posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

El capital y la capital

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En torno al año mil comienza la llamada Revolución Urbana. La riqueza del mundo rural se transfiere lentamente hacia los castillos medievales, hasta entonces meros núcleos militares y burocráticos sin apenas actividad productiva. Se

suele creer que el feudalismo fue una larga etapa monótona, nada más lejos de esa realidad. Hubo una antigüedad tardía o postclasicismo, una Alta E.M. y una Baja E.M.

La revolución urbana fue positiva en el sentido de comenzar la emancipación de los onerosos deberes para con los señores feudales, pero siendo sinceros, el espacio de relativa libertad de que disfrutaron

los burgueses y villanos de Burgos y Villas fue breve. Se pasó de la opresión nobiliaria a la de las monarquías autoritarias en menos de 2-3 siglos, de la baja edad media al Renacimiento.

 

Mil años después la Capital, con o sin castillo, absorbe la mayor parte de la población, de los recursos y de las actividades generadoras de bienes que “no se comen” y, por tanto, pueden acumularse, que es la esencia del Capitalismo. Es decir: La Capital es El Capital y viceversa.

 

El lento proceso de transferencia comenzado en la baja edad media y el renacimiento

se acelera vertiginosamente en los siglos XIX y XX con otra revolución: la industrial. El mundo rural y el pueblo se transforman en objetos pasivos del “progreso” urbano. En este sentido no hay diferencia entre socialismo científico (¿?) y capitalismo liberal.

 

El dibujo del territorio antes del año mil era de tipo reticular: un tejido social disperso apenas centralizado. Había poblaciones, aldeas y “Ciudades” de unos miles de habitantes, pero no existían metrópolis claras (los reyes medievales no tenían sede fija, tampoco las asambleas protodemocráticas o estamentales).

En la actualidad responde a un esquema atómico: un núcleo (capital) rodeado de órbitas habitadas por pequeños electrones (pueblos reducidos a dormitorios o suministradores de ocio y mercancías). Pero, así como en la naturaleza el equilibrio entre el potencial del núcleo y de las órbitas es perfecto, a efectos territoriales el desequilibrio hace tiempo que ha superado el punto crítico. Es la “capitalitis”.

 

Desde un concepto científico de progreso hemos retrocedido. En el año mil el modelo territorial era reticular, neuronal y cuántico; en el año dos mil, es atómico y euclidiano. Sin embargo, ninguna formación política, ni siquiera las “anticapitalistas”, cuestiona este “plan suicida” pues, si hay un paradigma de lo insustentable, es la Capital.

Por desgracia los “ideopartidos” carecen del órgano para detectar el problema y planificar verdaderas soluciones.

 

Sin embargo la Ecología no es una herramienta ideológica sino lógica y, por ello, formulado como simple deseo o como propuesta política, tratará de equilibrar la diferencia de potencial entre núcleo y órbitas. La Ecología no obedece a consideraciones ideo-teo-lógicas sino científicas y lógicas. Por cierto, es la herramienta que deberían utilizar Los Verdes: la Ecología, la Ciencia de la Casa (por cierto Ecología-Economía... Economía sería la Ciencia de la Gestión de la Casa).

 

La teología de la Capital no solo ha modelado el territorio, también ha repartido los papeles económicos y sociales. Karl Marx escribió “la única cualidad del capital es su cantidad”. Lo que cuenta en las democracias capitalistas no es la gente ni su diversidad, sino la cantidad de gente. A bulto.

 

Esa es la orientación de los sistemas representativos democráticos, incluidos los de las organizaciones “anticapitalistas”. Las minorías deben ser atropelladas por las minorías con mayor o menor elegancia.

¿Pero dónde vive la mayoría de la gente? Muy fácil: en la Capital. No siempre fue así, pero sí desde el “acelerón” de la revolución industrial, paralelo a la implantación de las democracias modernas.

 

Revolución urbana, industrial y comunista es igual a Dictadura del Proletariado. Cambia comunista por capitalista y ¿qué obtienes? ¡Dictadura del Propietariado!

 

El caso de Aragón es perfecto para ilustrar la capitalitis. El 60% de la población reside en el 2% del Territorio. Es demencial.

Basta con ganar unas elecciones en Zaragoza para decidir el destino de Aragón. Según la lógica cuantitativa de la

democracia capitalista Huesca y Teruel deben superpoblarse si aspiran a decidir sobre su futuro... A esto se le llama subversión ecológica.

La superpoblación de Zaragoza ha pasado de ser la espina clavada en la mentalidad progre de los años 70 a ser una realidad aceptada por la izquierda local, que podrá criticar la Expo o el AVE en los casos más radicales, pero da por hecho que lo normal y sensato para un oscense o turolense es vivir en Zaragoza. En todo caso, podrán lamentarse de tarde en tarde por el centralismo maño, pero la cosa no pasa de eso, de lamentos. La iniciativa de las comarcas como entes con personalidad jurídica, igual en Aragón que en otras CC.AA. españolas, ha sido el parto de los montes: una burocracia más se añade a las ya existentes, repitiendo en pequeño el esquema de las provincias (disputas miserables entre pueblos para ver quién es la capital, y concentración de potestades en la mini-capital comarcal).

 

Sigamos con el capitalismo del  Gran Capital y la Gran Capital, ahora en el plano mundial. Junto al fetichismo de la Capital, el pensamiento progresista tiene otro gran dogma común a la derecha liberal-tecnocrática (tipo Club de Roma), la “Amenaza de la superpoblación”.

