posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

El milenarismo nuclear

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Para muchos estudiosos, la historia de la transformación industrial de la energía

significa ante todo la historia-de una degradación. Se piensa a menudo en las enormes

obras acometidas, en los gigantescos desplazamientos conseguidos, en la movilización

general de recursos y masas humanas que diariamente pone en marcha la economía

industrial, pero no se tiene en cuenta la medida global en cuanto al empleo de energías

que intervienen en el proceso. Dejando a un lado las consecuencias directas relativas al

deterioro de los entornos naturales, si esto es posible, el empleo y la transformación de

la energía en la economía industlia1 supone una desproporción creciente en la relación

de medios a fines. Desde el punto de vista de una ciencia ecológica estricta, la quema de

materiales combustibles en apenas dos siglos, acumulados en la corteza terrestre en el

espacio de millones de años, significa una disparatada inversión de la ciencia económica

en la que las bases materiales se volatilizan a favor de ideales vacíos como

"crecimiento", "rentabilidad" o "libertad de mercado". Toda la teoría económica

contemporánea se ha erigido sobre la falsedad y la tergiversación ya que ,cualquier

economía que lo sea sabe que no puede maximizarse a espaldas de los procesos fisicos

de los que depende, es decir, no puede esquivar la materialidad y la continua necesidad

de la regeneración de estos procesos. Las disfunciones de la naturaleza son el efecto de

las disfunciones de esta teoría insensata, la materialidad de la naturaleza resurge de

manera caótica desvelando la pobre metafisica de los sistemas económicos.

En la economía política de la energía esta cuestión se hace patente. Basta ver

como la conversión de energía se ha convertido en el tótem y tabú de una sociedad que

ha despilfarrado cantidades masivas de combustible con la única conclusión visible de

la ruina de la biosfera. Las cantidades de carbón y de otros combustibles fósiles

empleados para hacer surgir el moderno mundo industrial ha constituido un paso

desproporcionado e irracional, en la medida en que las energías puestas a trabajar solo

han resultado ser una parte muy menor sobre el total de las inversiones. Los

termodinamólogos, aunque no tienen la última palabra, tienen mucho que decir al

respecto. En consecuencia ¿qué decir en relación a la energía nuclear? Con la energía

nuclear la degradación energética por mano humana se amplía y se confirma.

La energía nuclear, desde esta perspectiva, tiene que atender dos cuestiones

cruciales. La primera, la más evidente, hace referencia al despilfarro energético: como

convertidor de energía y generador de electricidad, la fuga térmica en forma de calor

hace del reactor nuclear un pésimo transformador energético (dos terceras partes del

calor no se aprovechan en la generación de electricidad, lo que arroja un balance incluso

por debajo de las centrales térmicas convencionales). Es evidente que el calor expulsado

hacia el exterior por la planta nuclear tendrá repercusiones sobre el entorno. Esto no lo dicen quienes defienden lo nuclear como “forma de detener el calentamiento del planeta”. La segunda

cuestión termodinámica ofrece una paradoja. Como han señalado otros estudiosos, los

convertidores de energía nuclear son las primeras máquinas que encierran una

tecnología tan poderosa que, por vez primera, los esfuerzos -de una dimensión inédita han

de ser dirigidos a frenar o contener ese poder devastador que se genera en el interior

de un reactor. Esto constituye un contrasentido. El coste económico, técnico y logística

que supone la construcción y mantenimiento de una planta nuclear, sumados a los

gastos de reprocesamiento, transporte, conservación de los residuos, etc. ¿no es en sí

mismo un absurdo económico? Sin embargo los "argumentos económicos" no tienen

tanto peso como algunos les quieren conceder, sobre todo cuando se trata del

mantenimiento de una tecnología que puede legitimar el poder de las instituciones que,

en el momento actual, han de sostener las nuevas formas de dominación social.

