posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

LA LUCHA POR LA CARROÑA DE OCCIDENTE

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“Mientras cobren a fin de mes no se darán cuenta de que están muertos” (anónimo).

 
 

No se enteran. Nadie se entera. Mientras Mad Max está a la vuelta de la esquina en términos históricos (unas pocas décadas o lustros), aún siguen soñando muchos con Matrix, o con la toma del palacio de invierno, o recreando los tiempos aquellos del 36, o fabulando con tecnoutopías que se desvanecerán con los últimos estertores de los motores de gasolina.

Los que apoyan el sistema desean que se perpetúa por siempre: el fin de la Historia.

Los que en teoría lo combaten lo creen invencible y suspiran por derribarlo en pos de un futuro bucólico.

Los que pasan de política y simplemente buscan llegar a fin de mes hasta cobrar el retiro creen que esto va a seguir más o menos igual.

Todos están equivocados. Todos rechazan tomar al toro por los cuernos (el cuerno energético, el cuerno del desastre ambiental). Te etiquetarán como loco paranoide, o pesimista a ultranza. Algunos supondrán una solución tecnológica (utópica) y otros la salida política (también poco factible). Si alguien toma en serio a “Casandra”, pronto caerá en el sopor de la actualidad servida por los medios de incomunicación y las diversiones triviales, abrumado por la duda: ¿Y si fuese verdad?

Estamos en los minutos de la basura de la civilización. Y sólo unas pocas personas con visión histórica (algo perdido en esta dictadura del tiempo real) o con formación científica, o simplemente no contaminadas por la estupidez generalizada, pueden percatarse de ello.

El problema ambiental es conocido por la mayoría de la población, pero tras una cierta moda ecologista, está claro que el ecologismo ha sido el parto de los montes de una izquierda más bien agostada que no ha podido ni querido renegar de su progresismo dogmático, firmemente entroncado con su industrialismo y cientificismo decimonónico. Los pocos que han escapado de los esquemas fosilizados han terminado elaborando pseudopensamientos inoperantes y hasta desmoralizadores, como los posmodernistas (“la realidad y la verdad no existen”) o los neoprimitivos (“abajo la civilización” dijo el nuevo salvaje). El problema ambiental se aborda con medidas tranquilizadoras para la conciencia, como el reciclaje, y con apelaciones al buen hacer de los científicos y expertos en energías alternativas. Y así pasa el tiempo.

El problema energético ni siquiera tiene ese lavado de cara porque no suscita interés ni debate.

El problema energético no está en la agenda de la ultraizquierda, ni en la de la izquierda, ni en la del centroizquierda, ni en la del centro, ni en la del centroderecha, ni en la de la derecha ni tampoco en la de la extrema derecha.
No lo encontraremos en las reflexiones de los curas, de los anticlericales, de los republicanos, de los monárquicos, del PP ni del PSOE, de los nacionalistas y los “constitucionales”, de los occidentales/orientales, de los que beben Pepsi/Coca Cola, de los hetero/homo/bisexuales, de los humanistas/científicos, de nadie en general.
Tampoco está la preocupación energética en la agenda de los anarquistas, los ecologistas, los políticos, los sindicatos, los colegios profesionales, ni en la de los agentes de bolsa, ni en la de los jubilados, los taxistas, ni en la de los mediopensionistas, o sea que no está en la agenda de nadie, excepto las dos docenas de chalados que visitan webs desconocidas para los habituales consumidores de pornografía y disidencia políticamente correcta(webs tales como www.crisisenergetica.org o www.rense.com ).
 
