posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

La multiplicación del dinero (desenlace)

20080128182627-peak.jpgIV

 

 

 

El bombero avanzó abriéndose paso entre la multitud. Cada vez que encontraba a

 

su alcance velas encendidas, las apagaba . Miradas asombradas y consternadas se

 

cernían sobre él. Pero no les prestó atención. Prosiguió en su empeño, aunque

 

sabía que era inútil, pues apenas había pasado de largo, las velas se encendían de

 

nuevo. Poco a poco se fue apoderando de él una furia sor da.

 

-¡El dinero lo puede todo! -gritó el predicador -, une a las personas a través del acto

 

de dar y tomar, puede transformar todo en todo, espíritu en materia y materia en

 

espíritu, convierte piedras en pan y crea valores de la nada, se autofecunda

 

eternamente, ¡es todopoderoso, es la forma bajo la que dios está entre nosotros, es

 

dios! Donde todos se enriquecen de todos, ¡se vuelven ricos todos al final! ¡Y

 

donde todos se hacen ricos a costa de todos, nadie paga los gastos! ¡Milagro de

 

milagros! Y si preguntáis, queridos creyentes, ¿de dónde viene toda esta riqueza?

 

Yo os lo digo: ¡viene de su propio beneficio futuro! Su propio provecho futuro es

 

lo que disfrutamos ahora, Cuanto más tengamos ahora, mayor será el beneficio

 

futuro, y cuanto mayor el beneficio futuro, más tendremos ahora. De esta manera

 

somos nuestros propios acreedores y nuestros propios deudores para siempre, y

 

nosotros nos perdonamos nuestras deudas, ¡amén!

 

-¡Basta! gritó el bombero subiendo la escalera del púlpito- ¡Se acabó! ¡Ya está

 

bien! ¡Silencio de una vez! Todo lo que sucede aquí es completamente

 

irresponsable. ¡Prohibo que continúe este acto! Todos los presentes deben

 

abandonar urgentemente el edificio. Existe el máximo peligro...

 

De pronto se hizo un silencio sepulcral en la gigantesca nave de taquillas.

 

-¡Un infiel! -exclamó junto al altar uno de los granujas-. ¿Cómo ha entrado aquí un

 

infiel?

 

-¿Tiene usted acciones? -le gritó el predicador.

 

-¡Eso es ahora completamente indiferente! -bramó el bombero a su vez-, ¡sean

 

razonables, en su propio interés!

 

-¡Un infiel! -aulló la multitud-, ¡un blasfemo! ¡Matadle!

 

Un tumulto enorme se desató. Figuras miserables subieron cojeando la escalera del

 

púlpito, manos agarraron al bombero, lo estrangularon, lo golpearon y arrojaron

 

por encima del antepecho del púlpito. El bombero cayó estrellándose pesadamente

 

contra el suelo, golpes de muletas y bastones llovieron sobre él, pies le propinaron

 

patadas y pisotones hasta que dejó de moverse.

 

«Seis mil trescientos catorce...», tronó el altavoz, «seis mil trescientos trece..., seis

 

mil trescientos doce...».

 

Pasó un rato antes de que el bombero recobrara el conocimiento y pudiese

 

sentarse. Le dolía la cabeza, su ojo izquierdo estaba hinchado y cerrado, sangraba

 

de la boca y la nariz. Comprobó que había perdido el casco, que la chaqueta y el

 

pantalón estaban hechos jirones. Ahora tenía también el aspecto de una de las

 

figuras miserables que pululaban alrededor suyo, pero sin preocuparse ya de él.

 

Intentó ponerse en pie, pero volvió a caerse en seguida de bruces. Todo le daba

 

vueltas y sintió náuseas. Vomitó.

 

Un poco más tarde se arrastró a gatas entre los pies de la multitud y descubrió

 

finalmente en una de las paredes un confesionario que la cera que caía había

 

convertido en una especie de gruta de estalactitas. Con gran esfuerzo se metió

 

dentro, cerró la puerta, se recostó y volvió a perder el conocimiento.

