posindustrial

El final de una época y el inicio de otra. ¿Está usted preparado?

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Diario de un superviviente urbano y otras historias.

Ficciones verosímiles para tiempos de crisis

14/07/2008

SI YO FUERA PRESIDENTE

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Por correo privado nos han acusado alguna vez de derrotistas y de no mojarnos con medidas generales más allá del hipotético bote salvavidas.

Pues bien, aunque creemos que ya es tarde para soluciones a gran escala (que no a Gran Scala), en un ejercicio de imaginación angelical nos hemos visto gobernando, ahí es nada. Y estas son nuestras medidas para un mundo ideal:

1. Cierre de fronteras, para fomentar la autonomía (reacción: se oyen abucheos de “fachas, fachas” entre la progresía).

2. Fomento de mercados locales (abucheos de los economistas de universidad y radio).

3. Racionamiento de reservas combustibles (vaya, Fedeguico nos está acusando en la KOPER de ser hijos de Fidel Castro).

4. Energías alternativas (aplauso contenido).

5. Agroecología, prohibición de transgénicos (ahora estamos en el eje del mal).

6. Biofuel para el agro solamente. Fomento de tracción animal (la prensa nos compara con los jemeres rojos, mal asunto).

7. Racionar alimentos en caso de bloqueos, pena de cárcel a los acaparadores (aquí ya nos acusan de bolcheviques directamente).

8. Prohibir el aire acondicionado particular (protestas de la gran industria).

9. Derribo de edificios especulativos en las costas (aquí la patronal del ladrillo y toda la oposición están planeando ya la revolución naranja).

10. Voladura controlada del sector inmobiliario, rebajas razonables de precios y tope máximo en las hipotecas (la fuga de dinero a Suiza nos deja en paños menores).

11. Educación: nociones de agricultura, ganadería. FP para sectores productivos, no parasitarios (la conferencia episcopal y la prensa progre protesta por la asignatura “educación para el salvajismo”, vivir para ver).

12. Ferrocarril convencional de mercancías, cierre del AVE por excesivo (los camioneros supervivientes de la crisis del ladrillo de 2008 sabotean las líneas, es el colmo).

13. Abandono de la UE (fase avanzada de LLE) y del euro. Moneda basada en el oro/la plata y permiso para usar monedas locales (aquí directamente la “comunidad internacional” nos hace boicot y embargo, y ostras, no tenemos petróleo).

14. Inmigración controlada por cupos (las ONGs y los progres montan jaleo por las calles, eso sí, separados de las manifestaciones de las derechas por otras medidas).

15. Cooperación con países petroleros (ante colegas como Venezuela e Irán, la OTAN nos pone en la lista negra).

16. Proteccionismo conta importaciones de países lejanos (ah, nos faltaba un enemigo: los chinos).

17. Fomento de la medicina preventiva y la higiene (la empresa alemana que empieza por bilabial está financiando a la oposición, dicen).

18. Voldaura controlada del transporte por carretera (vaya, ahora los camioneros tienen el aplauso de todo el espectro político para hacer el animal, qué bien).

19. Congelación nuclear, cierre a largo plazo (claro que así no podemos amedrentar a la comunidad internacional con el juego de “tengo-no tengo la bomba”, mal negocio).

20. Eliminación de ayudas a familias numerosas (la conferencia episcopal nos manda una carta del Papa: estamos excomulgados).

21. Voladura controlada del sector turístico (las manifestaciones se vuelven millonarias).

22. Voladura controlada del sector automovilístico: hacer autobuses, trenes o aerogeneradores (las empresas que no fueron nacionalizadas a tiempo cerraron y encima los sindicatos se nos echan encima...)

23. Idem con la aeronáutica (aquí ya no nos duelen las protestas de pilotos, la verdad...)

24. Posible nacionalización de sectores económicos claves: finanzas y energía (aquí ya se forma un frente público contra los “aprendices chavistas y castristas”).

25. Desincentivar el transporte en coche privado si LLE no lo hizo antes (diversos intelectuales denuncian el fascismo del gobierno y llaman a la revuelta).

En nuestro sueño de poder y grandeza, nos echaban a los 4 meses de llegar a la Moncloa, en medio de una “revuelta popular” financiada por poderes fácticos y extranjeros, qué penica. Pero puestos a soñar...

