posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

La multiplicación del dinero

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La nave de las taquillas era gigantesca y se perdía hacia arriba en la oscuridad. En

 

el lado izquierdo había una especie de ábside, a la derecha, a media altura, una

 

planta intermedia sobre la que se erguía, grande como una montaña, el órgano. En

 

lo alto del ábside figuraba en lugar del rosetón un gran reloj cuya esfera estaba

 

iluminada por dentro, pero faltaban las manecillas. Debajo, sobre un plano

 

elevado, estaba el altar, en cuyo centro se alzaba el tabernáculo. Tenía la forma de

 

una enorme caja de caudales con cinco cerrojos de números en la puerta,

 

ordenados como un pentagrama inverso. No sólo el altar y el tabernáculo, sino

 

cada saliente, cada balaustrada, cualquier lugar que lo permitía, estaba cubierto de

 

velas encendidas. Por todas partes la cera goteante había formado cascadas

 

solidificadas, barbas y estalactitas. Cientos de escaleras de diversa altura estaban

 

apoyadas por doquier contra las paredes. El bullir de los miserables era en esta

 

nave aún más terrible que afuera junto a las vías. La masas formaban verdaderos

 

remolinos y corrie ntes que chocaban entre sí. El aire estaba caliente como en un

 

horno, nubes de humo y polvo vagaban de un lado a otro, olía a sudor y basura.

 

Delante del altar brincaban, como en una danza ritual, algunos pobres diablos

 

vestidos con batas de color gris sucio que llegaban hasta sus tobillos, figuras

 

grotescas con narices en forma de uva, bocios, jorobas, vientres caídos, nucas

 

cubiertas de bubones, bocas desdentadas y miembros deformes. Manipulaban toda

 

clase de aparatos o hacían con los dedos señales por encima de las cabezas de la

 

multitud, como agentes de Bolsa. De cuando en cuando se abría la caja de

 

caudales, entonces caía afuera una carga de billetes en fajos. Uno de los miserables

 

tomaba un fajo, lo sostenía solemnemente en alto con ambas manos y lo mostraba

 

a la multitud. Esta caía de rodillas, el órgano rugía poderosamente y un coro de mil

 

voces gritaba: « ¡Milagro y misterio! » Los fajos eran repartidos a las primeras

 

filas de los miserables y la caja de caudales se cerraba. El ritual comenzaba de

 

nuevo. Los receptores se abrían paso entre la multitud para poner a salvo su

 

ganancia y los que venían detrás ocupaban sus puestos. Por las escaleras subían y

 

bajaban constantemente ágiles ayudantes que depositaban los fajos de billetes en

 

alguna parte en lo alto de las paredes.

 

Entonces se dio cuenta el bombero de que todos los muros, todas las columnas y

 

pilares, también el del arco de la puerta, contra el que era empujado, estaban

 

formados por estos fajos de billetes. Toda la catedral estaba construida con

 

ladrillos de dinero de papel. Y todavía se seguía construyendo más y más, pues

 

cada apertura del tabernáculo vomitaba nuevas cantidades. Los miles y miles de

 

llamas de las velas bailaban y tremolaban y la cera corría y goteaba.

 

-¡Dios del cielo! -masculló el bombero--, ¡esto va en contra de todas las normas de

 

seguridad! ¡Es una locura monstruosa!

 

Se quitó el casco y secó el cuero interior con el pañuelo. Había desabrochado su

 

chaqueta. El órgano enmudeció.

 

-¿Me haría un favor? -preguntó la joven, que le había observado en silencio-.

 

Tengo que ir un momento a la tribuna. No ’tardaré mucho. ¿Podría guardarme

 

mientras tanto mi bolsa?

 

Él asintió ausente, sin poder desprender su mirada de las in terminables filas de

 

llamas, y dijo:

 

-Esto no puede terminar bien.

 

Un tipo de aspecto ladino con un cajón de vendedor ambulante estaba de pronto

 

delante de él. Llevaba un sombrero redondo, rígido, y sus mejillas estaban tan

 

hundidas que casi parecían agujeros. En el cajón había algunas pilas de sobres

 

cerrados.

