posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

SOLUCIONES NADA FÁCILES al problema ambiental

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Sólo la recuperación de una forma de vida inspirada en la

tradicional anterior al industrialismo

-en el sentido antropológico y metafísico del término, lo

que, innecesario aclararlo, no guarda la más mínima

relación, si no es por oposición, con el bienpensante

tradicionalismo sociopolítico de una burguesía mezquina

e hipócrita- podría, idealmente, evitar el hundimiento,

y permitiría atisbar, quizás, un recuperado sentido para la

sociedad humana. Ello implicaría la inversión radical de

los principios que rigen el despliegue de la barbarie

tecnológica: el Progreso debería dejar sitio a un cierto

Regreso. Un regreso del hombre hacia sí mismo, un

recogimiento hacia el interior frente a la fragmentación

exteriorizante que le impone el omnímodo poder de una

dinámica centrífuga, vertiginosa y ciega, que nada ni nadie

parece controlar. Retorno hacia el interior que deberia

reflejarse en la recuperación de unas condiciones exteriores:

que devolvieran su significado prístino a la vida, que

permitieran desplegar un hacer cotidiano dotado de

sentido, en un entorno de serenidad y de belleza y en un

marco de relaciones verdaderamente humanas; eso

implicaría, para empezar, volver a las condiciones

materiales anteriores a la revolución industrial.

Tal afirmación provoca sudores fríos o burlas nerviosas en los progresistas, sean empresarios, izquierdistas “alterglobalizadores” o ciudadanos-consumidores adictos a la tarjeta de crédito. No pueden ni quieren imaginar otro futuro que la continuación perpetua del sistema. Por otra parte, los pocos que todavía fantasean con la destrucción del (des) orden actual comparten no poco en común con este mundo como para alardear de lo que pregonan. Al fondo a la derecha, los desechos del tradicionalismo, empeñados en ser el ala rancia de la derecha institucional, y los neofascistas, cuyo anticapitalismo de opereta se reduce a su monomanía antijudía y a suspirar por un estado totalitario (es decir, ahondar en la jaula jurídicopolítica ya existente). Al fondo a la izquierda, los residuos del naufragio del mito marxista. Mentarles términos como “tradicional” y “preindustrial” es nombrar la soga en casa del ahorcado, porque en su apego sociológico al industrialismo significan momias resecas de un pasado anterior al maravilloso esquema de producción en masa, que desearían mantener en su utopía como culminación de un camino histórico que no está torcido. Y finalmente nos queda el anarquismo, movimiento ambiguo respecto al industrialismo, pero que en los últimos tiempos ha coqueteado a menudo con el ludismo-primitivismo; lo cual es una buena noticia (la crítica al industrialismo no murió con Ellul), y una mala (el enfoque de la crítica y las alternativas propuestas son pueriles). En todo caso, ácratas y ultraizquierdistas comparten un nihilismo y un sectarismo que les impide aceptar cualquier aportación externa a los iniciados en el radicalismo. Así, por ejemplo, se ha llegado a tachar a Edward Goldsmith (director de Ecologist) de fascista [sic-nótese el apellido judío del tipo] porque no es todo lo ateo que “debería” ser un ecologista radical.

Sinceramente, no hay una salida política por ahora; habrá que esperar a que el confort en occidente dé paso a tiempos peores para que comience a cuestionarse el estado actual de cosas...esperando que el descontento no cuaje en una sola ideología, lo cual conllevaría una salida en falso de corte totalitario.

Desandar lo andado, dar media vuelta e invertir radicalmente la

dirección seguida hasta ahora, para dejar de progresar hacia

el borde de un abismo cada vez más próximo; ese es el objetivo principal más allá de trifulcas miserables por cuotas de poder o ideologías varias.

Los problemas a que Occidente se enfrenta perseverando

en el camino seguido durante los últimos 2 siglos [quizás 6, contando el proto-colonialismo hispanolusitano del siglo XV]

no son difíciles, sino absurdos. Sus datos, distorsiones que

los siglos convirtieron en pautas, sólo suscitan, a modo de

soluciones, diversas modalidades de hundimiento, ya sea ahondando en la tecnomanía, pidiendo más estatalismo o dando una vuelta de tuerca al nihilismo social.

Aquí y ahora todo posibilismo es matemática de la destrucción.(...)

Como dice Edward Goldsmith, el único crecimiento

alternativo es la alternativa al crecimiento y ésa no es otra

que el decrecimiento. Pero un programa de decrecimiento

que a nivel individual siempre puede tener, sin duda, su

validez moral y su autopegagogía para los tiempos crepusculares, se pierde como una gota de sensatez en el océano social de locura institucionalizada.

(...) La nueva austeridad sería simplemente una nueva versión de la renuncia al mundo que en las postrimerías del Imperio Romano occidental, ejercieron los primeros eremitas cristianos. Y ahora no necesitamos precisamente eremitas solitarios, sino sacudidores de conciencias dormidas.

