de este control social se ejercía en nombre y bajo el temor de los dioses (en eso tampoco hemos cambiado). El principal de ellos era Hunab Ku, considerado como el eje central de la galaxia. Había otros dioses como Chaac, el dios de la lluvia o la famosa serpiente emplumada, es decir Kukulkán, dios del viento. Tenían una  tan pintoresca como Ixtab, la diosa del suicidio. Todos con una voraz hambre de sacrificios humanos que siempre pagaba el Pueblo. Su juego más popular era el de la pelota, al que concebían como un ritual que representaba a los orígenes del mismísimo universo, era un rito de iniciación, muerte y renacimiento que pretendía justificar la acción militar y el poder. Todo muy actual, mal nos pese. Su dominio acabó de una forma un tanto misteriosa, con sus ciudades abandonadas, y con el arribo de los conquistadores se desvaneció lo que quedaba de su cultura que andaba ya dispersa.

             A partir de ese momento se cambió el servilismo por la esclavitud; el sometimiento a los dioses mayas, por la oportunidad de obedecer a un solo dios; los sacerdotes de togas de colores y copetes emplumados por las casullas de puntillas y los bonetes; los terribles sacrificios humanos en los ensangrentados templos piramidales por la explotación piramidal a la que les sometieron los españoles. Como ven, el cambio de ciclo, sólo lo fue para cambiar de dueños. Y allí quedaron sepultados por la selva, conocimientos y avances científicos que los flamantes“descubridores” tardarían siglos en descubrir. El calendario maya y su contenido cósmico quedaron rezagados a los terrenos de la leyenda incomprensible hasta que la vieja Europa y la naciente América fueron capaces de darse cuenta de que sus profecías tenían base científica y de que no eran  viejas supersticiones urdidas por ancestros olvidados. Y se pasó de despreciar los avisos de las antiguas culturas a dotarlas de razonamientos exagerados.

 Los augurios y vaticinios mayas están soportados en un conjunto de siete profecías donde se nos advierte de los cambios climáticos y ecológicos. Llamas solares, choque de cometas, olas de calor que derretirán los polos, terremotos y catástrofes varias y sobre todo la destrucción de la raza humana tal y como la conocemos. La verdad es que el famoso lapso cosmológico maya durante la conjunción planetaria de Marte, Júpiter y Saturno para el 2012, no concreta lo que dicen las profecías.  No previenen el futuro, únicamente señalan que el  ciclo  actual comenzó el 13 de agosto del año 3113 a.C., y que los eventos de este periodo terminaran en la fecha anunciada del año 2012. ¿Y luego? Luego,  comenzará otro  de 5125 años, más o menos, en función de los ajustes astronómicos de estos cinco millares de años planetarios y cuyos efectos no fueron descritos porque, como he dicho, no tuvieron ocasión.

Sin embargo, todo lo anunciado en las profecías mayas va teniendo razón. Los desastres del aumento de temperatura, la previsible elevación del nivel del mar por el deshielo polar o las grandes tormentas solares, son hechos científicos y comprobados. En mi opinión – una de tantas- y que no pretende sentar cátedra, todo esto sucederá y el viejo planeta Tierra será capaz de asimilarlo. Los propios mayas, tan sabios y al propio tiempo tan desconocedores, utilizaban la técnica del “tala y quema”. Es decir, talaban una parte de la selva y quemaban la madera con el fin de sembrar en la superficie desforestada, suponiendo que la ceniza daba fertilidad al suelo. El resultado era que en plazos de tres a cinco años el suelo se agotaba y obligaba a los cultivadores a continuar talando y quemando superficie selvática, de esa forma se vieron obligados a abandonar docenas de florecientes ciudades que acabaron, paradójicamente, engullidas por la selva.  Entonces enviaban exploradores para localizar tierras fértiles para trasladarse en masa y fundar nuevas ciudades y asentamientos.

 Ahora, siglos después, está sucediendo lo mismo en aquellas latitudes y los labradores  están talando la selva tropical para convertirla en tierra de cultivo y han  destruido casi la mitad de la selva en los últimos 40 años.

Pero no se preocupen,  la humanidad, que ha soportado docenas de ciclos, sobrevivirá a la llegada del “Quinto Sol”, aunque es posible que el Ártico sea navegable en verano, se extingan la mitad de los osos polares, suba cuatro grados la temperatura media de la tierra, lluevan pájaros muertos y un montón de urbanizaciones ilegales queden sumergidas en el mar. Evidentemente cambiara la flora, la fauna e incluso la geografía del planeta y eso puede considerarse una gran catástrofe, pero yo me pregunto: ¿Seremos capaces de iniciar una nueva era?  

Y cuando hablo de nueva  no me refiero a contactar con seres de otra galaxia o que todos nos convirtamos al budismo o al Islam, hablo de la Humanidad, de un nuevo ciclo para la raza humana. Nos les parece suficiente catástrofe lo que está sucediendo en toda África, en muchos lugares de Asia o de América. Como decía el llorado Benedetti, el Sur también existe. El verdadero cambio cosmológico estaría en concienciar a la raza humana, la “Nueva Era” sería la de igualar las oportunidades de todos los habitantes de este planeta. Los verdaderos miedos y cataclismos son los que crean cada día las modernas serpientes emplumadas, los dioses de las finanzas, los sacerdotes intolerantes, los conquistadores del engaño; el hambre y  la sed, tanto de justicia como de falta de elementos.

Acepto que no podemos impedir la caída de un meteorito o que nos convirtamos en una luminosa estrella. Pero podemos exigir medios para que el planeta no siga deteriorándose y soluciones mundiales para evitar que haya intolerancia, injusticia social, hambre y desolación. Por lo menos, intentar paliarlas.  Tal vez, y no sé en qué forma, el sábado 23 de diciembre de 2012 será el punto de partida hacia una nueva concepción del mundo y convertirlo en el lugar que todos deseamos. Sino deberemos hacer como los mayas, sólo que en vez de enviar exploradores en busca de nuevas tierras, tendremos que enviarlos en naves espaciales allende nuestro sistema solar. Y pese a todo y a todos, sobreviviremos.

 

                                   Jordi Martínez Brotons

           

 

   

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08/01/2011 17:35 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

01/01/2011

FELIZ 2011

 Ha llegado el momento de recibir al nuevo año, pero también el de agradecer el poder hacerlo...y en forma poética:

 

Agradecimientos con el nuevo año

Gracias a ti por existir
Gracias al mar por sobrevivir, a pesar de todos.
Gracias a la mañana que abre un nuevo día.
Gracias a la noche que nos acuna.
Gracias a la enseña republicana
- la última ilusión política que nos queda todavía -.
Gracias a los besos;
a la música del mundo,
al canto – a mis coros en particular -,
al baile – en el sentido danzante de la palabra –,
al cuentista y al cuentero,
a los libros y a los versos.
Gracias al misterio – leed bien, no digo ministerio -
Gracias a la razón y a la educación
- que acabarán este siglo con los viejos dioses –,
Gracias a los momentos en que los poderosos están dormidos
- podéis cambiar el verbo por otro más celiano –
Gracias a todos los corazones que desean y están en paz.
Al cine y al teatro,
al arte en todas sus facetas y colores.
A todos los que luchan por un mundo mejor,
a todos los que lo hicieron, demostrando que,
Otro mundo es Posible.
Al camino, a la vereda, a la playa
a la montaña y al bosque. . .
¡A tu sonrisa!
Al tiempo, aunque pase tan deprisa.
Gracias.

Jordi Siracusa

 

 

01/01/2011 21:28 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

15/11/2010

La perla peregrina

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La perla Peregrina es una magnífica joya que perteneció a varias generaciones de reinas españolas. ¿Dónde está ahora? ¿Cuales fueron sus avatares en las llamadas "joyas de pasar" que de reina a reina se vienen trasmitiendo?¿La tuvo alguna vez en su poder Victoria de Battenberg, esposa de Alfonso XIII?

 

 

LA PEREGRINA

por Jordi Siracusa

El mar parecía tranquilo, un espejuelo de esos por los que él tanto suspiraba y que los dioses blancos reservaban sólo para recompensar grandes favores…y grandes traiciones. Aquellas cuentas de superficie pulida eran algo maravilloso, capaces de atrapar mágicamente la luz y el rostro de su amada, incluso de comerse los rayos del sol para transformarlos en miles de destellos de colores, todo un prodigio. Había rezado a los dioses – a los suyos y a los de sus padres, no a esos recién llegados que vomitaban fuego con sus palos y forzaban a sus mujeres – para pedirles fuerza y ventura para localizar las más hermosas perlas y así recibir a cambio el soñado premio. Un magnífico presente para ofrecer a la que pronto sería su esposa.
Desde niño, aún antes de llegar aquellos dioses mitad hombres y mitad animales, se había distinguido entre todos los nadadores de la aldea que, casi a diario, se somormujaban en las cálidas aguas para localizar las ostras perlíferas de la zona. Le habían criado y preparado para ello y sus potentes pulmones eran capaces de resistir más que nadie bajo el agua.
Illapa, dios del rayo, la tormenta y del agua, les era propicio y las frágiles canoas podían adentrarse sin peligro. Durante la navegación se sentó en la piedra que anclaría la barca en la tierra arenosa de los arrecifes mientas bucearan y se pinchó con los bejucos con que ataban la primitiva ancla. La costa de la isla se iba alejando mientras las canoas se adentraban en el mar caribeño. Al cabo de pocos minutos los barquitos se detuvieron y los pescadores se aprestaron a iniciar las zambullidas. La ejecución era simple, aunque peligrosa. Los buscadores con saquitos atados al cuello o talegas en bandolera, sujetas con dos pesados cantos para que la fuerza del mar no las levantara, se lanzaban al agua y al rato aparecían con las bolsas llenas de ostiones; de cada cien izados sólo uno o dos llevaban las buscadas perlas. El “secreto” de una provechosa inmersión era llegar a lo más hondo posible y aguantar mientras removían la arena; las conchas pequeñas eran las más fáciles, pululaban cercanas a la superficie; en cambio, las grandes sesteaban en el fondo marino. Allí las ostras se pegaban de tal forma que precisaba de un enorme esfuerzo arrancarlas. La operación se repetía hasta que el pescador se agotaba, le estallaban los pulmones o era presa de algún tiburón.
Nuestro nadador se zambulló con la ilusión de obtener el mejor botín. Sus inmersiones eran profundas y prolongadas, podía sobrepasar con creces los tiempos de los otros pescadores; era el mejor. Después de cinco o seis buceos llenando la bolsa de ostras estériles, decidió tratar de encontrar algo especial, por lo que removió los fondos hasta sentir que le reventaba el pecho. Mientras sus sienes se hinchaban y sus piernas se convertían en pesadas rémoras, recordaba a los compañeros perdidos en intentos similares: los había visto subir a la barca agotados, hablando entre delirios de una pieza enorme pegada a una de las peñas marinas. De pronto la vio. Se estaba agotando el aire de sus pulmones, por lo que, sin vacilar, enganchó en la roca su bolsa para poder localizar de inmediato el lugar y subió a la superficie a renovar el vital oxígeno. Se hundió de nuevo hacia el señuelo. Se trataba de la ostra más grande que jamás había visto, después de varios forcejeos pudo arrancarla de su cubil y emergió con ella a la superficie. Todos los navegantes de la canoa se arremolinaron para ver si era perlífera. Alguien cogió un cuchillo de jade y presionó los vértices de la protectora concha. Un ¡oh! general se escuchó al contemplar una gigantesca perla en forma de gota.