 

-¡La fortuna le persigue, señor jefe de bomberos! -dijo el tipo con una sonrisa

 

torcida -, ¡no la deje escapar! ¡No desaproveche esta ocasión única, no volverá a

 

presentarse! ¡Aproveche su oportunidad!

 

-¿La fortuna? -preguntó el bombero-. ¿Qué quiere dec ir con eso?

 

El tipo le miró con ojos torvos, sus manos pasaron nerviosamente por encima de

 

los sobres.

 

-No cuesta nada. Todo es gratis. ¡Anímese!

 

-¿Gratis? -el bombero sacudió la cabeza -. Mire, me temo que no soy lo bastante

 

rico para permitirme algo que no cuesta nada.

 

El rufián ahogó una risita.

 

-Exacto, los secretos del verdadero beneficio parecen a menudo paradójicos. ¡Pero

 

confíe en mí, señor, no se lo piense más! ¡Le prometo que pronto tendrá tanto

 

dinero que podrá permitirse el haber aceptado!

 

-¿Qué es lo que lleva ahí?

 

El granuja esbozó de nuevo la mueca de una sonrisa.

 

-Señor mío, le ofrezco aquí las últimas acciones de la catedral de la estación. Si las

 

toma, gratis como le dije, tendrá también una participación segura en la milagrosa

 

multiplicación del dinero.

 

-No, gracias -contestó el bombero--, no quiero tener una participación en eso. Sólo

 

estoy aquí de paso. Quisiera proseguir mi viaje lo más pronto posible.

 

-Eso lo querían todos -dijo el tipo-, pero luego se lo pensaron mejor. Ya ve usted

 

cuántos son los que saben ver su ventaja, y cada vez son más. Tanta gente lúcida

 

no puede equivocarse..., ¿o se considera usted mucho más inteligente?

 

-Además -prosiguió sin inmutarse el bombero-, esto no durará mucho, de todas

 

formas. Pronto encontrará un final desastroso.

 

-¡Ahí se equivoca usted! -exclamó el otro-, la milagrosa multiplicación del dinero

 

continuará siempre. No acaba nunca. Y mientras no acabe, nadie querrá irse. Y

 

mientras no quiera irse nadie, no saldrá ningún tren. ¡Todo seguirá igual! ¿Seguro

 

que no quiere un par de acciones? ¿Al menos dos o tres?

 

-¡No! -le gritó el bombero.

 

-¡Está bien, está bien! -el rufián alzó las manos con ánimo de apaciguarle -. ¡Pero

 

luego no me venga quejándose! Yo se lo he advertido.

 

Luego ahuecó el sombrero y desapareció rápidamente en la aglomeración.

 

«Diez mil setecientos nueve...», bramó el altavoz, «diez mil setecientos ocho...,

 

diez mil setecientos siete...».

 

La música del órgano volvió a sonar, esta vez amortiguada. La melodía sonaba

 

como un coral antiguo, pero sólo se oía una sola voz de mujer. Flotaba cálida y

 

fuerte por el gigantesco espacio. Nadie la escuchaba, sólo el bombero miraba

 

asombrado hacia la tribuna de donde venía. Reconoció a la joven del hábito negro,

 

que estaba allí arriba de pie, cantando junto a la barandilla.

 

-¡Una artista! -murmuró él-, ¡una verdadera artista! Nunca lo hubiese imaginado.

(Continuará)

21/01/2008 18:37 Enlace permanente.

Comentarios » Ir a formulario

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Autor: Taren

Supongo que con los nervios por la caida de la bolsa, lo de dar un formato adecuado a los textos pasa a un lugar secundario.

Fecha: 22/01/2008 18:38.



Autor: GEP

El Ibex mustio, que no perdona. La verdad que este texto estaba programado desde principios de año, pero no hay manera de ponerlo bien. Perdón.

Fecha: 22/01/2008 19:13.


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Autor: Taren

Estais perdonados.

La informática a veces es así.

Fecha: 22/01/2008 21:16.


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