posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

La multiplicación del dinero

20080125185232-peak.jpgIII

 

 

 

Estaba tan cautivado por la belleza de la voz que de momento no prestó atención a

 

las palabras de la canción. Un extraño temblor en ella le afectó casi físicamente en

 

lo más profundo de su alma. Especialmente cuando pasaba de los tonos altos a los

 

bajos se producía una pequeña ruptura histérica que le llegaba al mismísimo

 

corazón. Escuchaba entusiasmado y ahora penetraron también las palabras en su

 

conciencia:

 

Caminantes en el ajetreo del mundo

 

estamos sin meta en el tiempo.

 

Sólo a través de un amor puro desinteresado

 

llegarás al ahora y aquí.

 

Alma prepárate:

 

¡ahora y aquí es la eternidad!

 

Después la joven retrocedió y desapareció de su vista. El órgano volvió a rugir y

 

varió el tema. Al otro lado, en el altar, se abrió de nuevo el tabernáculo y paquetes

 

de billetes cayeron de él.

 

«Diez mil quinientos dieciocho...», tronaba el altavoz, «diez mil quinientos

 

diecisiete...».

 

Una mendiga con una espuerta llena de billetes apoyó al pasar la punta de una de

 

sus muletas sobre el pie del bombero y le despertó de su embeleso. Este buscó con

 

la mirada la bolsa de viaje que le había confiado la cantante y constató con espanto

 

que había desaparecido. Se abrió paso entre la multitud de los harapientos, buscó y

 

miró a su alrededor, pero no pudo descubrirla por ninguna parte. Sin duda se la

 

habían robado mientras escuchaba el cántico, tal vez ya antes, cuando el hombre

 

del tenderete le había embaucado en la conversación. Se maldijo por su falta de

 

atención. En todo caso tenía que avisar en seguida a la joven.

 

Se sumergió en la vociferante chusma, fue atrapado y arrastrado por un remolino y

 

aterrizó finalmente, braceando y empujando al pie de la escalera que conducía a la

 

tribuna. Cuando intentó subir, fue sujetado por un par de jovenzuelos de aspecto

 

malvado que antes de que pudiese darse cuenta de lo que sucedía le retorcieron los

 

brazos en la espalda.

 

-¿Eres accionista? -preguntó uno.

 

El bombero sacudió la cabeza.

 

-¿Entonces qué buscas aquí?

 

-Tengo que decirle algo a la cantante. Es urgente. ¡Hagan el favor de soltarme!

 

Los jovenzuelos intercambiaron unas miradas, luego le empujaron escaleras arriba.

 

También aquí había velas por todas partes, incluso en el pasamanos y en los

 

peldaños.

 

Arriba en el órgano estaba sentado delante del teclado un hombre fuerte, con el

 

torso desnudo, empapado en sudor. Su largo pelo gris y su barba formaban una

 

mata enmarañada, grasienta, incluso sobre los hombros y la espalda le crecía un

 

pelaje erizado. A horcajadas sobre sus rodillas, con los brazos alrededor de su

 

cuello, estaba sentada la joven. Su hábito negro estaba remangado hasta las

 

caderas, debajo estaba desnuda. Su rostro estaba inundado de sudor y lágrimas.

 

Tenía dos ojos cerrados, la boca abierta como un grito silencioso, mientras el

 

hombre trabajaba en el instrumento con grandes movimientos de brazos y piernas.

 

Las notas hacían vibrar toda la tribuna.

 

Los granujas dieron al bombero un empellón, dejándole tan cerca de da pareja que

 

su cara tocó casi la de ellos. Entonces se dio cuenta de que los dos hablaban a

 

gritos.

 

-¿Es ya de noche?

 

-Aún no, querido.

 

-En cuanto oscurezca, nos largamos.

 

-Sí, querido.

 

-No te preocupes, pequeña. Saldremos de aquí, te lo he prometido. Hasta ahora he

 

logrado salir de todas partes. En todo caso, la mayor parte de mí. En la oscuridad

 

estoy en ventaja.

 

-¡Nunca oscurecerá! -chilló ella-, ¡esto no acabará nunca! ¡Nunca llegaremos!

 

-¡Perdone! -exclamó el bombero-, yo..., yo no quisiera molestar, lo siento. Es sólo

 

por su bolsa. Desgraciadamente ha sido robada.

 

-¿Y qué? -repuso la joven sin abrir los ojos-, celebraría haberme librado de ella.

 

Por eso se la confié a usted. Pero no me servirá de nada. Siempre vuelve conmigo.

 

Ya lo he intentado todo.

 

El hombre dejó de tocar el órgano. Despacio volvió la cabeza y preguntó:

 

-¿Con quién hablas, pequeña? ¿Quién está ahí?