              El cacique Chiruca miró asombrado la joya, el joven buceador de pie frente a él y rodeado por sus compañeros, esperaba el dictamen del jefe. “Es la perla más grande y hermosa que jamás he visto”, especuló mientras su diestra señalaba una tamba de colores sobre la que brillaban espejos, cuentas, adornos y otros abalorios. “Coge lo que quieras”, le indicó en un rasgo de generosidad que asombró a todos. Aquella noche Akllasumaq, la joven prometida del buceador, fue inmensamente feliz al adornarse con las quincallas que le trajo su amado y comprendió el significado de su nombre (elegida por su belleza), al mirarse en aquella pulida luna, descendida del mismísimo Hanan Pacha, lugar de los dioses, y que era el mejor entre todos los regalos.
La selva se estremece con la llegada de aquellos hombres. Despejan el camino a golpes de machetazos, las hermosas cantutas, la flor de los Incas, caen como caerán, algunos años más tarde, los ejércitos de Atahualpa. Los castellanos están cansados y hartos de comer aguajes y guanábanas, la conquista del archipiélago es paso indispensable para proseguir el asalto del continente. El capitán del grupo Gaspar de Morales trata de sujetar su montura cuando avista la aldea de Chiruca, a quién considera un aliado de conveniencia y con el que ya ha establecido una asociación de intereses. El inca le proporciona esclavos y oro, y los castellanos se comprometen a respetar la aldea y a no matar a ninguna de las mujeres que violan.
Los nativos conocían demasiado bien las “tácticas guerreras” de los invasores, siempre acompañados de perros amaestrados para atacar a los indígenas. Les han visto ajusticiar a los caciques enemigos con un invento de Gaspar: la pena de la pólvora. Habían presenciado su ejecución, como ataban a los condenados a un árbol y les disparaban con un arcabuz o con un cañón, causando en el cuerpo de los desdichados reos, tal destrozo, que sólo pensar en ello, les atemorizaba. Era la tercera o cuarta vez que aquellos hombres de pelo en la cara, altas botas y terribles cañas de fuego, visitaban la aldea. “Tengo algo para vos”, comentó Chiruca al capitán de la tropa. Éste desmontó pensando en que le tenían reservada alguna joven esclava, entró en la tienda con dos de sus lugartenientes y quedaron maravillados al ver la perla. “Es especial, de una peregrina belleza”, masculló uno de ellos. Gaspar tomó la joya en sus manos: “Digna de una reina”, se dijo a sí mismo. Aquella noche la cabeza del feroz capitán no paró de dar vueltas, era su oportunidad para que el gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias Dávila, le autorizara a adentrarse en el continente más allá de la nueva ciudad de Panamá, todavía en construcción , para buscar la mítica Birú, la ciudad de los palacios de oro y nácares.
Pedrarias Dávila, como llaman todos al gobernador, escucha atentamente a Gaspar, que le pide hombres, cañones y caballos. El viejo gobernador sonríe, ha aprendido a conocer a los hombres por la codicia que se dibuja en sus rostros y la malevolencia que asoma en sus sonrisas; sin embargo, él también es un matador y sabe que desde que llegó hace unos años a Santa María la Antigua ha tenido que ejecutar a muchos hombres y las expediciones también sirven para perder de vista a elementos peligrosos y va llegando el momento de vivir tranquilo al lado de su esposa Isabel de Bobadilla. Pedrarias duda qué responderle a aquel hombre que le está proponiendo encontrar una ciudad fabulosa. En aquel momento entra su dama. Doña Isabel, conserva todavía gran parte de la belleza que cautivó a los capitanes a las órdenes de su padre, Francisco de Bobadilla, el conquistador de Granada. El gobernador se ve obligado a presentar a su esposa al aventurero Gaspar, éste intuye que ha llegado su gran oportunidad y saca de su bolsa un pequeño paño de color rojo. “Un presente para vos, señora” dice extendiendo su brazo hacia la dama”. Ella sonríe y abre con curiosidad el bulto. Su sorpresa es inmensa al contemplar la perla. La llamo, “la Peregrina”, matiza el audaz capitán. Pocas semanas después Gaspar tendría todo lo que había pedido además de un nuevo lugarteniente, un tal Francisco Pizarro.
Doña Isabel conservaba el fascinante obsequio en su alcoba. No tenía intención de lucirla, le parecía demasiado hermosa, demasiado ostentosa. No obstante, miraba cada día su tesoro y se emocionaba con la extraña runa del aljófar y con su tamaño; en la pieza se equilibraba lo bello de las formas con la dimensión de la exageración lujosa. Tenía pensado hacerse un aderezo y solicitó la presencia de un esclavo indio con fama de ser un artesano excelente en el montaje de joyas. Cuando el viejo inca vio la perla, persuadió a doña Isabel para que no colgara de su cuello la alhaja: “Ésta maldita de los dioses, su forma es la de una lágrima, anuncio de las que hará derramar y en su nítido alabastrino puedo ver cosas, cosas terribles. Doña Isabel, asustada, le pidió que le contara sus visiones. El anciano pareció hablar desde un lugar de ultratumba cuando fue anunciando las cuitas: emponzoñará a su padre, será abandonada por su madre; matará a una reina, volverá colérico al prudente y aunque iluminará el estanque y cabalgará en los más bellos corceles, visitará los prostíbulos, lucirá en fealdad; vencerá a las llamas; cegará al bobo y ayudará a la prostituta; tentará al ladrón y al águila herida; hará llorar a una emperatriz y perder la cabeza al príncipe de los inútiles, celará a otra reina y por todo ello, será condenada a ser devorada por el monstruo”. La de Bobadilla quedó aterrorizada ante el discurso del artesano, ¿cómo podía hablar de aquel objeto como si de un ser vivo se tratara? Decidió guardar la gema de nuevo en el fondo de su cómoda, aunque nunca perdía la costumbre de admirarla cada noche y preguntarse qué terrible monstruo sería capaz de engullir semejante pieza y no perecer en el intento.

