posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

Economicismo, desarrollismo y sinrazones.

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 Pasada la cota de subsistencia física y mental individual, junto con la necesaria aportación a la sociedad y a las generaciones futuras, la insistencia en la creación de riqueza y en el desarrollo se torna ilegítima y nefasta.

En efecto, a partir de un determinado punto el

crecimiento material sólo puede promoverse a expensas

del crecimiento mental y espiritual; es ésta una afirmación

empíricamente constatable, por más que su justificaci<í

teórica pueda ser compleja.

El crecimiento sin límites no se da en el mundo natural, salvo en las células que crecen sin límite alguno, que forman los tumores...El crecimiento indefinido es análogo al cáncer. Esta comparación siempre pone de los nervios a los adalides del sistema económico. Se les señala la imposibilidad de mantener el consumo actual, la miseria de medio mundo, el deterioro ambiental...al final siempre saltan con eso de “Sí, pero este sistema crea RIQUEZA”. Se supone  pues, que ante esta tremenda revelación debemos postrarnos de rodillas y adorar al becerro de oro con lágrimas en los ojos.

 Hablando en términos generales, la riqueza no genera más que estupidez y

perversión.

Por lo demás, la riqueza no ha sido un invento del mundo insdustrial, ya había lujos asiáticos en otros tiempos. Lo novedoso es que esta riqueza se valora en sí misma, sin servir a nada más que a sí misma, y se busca mediante la producción masiva.

Y sin embargo, la austeridad es una condición

ineludible de toda felicidad terrenal que merezca tal

nombre y de todo progreso espiritual. No es ésta una actitud

penitencial sino sapiencial e intrínsecamente liberador;

la austeridad o pobreza a que aquí se alude no es miseria

y nada tiene que ver con la mortificación; sería más bien

la utilización correcta de toda la energía humana física,

vitaLy mental; el despliegue en cada momento y en cada

situación de la estrictamente necesaria, y la orientación

de la restan te hacia fines más altos que la mera acumulación.

 

El afán de riquezas a perpetuidad es la seña de identidad más clara del homo economicus de nuestros días. Parafraseando de forma apócrifa a Wilde,”los ricos sólo piensan en el dinero; los pobres también”.

El vacío interior de una vida sin autonomía real, requiere el ansia de poseerlo todo,

Arramblar con todo, verlo todo, saberlo todo, llegar a todas partes.

Negada toda idea de límite, arrinconada la idea misma de verdad, todo lo que lleve a continuar la acumulación está permitido; cualquier cortapisa o restricción contra el progreso supone una afrenta inaceptable y el temido retorno al medievo o las cavernas.

Sin negar que Occidente esté sumido, como decía

Heidegger en el olvido del ser, no menor, ni menos grave, es

 su desprecio del no-ser. Incapacitado para comprender el valor del silenc;io,de la renuncia, de la ausencia, de la carencia y del no-hacer, el ciudadano-consumidor ignora

que la dignidad humana no viene determinada por lo que se llega a poseer,sinopor aquello de que se es capaz de prescindir, por las necesidades que logra suprimir, por

las cosas superfluas y triviales que sabe apartar.

Víctima de sus prejuicios progresistas, no puede comprender que la pobreza asumida voluntariamente, la humildad o la

la templanza no son actitudes Penitenciales de masoquistas para llegar a algún imaginario cielo sino, antes que nada, simples requisitos para acceder a la condición humana; el hombre industrial enferma de pensar en la pobreza física y económica, no puede imaginar una vida renunciando a disfrutarlo todo , a tocarlo todo , a Poseerlo todo. Por eso no sabe sufrir y la muerte le da máspánico (por la pérdida de todo, aparte de la vida desnuda) que en otros tiempos y lugares. No es tanto el miedo a la desaparición física por la increencia religiosa, sino el pánico a la pérdida de lo acumulado.Si se tiene poco acumulado, el sufrimiento es menor, como muy bien aprendió el moribundo Iván en la novela de Tolstoi (“la Muerte de Iván Ilich”).

Pero pedir menos para ser más felices es en nuestros días

un desvarío, pues «más» parece la palabra clave de nuestra

cultura, el remedio de todos los males, la solución para

todos los problemas; cualquiera que sea la dificultad

planteada, todo se arregla con más medios, más técnica,

más ciencia, más información, más presupuesto, más

desarrollo: acumulación exterior con la que! el hombre economicista

 trata de ocultarse su privación interior, pero que

a modo de lastre, le hunde cada vez más en su penuria.

La sentencia evangélica que afirmá’la imposibilidad

de servir a dos amos no es una amonestación piadosa, sino mero sentido común: la cantidad se alimenta

de la cualidad, y aquélla crece sólo en la medida en que la otra merma.