 

-No sé -contestó ella, aún con dos ojos cerrados-, uno cualquiera.

 

El bombero vio da cara del organista y se asustó. Las cuencas de dos ojos estaban

 

vacías, el hueso de la nariz hundido. La cicatriz de una herida terrible cruzaba la

 

cara en diagonal.

 

-Dile que desaparezca -dijo el hombre- en seguida.

 

-Sí, claro -balbució el bombero, desconcertado-, yo pensaba sólo..., por la bolsa...,

 

quizás habría que denunciarlo..., seguramente hay muchas cosas dentro..., quiero

 

decir cosas valiosas.

 

La mujer seguía hablando con los ojos cerrados.

 

-Usted oyó cómo hacía tictac, ¿verdad?

 

-Sí, sí -contestó él-, el despertador.

 

Ella movió despacio da cabeza.

 

-Una bomba. Lo que ha estado arrastrando es una bomba de relojería. Eso es todo

 

lo que hay en la bolsa.

 

El bombero tragó varias veces, antes de recuperar da voz.

 

-¡Pero..., pero uno no puede llevar algo así encima durante horas!

 

-¿Durante horas? -repitió ella y el ciego rió en silencio-. ¡Es usted un auténtico

 

bombero! Ya de he dicho que siempre vuelve conmigo. Desde hace años. Puedo

 

hacer lo que quiera. A veces estaba ya tan agotada que...

 

-¡Pero, por Dios! -la voz del bombero se quebró-. ¡La bomba puede estallar en

 

cualquier momento!

 

-Exacto -dijo ella.

 

-¡Y toda esta gente! Hay que desactivar inmediatamente este artefacto.

 

-Inténtelo dijo ella -. Para desactivar la bomba hay que abrir la bolsa. Y si se abre,

 

esta lla.

 

-Entonces hay que llevársela de aquí.

 

-¡Búsquela, ande! -contestó la mujer-. Ya verá que no sirve de nada quebrarse la

 

cabeza. Sólo cabe esperar que llegue el momento.

 

Ahora abrió por primera vez dos ojos, que estaban hinchados de llorar.

 

-Entonces -añadió en voz baja- no estaba destinada para este lugar, para esta

 

estación de paso.

 

Mientras decía eso el hombre se dejó caer con ella del banco y ambos se

 

revolcaron por el suelo de un lado a otro. Ella se aferraba con las piernas a sus

 

caderas y chillaba con dos ojos extraviados:

 

-¡Quiero llegar! ¡Es que no comprende que quiero llegar de una vez! ¡No quiero

 

nada más que eso, sólo llegar.

 

En su frenesí derribaron algunos candelabros, las vedas rodaron por el suelo

 

cubierto de billetes y salpicado de cera, que inmediatamente empezó a arder por

 

varios puntos. El bombero se arrancó la chaqueta del cuerpo y golpeó con ella las

 

llamas, pero la chaqueta también se empapó de cera líquida, inflamándose. A duras

 

penas logró apagar el fuego. Pero cuando respir ó aliviado y miró en torno suyo se

 

encontró con que estaba solo en la tribuna, ¡De mal humor contempló la chaqueta

 

maltrecha y parcialmente carbonizada!

 

-En realidad sólo pretendía hacer transbordo aquí -gruñó.

 

«Ocho mil novecientos veintisiete...», tronó el altavoz, «ocho mil novecientos

 

veintiséis..., ocho mil novecientos veinticinco... ».

 

Al otro lado, en el altar, había continuado ininterrumpidamente la milagrosa

 

multiplicación del dinero. Nadie de la multitud de mendigos había prestado

 

atención a los hechos producidos en la tribuna. En un púlpito a la izquierda del

 

altar se erguía ahora un anciano decrépito. Una descomunal nariz ganchuda daba a

 

su rostro el aspecto de un buitre. Se había colocado en la cabeza una especie de

 

mitra de papel y predicaba con amplios movimientos de brazos:

 

-¡Misterio de todos los misterios, y bienaventurado es quien participa de él! Dinero

 

es verdad, la única verdad. ¡Todos tienen que creer en ello! ¡Y que vuestra fe sea

 

inquebrantable y ciega! ¡Sólo vuestra fe lo convierte en lo que es! Pues hasta la

 

verdad es una mercancía sometida a la eterna ley de la demanda y oferta. Por eso

 

nuestro dios es un dios celoso y no tolera a ningún otro dios a su lado. Y sin

 

embargo, se ha puesto en nuestras manos y convertido en mercancía para que

 

podamos poseerlo y recibir su bendición...

 

La voz del predicador era aguda y estridente y apenas se oía en el clamor general.
25/01/2008 18:55 Enlace permanente.

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