(...)

Como dice Goldsmith, el único crecimiento

alternativo es la alternativa al crecimiento y ésa no es otra,

que el decrecimiento. Pero un programa de decrecimiento a escala social y mundial sin componendas y sin vinculaciones preconcebidas a ideólogos y burócratas; pues si sucediese en ese sentido, a nivel social se convertiría, sin una conciencia profunda

generalizada que lo sustentase, en otra nueva utopía

algebraica, en una receta «alternativa» más que añadir a

la interminable lista de programas, institucionales o

revolucionarios, para fabricar felicidad “exprés”.

 En todo caso, que nadie manipule la formulación necesariamente abstracta

del mensaje; decrecer significa lo inverso de crecer y no

otra cosa: decrecer es tener cada vez menos coches y coches

que corran cada vez menos, es sustituir el asfalto por la

tierra, es abolir la informática, acabar con la televisión,

tener cada vez menos periódicos, dejar de fabricar la

infinidad de cosas estúpidas que no se necesitan

absolutamente para nada -es decir, casi todo-, tener menos hijos (quienes pretendan aún familias numerosas o en el tercer mundo), tener

ingresos más bajos, consumir cada vez menos. En

definitiva, tener menos para ser más.

Naturalmente, la realización de tal posibilidad a escala

social sería un milagro sin parangón en la historia conocida

de la humanidad.

Sólo un gobierno mundial (es decir, una dictadura mundial al estilo de un Stalin o un Hitler, o mejor dicho un Pol Pot en una Camboya planetaria) podría imponer “manu militari” los cambios necesarios antes de que los desastres asumibles confluyan en los desastres definitivos. El remedio parece peor que la enfermedad, ¿no? Imaginemos por ejemplo, que el déspota ilustrado pretende reducir la natalidad por decreto, sancionando con multas y cárcel a los que se reproduzcan. O que envía a urbanitas de oficina y sillón-bol a trabajar manualmente los campos...Esto sí que haría bajar la población más deprisa que la anterior medida “racional”. De todos modos, el ciudadano-consumidor ya ahabría empezado a suicidarse si antes de lo anterior le hubiesen prohibido sus queridos gadgets tecnológicos.

Ciertamente, el hombre actual, tan moderno, tan libre, tan progresista, tan dueño de sí, puede desintegrarse si le desconectan de la televisión, del

automóvil, de la prensa diaria, del teléfono móvil y de

Internet.

Nada que no pase por la hecatombe autoriza

razonablemente el menor rastro de optimismo, y los signos

de los tiempos revelan a quien sepa leerlos que estamos

viviendo ya el final de un mundo; que la agonía se prolongue

más o menos no pasa de ser un asunto tan relativo como

secundario. Esta constatación no nos divierte lo más mínimo, aunque pensamos que sea menos mala que la opción mundialista. Al fin y al cabo no compartimos el ansia de los extremistas (a derecha e izquierda) de destruir el mundo en un baño de sangre y lodo para que se cumplan sus utopías. No es que confundamos el deseo rencoroso con la realidad, es que el status quo es insostenible.

Sólo la inercia sostiene a Occidente en la

existencia. Cual monstruo creado artificialmente en el

laboratorio subterráneo de un Frankenstein enloquecido,

Occidente es un cuerpo gigantesco, pesado, brutal y sin

alma, que ni siquiera es ya dueño de sus propios movimientos.

Espiritualmente hablando, nuestra civilización

murió tras el Romanticismo. Hegel (con todas sus miserias) fue el último filósofo completo de la Historia. Los sucesivos se dedicaron a seguir su estela aprovechando lo que les interesaba de él o a intentar desmontar el edificio dialéctico. Contemporáneo del romanticismo, el movimiento ludita daba sus últimos golpes con dignidad estéril. Nada que ver el ludismo desesperado de los obreros ingleses contra los telares con estos luditas de salón de la ecología profunda o con las patéticas fantasías prehistóricas de los primitivistas.

Hacia 1850 occidente emprendía el camino hacia el desagüe de la Historia. El cientificismo, la industrialización triunfante, la mecanización e institucionalización de la vida cotidiana, el refuerzo del poder estatal por medio de la tecnología y la burocratización total, la culminación del proceso de dominio colonial emprendido tiempo atrás, la conversión de la lucha de clases en una envidia disimulada por la cornucopia burguesa, la monetarización total de las economías, etc.

Los acontecimientos posteriores, sean las dos guerras mundiales, la revolución rusa, la guerra de España en 1936, o la caída del Muro de Berlín, con toda su importancia relativa (que la tienen) fueron sólo hechos que reforzaron, retrasaron o fueron indiferentes para la tendencia a largo plazo.