20/06/2008

Carta desde 2070

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Ya que estamos tanto con el agua, una distopía sobre la escasez de H2O.

http://ar.geocities.com/manune2003/Historias/Agua/agua.html

16/05/2008

Podría ser un homenaje de los fans de cierta serie...

20080516085921-chatarra.jpg

...o una recreación de una situación no imposible.

(...) Matías entró a la cocina procurando hacer algo de ruido para hacer notar su presencia a Julián.

Pero éste apenas levanto un poco la mirada para observarlo. Su cara lo decía todo: algo había

pasado. Y para poner esa cara, no podía ser cualquier cosa...no cualquier cosa le sacaba a la

superficie aquella expresión a Julián. A Matías no le quedó otra que preguntar.

-¿Qué te pasó?
Julián tardó unos segundos, como si hubiera querido asimilar lo que diria. Finalmente respondió

-Tenés que prender la tele. Ahi vas a saber
-Pero...¿tan mala esta la cosa para que no me lo quieras decir?
Tras esa pregunta, Julian le dedico una fulminante pero desesperada mirada. En sus ojos

entreveía la respuesta..."si, si lo es".
-¿Pero entonces por que no estas viendo?
-Porque no tengo mas ganas de ver nada. Estuve viendo desde las 4 de la mañana y ya no quiero

saber nada mas. La apagué hace mas o menos 15 minutos.

(...)

http://apocalipsiszombie.com/index.php?option=com_smf&Itemid=35&topic=4049.0

El dilema del marinero

20080516085716-chatarra.jpg...)
estás en el fondo, después de haber recibido una carga de profundidad que te ha inutilizado.

Unos 200 m de profundidad y no hay forma de subir. El oxígeno dura para un tiempo. El dilema

es si actuar como el marinero hiperactivo y ponerse a correr de un lado para otro, con la llave

inglesa en la mano, consumiendo oxígeno como un maldito, o de pensar si no sería mejor

sentarse en un rinconcito, con la foto de la familia, a respirar poco y profundo y a recapitular la

vida pasada, a reconocer que meterse en un submarino no fue la mejor idea del mundo y a

ponerse en paz con los demás, mientras dejas al milagro exterior y desconocido, que quizá

venga en un batiscafo especial que ni siquiera sabes si existe a salvar a la tripulación. Los hay

como tu, con la llave inglesa en la mano. Yo soy más de tomar la foto de la familia, pagar unas

cañas que le debía al compañero y preguntarme ¿cómo es que pude enrolarme en este jodido

submarino de la sociedad hiperconsumista y global? No se cual de los dos será mejor. Las

películas de guerra de Hollywood tampoco aclaran el dilema del marinero hundido. A veces

esperan milagros, que incluso llegan, mientras se les exige a todos respirar poquito, tumbaditos

en el suelo. A veces el de la llave inglesa se autodispara por el lanzatorpedos con resultados

desiguales y a veces, el capitán y sus heróicos chicos de la llave inglesa, salen solos a base de

apretar tuercas, no se sabe bien de dónde. Todo depende de quien informa sobre los daños

causados por la carga de profundidad..

http://www.crisisenergetica.org/forum/viewtopic.php?showtopic=54986&fromblock=yes
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25/02/2008

10/02/2008

Spanish Jericho.

20080210180720-peak.jpgA continuación, el guión resumido de la versión española de “Jericho”

 

 

 

La España de 2020 es la heredera de los “años locos” aquella primera década del siglo XXI en la que un país al completo se volcó en el culto al ladrillo como máxima expresión de riqueza y progreso.
Miles de zulitos de hormigón salpicaron el paisaje hispano modificando la geografía social y física del territorio para siempre. Los “adosaos” invadieron las huertas y desplazaron a los cultivos, creando nuevas extensiones urbanas que fueron acorralando poco a poco a las actividades agrícola-ganaderas en escasas reservas.
Hacia 2008 el modelo comenzó a mostrar síntomas de agotamiento. Las tres industrias principales que significaban en grueso de la actividad económica: ladrillo, turismo y automóvil estaban en retroceso y el consumo interno estaba seriamente tocado.
En un primer momento, la crisis económica pareció ser “administrable” pero cuando finalmente el banco central Europeo demandó el pago de la deuda interbancaria española por parte de bancos y cajas, el gobierno tuvo que reconocer la incapacidad del país de atender las obligaciones y tuvo lugar el “Corralete español”
Por decreto se devolvió a la circulación a la peseta, que convivía con el Euro de manera extraoficial. Oficialmente estábamos expulsados del Euro y la moneda nacional volvía a ser la peseta, pero a nivel practico en cualquier sitio se admitía el pago con Euros según la tarifa de cambio oficial, cuando no la vigente en el mercado negro.
La reimplantación de la peseta había traído consigo un nuevo tipo de cambio respecto del Euro, de tal forma que salarios, precios, ahorros y deudas habían sido re-denominados en pesetas. Con esta medida se pretendía devolver una cierta capacidad de devaluación para poder mejorar la balanza de pagos exterior española, una de las más desequilibradas del mundo. Sin embargo, a pesar de la medida, la capacidad exportadora española no compensaba el crónico desequilibrio. Las materias primas habían continuado subiendo de precio conjuntamente con la energía y los manufacturados españoles no podían competir con los productos asiáticos que inundaban los mercados.