Pasaron unos años y don Pedro entregó su azarosa vida al señor. Los patriarcas de la Iglesia contaron que fue por achaques de la edad; su viuda andaba diciendo que fueron las fiebres que habían azotado años atrás a Santa María la Antigua, pero los habitantes de León sabían que el anciano guerrero había muerto en brazos de una jovencísima y bella india, ella llevaba una hermosísima perla colgada al cuello y él pereció con la joya en la boca, tratando de imitar un mordisco; con los músculos del pecho y el abdomen contraídos y bloqueados por el efecto del veneno que utilizaban algunos nativos para cazar. Corría el año del Señor de 1531. Cuando Pedrarias fue enterrado, muy cerca del Mobotombo, nadie en León podía imaginar que, años después, el volcán destruiría totalmente la ciudad en una de sus inesperadas erupciones. El caso es que la viuda regresó a España, a una corte que había dejado hacia cerca de veinte años. La Peregrina, tal vez por prudencia o tal vez por temor a las palabras del viejo orfebre, quedó en Castilla del Oro.
Tras cerca de cinco décadas, la esplendorosa lágrima apareció en uno de los cajones secretos del mueble que doña Isabel tenía en su dormitorio. Inmediatamente fue entregada al Aguacil Mayor de Panamá, Diego de Tebes. Éste, admirado por el tamaño de la pieza ordenó su pesaje: 58,5 quilates; justos los años que habían transcurrido desde que de Gaspar de Morales, la entregara a doña Isabel. Don Diego no imaginó mejor destino para la joya que el cuello de la esposa del rey Felipe II, la reina Ana de Austria. Llegó el bueno de Don Diego a Sevilla e inmediatamente se dirigió a la corte para ofrecer la joya al rey. Su majestad le recibió exultante tenía dos felices motivos, la reina iba a darle un quinto hijo y sus tropas andaban destrozando a las portuguesas con lo que pronto alcanzaría su anhelado sueño de incorporar la corona lusa y todas sus posesiones a la monarquía española. Regalarle a su esposa el nácar que le ofrecía su Aguacil Mayor en la Nueva España, le pareció una idea estupenda: ¿Cuanto pedís por ella?, preguntó el monarca sabiendo cual iba a ser la respuesta. “Lo que vuestra majestad considere oportuno”. El rey fijo una cantidad, 9.000 ducados. “Cargadlo al Consejo Real de las Indias”, dijo mientras observaba con admiración su nueva adquisición.
Pocos días después la reina daba luz a una nueva infanta. El rey tieso como una escoba, pero todavía ágil, apareció en la alcoba real para obsequiar a la reina Ana con un joyel muy peculiar: De un bello diamante llamado el Estanque, engarzado en un águila bicéfala, cuelga preeminente la magnífica perla. La luz se estrella sobre la joya y ésta absorbe la poca claridad que entra por el ventanal de la cámara; la sombra del rey, oscura como sus ropajes, se recorta sobre la pared, un presagio triste atraviesa la mente de la reina, que recibe con una sonrisa el presente, mientras el rey le besa en la mejilla. Ella, tratando de borrar el funesto presentimiento, se repregunta lo mismo que el día en que le conoció: ¿Cómo podrán sujetar esas delgadas piernas su real cuerpo? La reina no dejaba de tener razón, los dos alambres que aparecían bajo las calzas de Felipe de Austria, embutidos en las sempiternas medias negras, daban la sensación de que se quebrarían de un momento a otro. No así ocurría con la perla, grande, pesada, bella; fascinante. La reina no se quitó de encima el joyel durante los escasos meses que sobrevivió al parto.
Diamante y Peregrina fueron a las estanterías del Tesoro Real. Sin embargo, su majestad reclamó la perla y mandó hacerse una cadena de oro grueso, para poderla llevar en sustitución de los habituales crucifijos. Decidió estrenarla un día de agosto del año del Señor de 1588. Desde hacía días, todo Madrid, convertida veinte años atrás en Corte y capital del Reino de España, andaba preocupada por la suerte que hubiese podido correr la formidable flota real, la autodenominada Armada Invencible. Felipe II permanecía sereno y prudente a la espera de buenas nuevas que le anunciaran el desembarco español en la isla inglesa. Jugaba con su joya tratando de no demostrar impaciencia o angustia. Sobre el mediodía el duque de Lerma, gentilhombre de cámara del rey, entró en el gabinete real: “Majestad…, dijo” y sus palabras quedaron flotando en el aire como el peor de los auspicios. El monarca de España, Portugal y de todas las posesiones allende los mares, observó al duque; éste permanecía con la mirada fija en el suelo del Alcázar. “¡Alzad los ojos, duque, e informadme del desastre!” Lerma contó el desgraciado fin de la Invencible. El Rey Prudente tuvo un arrebato de furia y entre aspavientos y maldiciones, dijo alguna que otra frase célebre y decidió no ponerse nunca más la espectacular runa de allende sus mares.
A su muerte su testamentaría hizo una descripción de la Peregrina: “Una perla pinjante en forma de pera de buen color y buen agua, con un pernito de oro por remate, esmaltado de blanco, que con él pesa 71 quilates y medio. Compróse por el Consejo Real de las Indias de don Diego de Tebes en 9.000 ducados. Tasóse por Francisco Reynalte y Pedro Cerdeño, plateros de oro y lapidarios del Rey nuestro señor, en 8.748 ducados. Tiénela la Reyna, nuestra señora…”
Efectivamente, la perla había ido aparar al joyero de Margarita de Austria, una atractiva niña de quince años a la que habían casado por poderes en Ferrara con Felipe III. Un día la reina-niña se entretuvo jugando con el joyel y luego, lo dejó cuidadosamente en el estuche de plata y la olvidó durante un tiempo. Años después, Rodrigo de Villandrando hizo a la reina un retrato ecuestre, al verlo, la retratada no se sintió lo suficientemente bella: “Rodrigo, parezco una pomposa dama de la corte austriaca, no la reina de España, falta vida y solemnidad en el cuadro”. El retrato quedó inconcluso hasta que, algún tiempo después, pidieron a Velázquez que le diera su toque mágico. El genial sevillano estuvo dando vueltas a cómo arreglar la obra, no podía tocar las gualdrapas y los ostentosos mantos bordados que había pintado su predecesor sin hacer un desaguisado. Pero encontró el remedio retocando el caballo y dando empaque y esplendidez a un corcel que había salido bastante rocín de los pinceles de Rodrigo. En cuanto a la reina Margarita, decidió engalanarla para que el retrato ganara en majestuosidad y le pidió que sacara de su joyero personal alguna pieza especial para adornar el busto. La reina removió sus joyas y de nuevo salió a la luz la Peregrina para vestir de oropel y ostentación el retrato ecuestre. Cuando el rey lo vio, le pidió al pintor, como era costumbre, otra obra que hiciera pareja con la de la reina. ¿Qué alhajas os pondréis majestad?, preguntó Velázquez. El rey miró a su esposa con gesto de interrogación. Ella le contestó sonriente: “Te la presto”. El artista pintó al rey muy arrogante, montado a lomos de un impresionante corcel en corbeta, sobre con un fondo de montañas recortadas sobre un cielo nuboso. En el sombrero real aparecía prendida la perla de la reina, desprendida del joyel y separada del Estanque.
No fueron demasiadas las veces que la reina lució la joya, la usó mucho más su sucesora Isabel de Borbón, que a los trece años casó con el príncipe de Asturias y que sería una de las reinas más vanidosas, coquetas y presumidas a la par que hermosa e inteligente, que ha tenido el reino. El día que cumplió los diecisiete años el rey, su suegro, la mando llamar: “Isabel”, dijo, “quiero haceros hoy un regalo muy especial porque deseo que destelléis como mujer y como futura reina”. Isabel no pudo articular palabra al ver la extraordinaria ensambladura donde, de nuevo, compartían belleza el Estanque y la Peregrina.
Felipe IV, el gran putañero, como se le conocía en todos los burdeles de Madrid, Toledo y Valladolid, ciudad en la que había nacido, era alto y delgado, pero fibroso y fuerte. Había heredado de los Austrias el cabello rubio, los ojos verdes, la nariz prominente y el prognatismo de la mandíbula inferior, que no disimuló con las barbas como sus predecesores. Su valido, el Conde Duque de Olivares, advirtió pronto las debilidades del rey por las damas, las cortesanas, las mozas de taberna, las meretrices y cualquier mujer que se pusiera a su alcance. El valido supuso, no sin razón, que teniendo al rey distraído podría administrar a capricho. Mientras tanto la reina había hecho famosa la Peregrina, luciéndola en recepciones y fiestas; tanto, que las prostitutas que frecuentaba su esposo le pedían al real amante ver y tocar tan hermosa joya. Así, la runa proveniente de las entrañas de una ostra caribeña, se paseó por los lugares de mayor latrocinio y anduvo efímeramente entre los senos de cocineras, taberneras y criadas, pero también por salones de palacios de la corte que luego se poblaron de hijos bastardos del rey.
Un día la reina fue a buscar su joya y encontró sólo el Estanque, al notar la falta de la perla montó en cólera. Doña Isabel pidió explicaciones a don Felipe, que se atusó sus largos bigotes para recordar dónde narices había mostrado la joya por última vez. Por fortuna, la halló entre los pliegues de sus calzones. Aquí pudo terminar la andadura de la Peregrina, en manos de cualquier moza de lupanar; sin embargo, todavía estaban por cumplirse gran parte de las premoniciones del viejo indio.
Mariana de Austria desde su pomposa residencia en el Palacio Imperial de Hofburg, de Viena, siempre miró con recelo el recuerdo de la que habría tenido que ser su suegra, Isabel de Borbón; no tenía ni su belleza, ni su inteligencia, ni su coquetería; sólo podía equipararse con ella en la vanidad. Por tanto, sentía un enorme sosiego por no tener que compartir la corte con la ya difunta reina. Ella era fea, bajita y sosa, ni el mismísimo Diego Velázquez pudo sacarla bella en sus retratos. La habían prometido a su primo el príncipe de Asturias, Baltasar Carlos, por los habituales motivos de Estado. Inesperadamente falleció el príncipe y el rey viudo pidió la mano de Mariana a su padre el emperador de Alemania. Era tan aburrida y anodina que no demostró ninguna emoción al recibir de manos de su esposo la fabulosa Peregrina. Un oscuro día en que la perla tintineaba entre los pechos de Margarita, ésta demostró su acostumbrado desprecio por las gentes del pueblo. Una mujer, con fama de bruja en la villa, se acercó a ella y le dijo al verla embarazada del que sería Carlos II: “Ojalá vuestro hijo tenga vuestra belleza e inteligencia multiplicada por tres”. Ella sonrió estúpida. El vaticinio de la madrileña se cumplió. El rey Carlos II fue mucho más tonto y grotesco que su madre; era el paradigma de la memez y su mente un reino de brumas. El “Hechizado”, sería el colofón de la dinastía de los Austrias en España.


           El tiempo pasó y nuestra perla acumulaba misterio y experiencias. La Nochebuena de 1734, el viejo Alcázar de los Austrias empieza a arder. Aquellas paredes que mandara levantar Carlos I sobre la fortaleza del emir musulmán Muhammad ben Abd, no pueden soportar la fuerza del fuego y algunas se derrumban. Se queman muebles, cuadros, documentos y joyas. Los cofres donde se guardan los alhajas reales son pasto de las llamas, una gran perla en forma de lágrima rueda por los suelos para convertirse en pira expiatoria, mas a punto de prenderse cae sobre ella, protegiéndola, una vieja armadura de los tiempos de Pizarro. La Peregrina se recoge en el útero protector, aunque esta vez no sea de concha.
La reaparición de la Peregrina fue un tanto extraña. El rey Carlos IV al mirar su joyero, observó una pieza de belleza excepcional y recordó haberla visto en retratos de Palacio. El rey había tenido una terrible discusión con la reina porque le había parecido que María Luisa de Parma coqueteaba demasiado con Godoy. La primera dama se había ofendido por tales insinuaciones y ahora su majestad quería compensar a su esposa por tamañas infundadas sospechas. Cogió la joya y se dirigió a los aposentos de la reina. En la antecámara, varias damas de honor de María Luisa cuchicheaban despreocupadamente; al ver llegar al rey se pusieron algo nerviosas por la presencia del monarca, él hizo una seña con su siniestra para que se calmaran, mientras acercaba el dedo índice de su diestra a los labios pidiéndoles silencio y complicidad. Las damas de honor cedieron paso franco al rey, él notó en sus rostros el temor que infundía su presencia y dignidad. Abrió la puerta de golpe agitando la perla como un sonajero a la altura de sus ojos, aun cegado por el brillo, pudo ver a su querida reina sentada sobre la cama con las piernas abiertas y un palafrenero, a quién no pudo reconocer por tener el rostro hundido entre los muslos reales, arrodillado – así debía ser- frente a su reina. María Luisa al verlo entrar exclamó: ¡Majestad, perdonad, pero me estaban poniendo bien las medias para ir a vuestro encuentro!, mientras con el pie empujaba al eficaz palafrenero. “Madame”, repuso el rey sorprendido. “¿No sería ésta un responsabilidad más propia de vuestras damas de honor?” “Son muy torpes, sire”, respondió María Luisa poniéndose en pie, mientras el criado salía de la alcoba presuroso. “Venía a disculparme con vos por mi ataque infundado de celos”, argumentó el monarca mientras extendía hacia su esposa el fruto de la ostra caribeña. La reina quedó muda de asombro. “Es hermosísima”, atinó a decir, mientras una lágrima tan trasparente y pura como el abalorio resbalaba por su noble rostro. Su majestad decidió lucir profusamente aquella perla a la que alojó dentro de un óvalo de diamantes con la leyenda “Soy la Peregrina”