Occidente sellaba su camino hacia la nada cuanto más alardeaba de labrarse el futuro con fuentes de vino y miel para todos. Al cercenar la autonomía individual y social en pro de la Empresa y el Estado, aceleraba la descomposición general de las sociedades. Al exportar sus antivalores a lejanas tierras, producía rechazo (el actual integrismo antioccidental) o envidia malsana en los no occidentales. Al complicarse más la vida económica y social dependiendo de infraestructuras cada vez más intrincadas, aumentaba su vulnerabilidad. Al basar su éxito en la producción siempre creciente de mercancías, agotaba (agota) las propias bases físicas de esa producción.

El cuerpo macilento de occidente no puede sostenerse ya sin la protección de su corsé: el complejo militar-tecnológico-mediático e industrial.

 Su desaparición física es una

 mera cuestión de trámites con la historia oficial.

La actual unificación del mundo no permite siquiera

contemplar el final de nuestra civilización como un trauma

normal-como tantos otros acaecidos con anterioridad en

la historia humana. Fuera de Rapa Nui nadie lloró por la autofagia de los constructores de cabezones de piedra. En la China del siglo V no se enteraron del final de la Roma imperial. En las sociedades aisladas o mal comunicadas del pasado, la caída de una estructura no afectaba al resto, o no le afectaba en lo esencial. La autonomía relativa de los individuos, los grupos sociales y las instituciones absorbía los escasos impactos venidos del exterior o del interior.

 

En una sociedad globalizada las

catástrofes son inevitablemente globales y, por primera,

vez, el final de una civilización podría significar el final

de la humanidad o implicar, al menos, una conmoción

planetaria de inimaginables consecuencias.

Con todo lo que tengan de lúgubre amenaza, no son

los problemas medioambienta1es o el armamentismo

nuclear -síntomas, a fin de cuentas-los que determinan

las postrimerías de Occidente. El cataclismo ecológico o

nuclear puede acaecer, por supuesto, con más probabilidad cuanto más se acelera la carrera desbocada hacia delante; pero Occidente

moriría igual si así no fuese; y moriría, sobre todo, por

falta de entidad, por carencia de ser, engullido por su

vaciedad interior, porque ya ha muerto en cierto modo. Lo que comúnmente se llama «realidad» es el cuerpo comatoso de Occidente conectado a los aparatos que mantienen artificialmente su vida. La “realidad” es un colosal entramado de ficciones, mantenido

en pie por la acción manipuladora de la publicidad y los

medios de información, y alimentado por el «ciudadano

medio», entregado a la superstición de la noticia y el culto

a la exterioridad. Transcendiendo el orden de la

individualidad, nada hay en el último siglo digno de

perdurar. Se diría que, ontológicamente hablando, somos

sencillamente superfluos. Una sociedad que hace del

 

aspecto físico, el dinero y el prestigio social, del deporte,

la gastronomía y la moda, sus divinidades domésticas, no

supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la

existencia. Como ya hacía presagiar la caída del Imperio

romano, Occidente será la primera civilización que muera

de frivolidad. El imperio romano emprendió a su manera un camino hacia la decadencia sociopolítica con medios y osadía mucho menor que el mundo industrial: sexualismo morboso, culto a la personalidad del emperador, corrupción institucional, despilfarro, injusticia social, diversiones embrutecedoras...incluso el deterioro ecológico avant la lettre (en los primeros siglos d.C. la caza de fieras para anfiteatros puso en peligro a varias especies, vgr el león del Atlas). Pero a pesar de la caricatura que se ha hecho en el cine y la televisión de los excesos romanos, la civilización latina no llegó ni a la décima parte de la hybris actual (en parte por falta de mecanización y en parte por escrúpulos), y dejó ruinas más o menos dignas. Occidente dejará horrendos edificios y radiactividad para la posteridad cuando desaparezca.

El trance de la desaparición no será leve, pues todo indica que Occidente

perecerá como ha vivido la historia de su decadencia: sin

dignidad, sin la callada entereza de quien en soledad asume

su destino, sino entre aspavientos y clamores, guiada por

histriónicos profetas del delirio, presa de convulsiones de

posesión y tratando de arrastrar cuanto pueda en su caída.

Con todo, si no hay lugar al optimismo, tampoco lo hay para el

 pesimismo, pues la catástrofe, en definitiva, no es que

Occidente se hunda, sino que subsista. Que el mundo industrializado se desmorone es, en todo caso, la única esperanza para quienes mantienen viva alguna fe en la humanidad.
23/06/2006 21:53 Enlace permanente.

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Autor: individuo libertario

Deberian hacerse unas elecciones globales por internet, y como minimo que se tomen medidas preservistas, fecharlas en un plazo corto y apagar, progresivamente, reciclando los "desechos", construyendo nuevos entornos autosuficientes que combinen tecno-lógica con tradicion y artesania, paz y respeto como humanos, como seres vivos del mismo planeta..

VOZ GAIA

Fecha: 03/02/2007 06:09.


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