posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

El mito de la automovilidad

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El automóvil, símbolo para muchos de la guerra imperialista, es paradojicamente

uno de los instrumentos que ha traído la paz a occidente.O, mejor dicho, una forma de

pacificación. A partir de la Segunda Guerra mundial las clases trabajadoreas en Europa

y Estados Unidos fueron ascendiendo poco a poco los peldaños hacia un consumo

normalizado de mercancías: vivienda urbana, electrodomésticos, refrescos, comida

industrial, cine, televisión y, por encima de todo, el automóvil y la posibilidad del

autotransporte dentro de una red de carreteras cada vez más amplia.

Es difícil valorar hasta que punto la automovilidad ofrecida por el coche privado

ha servido de recurso compensatorio para enormes sectores de la población. El

automóvil da forma a la libertad en el mundo de hoy, ya que otorga al individuo un

medio accesible de traslación de un lugar a otro en una unidad de tiempo relativamente

breve. La edad contemporánea ha liberado la posibilidad del movimiento en unas

dimensiones jamás conocidas.

Es cierto, por otro lado, que el desarrollo de la automovilidad era esencial para

fiscalizar una actividad tan básica como es el desplazamiento. Al hacer deldesplazamiento

una norma, la capacidad para valorizar el transporte se multiplicaba al

infinito, y con ello se daba vida a una nueva forma de economía, ampliando sus límites

y su densidad. La doctrina de la automovilidad está en gran manera basada sobre la

concentración productiva, la planificación urbana y la especilización laboral. Sin

embargo, esto significa sólo un primer paso de la automovilidad. Es posible recordar

todavía los grandes centros urbanos y fabriles donde la automovilidad era aún en gran

parte colectiva. A partir de Ford, no obstante, comienza a desarrollarse una nueva

época, la de la automovilidad privada, gran salto antropológico, si se nos permite la

expresión, que culminará en los años cincuenta del pasado siglo, con la extensión deÍ

uso del coche a los jóvenes y adolescentes, el apogeo de la publicidad automovilística,

las grandes congestiones de tráfico, los efectos contaminantes, las estadísticas de muerte

por accidente, etc., El automóvil privado había conquistado su lugar en la historia.

En un folleto recientemente traducido del italiano al francés con el título Automobile, pétrole,
imperialisnie (originalmente L ’Imperialismo del!’ Auto) (Parangon/Vs 2005), su autor, Hosea Jaffe,
después de hacer una análisis indiscutible de las conexiones entre petróleo, automóvil, destrucción
ecológica y capitalismo internacional, cae en un obsoleto tercermundialismo redentorista con
afirmaciones como la siguiente: "La antítesis del imperialismo del primer mundo es la liberación del
tercer mundo. Imperialismo y liberación colonial son contrarios inconciliables." Al utilizarse términos
como "imperialismo" o "colonialismo" se reduce la realidad presente a un esquema decimonónico y es
imposible pasar a comprender como se produce hoy la dominación económica y social. Para ver un
análisis crítico del concepto de "imperialismo", ver el ensayo El imperialismo, del historiador George
Lichtheim.

En 1958, el historiador Lewis Mumford alertaba sobre los peligros patentes de la

motorización privada en Estados Unidos. En un artículo publicado aquel año comenzaba

diciendo:

"Cuandoel pueblo americano,a través de su Congreso,votó recientemente-

1957- para un programa de autopistas de 26 billones de dólares, lo más compasivo es

asumir que con este acto no tenían la más remota idea de lo que estaban haciendo. En

los próximos quince años sin duda se darán cuenta; pero para entonces será demasiado

tarde para corregir todo el daño que este programa, mal concebido y absurdamente

desequilibrado,habrácausadoa nuestras ciudades y zonas de campo.,

y Mumford añadía más abajo:

"Pues el modo de vida americano de hoy día está fundado no sólo en el

transporte de motor sino en la religión del coche, y los sacrificios que las personas están

preparadas para hacer por esta religión superan los límites de la crítica racional. Tal vez

la única cosa que podría hacer entrar en razón a los americanos sería una clara

demostración del hecho de que su programa de autopistas, finalmente, barrerá el mismo

espacio de libertad que el coche privado prometía concederles."

A finales de los años cincuenta, Mumford observaba con inquietud el devastador

crecimiento de las ciudades americanas, ampliadas irracionalmente dentro de los

circuitos, de desplazamiento motorizado, atravesadas o circundadas por redes de

autovías que las convertían en infiernos invivibles. El transporte motorizado automóvil

se había desarrollado a costa de cualquier criterio de sensatez, imponiéndose sobre la

necesidad de transporte y conviertiendo ésta en una falsa necesidad más de la era

industrial. Mumfor, humanista y reformador, todavía albergaba esperanzas de que la

cultura urbana pudiera combinarse aún con un hábitat campestre y apacible, donde el

acto de caminar no estuviera proscrito o marginado por los otros medios de transporte.