Aquella mañana, sería un mal día para las águilas imperiales, José Bonaparte andaba de preparativos para abandonar Madrid. En su berlina y otros carruajes se llevaba expoliado todo un tesoro compuesto de las más valiosas piezas de oro y plata y cuadros de los mejores pintores. El inventario confeccionado por Juan Fulgosio en 1808 y entregado al ministro de Hacienda conde de Cabarrús, permitían al intruso no “olvidarse” de ninguna pieza de valor. Ante la belleza sin parangón de la Peregrina y el Estanque, José Bonaparte sintió un escalofrío: “No quiero perderlos”, pensó el ladronzuelo. En el exterior de Palacio se escuchaban ya los cañonazos de las tropas que se aprestaban a liberar Madrid. Así que llamó a su ayuda de Cámara, Cristóbal Chinvelli. “Cristóbal, parte de Madrid y llévale estas joyas a madame”, se refería a Julia Clary, su esposa y hasta entonces reina consorte de España, en la que nunca puso el pie. “Pero, sire, no puedo dejaros en esta situación, en pocos días caerá Madrid…”, respondió Chinvelli, angustiado. “Yo partiré pronto con el Tesoro Real, si me alcanzan salvaré al menos estas piezas”. Apenas media hora más tarde salía Cristóbal Chinvelli, con el botín, camino de París.
Cuatro días después un regimiento de húsares británicos avistó la columna de José Bonaparte. Desplegaron sus banderas y esperaron la orden. Picaron espuelas y las monturas relincharon cuando se inició una feroz carga. La columna francesa no pudo resistir el ataque. El corso huyó a uña de caballo abandonado gran parte del tesoro que había expoliado. El general en jefe de los aliados, Wellington, tuvo que fusilar a más de un soldado británico, porque éstos se lanzaron a saquear frenéticamente el erario de la corona española olvidándose de perseguir a las divisiones napoleónicas en retirada.

José Bonaparte y su amante estadounidense contemplaban con admiración la Peregrina. Lo hacían en el estanque artificial de su lujosa mansión de Point Breeze, bajo el tibio sol de Filadelfia. Con algunas de las joyas que pudo conservar en su huida, había adquirido su nueva morada americana. La venta del diamante el Estanque había servido para comprar los suntuosos muebles y dotar a su gran biblioteca con los libros más raros. Como homenaje a la joya pignorada, habían construido ese estanque que iluminara el lugar donde pensaban pasar el resto de sus días. Sin embargo, conservaban la Peregrina como recuerdo de sus días de rey de España y el mejor de sus engaños. Su todavía esposa, vivía con las hijas de ambos en el palacio real de Estocolmo, merced a que su hermana Desiré, amante en su día del Gran Corso, había matrimoniado con el mariscal Bernadotte, quien había aceptado el trono sueco en 1818. Cuando Julia Clary, caído el bonapartismo, huyó a Suecia, creía llevar consigo la afamada perla; pero su infiel marido le había puesto en su lugar una baratija mezclada entre joyas de baja calidad. Cuando Julia quiso obsequiar a su hermana la reina de Suecia con la joya, se encontró con el engaño de José que en aquellos días atravesaba el Atlántico. De ese modo, la Peregrina, regresaba al continente americano que la vio formarse.

La pluma devolvía la tinta sobrante al recipiente de porcelana cuando el joven Luis Napoleón Bonaparte, futuro presidente y emperador de los franceses, terminaba la misiva a su tío José Bonaparte para anunciarle que podía regresar a Europa. El ahora conde de Survilliers dejaría su residencia y a su amante norteamericana para trasladarse a Florencia. Apenas tres años después fallecería, acordándose de su sobrino y valedor en su testamento. Le otorgaba a la par que otros legados, la propiedad de una curiosa perla en forma de lágrima que escondía entre sus nácares la maldición del inca.
Al sobrino nieto de Napoleón le costaría todavía mucho alcanzar el poder, huido a Inglaterra por conspirar contra el rey Luis Felipe, seguía buscando dineros y aliados entre los lores ingleses. Estando una tarde a la hora del té en el palacio de lord Frederic Hamilton, el joven aguilucho le pidió el nombre de algún joyero honrado que supiera valorar una hermosa joya. El entonces marqués de Abercorn quedó asombrado al contemplarla: “Es muy hermosa”, apuntó sorprendido; se dirigió a un secreter y tomó un talonario de cheques. Luis se mantuvo sereno y callado, mientras el marqués escribía una cifra considerable. La Peregrina pasaba a manos inglesas, concretamente a las de lady Abercorn esposa del marqués. La gema se pasearía por todas las cortes europeas con su nueva dueña a lo largo de 58,5 años, término al que llegó a su ocaso la dama inglesa. Juntas compartieron penas y alegrías. Tal vez el momento más delicado fue aquel en que ambas, dueña y joya, vivieron en un baile en las Tullerías.
Luis Napoleón Bonaparte había conseguido, al fin, sus sueños, era emperador de los franceses y se había casado con una de las mujeres de mayor linaje y belleza de Europa. Se trataba de Eugenia Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, más conocida por “ la de Montijo”. La pareja imperial daba un baile en el Palacio de las Tullerías al que asistirían invitados de toda Europa, en particular los nobles ingleses que habían apostado por el heredero de Bonaparte. El padre de Eugenia de Montijo, masón, liberal y bonapartista, que apoyó decididamente a José Bonaparte, conocía, de labios de éste, el penúltimo destino de la joya y había hecho de su confidente al respecto a su esposa María Manuela Kirkpatrick, quién a su vez, contó el destino de la perla a su hija Eugenia. La emperatriz siempre había esperado que su esposo la sorprendiera cualquier día con la joya que lucieran las reinas de España. Su desconcierto, estupor y rabia fueron inmensos cuando los de Abercorn, presentaron sus respetos a los emperadores. Del cuello de la condesa colgaba una delicada pieza y engarzada a ella la magnífica perla. Algunos de los presentes contaron luego que a la emperatriz se le escapó una lágrima, preludio de las muchas que vertería a partir de entonces con las vicisitudes que le reservaba el destino.

      Una otoñal tarde de octubre de 1914, un cincuentón de aspecto elegante y flema británica cruza Madrid para dirigirse al Palacio de Oriente y entrevistarse con un alto personaje de la Casa Real. El hombre es el representante de la afamada joyería londinense R. G. Hennell & Sons, por primera vez ha dejado su inseparable paraguas en el lujoso hotel Palace, construido hace apenas un par de años; el persistente sol del mediodía madrileño no hace presagiar ni la más mínima gota de lluvia. Le esperan en la escalera de embajadores; sin embargo, acceden a las dependencias palaciegas por una entrada lateral. El grupo entra en lo que había sido el comedor del Palacio, antes de que Alfonso XII mandara configurar y decorar el actual. El viejo salón es ahora una sala de proyección, idea de la reina Ena de Battenberg. Allí en la intimidad de los funcionarios palaciegos, el representante de los joyeros ingleses proyecta una filmación en la que aparece una perla sin parangón, es la Peregrina.
Los empleados palatinos trasladan a su majestad las pretensiones de la firma británica: 35.000 libras. Le muestran al rey el reportaje y un informe pericial y fotográfico. “No hay duda, es la que choriceó Pepe Botella”, exclama Alfonso. “Y ahora, Rodrigo”, dice dirigiéndose al marqués de Villalobar, “quién cojones le cuenta a Ena que la que le regalé para su boda no es la verdadera”. Los presentes no responden, saben que el monarca tiene razón, a estas alturas la reina ha lucido en varios retratos oficiales la otra perla, con la seguridad de que llevaba la perla de las reinas de España.
“Su majestad está a punto de dar a luz, sería un bonito regalo”, osa comentar uno de los presentes. “¡Pero por el amor del cielo!”, exclama Eduardo Dato, levantando el tono, “Tuvimos follón en Marruecos el verano pasado, acaba de estallar una guerra en Europa que no sabemos lo que va a durar, ni a que naciones va a involucrar, ¡cómo vamos a gastarnos ahora 35.000 libras!”. “Tiene razón don Eduardo, responde el rey, díganles a estos señores que la vendan a otros, pero con la mayor discreción.” La joya a partir de entonces ira de millonario en millonario, añorando sus tiempos de realeza.
El tiempo ha pasado tan raudo como cuentan las páginas de la historia en una tarde de tranquilidad cómplice y lectura amiga. La vieja Europa trata de no recordar las dos guerras que han cambiado su faz y la han llenado de vergüenza. Amanece el año 1969, la última reina consorte de España, doña Victoria Eugenia de Battenberg, languidece en su residencia en su exilio de Lausana en Suiza. Pensaba que desde que se había casado con Alfonso XIII en 1906, nada había sido real en su vida. Su esposo no fue aquel novio libidinoso, simpático y ocurrente que trataba de tocarle los senos en Biarritz; tampoco sus hijos fueron lo que ella hubiese deseado, estigmatizados los varones por la enfermedad de la que era portadora o por otras taras hereditarias y degenerativas; tampoco la tan deseada corona española había sido un reino de hadas. Ni siquiera su prima Bee, amiga de la infancia y confidente en su nuevo reino, que acabó bajo la colcha del rey, nada. Nada, salvo sus joyas…o eso pensaba.
Aquel enero, el último que vería la reina, la galería Parke Bernet de Nueva York, anuncia la subasta con el número de lote 129 que según dice el catálogo es: “Una de las perlas de mayor significado histórico en el mundo”. Contaban que había pertenecido a los condes de Abercorn y que anteriormente había sido la joya favorita de las reinas de España. No cabía duda, estaban subastando la gema de doña Isabel de Bobadilla.
En España las cosas no están para subastas, el dictador intuye que va a diluviar cuando él se muera. Como todos los iluminados cree que debe dejar las cosas muy bien atadas para que su locura dictatorial prevalezca; sin embargo, sabe que no será así, soplan aires de libertad. No le dan miedo los políticos opositores o están escondidos o todavía se sienten atemorizados; no le asustan los movimientos nacionalistas, en el fondo siempre ha sabido utilizarlos, piensa en Cambó y sonríe, fue su mejor aliado y cómplice; tampoco le da miedo el juicio de la Historia, ha utilizado demasiadas veces sus páginas como papel higiénico, sólo hay algo que le hace temblar: el Pueblo. Ese enemigo valiente, oprimido y callado, pero jamás dormido y al que tanto teme. Sabe que es un Pueblo con memoria, al que la política sólo puede distraer, pero nunca anestesiar. Tiene que buscar una solución de continuidad. Teóricamente Juan Carlos de Borbón será su sucesor en la jefatura del Estado, sin embargo su hija Carmen anda tonteando con Alfonso de Borbón Dampierre, hijo de Jaime de Borbón que tuvo que renunciar a su derecho de sucesión por una minusvalía y que destacó como criador de pavos. Si consigue que el galán de su hija gane prestigio social, puede soñar con que Carmen llegue a ser reina de España.