 

(...)

 

 

 

En realidad, es un texto mad maxista híbrido entre burbuja.info y crisisenergeticaorg. Y es muy dudoso que alguna productora española haga una telecomedia con esos ingredientes.

 

Si quieres seguir leyendo esta historia de sociología ficción (¿ficción?) visita a estos viejos conocidos:

 

 

 

http://www.burbuja.info/inmobiliaria/showthread.php?t=53744&highlight=Espa%F1a+hacia+2020

28/01/2008

La multiplicación del dinero (desenlace)

20080128182627-peak.jpgIV

 

 

 

El bombero avanzó abriéndose paso entre la multitud. Cada vez que encontraba a

 

su alcance velas encendidas, las apagaba . Miradas asombradas y consternadas se

 

cernían sobre él. Pero no les prestó atención. Prosiguió en su empeño, aunque

 

sabía que era inútil, pues apenas había pasado de largo, las velas se encendían de

 

nuevo. Poco a poco se fue apoderando de él una furia sor da.

 

-¡El dinero lo puede todo! -gritó el predicador -, une a las personas a través del acto

 

de dar y tomar, puede transformar todo en todo, espíritu en materia y materia en

 

espíritu, convierte piedras en pan y crea valores de la nada, se autofecunda

 

eternamente, ¡es todopoderoso, es la forma bajo la que dios está entre nosotros, es

 

dios! Donde todos se enriquecen de todos, ¡se vuelven ricos todos al final! ¡Y

 

donde todos se hacen ricos a costa de todos, nadie paga los gastos! ¡Milagro de

 

milagros! Y si preguntáis, queridos creyentes, ¿de dónde viene toda esta riqueza?

 

Yo os lo digo: ¡viene de su propio beneficio futuro! Su propio provecho futuro es

 

lo que disfrutamos ahora, Cuanto más tengamos ahora, mayor será el beneficio

 

futuro, y cuanto mayor el beneficio futuro, más tendremos ahora. De esta manera

 

somos nuestros propios acreedores y nuestros propios deudores para siempre, y

 

nosotros nos perdonamos nuestras deudas, ¡amén!

 

-¡Basta! gritó el bombero subiendo la escalera del púlpito- ¡Se acabó! ¡Ya está

 

bien! ¡Silencio de una vez! Todo lo que sucede aquí es completamente

 

irresponsable. ¡Prohibo que continúe este acto! Todos los presentes deben

 

abandonar urgentemente el edificio. Existe el máximo peligro...

 

De pronto se hizo un silencio sepulcral en la gigantesca nave de taquillas.

 

-¡Un infiel! -exclamó junto al altar uno de los granujas-. ¿Cómo ha entrado aquí un

 

infiel?

 

-¿Tiene usted acciones? -le gritó el predicador.

 

-¡Eso es ahora completamente indiferente! -bramó el bombero a su vez-, ¡sean

 

razonables, en su propio interés!

 

-¡Un infiel! -aulló la multitud-, ¡un blasfemo! ¡Matadle!

 

Un tumulto enorme se desató. Figuras miserables subieron cojeando la escalera del

 

púlpito, manos agarraron al bombero, lo estrangularon, lo golpearon y arrojaron

 

por encima del antepecho del púlpito. El bombero cayó estrellándose pesadamente

 

contra el suelo, golpes de muletas y bastones llovieron sobre él, pies le propinaron

 

patadas y pisotones hasta que dejó de moverse.

 

«Seis mil trescientos catorce...», tronó el altavoz, «seis mil trescientos trece..., seis

 

mil trescientos doce...».

