posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

Contra el mad maxismo iluso

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[¿Una gran implosión redentora?]
(...)
 
Sin embargo, mezclado con estos miedos y esta demanda de protección existe también el deseo, apenas secreto, de que, por fin, pase algo que aclare y simplifique de una vez por todas, aunque derive en la brutalidad y en la penuria, este mundo incomprensible en el que la avalancha de acontecimientos, su confusión inextricable, va más rápido que cualquier reacción y pensamiento. En la idea de una catástrofe, al fin total, de una «gran implosión», se refugia la esperanza de que un acontecimiento decisivo, irrevocable, del que sólo habría que esperar que ocurriese, nos haga salir de la descomposición de todo, de sus combinaciones imprevisibles, de sus efectos omnipresentes e inasequibles que cada uno no tenga más remedio que determinarse, reinventar la vida a partir de las primeras necesidades, de las necesidades elementales, que, entonces, ocuparían el primer plano. Esperar que el hecho de traspasar un umbral de degradación de la vida rompa la adhesión colectiva y la dependencia con respecto a la dominación, obligando a los hombres a la autonomía, es desconocer que sólo el simple hecho de percibir que se ha traspasado un umbral, sin ni siquiera hablar de ver en ello una obligación de liberarse, requeriría no haber sido corrompido por todo lo que ha conducido a esa situación; es no querer reconocer que la habituación a las condiciones catastróficas es un proceso, comenzado hace tiempo, que permite, de alguna manera, por su propia inercia, cuando se franquea un umbral un tanto brutalmente en medio del deterioro, acomodarse mal que bien a él (se ha visto perfectamente después de Chernóbil; es decir, que no se ha visto nada). E incluso un derrumbamiento repentino y completo de las condiciones de supervivencia, ¿qué efecto emancipador podría tener?. Las rupturas violentas de la rutina que se producirán, sin duda, en los próximos años, más bien empujarán la inconsciencia hacia las formas de protección disponibles, estatales u otras. No se puede esperar de una buena catástrofe que ilumine a la gente sobre la realidad del mundo en el que viven  (son aproximadamente los mismos términos de Orwell), sino que todas las razones apuntan a temer que, ante las calamidades inauditas que van a desencadenarse, el pánico refuerce las identificaciones y los lazos colectivos fundados sobre la falsa conciencia. Ya estamos viendo cómo esa necesidad de protección resucita antiguos modelos de vínculos y de pertenencias, de clan, raciales, religiosos; los fantasmas de todas las alienaciones del pasado vuelven a acosar la sociedad mundial que se vanagloriaba de haberlas superado gracias al universalismo mercantil. En realidad el derrumbamiento interior de los hombres condicionados por la sociedad industrial de masas ha tomado tales proporciones que ya no se pueden hacer hipótesis serias sobre sus reacciones futuras: una conciencia, o una neoconciencia si se quiere, privada de la dimensión del tiempo (sin que ello deje de considerarse como normal, puesto que está adaptada a las mil maravillas a la vida impuesta y que, de algún modo, a ella, todo le da la razón), es por naturaleza imprevisible. No se puede razonar sobre la sinrazón. Esperar una catástrofe, un autoderrumbamiento libertador del sistema técnico no es más que el reflejo invertido de aquella esperanza que cuenta con ese mismo sistema técnico para hacer llegar positivamente la posibilidad de una emancipación: en ambos casos se disimula el hecho de que, bajo la acción del condicionamiento técnico, han justamente desaparecido los individuos que sabrían cómo utilizar esa posibilidad o esa ocasión; así, uno se ahorra el esfuerzo de ser alguno de esos individuos. Quienes quieren la libertad sin esfuerzo, manifiestan que no la merecen.

El abismo se repuebla, Jaime Semprun. Précipité editorial. Junio
de 2002. Págs 94-97.
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GEP: Sin que estemos de acuerdo con todo el discurso neoludista de este señor, es muy pertinente su denuncia del mesianismo catastrofista que circula en el grotesco submundo de los “anarcoprimitivistas” y otras movidas mad maxeras (de izquierdas o derechas, qué más da). Sin una preparación previa colectiva no hay esperanza posible de superar las miserias actuales hacia algo mejor, sino en el menos malo de los casos, una reedición cutre de la edad media o del despotismo oriental (en el peor, el poscapitalismo de Barter Town y la neobarbarie de los aprendices de Humungus). El último hombre niezstcheano, el tipo porcino bien ahito, no se va a convertir en un ‘hombre nuevo’ fraternal cuando tenga el estómago vacío, ni mucho menos.
30/10/2007 17:28 Enlace permanente.

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Autor: tupolev 95

Sí los fantasmas regresan, no tienes màs que poner la COPE para ver a todos estos fantasmas. Qué necio el radical que espera desastres para asaltar el palacio de invierno. Con las tripas vacías, la clase media serguirá al Duce o al Fuhrer de turno s poco que no nos espabilemos.

Fecha: 05/11/2007 08:02.


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