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08/06/2006

QUINIENTOS AÑOS DESPUÉS

No repitáis su nombre, ni mencionéis su origen, ni digáis que os pertenece su cadáver”.

 

 

            Con ese epitafio, tan inquietante, dimos de narices con la tumba de una mujer. No decía nada más, pero debajo de la piedra verde que lo rezaba, había una pequeña losa blanca, con una identidad, Aldara García Moiño, fallecida a los 38 años de edad; solamente se leía un “Te quiero madre”, muy desgastado, casi ilegible y con los trazos muy toscos.  Tal hallazgo, despertó nuestra curiosidad y decidimos investigar la personalidad de esa mujer.  Cada día era más interesante lo que llegábamos a saber de ella, no pudimos imaginar en ése momento, cuando entramos en el cementerio de aquel pueblo abandonado, que íbamos a encontrarnos cara a cara con todo un personaje de más de 500 años y que, su historia, había llegado a nuestros días, de boca en boca, entre los antiguos habitantes de la zona, hoy repartidos en los alrededores y en la capital de la provincia, Huesca.

            El proceso de nuestra investigación nos fue descubriendo un mundo de miseria y sufrimiento.

           

Aldara García Moíño nació el 8 de diciembre de 1448 en una pequeña aldea del Pre-Pirineo aragonés y murió en ese mismo lugar un 10 de agosto de 1486.  Era hija de un campesino muy humilde, como todos los de la comarca, y de una mujer llegada de otras tierras; se decía que si era de Galicia,  aunque algunas lenguas rumoreaban que venía de un convento de religiosas de clausura en Toledo, pero todo eran especulaciones porque nunca se descubrió su lugar de origen.

            El matrimonio tuvo diez hijos, nueve varones y una hembra, ella, que ocupaba el séptimo lugar en su nacimiento, fue la niña deseada por su madre y el juguete para sus hermanos. Mimada y consentida, la familia nunca permitió que saliera a trabajar en las duras tareas del campo, se dedicó siempre al cuidado de la casa mientras la madre araba y cargaba con el peso de las tareas campesinas.

 Era hermosa y blanca como la cera. En su rostro, de líneas suaves, destacaban unos ojos grandes y verdes, cuya mirada, cargada de una energía que ni ella misma era capaz de explicar, producía en los demás una sensación de calma y serenidad a la vez que un respeto, casi ferviente, hacia su persona. Sin saberlo era portadora de un don, que a la larga la iba a condenar.

            Inteligente, callada y muy observadora, escudriñaba hasta el más mínimo detalle y aprendía con suma rapidez.  Sus enseñantes fueron las largas horas de soledad y su madre... su madre fue para ella su maestra, su cómplice, su mentora y su dueña, pero sobre todo su guía. De ella aprendió todo el saber que encierra la naturaleza, las plantas, ungüentos y mejunjes que ella realizaba, pócimas y unturas para todo tipo de males, aprendió a imponer las manos y a trasmitir a su través la energía que a ella le sobraba. De ella aprendió  a leer las estrellas y a descubrir en sus lecturas secretos y anuncios que nadie imaginaba, y también aprendió de su madre a ser valiente, a defender a capa y espada su dignidad y la de toda su familia.

            En el alto Aragón, la tierra y la casa solo podía heredarla el primogénito; esto tenía su razón de ser, (es una costumbre que ha llegado hasta nuestros días como el mayorazgo de Huesca, de esta forma se preserva el patrimonio y no se reparte en pedacitos ínfimos,  siendo inservible), así es que, el segundo hijo, si era varón, se dedicaba a la iglesia, y los demás tenían que buscarse el sustento fuera de la casa paterna.  Conforme los hijos iban creciendo, cuando llegaban a los doce años de edad, edad en que se les consideraba ya adultos, iban desapareciendo y solo los padres y el hermano mayor vivían dé y para la tierra.

            Aldara fue viendo como sus hermanos se alejaban de la casa en busca de fortuna y como ella seguía anclada a esas cuatro paredes de piedra con un futuro muy incierto. Por aquella época, los Reyes Católicos luchaban para echar a los “moros” de una España dividida,  y vio como su padre y su hermano mayor, fueron requeridos como soldados para luchar. La pobre casa y las tierras paupérrimas, fueron para ella y la madre,  que tuvieron que sacar toda sus fuerzas para sobrevivir. Nadie las ayudó, toda la aldea se encontraba en las mismas circunstancias y el hermano segundo y el sexto, estaban en el seminario de Jaca,  por la caridad del Sr. Obispo de Huesca, que era pariente lejano de su padre y debía tener algún remordimiento antiguo o alguna deuda familiar.

Contaba Aldara 16 años y todos sus hermanos estaban fuera de la casa, los pequeños fueron de criados y de mancebos de ricos hacendados en poblaciones más importantes que la suya, en el hogar solamente quedaron su madre, ella y un hermano aquejado de una idiotez que no le permitía tenerse en pie.

