posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

La multiplicación del dinero

20080119190122-peak.jpgLa catedral de la estación se alzaba sobre una gran roca de color pizarra que

 

flotaba por el espacio crepuscular vacío.

 

Había aún otras islas similares, mayores o menores, que pasaban volando a

 

diferentes distancias, algunas tan lejos que no se podía distinguir lo que sucedía

 

sobre ellas, otras lo bastante cerca para poder hacerles señales. Algunas tenían la

 

misma velocidad, permanecían, por lo tanto, siempre igual de alejadas entre sí,

 

otras avanzaban más despacio o más de prisa, de manera que se adelantaban o

 

quedaban atrás hasta que se perdían de vista. La mayoría parecían deshabitadas o

 

estaban oscuras, en todo caso sólo unas pocas estaban iluminadas, como aquella

 

sobre la que estaba la catedral de la estación, una construcción babilónica de

 

desconcertantes dimensiones, lejos aún de estar terminada, como demostraban los

 

numerosos andamios. A través de los muros calados en filigrana resplandecía y

 

centelleaba la luz. Música de órgano sonaba del interior.

 

Un altavoz tronó: «¡Atención! ¡Atención! ¡Viajeros con enlace! El tren suplente

 

procedente de d sigma elevado al cuadrado hará su entrada por la vía ct a las t más

 

dt según el horario previsto... »

 

Por la nave del andén iban y venían masas humanas grises, pasaban formando ríos

 

apretados llevando cargas, gritando, gesticulando y trabándose. Aquí y allá había

 

grupos sentados en el suelo o sobre montañas de equipaje, cajas, cajones y

 

paquetes atados provisionalmente . Toda aquella gente estaba vestida con andrajos

 

sucios, chusma harapienta y mendigos piojosos, legañosos, cubiertos de costras,

 

desastrados. Sin embargo, las cestas, las maletas y los sacos que llevaban consigo

 

rebosaban de billetes de banco. Carros de equipaje que eran empujados

 

trabajosamente entre ellos estaban cargados hasta arriba con pilas de fajos de

 

billetes.

 

En el borde extremo de un andén, donde se abría una nave al exterior y una docena

 

de vías salía al espacio vacío, un bombero miraba el trajín con ojos perplejos.

 

Llevaba un uniforme azud oscuro con relucientes botones de latón, el casco con el

 

cubrenuca de cuero sobre la cabeza, la rutilante hacha niquelada en la funda del

 

cinturón. Un grueso bigote negro adornaba su labio superior.

 

Muy cerca de él, una mujer joven flaca se afanaba con una gran bolsa de viaje que

 

apenas podía arrastrar. Vestía una especie de traje de penitente, un hábito de monje

 

de pesada tela negra toda rota. La capucha enmarcaba una delgada cara pálida,

 

ascética, con ojos ardientes.

 

El bombero se acercó a la joven.

 

-¿Me permite? -preguntó-. ¿Puedo ayudarla?

 

Ella accedió asombrada a que de cogiese da bolsa y se la cargase al hombro.

 

-¿A dónde vamos?

 

-¿Oye el órgano? -dijo ella-. Pronto será mi turno. He de ir a las taquillas.

 

Él fue por delante, pasó por encima de algunas figuras miserables que dormían en

 

el suelo con la cabeza sobre fajos de billetes.

 

-¿Qué es esto? -gritó volviéndose-, quiero decir, ¿cómo se llama la estación?

 

-Estación de paso -contestó ella.

 

-¿Ah? dijo él mirándola de reojo, pues con el ruido no estaba seguro de haber

 

comprendido bien-. ¿Para usted también? Yo sólo estoy aquí de paso, ¡gracias a

 

Dios! Sólo hago aquí transbordo.

 

-Eso se lo creen todos -contestó ella -, yo también lo creía. Pero la estación de paso

 

es la estación terminal, al menos mientras no cese el jadeo éste. Y no cesa. No

 

cesa.

 

El altavoz tronó: «Trece mil setecientos once..., trece mil setecientos diez... »

 

Un grupo de seres como espantapájaros se abrió paso entre ellos separándoles.

 

Cuando la joven regresó braceando a donde estaba él, dijo atropelladamente:

 

-No llegaremos nunca. Ninguno de los que estamos aquí. Eso lo sabe usted tan

 

bien como yo, ¿verdad?

 

-¿Qué he de saber? -preguntó él, cargándose la pesada bolsa de viaje sobre el otro

 

hombro-, yo no sé nada.

 

-Que no llega ni sale ningún tren. ¡Es todo mentira!

 

-¡Tonterías! -respondió él-, yo he llegado hace poco y no tengo la intención de

 

quedarme. Aquí no se me ha perdido nada.

 

Ella soltó una risita descorazonada.

 

-¿De verdad? Eso ya se verá. ¿A dónde va usted?

 

-A una fiesta -dijo inseguro-, un desfile o algo así..., van a darme una

 

condecoración..., creo -un poco irritado, concluyó-: Perdone, pero esto no es cosa

 

suya.

 

Ambos fueron empujados de un dado a otro por dos mendigos y la joven se agarró

 

a su brazo.

 

-¡Nadie llegará! -le chilló al oído-, ¡Nadie! ¡Nadie!

 

Tuvieron que esquivar un carro de hierro de ruedas chirriantes que empujaba hacia

 

ellos un sujeto gigantesco, calvo, con la cabeza cubierta de pústulas. Sobre el carro

 

había un ataúd azul celeste de niño. La tapa estaba entreabierta, el ataúd rebosaba

 

billetes de banco. El bombero se quedó mirándolo perplejo y con la mano libre se

 

quitó de la frente el sudor que le brotó de repente. Siguió caminando a prisa y

 

apartó a su vez sin contemplaciones a un grupo de hambrientos.

 

Él y la joven habían alcanzado casi el gran arco que formaba la entrada a la nave

 

de taquillas. La música de órgano era aquí tan fuerte que resultaba difícil

 

entenderse. Cuando cesó un instante, él dijo:

 

-¿Sabe una cosa? Estoy oyendo el tictac del despertador en su bolsa de viaje.

 

Ella palideció aún más.

 

-No es un despertador -repuso secamente.

 

«Doce mil novecientos tres...», tronó el altavoz, «doce mil novecientos dos:.., doce

 

mil novecientos uno...».

 

Tras abrirse paso hasta la nave de taquillas a través de un río de gente, el bombero

 

colocó la bolsa de viaje en el suelo. Estaban uno junto ad otro, apretados contra un

 

pilar del arco de la entrada.

(continuará)

19/01/2008 19:07 Enlace permanente.

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Autor: Taren

Muy interesante y enigmático, pero últimamente teneis problemas con la edición (formato) de los textos.

Fecha: 20/01/2008 13:19.


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