Sintéticamente hablando: cuanto más tenemos, menos somos. El desarrollo mata; empobrece materialmente hasta la más mísera indigencia a una mitad de la

 humanidad, y mata espiritualmente de mentecatez’

a la mitad a la que no mata físicamente de hambre. Y al

reemplazar el concepto «nivel de consumo» por el de

«calidad de vida» es un eufemismo mixtificador que sólo engaña a quienes quieren ser engañados.

Dada la situación actual, con un perentorio problema

de superpob1ación y con millones de personas viviendo y

muriendo en la miseria, precisamente por el exceso de riqueza de otros,sería necesaria

una sociedad que hiciese de la austerídad y la

solidaridad sus principios rectores desterrando la idea de lujo. Lo que es de todos no es un lujo ni un privilegio, sino un derecho. El despilfarro debería estar proscrito.

Uno de los errores del izquierdismo, comunismo, marxismo o como se le quiera llamar fue que salvo excepciones, la utópic sociedad sin clases que iba a surgir del derribo del capitalismo iba a basarse en el mito de la abundancia (=riqueza) para todos; una reedición del paraíso islámico vulgar con ríos de leche, vino y miel como quien dice. La idea de una vida sencilla pero digna caló sobre todo en algunos anarquistas (no todos) y en una minoría de socialistas, pero en general se consideró reaccionaria por la tendencia mayoritaria de las izquierdas.

Así les fue. En cuanto la derecha aprendió la lección de las revueltas populares, comenzó a implantar el consumo como vía de acceso a la felicidad. En cuanto el capitalismo superó al sovietismo por goleada en producción de mercancías y de placeres artificiales, sólo quedaba esperar a que la URSS se rindiese por cansancio.

Es urgente proporcionar una vida digna para toda la familia humana sin necesidad

 perpetuar el pillaje y saqueo de la naturaleza. El

“desarrollo» de una parte del mundo se ha construido

sobre la aniquilación,programada del planeta y, a la vez,

sobre la explotación, .el despojamiento, el sufrimiento y la muerte de millones de ’seres humanos. Seguir manteniendo el planteamiento desaurollista como panacea de los problemas sociales es colaborar con la destrucción y la anulación física, mental y espiritual del individuo, de la colectivida y de su entorno. Y pretender disimular los excesos del desarrollismo con epítetos como «sostenibilidad» es sólo un intento más de perpetuar la tiranía de la cantidad, de manera hipócrita y sibilina, tratando de liberarse de la mala conciencia. Coincidiendo con  la ideología dominante, la tesis del desarrollo

sostenible propagada por la ONU y la socialdemocracia supone que los problemas del mundo son técnicos,y las soluciones requeridas, económicas.

Planteamiento característicamente tecnocrático, que olvida un dato

esencial: primero, que los problemas técnicos o

económicos son expresión de problemas genuinamente filosóficos

, segundo, que incluso en el dominio estricto de la economía, el problema no es tanto el subdesarrollo del tercer, mundo, cuánto el hiperdesarrollo del primero.

La cuestión que, en esta parte del mundo, es urgente

Plantearse  no es la de hacer compatible el equilibrio

Natural con el desarrolloy la riqueza, como muchos

piensan, sino con la austeridad, lo que

dicho sea de paso, es  al menos desde un punto de vista

técnico,  bastante más sencillo.

 

Sin que ello implique idealizar cualquier forma  de

primitivismo, puede afirmarse que. una civilizaciónI

verdaderamente superior reduciría al mínimo sus

necesidades materiales y su desarrollo técnico y económico para perpetuarse.

Pero Occidente convierte pomposamente sus limitaciones

en virtudes,sus perversiones en valores culturales  y, no

contento con ello, pretende aplicarlas como criterio de

medición a otras culturas. No  entiende ya que una

civilización que prefiere desplazarse!a pie o a caballo en

lugar de hacerlo en una máquina siniestra a 200 por hora

no es una civilización inferior y

atrasada, sino sencillamente una civilización sin prisas.

En nuestro mundo, la realización del acto cotidiano más

simple arrastra tras de sí mecanismos de dimensión

planetaria que suponen un montaje industrial monstruoso,

la perforació, la esquilmación de  las entrañas de la tierra y el

mantenimientode ciclópeas redes  de producción,

transporte y distribucón, la implicacióh en  el proceso de

millones de personas. A este delirio exorbitado

de acumulación enloquecida de dificultades se le llama

«progreso”  y se considera «primitivo” al ser humano capaz de

resolver su  vida con unos sencillos instrumentos que se fabrica él mismo o se los hace su vecino.
22/06/2006 20:09 Enlace permanente.

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