"Ustedes no saben leer", espetó Rajoy desde la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados en el último debate de política general del Estado a quienes no son de su grupo parlamentario.
Una representante de una asociación que se opone a la modificación de la Ley que regula la interrupción del embarazo, llama "frescas" a las mujeres que apoyan esa modificación, con intención de zaherir a quien no piensa como ella.
Hoy leo en la prensa conservadora española varios artículos que insultan a quienes pitaron al himno español y al Jefe del Estado en la última final de Copa: "cuñados borrachuzos", "chusma", "borregos", "descerebrados ignorantes" son algunas de las palabras que les dedican los articulistas en sus encendidos artículos.
Me preocupa. Es un síntoma. En el Estado Español, y también en Aragón, y no sólo en la derecha, falta cultura democrática (el Presidente de mi país perdió los papeles en sede parlamentaria ante Nieves Ibeas –CHA- rebajando el debate en lugar de argumentar; en el Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza el PSOE insulta un día sí y otro también al portavoz de CHA, Juan Martín). Y me duele. No se puede rebajar el debate a ese nivel. Quien piensa diferente a tí puede incluso no estar equivocado.
A veces pienso que quizá sea una reminiscencia del franquismo sociológico que, creo, sigue vivo (como la afirmación imposible de ser "apolítico", como el desprecio a la "cosa pública", como la confusión entre Iglesia y Estado, como otros valores y actitudes). Esa manera de entender la dialéctica no es exclusiva de una parte del Estado, ni de una clase social, ni siquiera de la derecha o de la izquierda. Lo invade todo (en mayor o menor medida, según los casos). Ese es el problema. Y grave.
Me gusta el debate, la confrontación dialéctica, la contraposición de puntos de vista, el contraste de pareceres, reconocer errores, escuchar, el juego verbal, la búsqueda de contradicciones en el oponente y de éste en tus opiniones. En definitiva, el arte de dialogar, de argumentar, de razonar desde principios, el método platónico para llegar a las Ideas, la confrontación hegeliana de tesis y antítesis que llevan a la síntesis. Pero todo en el ámbito de unas "reglas de juego". Será que no soy dogmático y no creo en las Verdades reveladas o en quien se viste con el ropaje de "autenticidad" que le da la razón absoluta, no creo en los guardianes de los principios y verdades absolutas.
Me molesta profundamente que en el debate se utilice el insulto, se ataque a la intimidad personal (no hablemos ya de cuando se introducen en ese ámbito a menores), se hagan afirmaciones sin otro sentido que la ofensa. Eso es no aceptar las normas del juego dialéctico. Y habría que hacer un esfuerzo por educar en valores cívicos y dialécticos. Y ponerlo de manifiesto. En este caso, como en tantos, tan culpable es el que lo hace como el que aplaude o queda silente ante estas atrocidades.
Quien calla, otorga.