El Central Park se nacaraba con el invierno Neoyorquino mientras que en la cercana galería de arte Parke Bernet, la sala de subastas se llenaba de clientes y curiosos. Al salir el lote 129, se escucharon expresiones de asombro. La Peregrina aparecía desafiante en todo su esplendor. La expectación era inmensa, las pertinaces declaraciones de la ex reina de España asegurando que tenía en su poder la auténtica, obsequio de su fallecido esposo, el otrora rey Alfonso XIII, habían dado la vuelta al mundo. No obstante, la galería había demostrado la legitimidad y el pedigrí de su pieza.
La subasta se inició con una cantidad lo suficientemente baja para hacer sonreír a un joven Borbón, que tenía la “orden” de pujar, ganar y regalar la joya a su abuela en Lausana, recuperando todo el prestigio y bendiciones que su primo Juan Carlos había ganado haciendo regresar por primera vez a España a su abuela, para asistir al bautizo de su biznieto Felipe. Alfonso de Borbón pujó por 7.000, 10.000 y 15.000 dólares, todos los demás participantes iban renunciando, se quedó sólo al llegar a la cifra de 20.000. Volvió a sonreír y dijo a su acompañante: “Que me corten la cabeza si no me llevo la joya”. Sus palabras resultaron proféticas en cuanto al luctuoso hecho, pero inexactas en cuanto a ganar la subasta. Al fondo de la sala, bajo la apariencia de un hombrecillo insignificante, el abogado Arron R. Frosch, había esperado las ofertas finales. Su voz sonó segura: ¡37! La Peregrina le fue adjudicada por 37.000 dólares de la época.
Si la desilusión de Alfonso fue terrible y la del dictador patética, peor les supo conocer al destinatario final de la subasta, era un actor galés afincado en los Estados Unidos, su nombre, Richard Burton. Apenas tres meses después, Victoria Eugenia fallecía en su residencia suiza, manteniendo que la verdadera Peregrina era la que ella había disfrutado. En el mes de julio las cortes franquistas ratificaban al príncipe Juan Carlos como sucesor del dictador a título de Rey. El sueño de Carmen Franco y Alfonso de Borbón se había esfumado como una perla en vinagre.

El hotel Caesar’s Palace tenía aquellos días unos clientes muy especiales se trataban de las estrella norteamericana Elisabeth Taylor y su esposo el actor Richard Burton. Celebraban que la actriz cumplía 37 años. Llegaron con sus innumerables maletas y un par de caniches pekineses que ladraban como trompetitas de feria. Uno era de color blanco y pasaba por ser el de la actriz; el otro, de tono naranja tostado era el favorito del actor. Los canes paseaban, como niños, por el salón de la suite, jugando con todo y subiéndose a la cama del dormitorio.

Aquella noche en la fiesta de cumpleaños corrió el champan y la alegría, los íntimos y escasos invitados quedaron maravillados cuando Elisabeth abrió el estuche que contenía el regalo de su marido. La más bella de las perlas colgaba de una carlanca de diamantes. La actriz abrazó a Richard como aquella primera vez mientras rodaban “Cleopatra”. Cuando los invitados les dejaron solos, ella se puso el collar con la Peregrina…y nada más. Se quedaron dormidos, agotados por aquella velada de regalos, de vino y de rosas. En la mesa del salón, atestada de copas y ecos de conversaciones mundanas yacía el nácar más bello, desprendido de su engarce por los efectos de la pasión.
La noche se había cerrado sobre Las Vegas, el profundo y artificial sueño de la pareja no advertiría ni la explosión de una bomba. Unos ojos, brillantes como la noche de los tiempos, se acercaron a la mesa; los neones de la ciudad del juego, paraíso de los ludópatas, se colaron por los ventanales y dibujaron una lobreguez amenazante. Una garra arrastró la Peregrina hasta el suelo y allí unas fauces feroces la atenazaron, mientras en la pared se reflejaban como sombras chinescas cada uno de los terroríficos movimientos del vaticinado monstruo. La profecía se había cumplido.


                                                                                                                              EPÍLOGO

A la mañana siguiente, una soñolienta Liz trata de aclarar su garganta seca por el whiskey y los excesos. Vagamente recuerda la celebración de la víspera. De repente, algo destella en su memoria ¡y la perla!, ¿dónde está? No quiere ni pensar si Richard se entera de que la ha perdido, el actor no es demasiado amable cuando se enfada.
Sus oídos captan un extraño ruido casi imperceptible. Es como el de una fiera devorado a su presa, después de haberla matado. Se asusta, sus hermosos ojos brillan como amatistas, se acerca con precaución hacia el lugar de donde proceden los extraños y escalofriantes sonidos. Allí en el suelo sobre la alfombra, su caniche parece roer un resistente hueso. La Taylor mete la mano entre sus pequeños colmillos y recupera un objeto duro, hermoso y brillante que ha engalanado a una docena de reinas españolas. “Malo, malísimo ¿no ves que puedes estropearla?, mamá ya te dará otro juguete…”
Y es que, a veces, la fiera no resulta tan terrible como cuentan las leyendas Incas. A menos que consideremos significativo el hecho de que, Richard Burton, falleciera a los 58 años y medio, justo el aquilatado de la enigmática Peregrina.

                                                                                                                              ¿FIN?

 

 

15/11/2010 19:06 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

29/10/2010

EL TESORO DE GUARRAZAR

Dedicado a los amigos y socios de la Casa de Castilla La Mancha en Zaragoza.

Cruz pectoral 

Alienados por la historietas que Hollywood nos vende, nos emocionamos con las aventuras de Indiana o con la búsqueda de tesoros y códices que jámas existieron. Nuestra Historia, tan rica en hechos y misterios, es demasiado a menudo olvidada por no tener "digno cantor", como diría Machado. En el cuento histórico que este mes os propongo tenéis de todo: tesoros, sopresas, misterio y,sobre todo, la realidad. Nada es tan sorprendente como lo que sucede cada día.

                                   EL TESORO DE GUARRAZAR

Rompe el alba en el campamento del ejército real, la poca luz del momento se cuela impertinente en las tiendas, será un día caluroso y estival de julio. Su majestad cristiana el rey godo don Rodrigo se rasca los sarpullidos de sarna que hace ya tiempo padece. Cerca de allí el río Criso o Lete -Río del olvido, para los griegos -, viaja suave y profundo recordando tal vez su pasado heroico cuando los fenicios de Gadir y los griegos asentados en el puerto de Menesteo  libraron una batalla en sus orillas por el control de la bahía. Ignora que hoy, en sus riberas, se escribirá una página vital para la historia de la Península.

Los caminos que conducen al río andan vigilados por gentes de a pie y a caballo. Todos temen una emboscada. En abril, merced a la traición de don Julián, los invasores africanos han tomado Septem. Son unos pocos bereberes – 7.000- , en su mayor parte cristianos, al mando de un cabecilla llamado Táriq Ibn Ziyad “el Pegador”. Pronto, los musulmanes que ya habitan aquellas tierras se incorporan masivamente al ejército invasor y así han caído Carteía y Algeciras, en mayo. Los judíos afincados en las zonas ocupadas se van poniendo a disposición de Tàriq para la administración de las villas conquistadas y las huestes del bereber se van incrementando a cada paso, “Nadie les salía al paso como no fuera para pedir la paz”. Los nobles de la Bética, enemigos del rey don Rodrigo se alinean con Tàriq, esperando venganza y así  fracasa el contraataque de Sancho, sobrino del rey, a Algeciras. El envío de 5.000 hombres de refuerzo por parte de Musa ibn Nusayr, el anciano caudillo de setenta años,  gobernador y general de los Omeyas en el norte de África, ha condicionado definitivamente la invasión y la ha convertido en una empresa musulmana y en una Guerra Santa. La suerte está echada.