 

Pasó un rato antes de que el bombero recobrara el conocimiento y pudiese

 

sentarse. Le dolía la cabeza, su ojo izquierdo estaba hinchado y cerrado, sangraba

 

de la boca y la nariz. Comprobó que había perdido el casco, que la chaqueta y el

 

pantalón estaban hechos jirones. Ahora tenía también el aspecto de una de las

 

figuras miserables que pululaban alrededor suyo, pero sin preocuparse ya de él.

 

Intentó ponerse en pie, pero volvió a caerse en seguida de bruces. Todo le daba

 

vueltas y sintió náuseas. Vomitó.

 

Un poco más tarde se arrastró a gatas entre los pies de la multitud y descubrió

 

finalmente en una de las paredes un confesionario que la cera que caía había

 

convertido en una especie de gruta de estalactitas. Con gran esfuerzo se metió

 

dentro, cerró la puerta, se recostó y volvió a perder el conocimiento.

 

No sabía cuánto tiempo había estado sentado así cuando un leve ruido cerca de su

 

oído le hizo despertar. Fuera, en la nave, el clamor y los gritos seguían tan

 

violentos como antes, pero este ruido le llegaba a través de la pequeña rejilla del

 

tabique que dividía el confesionario en dos celdas, y sonaba como el desesperado

 

sollozo ahogado de un niño. Eso sorprendió al bombero, pues hasta entonces no

 

había visto niños en toda la catedral de la estación. Intentó mirar a través de los

 

agujeros de la rejilla, pero no pudo ver nada. En cambio oyó entre los sollozos

 

palabras susurradas:

 

-Dios mío, ¿dónde estás...? ¿Y dónde se ha quedado el mundo...? No puedo

 

encontrarlo..., ya no existe..., yo ya estoy muerto... y ni siquiera he nacido aún...

 

-Tú, ¿quién eres? -preguntó el bombero-. No quería escuchar, pero estaba aquí

 

todo el tiempo. ¡Perdona, por favor! Sólo quisiera decirte que esto es sólo una

 

estación de paso, es decir, hay... ¡eh, tú! ¿Me estás oyendo? ¿No quieres hablar

 

conmigo?

 

Pero el otro lado permaneció en silencio. Abrió la puerta del confesionario para

 

asomarse, pero no había nadie. En el asiento sólo estaba la pesada bolsa de viaje.

 

Lo único que le había quedado de su equipo de bombero era el hacha reluciente.

 

La sacó de la funda.

 

-¡Ni un minuto más! -dijo en voz alta-. ¡Ni un minuto más!

 

 

 

Con el dorso punzante del hacha rompió el cierre de la bolsa de viaje, luego la

 

abrió despacio y con la mayor cautela. La bolsa estaba vacía.

 

Se irguió. Sudor frío caía de sus sienes por las mejillas.

 

«Setecientos sesenta y ocho...», tronó el altavoz, «setecientos sesenta y siete...,

 

setecientos sesenta y seis...».

 

Y débilmente, pero de forma clara e inconfundible, pudo oírse detrás de la voz

 

impasible que recitaba los números el tictac, cada vez más fuerte y amenazador.

 

El bombero luchó por salir de la nave de la catedral. Un par de veces fue empujado

 

hacia atrás, pero al cabo de algún tiempo logró alcanzar los andenes. El altavoz

 

daba números ininterrumpidamente, el tictac martilleaba.

 

«Ciento cincuenta y tres..., ciento. cincuenta y dos..., ciento cincuenta y uno...,

 

ciento cincuenta..., ciento cuarenta y nueve...»

 

Cuando por fin llegó otra vez al lugar donde las vías salían al espacio vacío,

 

encontró en el suelo el hábito de penitente que había llevado la joven. Lo recogió y

 

se sentó en el borde extremo del andén.

 

A lo lejos vio otras islas que cruzaban el espacio crepuscular como nubes al

 

atardecer, algunas oscuras, otras iluminadas como aquella sobre la que se alzaba la

 

catedral de la estación.

 

-Quizás ha salido un tren, después de todo -dijo el bombero hacia el vacío- no sé a

 

dónde quería ir ella, pero a lo mejor ha llegado mientras tanto...