            En estas condiciones vivían las dos mujeres, la madre saliendo al campo y haciendo las faenas masculinas, la hija en la casa cuidando al idiota y preparando sus pócimas. No salía nunca y no conocía ningún otro pueblo, ni tenía amigas, ni se relacionaba con nadie fuera de la aldea, pero a los 16 años se quedó embarazada y su preñez fue la comidilla aldeana.  La violó el hijo del herrero, un hombretón de 25 años, casado y borracho, que aprovechaba las horas del mediodía y en repetidas ocasiones se presentaba en la casa de Aldara y a base de fuerza y amenazas lograba su propósito, ella calló por miedo en los primeros tiempos, pero luego se vengó de él de una manera tan misteriosa que nunca más volvió a molestarla, ni a ella, ni a ninguna otra mujer, ni siquiera a la suya propia.

            Cuando nació su hijo, un varón fuerte y hermoso, se volcó en su cuidado y entre él y su hermano, le ocupaban la mayor parte del día.

 Cada vez era mayor la energía que se recogía en su cuerpo y una forma de descargarse era con la imposición de manos, los aldeanos acudían a su casa en busca de remedios para todo tipo de afecciones.  Ella sufría  muchísimo con cada uno de ellos, pasaba a su cuerpo el mal y de ésta forma podía eliminarlo, pero no siempre tenían solución y parte de ese daño lo absorbía ella.

            ¿De dónde le venían esas dotes?. Ni siquiera se lo preguntaba, dicen que veía la muerte andar tras la víctima elegida y que solo ella era capaz de dulcificar los últimos momentos. Así fue como a los 20 años, era su fama tan extendida y reverenciada, que había traspasado las fronteras de Aragón y recibía visitas de gentes venidas de otras tierras.  Seguían siendo pobres, nunca cobró ninguno de sus favores, según decía, “no hay que cobrar por lo que no te han cobrado” y si acaso, se conformaba con algunas viandas que le donaban en pago a sus favores, con ellas y con lo poco que podían arañar a la tierra, vivian los cuatro. 

Sus hermanos les hacían muy pocas visitas, ni siquiera una al año. Cuando por San Lorenzo, llegaron hasta la casa los dos hermanos sacerdotes, no se imaginaban la procesión de gentes que ante la puerta, se apretujaban a la espera de ser recibidos por Aldara, éste gentío, los asusto y sometieron a su hermana a un estrecho interrogatorio, como no descubrieron la fuente aquel poder, le hicieron ver, que tal vez fuera obra del diablo y que ellos no estaban dispuestos a habitar en la misma casa que una bruja, aunque esta fuese su hermana. La madre, ofendida, los echó a cajas destempladas.

 Aldara no era bruja, ni siquiera había oído hablar de de esos personajes, pero a raíz de esta visita comenzaron los verdaderos problemas en la familia.

            Llegaron noticias  de la muerte de su padre, y su madre quedó sumida en un pozo profundo, del cual no supo salir; de nada le valieron los desvelos de su hija, ni las pócimas que le hacía tomar, y poco, ante la paradójica impotencia de Aldara, siguió a su marido dejándole por legado el cuidado de su hermano idiota, y de su hijo.

            En 1473 su fama había alcanzado la corte y no eran pocos los nobles que requerían de su saber, incluso le ofrecieron que se estableciera en la capital del reino, ella y su familia, a lo que se negó rotundamente, alegando que era portadora de algo que no le pertenecía, por lo tanto todo aquel que lo creyese, tenía que ir en su busca.  Ese año y en el mes de abril, recibió en su casa la visita de una dama, que llegó en una bonita calesa con los escudos reales en la puerta, la recibió como a cualquier otra persona, no fue la  ultima visita, porque después de esa, se sucedieron algunas más.  La dama iba embozada y acompañada de tres mujeres, después de cada visita dejaba, encima de la mesa de madera, una bolsita de piel negra, llena de ducados de oro, que Aldara recogía y guardaba celosamente en el colchón de paja de su mísera alcoba. 

            Su fama como sanadora iba en aumento, en ésa época, el rey Fernando de Aragón, creo el Tribunal del Santo Oficio y nombró como inquisidor General a Tomás de Torquemada, que era a su vez, uno de los confesores de su esposa la reina Isabel, desde ese momento, éste hombre buscó con tesón el castigo para la brujería de Aldara.  En Aragón ejercía de Juez del Santo Oficio, D. Pedro de Arbués, y a él le fue encomendado el caso de Aldara. Tras múltiples requerimientos, este hombre accedió a presentarse en casa de la mujer, la interrogó durante horas interminables, vio su forma de curar e incluso sintió en su carne el poder de sus manos; veía que estaba ante algo superior, no sabía si bueno, pero era algo que no hacía daño, viniera de dónde viniera no podía ser malo, así es que no encontró indicios de brujería en ella. En el informe que con su investigación envió a Torquemada, así lo hace constar, pero éste no estuvo conforme y ordenó a D. Pedro que fuese más sutil y ahondase más en la vida de esta mujer… Segundo informe negativo.