Los hombres del rey Rodrigo están agotados por la marcha forzada desde  Córdoba. A la vaga luz de aquella madrugada pueden contarse más de 40.000, pero ¿es eso cierto? Los flancos del ataque godo estarán cubiertos por los hijos y hermanos de Witiza y su lealtad es puesta en duda por muchos. Demasiadas voces apuntan que Agila es quién ha pedido la ayuda a Muza. Demasiada incertidumbre para aquellos hombres fatigados e indecisos.  Laureles y ojaranzos son hollados por las huestes godas camino de su destino. La caballería goda atraviesa un sotobosque preñado de quejiguetas, pero no continúan. La tropa se detiene; rodeados de sus capitanes, Sisberto y Oppas, hermanos de Witiza se sientan en un tronco, la conversación entre los hombres lleva epítetos de rencor, de excusa de apóstatas. No resguardarán  la carga de Rodrigo contra los más de 15.000 hombres de Tàriq que le esperan. Es más, cambiaran de bando al iniciarse la batalla.

            Las mesnadas del rey godo avanzan creyéndose protegidas. He tenido un sueño, comenta el rey a uno de sus lugartenientes. “Soñé que  la bruñida punta de mi lanza se transformaba en una media luna y un resplandor cegador me hacia caer del caballo”. El vasallo no responde al sueño de su rey, la extraña calma de la mañana desperezándose le preocupa. El espectáculo del naciente sol queda oscurecido por centenares de flechas que parten en busca de pechos visigodos. El rey espolea su caballo a través del campo en dirección a los arenales, ya todo es confusión. El caótico ataque cristiano se hunde por los desguarnecidos flancos y aparece la caballería ligera bereber, audaz, rápida, violenta en sus alfanjazos, eficaz en sus ataques. Cae el caballo real asaetado por los arqueros del Islam. El rey recibe el impacto mortal de dos flechas, su lugarteniente le retira del campo del desastre. Como puede apoya al monarca de Toledo en un olivar. Rodrigo se siente desfallecer, arranca de su cuello la cruz que  Leandro de Sevilla regaló a su antecesor, Recaredo, por su conversión y que siempre le ha acompañado en los momentos de peligro: “Regresa a Toledo a uña de caballo, Brancho, y avísales de lo que aquí ha acontecido, llévate la cruz y ponla a salvo con el tesoro toledano, corre amigo”. Brancho espera a que el último rey godo de Hispania expire en sus brazos, luego esconde su cadáver para que no sea encontrado por los vencedores, antes ha guardado la cruz de Recaredo entre sus ropas, y huye en dirección a la capital del reino. Allá en el río, un jinete bereber ha encontrado la lanza de Rodrigo, al sacarla de las aguas se forma un semicírculo que recuerda a una media luna…

 

  Llueve con tal intensidad que la tierra no puede esponjar toda el agua que cae. Algunos terraplenes se desmoronan por el caminito que va de la huerta Guarrazar al pueblo de Guadamur. Es buen barro, perfecto para fabricar mejor cerámica, légamo heredero de aquella    “terra sigillata”,   romana y visigoda.     A Paco  Morales y a María Pérez   les pilla la lluvia volviendo del campo, corren a refugiarse bajo las arcadas de  la iglesia del  vecino monasterio de Santa María de Sorbaces. Como en los cuentos de piratas, observan que el arrastre ha dejado a la vista una caja  junto al sepulcro de un presbítero llamado Crispinus. Deciden remover el hoyo y quedan maravillados al descubrir que contiene algunas cruces, varias coronas votivas y diversos tipos de joyas, aparentemente de oro y abundantemente adornadas con perlas y piedras preciosas, revueltas entre barros de mil años. Regresan emocionados a casa con el alijo encontrado. Saben que tiene un tesoro y que el propietario de la tierra donde lo han hallado puede  reclamarlo, tampoco ignoran – pese a estar 1858 – que el Gobierno puede desposeerlos del hallazgo:

          -          No le vamos  a poner en bandeja a Marcos un tesoro que nosotros hemos encontrado.

          -          Por supuesto, Paco, tú calladito y vamos a ver cómo lo vendemos.

          -          No te preocupes los joyeros de Toledo necesitan oro y piedras para confeccionar sus piezas…

     Durante meses Paco va ofreciendo a diversos artesanos de la cercana capital que, sin preguntar demasiado, compran aquellas espléndidas piezas al labrador. No obstante, por los ojillos maliciosos de los orfebres, herederos de los conversos más listos de Toledo, adivina que le están tomando el pelo.

          -          No me fio, me compran sin regatear, nuestro tesoro vale mucho más.

         -          Tendrás que buscar a alguien más…honrado. ¿Y el extranjero?

     María Pérez se refiere a un Monsieur Herouart, un intelectual profesor de francés en el Colegio de Infantería de Toledo, parco en carnes y en palabras, salvo en la nativas, de aspecto juicioso y que, aparentemente, desprecia todo lo mundano en beneficio de la cultura y el arte. María saca del armario de pino algunas de las gemas guardadas, el índigo de los zafiros destella como mancha de azulete sobre el blanco del ajuar de la manchega. Cuando el súbdito de los emperadores franceses, Napoleón III y la española Eugenia de Montijo, ve las joyas que le muestra Paco, se da cuenta de que está ante un descubrimiento extraordinario:

          -          Déjeme algunas de las piezas Paco, tengo un amigo en Madrid…

     Mientras tanto, las idas y venidas de Paco, los extraños bultos que llevaba a los joyeros toledanos hicieron sospechar a Domingo de la Cruz, que tenía una finca cercana a la de Paco. Observó que la tierra estaba removida en distintas partes, incluido el cementerio del monasterio. Sus sospechas le atormentaban: “A que ha encontrado algo y en vez de comunicarlo a la Comisión Provincial, se lo está vendiendo, está visto que la codicia humana no tiene remedio”. Se repetía mientras preparaba el pico y la pala. Pronto pudo confirmar sus sospechas.

     El despacho de José Navarro en el centro de Madrid era amplio y olía a magnolias. Don José era un hombre enamorado del arte y la restauración.  Un sesentón de bigote y perilla y ojos hambrientos de alhajas y filigranas. Había sido – ya andaba retirado – joyero de la corte y tenía en su haber la restauración del “Disco de Teodosio”, una gran bandeja ceremonial de plata procedente de Constantinopla, hecha para conmemorar el reinado de Teodosio I el Grande. Pero esa no fue la obra más sonada del diamantista, porque en 1850 confeccionó la corona que más luciría la reina Isabel II. Joya, que, por otra parte, le costó mucho cobrar, más de cinco años.

Isabel II con la corona confeccionada por Navarro

Navarro recibió a su amigo  Adolfo Herouart Chivot con su habitual simpatía.

          -          Qué le trae por Madrid amigo Herouart.

      El francés sonrió y por toda respuesta abrió el paquete que llevaba. Una docena de piedras preciosas de distintos tamaños  y una cruz de extraordinaria belleza se desparramaron por la mesa del diamantista madrileño. Sus dedos regordetes acariciaron una esmeralda  grabada con la escena de la Anunciación.

          -          ¡Dios, cuanta belleza!, exclamó don José con la mirada fundida en las reliquias.

          -          Eso es sólo una parte de lo que ya se ha rescatado y, presumo, queda todavía mucho por encontrar.

          -          Amigo, es un acontecimiento digno de ser cuidadosamente controlado -, dijo mesándose la perilla, corroborando que también las almas bondadosas saben hacer números y entienden de beneficios.

     El profesor fue contando al joyero los pormenores de los hallazgos del matrimonio y de cómo los orfebres toledanos se andaban aprovechando. ¡Cómo podían consentir que zafiros de transparente añil, esmeraldas con alma de selva y rubíes de fuego,  más antiguos que las culturas y que suponían habían pertenecido a fenicios, griegos,  romanos y bizantinos, antes de pasar al tesoro real de los reyes visigodos, se perdieran! Y decidieron poner fin a tales atrocidades.

     A partir de aquella entrevista ambos amigos, deseosos de que el tesoro no se desperdigara decidieron “recuperar” las piezas que los plateros toledanos no habían fundido. Navarro ponía en marcha de nuevo su taller en Toledo para restaurar las coronas y cruces que Paco había desmontado para venderlas más fácilmente. Del esfuerzo del artesano volvieron a su estado primigenio ocho coronas votivas de reyes y seis cruces. Don José se mostraba particularmente satisfecho de su restauración de la corona de Recesvinto, sus piezas de zafiro azul engastadas, procedían, según el propio Navarro,  del lejano Ceilán. Paralelamente, el avispado francés se pone en contacto con Marcos Hernández el propietario del terreno donde se encuentra el yacimiento arqueológico y le ofrece el triple de su valor. Ahora ya puede “trabajar” tranquilo y con la ayuda de Morales siguen excavando. Lo que ni unos ni otros saben es que Domingo de la Cruz alias “Macario”, se ha pasado desde septiembre tratando de encontrar “su” parte del tesoro. Sigue el mismo sistema que su vecino vendiendo pequeños lotes de sus hallazgos a los joyeros toledanos.

Recompuestas las primeras  ocho coronas y las seis cruces por los asociados Navarro y   Herouart, aflora el chauvinismo del francés, que se lleva el cargamento a París y lo vende al Gobierno galo. La noticia de tan hermoso tesoro y su adquisición por el Imperio de Napoleón III, es primera plana en los periódicos franceses. L´Illustration y el Moniteur Universel,muestran dibujos y descripciones detalladas del conjunto adquirido por 100.000 francos. Es entonces, a principios de 1859, cuando las autoridades españolas se enteran del expolio y reclaman diplomáticamente y a través del Ministerio de Estado y del embajador español en París la devolución de las piezas; por aquel entonces, la normativa existente no preveía la “fuga” de obras de arte a otros países. La maquinaria estatal se moviliza y un grupo de expertos de la Comisión Provincial de Monumentos se desplaza a Guarrazar para comprobar que el profesor francés y nuestro amigo Paco, han levantado toda una necrópolis visigótica sin hallar más joyas, pero descubriendo un “cementerio de ilustres personajes” como informó la Comisión. El gobernador envía un equipo de obreros para que hagan catas en distintos puntos del antiguo cementerio. Todo Guarrazar es un hervidero de obreros, miembros de la comisión y curiosos que acuden para ver el descubrimiento. Por si faltara poco la Real Academia de Historia nombra una comisión presidida por José Amador de los Ríos para intentar demostrar que, los terrenos donde Paco encontró las joyas, eran municipales y no los adquiridos por Herouart al despistado Marcos. Mientras, el Gobierno de su majestad el emperador se hacía el sordo ante las peticiones españolas. De los Ríos ordena practicar excavaciones en el lugar del hallazgo y descubre una inscripción funeraria con unos versos de San Eugenio de Toledo, poeta y obispo.

