posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

El milenarismo nuclear

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Desde los inicios del programa atómico militar los científicos y técnicos

envueltos en dicho programa pasaron a ser el germen de una casta de funcionarios

especializados en el secreto oficial, el ocultamiento de información y en el aislamiento

del saber. A principios de los años cincuenta, el fisico austriaco Robert Jungk recorrió

algunas de las instalaciones y laboratorios donde empezaba a desarrollarse la tecnología

bélica nuclear. De esto quedó un testimonio en su libro El futuro ha comenzado, cuando

describe la atmósfera interna de secretismo y autocensura que reina entre los científicos

del laboratorio de los Alamos:

"Ni en sus casas ni entre amigos hablan de lo que hacen en los laboratorios.

Cuando alguien menciona algo de lo que ocurre dentro de la zona de trabajos técnicos

celosamente guardada, lo hace en términos anodinos, con los que disimula el carácter

aterrador de los esfuerzos que se realizan allí para conseguir armas atómicas cada vez

más perfectas. Análogamente a lo que ocurre entre los pueblos primitivos, que nunca

llaman a sus monstruos por sus verdaderos nombres, así tampoco se habla aquí de pilas

atómicas, sino de "ollas", y las bombas atómicas son "petardos" (...) La enfermedad más

temida en los Alamos es un "resfriado", el accidente de trabajo más peligroso, para

evitar el cual se han adoptado innumerables medidas de protección; no es más que "una

pequeña quemadura". Estas dos palabras tan corrientes en la vida cotidiana disimulan

las nuevas y peligrosísimas intoxicaciones que causa la radiactividad."

Así es como estos héroes de la modernidad se refieren a su trabajo; no con la jerga críptica que esperaríamos de ellos, sino con unos términos sacados de una mala novela de espías. La frivolidad a la hora de usar eufemismos para ocultar su trabajo da tanta risa como miedo.

Jungk se entrevista con diferentes científicos, alguno de ellos, descorazonado

por la imagen esotérica que pesa sobre ellos, le asegura:

"Por lo demás, somos como todo el mundo -objetó otro de nuestros vecinos de

mesa-. Nos gustaría que las gentes de fuera de aquí comprendieran de una vez que

nosotros, los físicos y los químicos que nos ocupamos del átomo, somos unos mortales

tan normales y corrientes como todos los demás. A juzgar por la cartas que recibo de

algunos de mis amigos, se nos considera como si fuéramos una especie de brujos o, peor

todavía, una especie de robots. Cuando salga de los Alamos cuente usted por el mundo

que no llevamos capirotes de brujos, que no tenemos cerebros electrónicos dentro de

nuestros cráneos, ni contadores de Geiger en nuestros pechos. No somos monstruos.”

 

Desde luego, Jungk salió de los Alamos, pero aunque no describió a estos

hombres como brujos con capirote, ni como robots, lo que habría resultado

tremendamente trivial y engañoso, los dibujó años más tarde, en su libro El Estado

nuclear, como un nuevo gremio peculiar, una "casta sacerdotal" -así los describía

Lewis Mumford- investida de ominosos poderes y grandes responsabilidades. Así podía

afirmar:

"Respecto de los poderes de nuestro tiempo, el experto ha venido a ocupar la

plaza en otro tiempo reservada a la gracia divina, mediante la cual los señores

legitimaban lo que hacían y deshacían."

Jungk describe a los investigadores nucleares como a un nuevo "clero",autoerigido. Un clero más cerca de Mefistófeles que de Dios, aunque alguno de ellos

parezca querer defenderse de tal identificación [Hablando de Alvin M. Weinberg, uno de los más célebres iIillovadores nucleares, Jungk señala:
"Weinberg se ha comparado con Mefistófeles, el tentador diabólico. En 1973 en una controversia que tuvo lugar en Luxemburgo, dejó entender que conocía una versión de la tragedia en la que Fausto
concluía un pacto no con el diablo, sino con Dios."]
 
Interludio
 
En una facultad de Física de una universidad europea, una mano anónima escribió en una pared: “Dios ha muerto, viva el átomo”. La intención del aprendiz de Niezstche atómico debía de ser blasfema, pero si la tomamos literalmente, describe de forma paródica el culto al átomo de los nuevos clérigos. Como los sacerdotes, son celosos custodios de lo que monopolizan y les da poder. Dios y el átomo pueden ser intercambiables, al fin y al cabo, Sodoma y Gomorra fueron reeditadas en el siglo pasado con el bombadeo de dos ciudades japonesas.
 

Tal vez, sea este ocultismo el lado más pintoresco de la jerarquía científica dentro de la

nueva estructura del poder. Mientras el conocimiento científico general tiene pánico al misterio, la nucleocracia hace de él parte de su liturgia, lo cual es chocante. Al fin y al cabo, la tecnología de la bomba podía justificar

su secretismo y sus prerrogativas en la época de la guerra fría, por motivos obvios. Pero

más allá de eso, la tecnología nuclear supone una especialización del conocimiento y

una concentración de la responsabilidad de la gestión, que anula cualquier decisión

política ante los imperativos técnicos.

En cuanto a la relación entre ciencia y poder atómico, los autores del libro Les

servitudes de la puissance establecen algunos rasgos destacables que nos interesa

enumerar aquí.

