posindustrialEl final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?
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La multiplicación del dinero II
La nave de las taquillas era gigantesca y se perdía hacia arriba en la oscuridad. En el lado izquierdo había una especie de ábside, a la derecha, a media altura, una planta intermedia sobre la que se erguía, grande como una montaña, el órgano. En lo alto del ábside figuraba en lugar del rosetón un gran reloj cuya esfera estaba iluminada por dentro, pero faltaban las manecillas. Debajo, sobre un plano elevado, estaba el altar, en cuyo centro se alzaba el tabernáculo. Tenía la forma de una enorme caja de caudales con cinco cerrojos de números en la puerta, ordenados como un pentagrama inverso. No sólo el altar y el tabernáculo, sino cada saliente, cada balaustrada, cualquier lugar que lo permitía, estaba cubierto de velas encendidas. Por todas partes la cera goteante había formado cascadas solidificadas, barbas y estalactitas. Cientos de escaleras de diversa altura estaban apoyadas por doquier contra las paredes. El bullir de los miserables era en esta nave aún más terrible que afuera junto a las vías. La masas formaban verdaderos remolinos y corrie ntes que chocaban entre sí. El aire estaba caliente como en un horno, nubes de humo y polvo vagaban de un lado a otro, olía a sudor y basura. Delante del altar brincaban, como en una danza ritual, algunos pobres diablos vestidos con batas de color gris sucio que llegaban hasta sus tobillos, figuras grotescas con narices en forma de uva, bocios, jorobas, vientres caídos, nucas cubiertas de bubones, bocas desdentadas y miembros deformes. Manipulaban toda clase de aparatos o hacían con los dedos señales por encima de las cabezas de la multitud, como agentes de Bolsa. De cuando en cuando se abría la caja de caudales, entonces caía afuera una carga de billetes en fajos. Uno de los miserables tomaba un fajo, lo sostenía solemnemente en alto con ambas manos y lo mostraba a la multitud. Esta caía de rodillas, el órgano rugía poderosamente y un coro de mil voces gritaba: « ¡Milagro y misterio! » Los fajos eran repartidos a las primeras filas de los miserables y la caja de caudales se cerraba. El ritual comenzaba de nuevo. Los receptores se abrían paso entre la multitud para poner a salvo su ganancia y los que venían detrás ocupaban sus puestos. Por las escaleras subían y bajaban constantemente ágiles ayudantes que depositaban los fajos de billetes en alguna parte en lo alto de las paredes. Entonces se dio cuenta el bombero de que todos los muros, todas las columnas y pilares, también el del arco de la puerta, contra el que era empujado, estaban formados por estos fajos de billetes. Toda la catedral estaba construida con ladrillos de dinero de papel. Y todavía se seguía construyendo más y más, pues cada apertura del tabernáculo vomitaba nuevas cantidades. Los miles y miles de llamas de las velas bailaban y tremolaban y la cera corría y goteaba. -¡Dios del cielo! -masculló el bombero--, ¡esto va en contra de todas las normas de seguridad! ¡Es una locura monstruosa! Se quitó el casco y secó el cuero interior con el pañuelo. Había desabrochado su chaqueta. El órgano enmudeció. -¿Me haría un favor? -preguntó la joven, que le había observado en silencio-. Tengo que ir un momento a la tribuna. No ’tardaré mucho. ¿Podría guardarme mientras tanto mi bolsa? Él asintió ausente, sin poder desprender su mirada de las in terminables filas de llamas, y dijo: -Esto no puede terminar bien. Un tipo de aspecto ladino con un cajón de vendedor ambulante estaba de pronto delante de él. Llevaba un sombrero redondo, rígido, y sus mejillas estaban tan hundidas que casi parecían agujeros. En el cajón había algunas pilas de sobres cerrados. -¡La fortuna le persigue, señor jefe de bomberos! -dijo el tipo con una sonrisa torcida -, ¡no la deje escapar! ¡No desaproveche esta ocasión única, no volverá a presentarse! ¡Aproveche su oportunidad! -¿La fortuna? -preguntó el bombero-. ¿Qué quiere dec ir con eso? El tipo le miró con ojos torvos, sus manos pasaron nerviosamente por encima de los sobres. -No cuesta nada. Todo es gratis. ¡Anímese! -¿Gratis? -el bombero sacudió la cabeza -. Mire, me temo que no soy lo bastante rico para permitirme algo que no cuesta nada. El rufián ahogó una risita. -Exacto, los secretos del verdadero beneficio parecen a menudo paradójicos. ¡Pero confíe en mí, señor, no se lo piense más! ¡Le prometo que pronto tendrá tanto dinero que podrá permitirse el haber aceptado! -¿Qué es lo que lleva ahí? El granuja esbozó de nuevo la mueca de una sonrisa. -Señor mío, le ofrezco aquí las últimas acciones de la catedral de la estación. Si las toma, gratis como le dije, tendrá también una participación segura en la milagrosa multiplicación del dinero. -No, gracias -contestó el bombero--, no quiero tener una participación en eso. Sólo estoy aquí de paso. Quisiera proseguir mi viaje lo más pronto posible. -Eso lo querían todos -dijo el tipo-, pero luego se lo pensaron mejor. Ya ve usted cuántos son los que saben ver su ventaja, y cada vez son más. Tanta gente lúcida no puede equivocarse..., ¿o se considera usted mucho más inteligente? -Además -prosiguió sin inmutarse el bombero-, esto no durará mucho, de todas formas. Pronto encontrará un final desastroso. -¡Ahí se equivoca usted! -exclamó el otro-, la milagrosa multiplicación del dinero continuará siempre. No acaba nunca. Y mientras no acabe, nadie querrá irse. Y mientras no quiera irse nadie, no saldrá ningún tren. ¡Todo seguirá igual! ¿Seguro que no quiere un par de acciones? ¿Al menos dos o tres? -¡No! -le gritó el bombero. -¡Está bien, está bien! -el rufián alzó las manos con ánimo de apaciguarle -. ¡Pero luego no me venga quejándose! Yo se lo he advertido. Luego ahuecó el sombrero y desapareció rápidamente en la aglomeración. «Diez mil setecientos nueve...», bramó el altavoz, «diez mil setecientos ocho..., diez mil setecientos siete...». La música del órgano volvió a sonar, esta vez amortiguada. La melodía sonaba como un coral antiguo, pero sólo se oía una sola voz de mujer. Flotaba cálida y fuerte por el gigantesco espacio. Nadie la escuchaba, sólo el bombero miraba asombrado hacia la tribuna de donde venía. Reconoció a la joven del hábito negro, que estaba allí arriba de pie, cantando junto a la barandilla.
-¡Una artista! -murmuró él-, ¡una verdadera artista! Nunca lo hubiese imaginado. (Continuará) 21/01/2008 18:37 Enlace permanente. Comentarios » Ir a formulario
Supongo que con los nervios por la caida de la bolsa, lo de dar un formato adecuado a los textos pasa a un lugar secundario.
Fecha: 22/01/2008 18:38.
El Ibex mustio, que no perdona. La verdad que este texto estaba programado desde principios de año, pero no hay manera de ponerlo bien. Perdón.
Fecha: 22/01/2008 19:13. |
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