Noticia en Le Moniteur Universel

Todo se va animando y en las tabernas no se habla de otra cosa, el mismísimo  Madrazo acude a la llamada de su amigo De los Ríos. Como es de suponer todos los plateros toledanos fueron interrogados por el juez, sin sacar nada en limpio. Entre todo este maremágnum, el otro “descubridor”, el amigo “Macario”, siente que el miedo le atenaza, tiene numerosas piezas rapiñadas en sus excavaciones y cesa en sus desmontajes y ventas. Pero ni el patilludo Navarro, ni el espabilado profesor francés  se amedrentan y en 1860 venden una nueva corona al Estado francés. Inmediatamente el Gobierno español compra al orfebre de lo que le resta del tesoro: dos láminas de oro que revestían una gran cruz gemmata y otras piezas menores.

Prosiguieron las excavaciones, controladas por el Ministerio de Fomento y la Real Academia de la Historia. Los vecinos ayudaban gustosos en la búsqueda. Y así, entre vasos de Valdepeñas, queso manchego y esfuerzos de labriegos y operarios, se pudieron recuperar todavía  varias piezas, entre otras un colgante, restos de láminas de oro, gemas, fragmentos de corona y una macolla con una bola de cristal de roca. Los orfebres de Toledo van contando y cantando lo que han hecho con la mercancía comprada a Paco y Domingo. Un colgante en forma de omega del que pendían tres zafiros y una perla; piezas de plata de 24 onzas (720 gr.) que por su curvatura pertenecían a tazas o vasos antiguos; cálices litúrgicos de oro, y piedras preciosas, como el que envió el rey Recadero al Papa para anunciarle su conversión y que habían acabado reconvertidos en brazaletes y anillos; pedrería, colgantes, fíbulas y perlas de la antigua Constantinopla, trasformados por la mano de los expertos artesanos en broches, pendientes,  aros y abrazaderas. Todo fundido o engarzado para su venta. Además de  lo que terminó en los cuellos, brazos y dedos de los cortesanos isabelinos y de la rica burguesía, parte del tesoro se perdió, como una paloma de oro y piedras finas sobre peana del mismo noble metal, que describieron los labriegos  a Madrazo y  que nadie supo decir dónde fue a parar.

Pero ¿cómo reaccionó el Macario ante las dificultades que se le planteaban? Los orfebres ya no podían comprarle nada y las distintas comisiones acechaban intentando evitar una nueva fuga de parte del tesoro. La reina Isabel II pasaba unos días de mayo de aquel año del Señor de 1861 en Aranjuez. Así que el amigo Domingo pidió a su tío, Juan Figueroa, maestro del pueblo, que le acompañara para ver a la reina. Describir el cachondeo de la guardia real cuando labriego y maestro, envueltos en pana, pidieron ser recibidos por la reina de las Españas daría mucho de sí. Pero no sería nada comparado con la cara que pusieron los guardias de corps del Palacio Real de Aranjuez, al observar el regalo que traían los dos paisanos para su majestad. Una bella corona y una no menos bella cruz de oro cuajadas de zafiros y perlas fueron el presente que les abrió las puertas de la audiencia real de par en par. “La reina de los tristes destinos”, como la había bautizado el eminente escritor Benito Pérez Galdós, fue incapaz de pronunciar palabra al ver la donación de los lugareños, y eso era muy inusual en la vivaz y lengüilarga hija de Fernando VII. El caso es que, nada más llegar a Madrid, Isabel encargó al escritor y periodista Antonio Flores, como secretario de intendencia de la Real Casa, que averiguara si el dadivoso “Macario” guardaba más joyas en su humilde hogar de Guadamur. Así lo hizo, ganándose la confianza del labrador y conseguir que le entregara el resto del tesoro, incluida la corona de Suintilia.  Salió bien parado el audaz labriego, puesto que la reina mandó que le entregaran  40.000 reales y una pensión vitalicia de 4.000. Por su parte, María Pérez y Francisco Morales, aprovechando una visita del Ministro de Fomento, por aquel entonces el Marqués de Corvera, a la localidad, le hicieron donación de un brazo de cruz procesional de oro, montado con perlas y zafiros, el último objeto que poseían de todos los descubiertos.

            O’Donnell puso gesto severo frente a su Consejo de Ministros. Todavía el pelirrojo general, descendiente directo del clan irlandés  de los O’Donnell, alardeaba de su victoria en Tetuán. Su posición de Presidente del Consejo de Ministros le daba más disgustos que los marroquíes a los que había derrotado en la batalla. Uno de los temas del Consejo, a petición del Ministro de Fomento, era el de acordar dónde se guardaban las piezas del tesoro de Guarrazar que su majestad había adquirido, a través de Antonio Flores a un tal “Macario” y las que a él le habían proporcionado María y Paco. Todos coincidieron en que el lugar más seguro sería el mismísimo Palacio Real y la Real Armería el acomodo más propicio. Años después se demostraría lo erróneo de tal decisión. 

La corona de Suintila dormía junto a las otras piezas regaladas y vendidas por Domingo a su majestad Isabel II.  El día 5 de abril de 1921 apareció violada la vitrina que guardaba la votiva suntiliana, además de la corona faltaba un trozo de  enrejado perteneciente a una segunda corona y un medallón correspondiente al nudo de una cruz. La noticia corrió como la pólvora por los mentideros de la corte y no obstante, los periódicos ofrecieron la reseña medio escondida entre las columnas de sucesos. Esta actitud vergonzante escondía la esperanza policial y periodística de recuperar pronto lo robado. El caso no era fácil, a finales del 1918 también habían desaparecido obras de arte del Museo del Prado e incunables de la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional. Era fácil deducir que esta serie de robos estaban siendo perpetrados por encargo de algún o varios coleccionistas de obras de arte y de documentos de valor histórico.

 

Corona de Suintila en la Real Armería

 

      El inspector Antonio Lino fue el encargado de indagar sobre estos sucesos, reunido con sus ayudantes les dio instrucciones para iniciar la búsqueda.

         -          Traten de averiguar todo lo que puedan y tráiganme  noticias fidedignas del caso. Tal vez en Lavapiés o por Sol oigan algo; tú que conoces todos los tugurios ¡eh Paco! - dijo dirigiéndose a uno de sus hombres que por su carácter dicharachero y abierto se hacía lugar dondequiera que fuese.

          -          No tal- respondió el interpelado – parece que este acontecimiento está envuelto en demasiadas tribulaciones…

          -          Eso no es obra de ningún zamacuco – dijo un tercero -, por mucho que lo repitan los diaristas.

          -          ¡Demontre! -, exclamó don Antonio, mesándose la calva.

   Disolvióse la reunión con la misión de encontrar a los ratas y lo sustraído. Sin embargo el inspector Lino sabía que no sería un caso fácil. 

Transcurrió el tiempo y desgraciadamente lo desvalijado no aparecía. Hasta que el director general de Seguridad se enteró de que un sujeto detenido por otros robos y que pasaba una temporada en la Cárcel Modelo de Madrid, no era ajeno al escamoteo de la Armería, corría el año 1925. Allá acudió el inspector Lino para interrogar al recluso Francisco Carvajal Ovelar, de veintiún años, y que por las fechas de la sustracción era estudiante. Con la promesa de una rebaja de su condena y gracias a la habilidad investigadora del policía, cantó el susodicho, asegurando que los ladrones de la armería fueron Cástor Rodríguez Acevedo, alias el Cubano y un tal Luis, alias el Inglesito. El robo había sido  encargo de un coleccionista a una tarasca llamada Joaquina Marqués Sánchez, conocida tratante de objetos robados, con domicilio en Santa Águeda 2, esquina Santa Brígida, muy cerca de la Comisaría Regia de Turismo, instalada por Benigno Vega Inclán, el año del robo, en el antiguo palacio de los condes de la Puebla Maestre. A casa de la Joaquina se dirigió Lino con uno de sus ayudantes y sorprendieron a la mujer, que al principio quiso negar su participación directa:

          -          ¡Don Antonio, yo no me dedico a esas cosas tan caras! Vinieron el Cubano y el Inglesito. Les dije…

     Pero el policía no se dio por satisfecho e insistió para que largara todo lo que sabía.

          -          No seas mema y no te conviertas en cabeza de turco, Joaquina. Canta.

          -          ¡Ay! Don Antonio… vino a verme un señor muy elegante, un hacendista.

         -           Bien. ¿Y luego? – Insistió el inspector.

         -          Bueno, yo busqué a esos dos y les pagué mil y pico de pesetas, ellos querían más… discutimos, al final me entregaron las coronas y yo se las di al señorito del encargo por mil quinientas.

         -          Qué boba eres Joaquina, anda tira – dijo el policía al arrestarla.

     Luego Joaquina se desdijo e inculpó del robo a un tal Carlos, a otro individuo llamado Candelas y a su hermana. Ante las numerosas contradicciones e interrogatorios, sólo se pudo averiguar que las coronas acabaron en manos de una tal María Paz que se las llevó a Barcelona, supuestamente para entregarlas al coleccionista que había encargado el trabajo. Detenidos Juan Carlos García Ripoll y Francisco Pastor Borrell, alias el Candelas, se procedió a establecer un careo con todos los actores, sin llegar a ningún tipo de conclusión; todos y todas, cubrían al instigador y benefactor del robo a quién nadie se atrevía a denunciar. Prosiguieron las investigaciones, pero Lino tuvo que parar de preguntar cuando las pesquisas conducían inexorablemente al edificio de Las Cortes y no hacia un vulgar hacendista, como apuntó Joaquina, si no hasta un ex Ministro de Hacienda, gran coleccionista de obras de arte y de mujeres bellas. Alguien recomendó al insistente policía que no dedicara tanto tiempo al caso. Se decidió correr un tupido velo coronario.