            El 15 de septiembre de 1485 es acuchillado, en la Seo de Zaragoza, D. Pedro de Arbués, dos días después a consecuencia de ello muere y el cerco de Torquemada sobre Aldara se estrecha.  Dado que los informes no acreditan brujería busca alguna causa condenatoria y la declaran hereje.

            Era una mujer muy conocida, en el juicio no sirvió de nada la declaración de sus hermanos curas, que aunque no la defendieron tampoco le imputaron cargo alguno. Declararon haber sido criados en la fe católica y en el temor de Dios, pero el Juez General ya tenía la sentencia para ella. “Castigo ejemplar, ¿cómo no puede ser hereje, alguien que asegura tener en sus manos un poder que cura y no sabe de dónde le  ha venido?, Dios esta muy por encima de esas patrañas. Son cosas del demonio”. Así fue como la condenaron a la hoguera y como se cumplió el castigo un 10 de agosto de 1486, día de San Lorenzo, patrono de Huesca, mártir asado en una parrilla. El calor era sofocante, había estado presa un mes en la cárcel de Huesca, le habían rapado el pelo y casi matado de inanición, por mediación de sus hermanos curas ante la reina, se le concedió el deseo de despedirse del hermano idiota y de ser quemada en la aldea; acompañada por cuatro guardias fue conducida a su casa, se acercó al hermano, le cogió la mano y mientras la acariciaba dulcemente, le fue apagando la luz de los ojos y dejó de existir con una sonrisa en sus labios deformes.  Abrazó a su hijo: “No puedo dejártelo, tengo que llevarlo conmigo, es mi deber hijo mío, dale sepultura junto a mi tumba”, y salió de la casa con los ojos arrasados y la cabeza erguida.

            Encendieron la pira y su gesto fue siempre el mismo, inmutable, serena y resignada. En un instante, el cielo, se cubrió de nubes oscuras, negras como la noche y se ocultó el sol, comenzó a caer piedra y lluvia torrencialmente; la gente congregada en la plaza, salió corriendo a refugiarse, cuando la tormenta hubo terminado, Aldara estaba muerta.

            Su hijo quiso recoger el cadáver, pero se lo impidieron.

            Tres días mas tarde, fuera de las tapias del cementerio, encontró el cuerpo metido en un saco de arpillera y lo enterró en tierra sagrada, junto a la tumba de su tío, desobedeciendo las leyes del Santo Tribunal, en la tumba dejó una plaquita con un “te quiero madre”, el nombre, y la edad de la finada...

            Poco tiempo después la tumba fue profanada y el cadáver volvió a aparecer tras la tapia del camposanto, le volvió a dar sepultura, buscó la losa y no la encontró, en una piedra plana y caliza escribió de nuevo los datos y la colocó cuidadosamente. Unos días más tarde, encima de la losa, había sido clavada a conciencia una placa de mármol verde en el que se podía leer una frase de sentencia: “No repitáis su nombre, ni mencionéis su origen, ni digáis que os pertenece su cadáver”.

           

Así hasta nuestros días. 

Lo curioso del caso es que, en el envés del mármol se veía tallado con todo lujo de detalles el escudo de armas de los reyes católicos. Este hallazgo, en el cementerio de un pueblo abandonado, en una tumba casi anónima y descuidada, nos intrigo más todavía y desató nuestra curiosidad. Decidimos abrirla para ver los restos de tan interesante mujer. La sorpresa nos dejó mudos de estupor, dentro se hallaba el cadáver de un cuerpo deforme y retorcido, que para nada se podía atribuir a Aldara.

 Al lado, otra tumba sin descripción alguna, ennegrecida por el paso del tiempo y más cuidada que la anterior,  parecía reírse de nosotros;  restos de flores y un anonimato completo era todo lo que la diferenciaba de las demás.  “Hace mucho tiempo que nadie visita este lugar,  dentro de poco será un tramo más de la autovía del Pirineo”, nos comentó un pastor.

Todos supimos la respuesta.

Dimos la vuelta y cerramos la puerta desvencijada del viejo cementerio, unánimemente, sus goznes oxidados, se nos antojaron una despedida que con voz femenina y susurrante nos dedicaba  una sola palabra “¡gracias!”.

En nuestro recuerdo ha quedado grabada, como en esa lápida de color verde, una lejana esperanza...

                                                                                                                                 María Otal   (25-08-03)                     

                                                                                                                                  

08/06/2006 17:02 Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.
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