 

Y mientras sus manos acariciaban la pesada tela negra del traje roto, oyó cómo el

 

tictac del altavoz se hacía insoportablemente fuerte y la voz impasible recitaba los

 

últimos números:

 

«Siete..., seis..., cinco..., cuatro..., tres..., dos..., uno..., cero... »

 

 

 

ENDE, MICHAEL

EL ESPEJO EN EL ESPEJO

25/01/2008

La multiplicación del dinero

20080125185232-peak.jpgIII

 

 

 

Estaba tan cautivado por la belleza de la voz que de momento no prestó atención a

 

las palabras de la canción. Un extraño temblor en ella le afectó casi físicamente en

 

lo más profundo de su alma. Especialmente cuando pasaba de los tonos altos a los

 

bajos se producía una pequeña ruptura histérica que le llegaba al mismísimo

 

corazón. Escuchaba entusiasmado y ahora penetraron también las palabras en su

 

conciencia:

 

Caminantes en el ajetreo del mundo

 

estamos sin meta en el tiempo.

 

Sólo a través de un amor puro desinteresado

 

llegarás al ahora y aquí.

 

Alma prepárate:

 

¡ahora y aquí es la eternidad!

 

Después la joven retrocedió y desapareció de su vista. El órgano volvió a rugir y

 

varió el tema. Al otro lado, en el altar, se abrió de nuevo el tabernáculo y paquetes

 

de billetes cayeron de él.

 

«Diez mil quinientos dieciocho...», tronaba el altavoz, «diez mil quinientos

 

diecisiete...».

 

Una mendiga con una espuerta llena de billetes apoyó al pasar la punta de una de

 

sus muletas sobre el pie del bombero y le despertó de su embeleso. Este buscó con

 

la mirada la bolsa de viaje que le había confiado la cantante y constató con espanto

 

que había desaparecido. Se abrió paso entre la multitud de los harapientos, buscó y

 

miró a su alrededor, pero no pudo descubrirla por ninguna parte. Sin duda se la

 

habían robado mientras escuchaba el cántico, tal vez ya antes, cuando el hombre

 

del tenderete le había embaucado en la conversación. Se maldijo por su falta de

 

atención. En todo caso tenía que avisar en seguida a la joven.

 

Se sumergió en la vociferante chusma, fue atrapado y arrastrado por un remolino y

 

aterrizó finalmente, braceando y empujando al pie de la escalera que conducía a la

 

tribuna. Cuando intentó subir, fue sujetado por un par de jovenzuelos de aspecto

 

malvado que antes de que pudiese darse cuenta de lo que sucedía le retorcieron los

 

brazos en la espalda.

 

-¿Eres accionista? -preguntó uno.

 

El bombero sacudió la cabeza.

 

-¿Entonces qué buscas aquí?

 

-Tengo que decirle algo a la cantante. Es urgente. ¡Hagan el favor de soltarme!

 

Los jovenzuelos intercambiaron unas miradas, luego le empujaron escaleras arriba.

 

También aquí había velas por todas partes, incluso en el pasamanos y en los

 

peldaños.

 

Arriba en el órgano estaba sentado delante del teclado un hombre fuerte, con el

 

torso desnudo, empapado en sudor. Su largo pelo gris y su barba formaban una

 

mata enmarañada, grasienta, incluso sobre los hombros y la espalda le crecía un

 

pelaje erizado. A horcajadas sobre sus rodillas, con los brazos alrededor de su

 

cuello, estaba sentada la joven. Su hábito negro estaba remangado hasta las

 

caderas, debajo estaba desnuda. Su rostro estaba inundado de sudor y lágrimas.

 

Tenía dos ojos cerrados, la boca abierta como un grito silencioso, mientras el

 

hombre trabajaba en el instrumento con grandes movimientos de brazos y piernas.

 

Las notas hacían vibrar toda la tribuna.

 

Los granujas dieron al bombero un empellón, dejándole tan cerca de da pareja que

 

su cara tocó casi la de ellos. Entonces se dio cuenta de que los dos hablaban a

 

gritos.

 

-¿Es ya de noche?

 

-Aún no, querido.

 

-En cuanto oscurezca, nos largamos.

 

-Sí, querido.

 

-No te preocupes, pequeña. Saldremos de aquí, te lo he prometido. Hasta ahora he

 

logrado salir de todas partes. En todo caso, la mayor parte de mí. En la oscuridad

 

estoy en ventaja.

 

-¡Nunca oscurecerá! -chilló ella-, ¡esto no acabará nunca! ¡Nunca llegaremos!

 

-¡Perdone! -exclamó el bombero-, yo..., yo no quisiera molestar, lo siento. Es sólo

 

por su bolsa. Desgraciadamente ha sido robada.