Pero eso no debe desmoralizarnos, sino todo lo contrario, por nuestra lucidez frente a lo que se avecina tenemos la obligación ética de redoblar nuestros esfuerzos para que la información llegue a tod@s, y por lo dicho antes lo tenemos muy fácil, a cualquiera que encontremos podemos hablarle del tema: seguros de que no estamos repitiendo nada que ya sepa, el trabajo es así de facil, no hay que buscar ni escoger para encontrar a algún desinformado, lo están todos.
Nadie se percata de que la invasión de Iraq, el gobierno demofascista de Bush (títere de otros en la sombra), los atentados de terroristas árabes como el de los trenes de Madrid o el 11S y otros horrores que están por venir tienen mucho que ver con el tema energético, aunque por supuesto no se pueda reducir todo a la geopolítica de las fuentes de energía: también está el tema del poder, y del choque de culturas (que a su vez encubre ese trasto viejo pero todavía vigente de la “lucha de las clases”).
No es casual que los países con mayor producción de petróleo sean árabes, ni que el mayor consumidor del mundo sea el centro del capitalismo mundial, EE.UU. Tampoco es casual el poder político de las empresas petroleras. Con todo, la “izquierda” sigue girando en torno a explicaciones patéticamente simplistas: todo se reduce a una explicación economicista del asunto (“el poder del dinero”), al antiamericanismo rayado o a explicaciones conspirativas que lían más que aclaran el fondo de la realidad actual. Y sin embargo la mayor conspiración (el silencio en torno al tema energético) se les escapa ante sus narices.
Es patetico contemplar en algunos grupos teoricamente concienciados (que pueden refrotarte a gusto el estigma de “reformista” por vestir de forma poco llamativa o por no entrar en dogmatismos) esquemas ideológicos del siglo XIX, que no acaban de comprender que los planteamientos del capitalismo-consumista han alienado las mentes y por tanto las posibilidades revolucionarias de la clase obrera: se las han tragado los elevalunas electricos, los cristales tintados y la televisión basura. La clase media ya no cree en el mito del mérito personal para triunfar. Incluso el proletariado ha conseguido ser una versión cutre de la burguesía, con sus antivalores y sus modas baratas. Así nos va, por cierto.
Los izquierdistas siguen apegados al viejo Catón sin comprender que esos venerables textos deben de ser leidos con la perspectiva actual, en el mejor de los casos; y desechados en sus partes más apolilladas, en el peor.
El capitalismo intentó superar sus contradicciones con explotación y miseria en el tercer mundo y consumismo en el primero, en el nuestro. Sólo así pudo escapar provisionalmente de sus contradicciones.
Cuando cayó el muro de Berlin, los capitalistas se envalentonaron. Cantaron al imperio de 1000 años (fin de la historia) y se ensayó la globalización que supuso mas miseria para los míseros y mas esclavitud de oro para los consumidores.
Pero este desarrollismo-consumista a ultranza tiene unas contradicciones que no podrá superar, se le agota el almacén y no hay reposición posible. La única solución para el capitalismo es volver a los orígenes, a la rapiña. El capitalismo creció sobre la usura, la piratería, el robo de tierras y el tráfico de esclavos al principio; luego adoptó un aspecto más civilizado y ofreció bienestar y progreso para todos mientras creciese la economía. Ahora volvemos un poco a eso: invasiones de países para robarles los recursos (piratería), empleos miserables para inmigrantes (nuevos esclavos)...
Ante esta situación de “ocaso del progresismo” en el plano político y filosófico, la izquierda está descolocada.
Por lo demás, ante la falta de adecuación de la doctrina a la realidad, se desesperan y se enrocan en actitudes cada vez más sectarias y automarginales; o por el contrario (si son maleables) van hacia el ciudadanismo y la colaboración con el sistema.
Esto se complica con el hecho de que la falta de expectativas en muchas partes lleva a la popularidad de movimientos reaccionarios de derechas, tales como integrismos y sectas, las cuales predican el fin del mundo o su destrucción. Esto lleva a la progresía y radicalidad a identificar cómodamente cualquier advertencia seria con lo “reaccionario” (uno de los ogros del pensamiento progresista, como lo “burgués” o lo “metafísico”, que se puede lanzar contra cualquier molesto crítico). Pero no hay más cera que la que arde:
El sistema y nuestra forma actual de vida tiene fecha de caducidad de unos 20 a 30 años (estirando el negocio a costa de quemar los vagones del tren para la locomotora), y algunos revolucionarios aun siguen pensando en tomar el Palacio de Invierno.
Pues como no se den mucha prisa lo van a tomar a oscuras y cuando los monarcas y sus cortes hayan huído a los refugios de verano. Tendrán una victoria pírrica, si es que lo intentan, lo cual ya es mucho suponer.
La actitud de eso que todavía se hace llamar izquierda sería tan absurda como querer tomar el timón del Titanic justo cuando está naufragando (reformistas/feministas/socialistas),
o como querer volarlo en lugar de sacar los botes salvavidas (extrema izquierda, anarquismo).

Incluso quienes con gimoteos andan añorando los “buenos tiempos” paleolíticos (neoprimitivistas) están encadenados al simulacro de civilización que agoniza: en la secta de Zerzan encontramos ecos del buen salvaje rousseauniano y de un discurso inconexo que se parece sospechosamente a las divagaciones de un “tertuliano” de Crónicas Marranas atiborrado de farlopa. Este pseudodiscurso es típico de varias generaciones intoxicadas por la cháchara de la prensa sensacionalista y de programas insustanciales de televisión. Como gusanos en la carroña, están devorando el sistema que les mantiene, pero sin consciencia alguna y procurando mantener la putrefacción el máximo posible. Estos idiotas confunden el simulacro de civilización con “la cultura y la historia” de todos los tiempos, lo cual indica su grado de degeneración mental. Se declaran “anticivilización” al mismo tiempo que sus rivales del otro lado, los demofascistas, loan “la cultura occidental”. ¡Patéticos ambos extremistas en sus alucinaciones de que aún existe una civilización que destruir o salvar! Los bárbaros ya no están fuera, están en todas partes.

Sólo algunos chalados inclasificables señalan los síntomas de la enfermedad terminal (que algunos aún creen curable con inyecciones rojas, rojinegras o de otros colores ideológicos). Estos personajes, como era de esperar, se siguen considerando como locos o reaccionarios: Rene Riesel, PedroPrieto, Ted Kacynsky (el crítico social, no el terrorista, no sea que nos envíen a Guantánamo por malos) y un puñado de freaks en Internet con una escasísimo auditorio.