En primer lugar, en la industria nuclear aparecen dos clases muy diferenciadas

de trabajadores. Por un 1ado, trabajadores sin apenas cualificación, por otro lado, los

científicos. Los autores vienen a decir que los técnicos y operarios intermedios tienden a

desaparecer. La gestión pasa a manos de los "hombres de ciencia", normalmente, los

fisicos. El trabajo alcanza un grado de abstracción máximo. Se crea una élite nuclear

directiva. "El proceso de trabajo energético se convierte el algo totalmente abstracto, tan

extraordinariamente fragmentado y frágil que su síntesis no es posible ni a la escala de

la central, ni a la del grupo productor de electricidad, ni siquiera totalmente a la del

Estado."

En segundo lugar, el fisico pasa a primer plano. El triunfo del nuclear supone el

ascenso imparable del físico como científico vedette en la esfera del Estado. "Militar o

civil, el nuclear habrá sido en todas partes el instrumento de la ascensión al seno de las

estructuras de Estado de la nueva élite científica de fisicos."

Finalmente, los límites entre la fábrica y el laboratorio se difuminan.

En la fábrica-laboratorio nuclear el entramado técnico y científico asegura

igualmente la mínima presencia de ejecutantes humanos, carne de cañón (de átomo mejor dicho) sometida por otro lado a

reglamentaciones tan severas que sus estatus de "trabajador libre" -que era una de las

premisas del capitalismo- se desdibuja notablemente. La adscripción a la fábrica nuclear

del operario parece indicar un retorno perverso y distorsionado de la vieja corporación

preindustrial de gremios compartimentados.

Pero la función desempeñada por la "casta" científica en el desenvolvimiento del

nuclear no podria ser entendida sin aludir a 1as estrategias y 1as imposiciones que el

Estado hace sufrir a las poblaciones. No nos convendría olvidar que el Estado nuclear,

antes que nuclear, es Estado. Fred Cottrell, en su libro clásico Energía y sociedad,

apuntaba una reflexión curiosa que tal vez tenga algo que ver con esta cuestión: " Los

valores aprendidos en la familia de los mayores y vecinos, a veces excluyen las

relaciones necesarias para la tecnología de alta energía. Tales normas pueden entorpecer

las operaciones eficientes de la empresa y, si se las cumpliese estrictamente, hasta

podrían tomar impracticable la nueva técnica. A la inversa, la adopción de nuevas reglas

imprescindibles para las nuevas técnicas, muchas veces destruye por completo el

sistema social existente. En esas circunstancias resulta casi imposible que exista una

estrecha relación entre la moralidad y la ley, entre lo que se enseña en la familia y en el

barrio y lo que exige el estado. Lo que se ha enseñado a querer a la gente choca con lo

que más adelante ésta descubre que tiene que hacer.”

Sabido es que la industria nuclear, de una forma peculiar según cada país, fue

ampliamente apoyada -o incluso generada- por el Estado. Pero tal vez, no sea esta la

cuestión más determinante. Es evidente que el Estado tendrá que obrar como garante

último, en cuestiones de seguridad, control y medidas excepcionales con respecto a la

industria nuclear, mientras que en muchos casos financia la red de infraestructuras. En

un caso de una competencia técnica tan compleja, y de un peligro tan devastador, la

imposición de la energía nuclear sólo puede ser la obra del Estado, y no de la simple “libre competencia”. Por eso la energía

nuclear es del todo ejemplar: demuestra de manera diáfana cual es el verdadero carácter

del poder público (desde luego, implicado en todas las demás elecciones técnicas e

industriales, pero aquí en una dimensión mayor).

Cuando lo que Cottrell llama "sociedades de alta energía" se abren paso en la

historia reciente, el Estado desnuda su rostro y se convierte en planificador y ejecutor de

la destrucción concienzuda de las viejas relaciones sociales. No puede actuar de otro

modo, está en su esencia, el poder público tergiversará sus intenciones, falsificará,

utilizará todos los medios para suavizar las contradicciones que surgen entre la vieja

moral relacional y las imposiciones técnicas del presente. Pero si estas contradicciones

no consiguieran ser domeñadas, se recurriría fácilmente a la fuerza armada.

La simbiosis entre poder del Estado y energía nuclear fue descrita con astucia e

ironía en el opúsculo La nuclearización del mundo:

"Así, por ejemplo, Pierre Tanguy, director del Instituto de Protección y

Seguridad Nuclear en el Comisariado de Energía Atómica, ya citados en el transcurso

del presente trabajo, quien, después de haber definido "el objetivo de la seguridad

nuclear" como "el asegurarse de que en todo momento el nivel de riesgo sea lo

suficientemente bajo para poder ser aceptado", demuestra irrefutablemente, aunque

ahorrando con amabilidad al lector toda la senda de su razonamiento, que "sólo los

poderes públicos están en condiciones de definir lo que debe ser el nivel aceptable". Por

supuesto, ya que igualmente son los únicos que disponen de informaciones completas

acerca de la naturaleza de aquello que debe ser aceptado; y por otra parte, también es ,

cierto que quien impone una cosa es quien la define, y no quien no tiene más remedio

que aceptarla. No entreteniéndonos más en la exégesis de los numerosos encantos que

encubre este lacónico enunciado, hemos comprobado que la atenta escucha de los

portavoces de la nuclearización permite que reconozcamos, por encima del guirigay más

o menos cacofónico de las argucias técnicas, el lenguaje mismo, altivo y sin réplica, del

Estado.
04/07/2006 21:59 Enlace permanente.

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