 

-¿Y qué? -repuso la joven sin abrir los ojos-, celebraría haberme librado de ella.

 

Por eso se la confié a usted. Pero no me servirá de nada. Siempre vuelve conmigo.

 

Ya lo he intentado todo.

 

El hombre dejó de tocar el órgano. Despacio volvió la cabeza y preguntó:

 

-¿Con quién hablas, pequeña? ¿Quién está ahí?

 

-No sé -contestó ella, aún con dos ojos cerrados-, uno cualquiera.

 

El bombero vio da cara del organista y se asustó. Las cuencas de dos ojos estaban

 

vacías, el hueso de la nariz hundido. La cicatriz de una herida terrible cruzaba la

 

cara en diagonal.

 

-Dile que desaparezca -dijo el hombre- en seguida.

 

-Sí, claro -balbució el bombero, desconcertado-, yo pensaba sólo..., por la bolsa...,

 

quizás habría que denunciarlo..., seguramente hay muchas cosas dentro..., quiero

 

decir cosas valiosas.

 

La mujer seguía hablando con los ojos cerrados.

 

-Usted oyó cómo hacía tictac, ¿verdad?

 

-Sí, sí -contestó él-, el despertador.

 

Ella movió despacio da cabeza.

 

-Una bomba. Lo que ha estado arrastrando es una bomba de relojería. Eso es todo

 

lo que hay en la bolsa.

 

El bombero tragó varias veces, antes de recuperar da voz.

 

-¡Pero..., pero uno no puede llevar algo así encima durante horas!

 

-¿Durante horas? -repitió ella y el ciego rió en silencio-. ¡Es usted un auténtico

 

bombero! Ya de he dicho que siempre vuelve conmigo. Desde hace años. Puedo

 

hacer lo que quiera. A veces estaba ya tan agotada que...

 

-¡Pero, por Dios! -la voz del bombero se quebró-. ¡La bomba puede estallar en

 

cualquier momento!

 

-Exacto -dijo ella.

 

-¡Y toda esta gente! Hay que desactivar inmediatamente este artefacto.

 

-Inténtelo dijo ella -. Para desactivar la bomba hay que abrir la bolsa. Y si se abre,

 

esta lla.

 

-Entonces hay que llevársela de aquí.

 

-¡Búsquela, ande! -contestó la mujer-. Ya verá que no sirve de nada quebrarse la

 

cabeza. Sólo cabe esperar que llegue el momento.

 

Ahora abrió por primera vez dos ojos, que estaban hinchados de llorar.

 

-Entonces -añadió en voz baja- no estaba destinada para este lugar, para esta

 

estación de paso.

 

Mientras decía eso el hombre se dejó caer con ella del banco y ambos se

 

revolcaron por el suelo de un lado a otro. Ella se aferraba con las piernas a sus

 

caderas y chillaba con dos ojos extraviados:

 

-¡Quiero llegar! ¡Es que no comprende que quiero llegar de una vez! ¡No quiero

 

nada más que eso, sólo llegar.

 

En su frenesí derribaron algunos candelabros, las vedas rodaron por el suelo

 

cubierto de billetes y salpicado de cera, que inmediatamente empezó a arder por

 

varios puntos. El bombero se arrancó la chaqueta del cuerpo y golpeó con ella las

 

llamas, pero la chaqueta también se empapó de cera líquida, inflamándose. A duras

 

penas logró apagar el fuego. Pero cuando respir ó aliviado y miró en torno suyo se

 

encontró con que estaba solo en la tribuna, ¡De mal humor contempló la chaqueta

 

maltrecha y parcialmente carbonizada!

 

-En realidad sólo pretendía hacer transbordo aquí -gruñó.

 

«Ocho mil novecientos veintisiete...», tronó el altavoz, «ocho mil novecientos

 

veintiséis..., ocho mil novecientos veinticinco... ».

 

Al otro lado, en el altar, había continuado ininterrumpidamente la milagrosa

 

multiplicación del dinero. Nadie de la multitud de mendigos había prestado

 

atención a los hechos producidos en la tribuna. En un púlpito a la izquierda del

 

altar se erguía ahora un anciano decrépito. Una descomunal nariz ganchuda daba a

 

su rostro el aspecto de un buitre. Se había colocado en la cabeza una especie de

 

mitra de papel y predicaba con amplios movimientos de brazos:

 

-¡Misterio de todos los misterios, y bienaventurado es quien participa de él! Dinero

 

es verdad, la única verdad. ¡Todos tienen que creer en ello! ¡Y que vuestra fe sea

 

inquebrantable y ciega! ¡Sólo vuestra fe lo convierte en lo que es! Pues hasta la

 

verdad es una mercancía sometida a la eterna ley de la demanda y oferta. Por eso

 

nuestro dios es un dios celoso y no tolera a ningún otro dios a su lado. Y sin

 

embargo, se ha puesto en nuestras manos y convertido en mercancía para que

 

podamos poseerlo y recibir su bendición...

