Casas de Juventud y PIEES de Zaragoza

La historia del PATO

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Pocas cosas me han hecho reflexionar tanto y tan profundamente sobre nuestro trabajo como educadores/as en el PIEE como esta historia. Nunca he escrito sobre ella y muy pocos la conocen. Me atrevería a decir que sólo los y las protagonistas, así que ya es hora de contarla.

Pasó hace un montón de años, ocho o nueve por lo menos, yo ya llevaba bastante tiempo en el mismo centro y conocía de sobra a “sus actores”, o eso creía yo. Era una tarde como otra cualquiera en el Insti. Las actividades habían terminado y yo me encontraba en mi despacho sacando adelante la montaña de papeles y gestiones diarios.

Había por entonces en mi centro una cuadrilla de chicos y chicas que no tenían buena fama, acumulaban partes y expulsiones, se enfrentaban a los/as profes, no eran los mejores estudiantes y se rumoreaba que quizá estuvieran consumiendo algo. Algunos de estos chicos y chicas hacían actividades en el PIEE, y como costumbre, antes y después de las actividades, se quedaban rondando por la sala, me ayudaban cuando se lo pedía, jugaban un rato... a veces venían sus amigos/as, otras veces más gente aún y yo casi siempre acababa poniendo orden. Ese día estaban por el patio.

A media hora de cerrar vinieron dos de las chicas corriendo y sofocadas, me contaron alteradas que había entrado un pato al Instituto (si, un ánade), que estaba perdido y parece que no podía volar. Que unos brutos (algunos, sus amigos) habían apedreado al pato, pero otros y otras se habían enfrentado a los agresores y habían peleado, cuando fui ya sólo quedaban éstos y el pato. Los chavales, con lágrimas en los ojos, intentando cogerlo, y el pato, manchado de sangre y muy asustado. Me quede petrificada; ¿qué podemos hacer?, ¿a quién llamamos?, fui a hablar con la conserje y ella opinó que no había que tocarlo, ¡qué asco!, que transmiten enfermedades y que en su pueblo lo habrían matado para comérselo. Vaya, no era de gran ayuda.

Pero, ¿Qué hacemos? buf...ya las ocho, debería cerrar. Pero ¿cómo dejo esto zanjado?. Busqué números de protectoras de animales, era tarde y no me lo cogían, pillé a una veterinaria de guardia del barrio y no se quiso hacer cargo. Que mal. Los/as chicos/as habían cogido al pato y esperaban en la puerta del Instituto, llamé a la policía de barrio y les conté. Mirarían si podían pasarse pero no me prometían nada. Las ocho y veinte, buf, las puertas cierran y yo he quedado. No puedo hacer nada más por el pato. Salí del centro y les conté a estos "chavales malotes" mis gestiones, y que no podía hacer más, me esperaban en una asamblea de un colectivo y en aquellos momentos me pareció más importante ir a mi cita que quedarme a ver qué pasaba con el pato. Les recomendé que se presentaran en la puerta de las clínicas veterinarias del barrio de guardia por si tenían suerte y me fui.

Al día siguiente, nada más sentarme en mi mesa me llamó la policía local, era para decirme que el pato había pasado buena noche, que ya le había visto el veterinario y que se pondría bien, que en breve le soltarían en uno de los Galachos periféricos por medio de una asociación de amigos de las aves, ya que era ave salvaje y de paso. Que se lo dijera a los chicos y que intentarían avisarme para que fueran a la suelta.

En esos momentos me eché a llorar, no sólo porque el pato se había salvado (y no precisamente gracias a las dos adultas que estaban allí ese día), sino porque fui consciente de que lo habían conseguido, no se dieron por vencidos, creyeron en algo, que era bueno, y no pararon hasta conseguirlo. Lo hicieron. ¿En qué momento había perdido yo esa ilusión y constancia, ese punto de que nada es imposible, digan lo que te digan, si en lo que crees, lo crees de verdad?.

Cuando llegó el recreo vinieron a contarme que como no venía la policía se presentaron allí, y al final, lo recogieron. Les conté la llamada que había recibido, lloramos juntas y prometimos ir a ver al pato.

Cuando lo conté en el Instituto no recuerdo a nadie entusiasmado como yo, además, parece que nadie quería ni oír hablar de estos chicos/as, hicieran lo que hicieran. Que injusto, pensé, pero me contagié una vez más de "adultismo" y no le di más vueltas. Aprendí una lección, pero que difícil era compartirla.

Ahora con los años puedo decir que no exagero si digo que cada poco tiempo hay algo que me recuerda a ese pato que fue salvado y que gracias a esta historia, y mil más que nos pasan diariamente, me digo a mí misma qué afortunada soy al trabajar rodeada de chavalas y chavales como éstos, portadores de sueños imposibles que no lo son tanto si uno quiere.



27/11/2014 09:16 Enlace permanente.

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Autor: Pilar

Gracias por compartir esta experiencia con todos, seguro que todos hemos vivido momentos así pero se nos olvida persiguiendo la eficacia.

Fecha: 03/12/2014 14:24.


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