La verdad es que Posindustrial no comparte todos los puntos expresados por estos apocalípticos con causa, pero al igual que ellos tampoco desea prolongar la agonía de un sistema que hace tiempo perdió toda referencia ética, de dignidad humana y de justicia social (si es que alguna vez la tuvo).

Pero tampoco somos nuevos ermitaños que deseen vivir en soledad o neohippies que se van a una ecoaldea creyendo ilusoriamente sustraerse a los efectos dañinos de la fábrica del horror. Como engendros, vivimos y viviremos en la ciudad mientras nos dé para malvivir: estudiaremos oposiciones o trabajaremos en ETTs basura y nos integraremos en el sistema. Usaremos la tecnología para expresar lo que los medios oficiales no expresan, pero no nos haremos ciborgs. Puede que hasta nos casemos por la iglesia o ante el juez y veamos el fútbol en el bar o nos hagamos de una peña recreativa, aunque es dudoso que los scriptores tengamos posibilidades de llevar una vida social normal: en cuanto la gente descubra nuestra “monomanía apocalíptica” se reirán de nosotros, y cuando los “signos de los tiempos” (perdonen la expresión cristianoide, pero no hemos encontrado otra mejor) confirmen nuestras “paranoias”, nos odiarán porque teníamos razón.

La misantropía se impone en los corazones de quienes han comprobado (sean científicos, literatos o incultos) que no hay casi ninguna catástrofe provocada por la mano del ser humano que sea inesperada. Siempre hay avisos, grietas que anteceden al derrumbamiento. Pero nadie les hace caso, o si se percatan ,prefieren seguir con sus divertimentos o se instalan en el nihilismo estéril; o improvisan parches  (vgr el ecologismo:reciclar)

Viviremos al día pero sin contribuir en lo posible a incrementar el caos creciente, en el que ciertos progres y pseudorradicales se encuentran tan a gusto: nada de aplaudir a psicópatas encerrados en cuartos oscuros, ver la telebasura o perder el tiempo en revoluciones de juguete o discusiones aburridas.

 No esperaremos a largo plazo nada: no haremos planes de pensiones ni nos compraremos coche salvo que lo usemos para ganarnos la vida sobre ruedas. A largo plazo sólo nos debería importar dejar algo aprovechable de los restos de la cultura actual (todavía resistentes a la telebarbarie dominante)a nuestros descendientes, si es que los tenemos; para garantizarles al menos una probabilidad de supervivencia.

¿Tiene sentido todavía pagar hipotecas a 60 años, meterse en planes de jubilación, creer en la toma de palacios de invierno o depender cada vez más del útero artificial del conglomerado técnico-mediático-económico?

Creemos que no, y puede que por ello no seamos felices en el sentido porcino del término. Pero toda causa que lo merece requiera sacrificios (esto sin caer en la apología del martirio) y la difusión de la verdad impertinente lo merece sin duda. Será muy duro para una generación como la nuestra, que lo ha tenido todo y que conforme “progresamos”, cada vez tiene menos en las manos. Pero el panorama gris que tenemos en el futuro cercano: trabajos basura, adolescencia perpetua, inseguridad... será Jauja comparado con lo que venga a más largo plazo. Por ello, no se pierde mucho pasándolo un poco mal ahora.

No nos divierte nada lo que nos viene encima a nosotros (que aún somos relativamente jóvenes) y a la siguiente generación; pero tampoco vamos a llorar por el derrumbe de la “civilización”.

A fin de cuentas, cuando Roma cayó muchos romanos (y no digamos los pueblos oprimidos por SPQR) estaban deseosos de librarse del peso muerto del imperio, y no lo lamentaron mucho. Con el tiempo, la gente no vio ya el horror y la dominación que supuso Roma, sólo ruinas bonitas y hermosos escritos en latín.¿Cómo íbamos a llorar pues por nuestra caricatura de civilización,  si pensamos en el horror que supondrán los restos históricos de Occidente para los herederos de los supervivientes?

Roma dejó acueductos, Occidente legará oleoductos pringosos; en lugar de edificios armónicos, horrendos engendros de hormigón; en vez de legar calzadas transitables durante siglos, el recuerdo más perdurable de Occidente será la radiación emitida por los residuos nucleares y sus mutaciones en los seres vivos menos afortunados durante siglos o milenios. De Internet y de otras maravillas técnicas quedarán a lo sumo relatos que la gente considerará como leyendas.

No hay nada que lamentar pues, salvo el trauma que todo cambio histórico conlleva en las personas y las pérdidas de vidas humanas que podrían haberse evitado si el cambio hubiese sido más controlado.

Entre las ruinas surgirán flores, pero las malas hierbas no se comen, así que habrá que ir pensando en sembrar trigo...

LARGA VIDA A MAX ROCKATANSKY
23/06/2006 22:23 Enlace permanente.

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Autor: Jumosa

Buenismo artículo, jaja (llorando tambien) bye a todos nosotros

Fecha: 16/06/2009 12:27.


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