posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

En algún lugar del tercer mundo…(sigu)

20081015123515-cacharro.jpgNuestra cena fue una especie de estofado hecho con víveres donados

por los estadounidenses —qué gentil de su parte, dijimos todos—

y que resultaba aceptable a fuerza de sazonarlo en abundancia. Peter

parecía encantado de haberlo calentado correctamente y yo le

permití disfrutar de esa victoria. Nos acurrucamos en círculo frente

al fuego y hablamos de la misión, de la Zona A y de lo que nos encontraríamos

por la mañana. Mientras hablábamos, discutíamos y

planteábamos cuestiones, el marine, Charlie Banner, se mantuvo en

silencio, comiendo su rancho, mientras la luz del fuego otorgaba a

su piel oscura un aspecto suave y terso. Era tan grande como Jean-

Paul pero mientras este último era muy activo y gesticulaba mucho

cuando hablaba, como si nunca bajara de un escenario y actuara permanentemente

para nosotros, Charlie era exactamente lo contrario,

con sus movimientos lentos y metódicos, intentando mantenerse

en segundo plano. Yo siempre observaba sus ojos. Parecían haber

sido testigos de muchas experiencias, de las que nunca había hablado

con nosotros.

Terminada la cena me fui con el equipo lavavajillas; comenzamos

a traer cubos de agua caliente de una de las habitaciones del

motel y a llenar unos baldes de plástico con asas de metal. Peter, aparentemente

exhausto por sus esfuerzos culinarios, se sentó sobre el

parachoques de uno de los todoterrenos a fumar un cigarro. En uno

de mis viajes para traer agua se me unió Sanjay.

—¿Estás bien, Sam?

—Samuel —dije automáticamente.

—¿Perdón? —preguntó cortésmente.

—Samuel. Mi nombre completo. Samuel Roth Simpson.

Cogí un cubo de agua caliente del diminuto baño del motel,

observé su rostro alegre, su espeso bigote negro y luego dije:

—Lo siento. No era mi intención ladrarte de ese modo. De niño

no dejaban de llamarme Sammy o Sam o Sammy Simp. No es razón

para que me siga poniendo de mal humor, pero siempre que sea

posible prefiero que me llamen Samuel. ¿De acuerdo?

Sonrió y cogió un cubo de agua.

—De acuerdo. Entonces, ¿estás bien?

—Hasta ahora no tengo quejas —respondí. Pero, una vez

más, la noche no había hecho más que empezar.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Adelante.

Caminó conmigo hasta la puerta de la habitación vacía, avanzando

con cuidado para no derramar la preciosa carga de agua caliente.

—Es sobre Karen.

—De acuerdo.

Se volvió, ahora con aspecto avergonzado.

—Noté cómo le hablabas hace un rato. ¿Hay algo entre vosotros?

—Para nada —contesté—. ¿Por qué lo preguntas?

—Digamos que... tengo interés, eso es todo. Y no quisiera

meterme en medio si hay algo entre vosotros. Modales de caballeros,

ya sabes.

—Claro —dije mientras salía hacia el aparcamiento—. Pero

creía que estabas casado, Sanjay.

—Ah, sí —dijo sonriendo gentilmente—. Pero Nueva Delhi

está muy lejos.

—Ya lo creo que sí —contesté.

Mientras terminaba de secar los utensilios de cocina sentí una extraña

satisfacción de saber que aportaba alguna clase de servicio al grupo.

Cuando me uní a ellos casi todos llevaban meses en acción y tenían

recelos de mí y de las pocas habilidades que aparentemente podía

ofrecerles. El peor era Peter, que, aunque se mostraba extremadamente

educado y atento, siempre me producía la impresión de que

nada le haría más feliz que verme metido en el próximo avión a

Canadá. Anteriormente había intentado decirle algo al respecto y

él había contestado:

—No, no, me estás malinterpretando. No hay duda de que el

Alto Comisionado cree que eres importante y por eso estás aquí. Es

sólo que habría preferido tener un trabajador de campo... digamos

que entrenado de un modo más tradicional. Eso es todo. Por ahora.

Y si me disculpas, tengo mucho que hacer.

Pero esta noche, después de recoger los platos y colocarnos de

nuevo alrededor del fuego, que ya se extinguía, mientras Peter charlaba

animadamente con Jean-Paul, Miriam se inclinó sobre mí —aunque

lamento decir que sin que su pelo me hiciera cosquillas— y me dijo:

—Creo que Peter quiere el trabajo de Jean-Paul.

—Creo que Jean-Paul quiere las pelotas de Peter —solté yo.

—¿Pelotas? ¿Qué pelotas?

Me ruboricé levemente.

—Lo siento. Pelotas es una manera de decir testículos.

—Oh —exclamó ella—. Ésa es buena. Tendré que recordarlo.

Acto seguido se fue a buscar algo de madera de la pila que se

había levantado junto a uno de los todoterrenos. Sanjay le estaba

contando algo a Karen en voz baja que le hacía reír. Charlie se encontraba

en cuclillas junto al fuego, removiendo ociosamente las brasas

con un palo, y yo estaba a punto de levantarme de la fría silla de

plástico —comenzaba a acumularse rocío nocturno en los laterales—

cuando se oyeron ruidos a lo lejos.

Se produjo un silencio alrededor del fuego y todas las cabezas

giraron hacia el oscuro horizonte del oeste. Unas débiles explosiones,

como de petardos dentro de una lata, y ríos de luz roja y anaranjada

formando arcos que subían y bajaban en la oscuridad.

(...)(cont)

10/10/2008 17:07 Enlace permanente.

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