Los dirigentes de esta sociedad nunca serán conmovidos por los argumentos que

pretenden restablecer las verdades de una supuesta rentabilidad. En primer lugar, hay

que recordar que la rentabilidad es ya un argumento ideológico, forma parte de los

oscuros conceptos que rodean a la religión económica. Separada de consideraciones

políticas e históricas, separada de su dialéctica con el medio natural, los llamados

intereses económicos que afectan a las sociedades de hoy son sobre todo

autorreferenciales, es imposible escapar a su círculo vicioso: desde ese punto de vista

siempre habrá un cónclave de brillantes economistas que pueda defender la rentabilidad

de tal o cual forma de energía ya que los caminos de la valoración del capital son

insospechados. No hay más que inventarse “valores añadidos” y escamotear las externalidades o costes “invisibles”. Además, instituciones tan poco rentables en términos liberales como el ejército o la educación obligatoria (entendida como adoctrinamiento más que como enseñanza) realmente permiten la perpetuación del sistema económico, luego son rentables en sentido amplio. Lo nuclear a su manera es rentable, en este sentido.

 En segundo lugar, la energía nuclear y su tecnología vienen a confirmar,

como ya hemos dicho, la escalada al poder de las élites de científicos, ingenieros y

tecnólogos que han consolidado su posición al lado de las clases gobernantes. El complejo tecnocientífico e industrial ha ocupado el vacío que ha dejado en parte la intelectualidad y el clero al servicio del poder (el papel de estos poderes fácticos no ha desaparecido, pero ha ido siendo más secundario en la sociedad secularizada y progresista).

En ese sentido, la rentabilidad debe ser analizada también como creación de un nuevo tipo de

riqueza que sirve a los intereses del Estado y el gran capital. La comunidad científica

desvía hoy una gran cantidad de fondos para sus programas de investigación, que gran

parte de dichos fondos acabe en los programas militares es lo mismo. Las estructuras de

poder que se forman en torno al Estado, el Ejército y la Ciencia, son las garantes de las

elecciones industriales que conducen la sociedad. Dichas elecciones están ligadas al

mantenimiento de la dependencia de la sociedad de masas de todos los aparatos de

asistencia que se les brinda desde el Estado y los servicios, sean estos públicos o

privados. Por tanto, la tecnología nuclear, tanto como los abonos químicos, el transporte

automóvil o el gran negocio farmacéutico, son vitales para mantener el control sobre

masas enteras de población. En ese sentido, son enormemente rentables. Muchos

ecólogos e izquierdistas se empeñan en querer desmontar la rentabilidad identificándose

ingenuamente con los argumentos de los representantes del sistema, en este terreno

están forzados a fracasar, ya que el éxito de esta sociedad consiste en mantener activa

una gran degradación de recursos materiales y energéticos, como única forma de

aumentar su poder de gestión sobre una cantidad creciente de crédito social y financiero.

Cualquier paso hacia atrás en las formas del valoración del capital -sea mediante el

ahorro, la búsqueda de eficacia global, la simplificación, la relocalización, etc.,- le

obligaría a ceder cuotas de gestión sobre los recursos materiales. Las últimas fases de la

acumulación primitiva de riquezas nos conducen hoy, pasando por el saqueo del mundo

campesino, la destrucción del autogobiemo local y los bienes naturales, hasta

tecnologías sofisticadas, opacas, altamente peligrosas, que refuerzan y consolidan la

noción"control y gestión total”, cuando la sociedad de masas es ya lo único que cuenta. Si

la sociedad actual buscara ser rentable en el sentido en que muchos bienpensantes

presentan el problema, esto exigiría la disolución inmediata de esta sociedad. Es por eso

que, por el momento, la tecnología nuclear puede seguir considerándose como una

forma de energía rentable. .

Hemos señalado, aunque sea veladamente, que el desarrollo de la energía

nuclear confirma y extiende el poder del Ejército, el Estado y la Ciencia. Como la

situación de privilegio del primer elemento es algo ya repetido hasta la saciedad por los

movimientos pacifistas y antinucleares, nos parece tarea mucho más urgente y necesaria

señalar como intervienen los otros dos elementos en este juego de fuerzas. Dejemos a la izquierda estándar la aburrida labor de criticar la cara antipática del sistema (los “milicos”) mientras eluden o incluso alaban acríticamente los tótems progresistas de turno, llámense estatalismo y cientificismo.
03/07/2006 21:31 Enlace permanente.

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