La acumulación de personas en megápolis ha generado la sensación de que el mundo está superpoblado, lo cual tiene una base cierta, pero no es sino la superficie del problema. En efecto, una de las obsesiones típicas de los ecologistas, petrocalípticos y demás fauna "alternativa" es el fantasma de la superpoblación. Es cierto que la población mundial hace

tiempo que sobrepasó toda dimensión razonable en términos naturales, pero el análisis cuantitativo y cientificista de la demografía nunca cuestiona realmente la superpoblación relativa:

la concentración de la gente en megaciudades monstruosas y alienantes, y la conversión del campo en  un vertedero, parque natural, territorio "virgen" o zona de ocio para urbanitas aburridos.

Hay superpoblación, por supuesto, pero si la gente estuviese dispersa y consumiese menos productos absurdos (generados en gran parte por la vida urbana moderna) la destrucción del medio sería menor. La superpoblación cuantitativa en zonas rurales provoca males como el minifundismo, la sobreexplotación del suelo fértil y la tala masiva para leña; pero es que la concentración en megápolis añade mucho más: destrucción física de enormes extensiones para edificios y carreteras, contaminación masiva a gran escala, uso de automóviles “obligado” para la población(lo que suma y sigue a la polución general)...La superpoblación relativa da la puntilla a la cuantitativa, pero los esquemas de la mayoría siguen centrados en la segunda sin preocuparse mucho de la primera; lo que es peor, se alaba acríticamente la concentración en grandes masas urbanas como parte del pack progresista.

Todo este tema de la superpoblación con su diálogo de besugos entre cristianos anticondón y progresistas neomaltusianos está viciado de antemano. La cuestión no es tanto el exceso de población cuantitativo sino

su mala distribución por mor de la acumulación de capital y de personal en ciertas zonas dentro de cada país y entre países.

El debate se vicia aún más por los visos totalitarios que adopta: por un lado, las religiones institucionales presionando de todas las formas posibles contra el control de natalidad, y por otro los tecnócratas de izquierdas y derechas promoviendo explícita o farisaicamente un control de natalidad regido, como era de esperar, por el estado o instituciones internacionales. Podemos optar, pues, entre el mandato bíblico (malinterpretado quizás)de “creced y multiplicaos” y el contramandato progresista (bondadoso pero perentorio) de “controlaos y no os multipliquéis”. En ambos casos, la responsabilidad y el autocontrol sexual de las personas (sobre todo las mujeres) queda anulado por el dominio de una elite, sea clerical o técnica, sean expertos en el más allá o el más acá del sexo.

Se dice que hemos superado los límites naturales demográficos, pero el ser humano no es un animal más; puede usar su inteligencia para superar las meras limitaciones biológicas conociendo la naturaleza y aprovechándola. Ahora bien, esta superación no puede llevar a ignorar los efectos dañinos del exceso de autonomía respecto a lo biológico.

Si no existiese el dinero, ni la propiedad privada, ni la estupidez que nos está llevando a devastar nuestro planeta, es probable que pudiésemos convivir 7000 millones de personas tranquilamente, dispersos y autoorganizados en parte en zonas rurales de densidad media y baja,

y en parte en ciudades de no más de 50.000-100.000 habitantes. Esta población podría mantenerse estable mediante un responsable control de natalidad ejercido por convicción y sin la tutela de instituciones que dictasen doctrinas sexuales rígidas (fuesen conservadoras o progresistas).

 Pero la realidad es otra. El capital sigue acumulándose y atrayendo a los átomos humanos hacia las luces brillantes de la gran ciudad.

Las emigraciones masivas dentro y fuera de países han sido verdaderas calamidades a largo plazo. Por supuesto, esto no se puede decir en los cenáculos progresistas habituales,

porque la bondad de toda emigración e inmigración es dogma de fe, porque estimula el mestizaje y todo eso.

¡No se dan cuenta de que el mestizaje que había hace 500-1000 años era lento, y por tanto permitía la adaptación a ritmo humano de la gente (guerras proto-coloniales aparte),

mientras que los enormes éxodos del mundo contemporáneo (empezando por la trata de negros y acabando con las pateras) han sido

demasiado rápidos y masivos como para no dejar traumatizados a los desplazados y a la población de acogida.

Lo negativo de las migraciones actuales no es que enciendan supuestos choques entre civilizaciones y otras paranoias xenófobas, sino que engordan el crecimiento “cancerígeno” de las grandes ciudades, en lugar de dirigirse a repoblar zonas rurales (lo cual sería menos malo en términos de carga sobre el territorio).

Urge una reruralización y una desurbanización del mundo, aunque esto suene (horror) a propaganda neoludita y algunos menten la bicha de Pol Pot. Repoblar el campo no tiene por qué ser

irse a una pseudocomuna de porreros, o corretear comiendo bayas siguiendo alguna doctrina primitivista, o renegar con rencor de todo lo que ha aportado la modernidad mientras se labra con bueyes y se escribe en tablas de arcilla....

Hay que compaginar lo mejor del mundo actual con lo aprovechable del pasado si es que pretendemos tener algún futuro como especie. Ay, pero ¿Quién señalará la desnudez del emperador?
07/07/2006 23:15 Enlace permanente.

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