Cincuenta años después de las palabras de Mumford podemos comprobar que las

ciudades, en relación con las vías de transporte, han continuado su crecimiento

irracional. La concentración de servicios ha continuado su hipertrofia y las ciudades se

han hecho inmensas, absorbiendo las barriadas y pueblos de la periferia, aumentando la

complejidad de las redes de acceso y convirtiendo los espacios urbanos en lugares

indeseables para vivir. Si muchos de los antiguos problemas no se han resuelto, otros

nuevos han venido a situarse a su lado.

Pero desde el punto de vista del empleo de la energía la automovilidad

motorizada se convierte además en un imposible para la supervivencia. Mumford

clamaba todavía, con cierta ingenuidad, por coches eléctricos de reducido tamaño. Pero

la cuestión vital consiste enprguntarse si la automovilidad motorizada es algo más que

una necesidad creada, con un precio imponderable. Resulta cómico que al coche se le

nombre "automóvil", cuando de todos los medios de traslación de la historia humana,

quizá sea el menos dotado de autonomía. En efecto, el llamado automóvil, como mero

artefacto, se inserta dentro de un orden técnico y económico que necesita movilizar

increibles fuerzas materiales, políticas, ingenieriles, legislativas, etc., para poder circular

por una carretera. Su capacidad de movimiento autónomo es una ficción que ha

necesitado transformar el mundo, hacerlo a su medida, para que resulte creible. La

expansión interior del vehículo automóvil se acompaña por una violencia creciente en

los límites externos de la vida social y económica (contaminación mortífera, accidentes,

guerra, inflación, derroche energético, alienación, etc.,). Es decir, que a medida que se

consolida el uso del automóvil en la vida diaria de las poblaciones de muchos países,

crece la espiral de absurdos amenazantes de la economía política del atuomóvil, sin ver

que los costes que se acumulan por dicho uso no son externos, sino que conforman el

carácter suicida de la movilidad y el transporte de la sociedad contemporánea. Cuanto

más cotidiano, cercano, hogareño y práctico se vuelve el automóvil más nos oculta el

perímetro destructivo que difunde. La automovilidad ficticia que proporciona el

automóvil oculta la peligrosidad y la dependencia que constituye nuestro mundo

moderno, sometido a los imperativos despóticos de dicha autonomía. La energía

empleada, de manera global, en la actividad de transporte de personas y mercancías

constituye además un inmenso dislate social y económico, pero dado que además dicha

energía proviene de fuentesagotables, el absurdo se revela mayor, al aceptar que el

elemento dinamizador de la actividad económica, el transporte motorizado, tiene un

futuro más que sombrío. Por otro lado, es un lugar común constatar que la participación

muy importante en la contaminación biosférica del transporte motorizado barre

cualquier duda que pudiera quedar en cuanto a la rentabilidad de dicho medio de

transporte. La automovilidad no ha surgido de ninguna necesidad común, consensuada,

racional, que una sociedad determinada pudiera plantearse, ha sido sólo un lujo

demencial ejercido por las poblaciones de ciertas zonas de los países desarrollados, a

costa del saqueo de otras poblaciones y zonas naturales, y a costa también de la propia

alienación a un objeto de consumo suntuario. La automovilidad ha sido el privilegio de

una sociedad embriagada de poder, una guerra relámpago que ha durado poco más de

un siglo y que ha hecho más profunda la brecha de la iniquidad y del deterioro físico del

entorno. Y decimos premeditadamente "ha sido", pues aunque la automovilidad pueda

todavía prolongar su reinado durante algunas décadas, su existencia está herida de

muerte: a pesar de los esfuerzos descomunales de la propaganda apologética, la

automovilidad ha recorrido ya hasta el final su trayecto de destrucción. En tomo al

automóvil se ciernen ya los demonios desatados que preparan su final (encarecimiento

del combustible y caos ecológico, sobre todo). El automóvil ha sido la máquina de

guerra que ha envuelo al occidente desarrollado en una paz autoindulgente e insensata;

la paz del week-end, de la escpada en automóvil hacia la playa o la montaña, la paz

blindada por el control armado de países remotos.

La extensión del automóvil ha profundizado un sistema de vida cada vez más

ajeno a los efectos de la economía de guerra que aquel necesita para su mantenimiento.

Esta situación desplegará inevitablemente todas sus contradicciones a lo largo del

presente siglo.
 
Colectivo ADL
29/12/2006 23:57 Enlace permanente.

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