 

La voz del predicador era aguda y estridente y apenas se oía en el clamor general.

21/01/2008

La multiplicación del dinero

20080121183507-peak.jpgII

 

 

 

La nave de las taquillas era gigantesca y se perdía hacia arriba en la oscuridad. En

 

el lado izquierdo había una especie de ábside, a la derecha, a media altura, una

 

planta intermedia sobre la que se erguía, grande como una montaña, el órgano. En

 

lo alto del ábside figuraba en lugar del rosetón un gran reloj cuya esfera estaba

 

iluminada por dentro, pero faltaban las manecillas. Debajo, sobre un plano

 

elevado, estaba el altar, en cuyo centro se alzaba el tabernáculo. Tenía la forma de

 

una enorme caja de caudales con cinco cerrojos de números en la puerta,

 

ordenados como un pentagrama inverso. No sólo el altar y el tabernáculo, sino

 

cada saliente, cada balaustrada, cualquier lugar que lo permitía, estaba cubierto de

 

velas encendidas. Por todas partes la cera goteante había formado cascadas

 

solidificadas, barbas y estalactitas. Cientos de escaleras de diversa altura estaban

 

apoyadas por doquier contra las paredes. El bullir de los miserables era en esta

 

nave aún más terrible que afuera junto a las vías. La masas formaban verdaderos

 

remolinos y corrie ntes que chocaban entre sí. El aire estaba caliente como en un

 

horno, nubes de humo y polvo vagaban de un lado a otro, olía a sudor y basura.

 

Delante del altar brincaban, como en una danza ritual, algunos pobres diablos

 

vestidos con batas de color gris sucio que llegaban hasta sus tobillos, figuras

 

grotescas con narices en forma de uva, bocios, jorobas, vientres caídos, nucas

 

cubiertas de bubones, bocas desdentadas y miembros deformes. Manipulaban toda

 

clase de aparatos o hacían con los dedos señales por encima de las cabezas de la

 

multitud, como agentes de Bolsa. De cuando en cuando se abría la caja de

 

caudales, entonces caía afuera una carga de billetes en fajos. Uno de los miserables

 

tomaba un fajo, lo sostenía solemnemente en alto con ambas manos y lo mostraba

 

a la multitud. Esta caía de rodillas, el órgano rugía poderosamente y un coro de mil

 

voces gritaba: « ¡Milagro y misterio! » Los fajos eran repartidos a las primeras

 

filas de los miserables y la caja de caudales se cerraba. El ritual comenzaba de

 

nuevo. Los receptores se abrían paso entre la multitud para poner a salvo su

 

ganancia y los que venían detrás ocupaban sus puestos. Por las escaleras subían y

 

bajaban constantemente ágiles ayudantes que depositaban los fajos de billetes en

 

alguna parte en lo alto de las paredes.

 

Entonces se dio cuenta el bombero de que todos los muros, todas las columnas y

 

pilares, también el del arco de la puerta, contra el que era empujado, estaban

 

formados por estos fajos de billetes. Toda la catedral estaba construida con

 

ladrillos de dinero de papel. Y todavía se seguía construyendo más y más, pues

 

cada apertura del tabernáculo vomitaba nuevas cantidades. Los miles y miles de

 

llamas de las velas bailaban y tremolaban y la cera corría y goteaba.

 

-¡Dios del cielo! -masculló el bombero--, ¡esto va en contra de todas las normas de

 

seguridad! ¡Es una locura monstruosa!

 

Se quitó el casco y secó el cuero interior con el pañuelo. Había desabrochado su

 

chaqueta. El órgano enmudeció.

 

-¿Me haría un favor? -preguntó la joven, que le había observado en silencio-.

 

Tengo que ir un momento a la tribuna. No ’tardaré mucho. ¿Podría guardarme

 

mientras tanto mi bolsa?

 

Él asintió ausente, sin poder desprender su mirada de las in terminables filas de

 

llamas, y dijo:

 

-Esto no puede terminar bien.