 

No sabía cuánto tiempo había estado sentado así cuando un leve ruido cerca de su

 

oído le hizo despertar. Fuera, en la nave, el clamor y los gritos seguían tan

 

violentos como antes, pero este ruido le llegaba a través de la pequeña rejilla del

 

tabique que dividía el confesionario en dos celdas, y sonaba como el desesperado

 

sollozo ahogado de un niño. Eso sorprendió al bombero, pues hasta entonces no

 

había visto niños en toda la catedral de la estación. Intentó mirar a través de los

 

agujeros de la rejilla, pero no pudo ver nada. En cambio oyó entre los sollozos

 

palabras susurradas:

 

-Dios mío, ¿dónde estás...? ¿Y dónde se ha quedado el mundo...? No puedo

 

encontrarlo..., ya no existe..., yo ya estoy muerto... y ni siquiera he nacido aún...

 

-Tú, ¿quién eres? -preguntó el bombero-. No quería escuchar, pero estaba aquí

 

todo el tiempo. ¡Perdona, por favor! Sólo quisiera decirte que esto es sólo una

 

estación de paso, es decir, hay... ¡eh, tú! ¿Me estás oyendo? ¿No quieres hablar

 

conmigo?

 

Pero el otro lado permaneció en silencio. Abrió la puerta del confesionario para

 

asomarse, pero no había nadie. En el asiento sólo estaba la pesada bolsa de viaje.

 

Lo único que le había quedado de su equipo de bombero era el hacha reluciente.

 

La sacó de la funda.

 

-¡Ni un minuto más! -dijo en voz alta-. ¡Ni un minuto más!

 

 

 

Con el dorso punzante del hacha rompió el cierre de la bolsa de viaje, luego la

 

abrió despacio y con la mayor cautela. La bolsa estaba vacía.

 

Se irguió. Sudor frío caía de sus sienes por las mejillas.

 

«Setecientos sesenta y ocho...», tronó el altavoz, «setecientos sesenta y siete...,

 

setecientos sesenta y seis...».

 

Y débilmente, pero de forma clara e inconfundible, pudo oírse detrás de la voz

 

impasible que recitaba los números el tictac, cada vez más fuerte y amenazador.

 

El bombero luchó por salir de la nave de la catedral. Un par de veces fue empujado

 

hacia atrás, pero al cabo de algún tiempo logró alcanzar los andenes. El altavoz

 

daba números ininterrumpidamente, el tictac martilleaba.

 

«Ciento cincuenta y tres..., ciento. cincuenta y dos..., ciento cincuenta y uno...,

 

ciento cincuenta..., ciento cuarenta y nueve...»

 

Cuando por fin llegó otra vez al lugar donde las vías salían al espacio vacío,

 

encontró en el suelo el hábito de penitente que había llevado la joven. Lo recogió y

 

se sentó en el borde extremo del andén.

 

A lo lejos vio otras islas que cruzaban el espacio crepuscular como nubes al

 

atardecer, algunas oscuras, otras iluminadas como aquella sobre la que se alzaba la

 

catedral de la estación.

 

-Quizás ha salido un tren, después de todo -dijo el bombero hacia el vacío- no sé a

 

dónde quería ir ella, pero a lo mejor ha llegado mientras tanto...

 

Y mientras sus manos acariciaban la pesada tela negra del traje roto, oyó cómo el

 

tictac del altavoz se hacía insoportablemente fuerte y la voz impasible recitaba los

 

últimos números:

 

«Siete..., seis..., cinco..., cuatro..., tres..., dos..., uno..., cero... »

 

 

 

ENDE, MICHAEL

EL ESPEJO EN EL ESPEJO

28/01/2008 18:30 Enlace permanente.

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Autor: tupolev 95

Catastrofista muy catastrofista. Seguro que es parte de la campaña electoral de Rajoy-modo ironico-

Fecha: 31/01/2008 13:30.



Autor: ceferino interino

No seamos rajoyes. ZP nos va a devolver 400 leurines y no hay crisis que va. El Ende es uno que habla en la COPE ¿verdad? puto país de borregos pppsoe.

Fecha: 01/02/2008 09:29.



Autor: tupolev 95

No te sulfures siempre nos quedará llamazares pffff

Fecha: 01/02/2008 12:23.



Autor: GEP

Ya nos parecía raro que este blog permaneciese incontaminado del electoralismo. A los comentarios anteriores, hemos de decir que se correponden poco con el texto literario de "ficción", pero están acertados en el contexto actual: podemos elegir entre Escila y Caribdis.

Fecha: 01/02/2008 23:22.


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