            Quedaba el Tesoro de Guarrazar repartido entre el museo de Cluny en París, la violada Armería Real, la colección privada de un influyente y desconocido personaje y luciendo en anillos, pendientes, pulseras y broches de  clientes de los joyeros toledanos. Pero la historia no quedaría sí.

Llega el terrible 1936, en julio unos cuantos generales se levantan contra la legalidad establecida. En Madrid fracasa el golpe de estado y las fuerzas leales a la República controlan la ciudad, pero los golpistas han tomado Sevilla, Franco – el enano de Salamanca, como le bautiza su compinche Queipo de Llano – monta su cuartel de operaciones en Cáceres y avanzan hacia la capital desde Valladolid, todo Madrid se prepara para la ofensiva de los sublevados. El 27 de agosto los Junkers alemanes bombardean los barrios populares al sur de la capital, los madrileños oyen por primera vez las sirenas de aviso, como todavía no las hay fijas, tienen que ser las motocicletas de la policía municipal quienes recorran la capital con el triste aullido. La guerra será sin cuartel y las incursiones aéreas de los facciosos sobre la población civil, numerosas. Las gentes pintan de azul los cristales de sus ventanas y las parchean con cinta de papel engomado. El 10 de octubre se instala el cuartel general fascista en Burgos y al día siguiente Madrid sufre los más severos bombardeos. El día 13 ya se escuchan en los barrios madrileños las detonaciones de los cañones que cercan la ciudad. A primera hora del 23, los Junkers de la Legión Cóndor se ceban criminalmente sobre la capital, el objetivo es aterrorizar a las gentes y lograr la rendición; Queipo sigue lanzando, al respecto, soflamas de borracho por radio Sevilla. Las casas se desmoronan por los bombardeos engullendo a los inocentes entre sus escombros. Getafe es una tea. La seguridad de los edificios públicos es precaria, incluida la del Palacio Real. De nuevo es asaltada la Real Armería y “vuelan” dos nuevas coronas y una macolla. Nadie, nadie está por el insignificante suceso comparado con lo que se avecina. Es una nueva merma para el Tesoro.

            La guerra incivil española ha terminado, empiezan tiempos de oscuridad y persecución. En Europa se inicia una terrible contienda. El ejército alemán ocupa París, los uniformes grises de la Wehrmacht desfilan por la Champs Èlysèes, estamos en junio de 1940. Dos tercios de Francia quedan bajo gobierno ocupante y otro tercio bajo un gobierno títere en Vichy, bajo la presidencia del anciano mariscal Pétain, hasta hace muy poco embajador de Francia en la España franquista. Por proximidad e ideología el único gobierno que colabora con la “nueva Francia”, es la dictadura española. El día 23 de octubre el dictador recibe al comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, le llevan a ver una reproducción de la Dama de Elche. La original está en París, la habían encontrado  el 4 de agosto de 1897, el zagal Manolico la desenterró excavando en la loma de La Alcudia y la bautizó como “la reina mora”. El día 30 del mismo mes ya la tenían los franceses en el Louvre, casi sin darle tiempo a volver a ver el cielo de Elche, 4.000 francos tuvieron la culpa. Pero volviendo a Himmler, el feroz y pequeño nazi, tiene una "misión" encargada por el Hitler, suponen que en Toledo está el Santo Grial. Cuando le convencen de que es una entelequia y se desespera, para compensarle es obsequiado  por el Comisario General de Excavaciones con una joya visigoda proveniente o bien de Guarrazar o de Torredonjimeno; lo que hizo el muniqués con el obsequio es algo que la Historia no contempla.

El jerarca nazi tenía una misión...

Eran tales las relaciones de “buena vecindad” con el gobierno de Vichy, que antes de acabar aquel verano, Eugeni D’Ors, el escritor, poeta y periodista catalán precursor del Noucentisme, el movimiento cultural catalanista, tiene una brillante idea. Eugeni colabora en el periódico Arriba España, sus tres hijos han combatido con el ejército golpista y queda ya muy lejos La ben plantada  y la Veu de Catalunya del que fue corresponsal en París. Ahora es un hombre del régimen pero siempre vinculado al mundo de la cultura e inicia negociaciones con el nuevo gobierno de Vichy, que no pueden ser más exitosas. Se establece un convenio entre ambos gobiernos para que vuelvan a España seis de las nueve coronas de Guarrazar, vendidas por Navarro y Herouart, entre ellas la  más hermosa, la de Recesvinto.

 La mañana del día 9 de febrero de 1941 el Sr. Monreal, del Servicio de Recuperación Artística espera nervioso el tren francés que llega a Portbou. En 33 cajas arriban todo los objetos devueltos por Francia, entre ellos las coronas prometidas, pero además regresan a casa dos famosas exiliadas por la fuerza de la codicia, la Inmaculada de Murillo y la Dama de Elche, cansada de pasear sus noches por el museo del Louvre. A cambio, el gobierno francés recibe  en contrapartida, un retrato de Doña Mariana de Austria de Velázquez; otro de Antonio Covarrubias, obra del Greco; un cartón de Goya y una colección de dibujos franceses del siglo XVI. Fue un buen trato. Aquella noche, en el Palau de la Virreyna en las Ramblas de Barcelona, es homenajeado Monsieur Huyge, enviado por el museo del Louvre para supervisar toda la operación, no sea que otros 4.000 francos la frustren. En el ágape está presente el gobernador civil de Barcelona, Antonio Correa, el camarada Correa como le llaman sus secuaces, por suerte no sabe lo qué es la Dama de Elche y cuando ha oído la palabra Guarrazar, ha echado mano a la pistola. Monreal, pacientemente, le ha dicho que es un paraje del término de Guadamur a 12 km de Toledo.

     Hoy, el Tesoro de Guarrazar puede contemplarse en Museo Arqueológico de Madrid en su mayor parte. Pero si desean verlo todo tendrán que darse una vuelta por el Palacio Real de Madrid, el Museo Nacional de la Edad Media de París y en algún salón secreto de los herederos de  desconocidos coleccionistas, en uno de ellos  podrían disfrutar de la corona de Suintila. Les voy a dar una pista por si la encuentran, de ella cuelgan unas letras de oro y piedras preciosas con la siguiente leyenda:   “SUINTHILANUS REX OFERET”. Avísenme.

Permítanme que les haga un pequeño inventario del Tesoro:

Museo Arqueológico Nacional de Madrid:

 Seis coronas, cinco cruces, un colgante y restos de láminas y cadenas.

 Corona de Recesvinto. Corona de lámina repujada. Corona de estructura calada de nueve trazos. 2 Coronas de estructura calada de diez trazos. Corona de lámina repujada con engastes.

Cruz pendiente de la corona de Recesvinto. Cruz de estructura laminar con cinco engastes. Cruz de estructura laminar con  colgantes cortos. Cruz de estructura laminar con colgantes largos. Gran cruz  con alma de madera y láminas de revestimiento con engastes.

Un colgante en forma  “alfa”.

.Palacio Real de Madrid

Una corona, dios cruces y una gema

Corona de lámina repujada del abad Teodosio.

Cruz de estructura laminar de Lucecio. Cruz pendiente gemela de la otra, restaurada con partes de dos.

La esmeralda o piedra verde que lleva grabada la escena de la Anunciación

Museo Cluny

Tres coronas, dos cruces, eslabones y colgantes de oro.

Corona de lámina con engastes. Corona de lámina repujada. Corona de estructura calada de doce tramos.

Cruz de estructura laminar de Sonnica. Cruz de estructura laminar con colgantes.

 

coronas en París

 

Piezas robadas en abril 1921

Una corona, fragmentos de otra y  una cruz.

Piezas robadas en octubre 1936

2 Coronas y una macolla con una bola de cristal.

Corona de estructura calada.

Corona semejante a la de Suintila

Una macolla con una bola de cristal.

joven toledana de la época del hallazgo

Joven toledana.

casa del joyero Navarro en Toledo

Casa del diamantista Navarro, en Toledo

Para terminar, existe un estudio gemológico de Juan S. Cozar y Cristina Sapalski  que detalla el Tesoro de Guarrazar  que tenía  - o tiene - en su totalidad  243 zafiros azules (cuyas características los hacen procedentes de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka), 3 cordieritas azules (iolitas), 14 esmeraldas, 1 aguamarina, 2 adularias (piedras luna), 21 cuarzos amatista, 9 cuarzos hialinos, 6 calcedonias azuladas, 169 perlas, 154 piezas de nácar, 56 vidrios artificiales verdes, 26 vidrios artificiales azules, 2 pardo-anaranjados, 26 de color indefinido, 1 rojo y muchas piezas diminutas de granate.

TRANSCRIPCIÓN DE PARTE DE LA NOTA APARECIDA EL 6 DE ABRIL DE 1921 EN ABC

Los objetos robados

Los objetos que faltan en la vitrina descerrajada son los siguientes:

Corona del Rey Suintila- Está formada por dos semicírculos de doble chapa de oro, unidos con bisagras de oro que resulta tiene 0,220 de diámetro y 0,060 de altura. La chapa interior es lisa; en los bordes de la exterior hay dos cercos de relieve con perlas y zafiros pulimentados, y otro, en el centro, más ancho, cubierto de rosetones calados, enriquecido con engastes de igual pedrería. Pendientes del borde inferior tuvo la corona, cuando la ofrecieron, una cruz y 28 letras, las necesarias para formar esta dedicatoria: Suinthilanus  Rex Offeret.

En 1976 se hizo una reproducción del tesoro y las piezas están colocadas en la ermita de Nuestra Señora de la Natividad de Guadamur.
Precisamente  en Guadamur  está el Centro de Interpretación del Tesoro de Guarrazar, ubicado en el edificio de las antiguas escuelas, que ha sido debidamente restaurado con una inversión que ronda los 60.000 euros. El visitante, que deberá pedir hora en el Ayuntamiento, encontrará reproducciones de tres coronas, una recreación de un altar visigodo y una maqueta de las ruinas que se descubrieron cuando se hizo la primera excavación, además de varios paneles que explican la historia de los visigodos y del afamado tesoro.
Reconstrucción del friso de Santa María de Sorbaces

 

 

29/10/2010 23:05 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

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