 

Un tipo de aspecto ladino con un cajón de vendedor ambulante estaba de pronto

 

delante de él. Llevaba un sombrero redondo, rígido, y sus mejillas estaban tan

 

hundidas que casi parecían agujeros. En el cajón había algunas pilas de sobres

 

cerrados.

 

-¡La fortuna le persigue, señor jefe de bomberos! -dijo el tipo con una sonrisa

 

torcida -, ¡no la deje escapar! ¡No desaproveche esta ocasión única, no volverá a

 

presentarse! ¡Aproveche su oportunidad!

 

-¿La fortuna? -preguntó el bombero-. ¿Qué quiere dec ir con eso?

 

El tipo le miró con ojos torvos, sus manos pasaron nerviosamente por encima de

 

los sobres.

 

-No cuesta nada. Todo es gratis. ¡Anímese!

 

-¿Gratis? -el bombero sacudió la cabeza -. Mire, me temo que no soy lo bastante

 

rico para permitirme algo que no cuesta nada.

 

El rufián ahogó una risita.

 

-Exacto, los secretos del verdadero beneficio parecen a menudo paradójicos. ¡Pero

 

confíe en mí, señor, no se lo piense más! ¡Le prometo que pronto tendrá tanto

 

dinero que podrá permitirse el haber aceptado!

 

-¿Qué es lo que lleva ahí?

 

El granuja esbozó de nuevo la mueca de una sonrisa.

 

-Señor mío, le ofrezco aquí las últimas acciones de la catedral de la estación. Si las

 

toma, gratis como le dije, tendrá también una participación segura en la milagrosa

 

multiplicación del dinero.

 

-No, gracias -contestó el bombero--, no quiero tener una participación en eso. Sólo

 

estoy aquí de paso. Quisiera proseguir mi viaje lo más pronto posible.

 

-Eso lo querían todos -dijo el tipo-, pero luego se lo pensaron mejor. Ya ve usted

 

cuántos son los que saben ver su ventaja, y cada vez son más. Tanta gente lúcida

 

no puede equivocarse..., ¿o se considera usted mucho más inteligente?

 

-Además -prosiguió sin inmutarse el bombero-, esto no durará mucho, de todas

 

formas. Pronto encontrará un final desastroso.

 

-¡Ahí se equivoca usted! -exclamó el otro-, la milagrosa multiplicación del dinero

 

continuará siempre. No acaba nunca. Y mientras no acabe, nadie querrá irse. Y

 

mientras no quiera irse nadie, no saldrá ningún tren. ¡Todo seguirá igual! ¿Seguro

 

que no quiere un par de acciones? ¿Al menos dos o tres?

 

-¡No! -le gritó el bombero.

 

-¡Está bien, está bien! -el rufián alzó las manos con ánimo de apaciguarle -. ¡Pero

 

luego no me venga quejándose! Yo se lo he advertido.

 

Luego ahuecó el sombrero y desapareció rápidamente en la aglomeración.

 

«Diez mil setecientos nueve...», bramó el altavoz, «diez mil setecientos ocho...,

 

diez mil setecientos siete...».

 

La música del órgano volvió a sonar, esta vez amortiguada. La melodía sonaba

 

como un coral antiguo, pero sólo se oía una sola voz de mujer. Flotaba cálida y

 

fuerte por el gigantesco espacio. Nadie la escuchaba, sólo el bombero miraba

 

asombrado hacia la tribuna de donde venía. Reconoció a la joven del hábito negro,

 

que estaba allí arriba de pie, cantando junto a la barandilla.

 

-¡Una artista! -murmuró él-, ¡una verdadera artista! Nunca lo hubiese imaginado.

(Continuará)

19/01/2008

La multiplicación del dinero

20080119190122-peak.jpgLa catedral de la estación se alzaba sobre una gran roca de color pizarra que

 

flotaba por el espacio crepuscular vacío.

 

Había aún otras islas similares, mayores o menores, que pasaban volando a

 

diferentes distancias, algunas tan lejos que no se podía distinguir lo que sucedía

 

sobre ellas, otras lo bastante cerca para poder hacerles señales. Algunas tenían la

 

misma velocidad, permanecían, por lo tanto, siempre igual de alejadas entre sí,

 

otras avanzaban más despacio o más de prisa, de manera que se adelantaban o

 

quedaban atrás hasta que se perdían de vista. La mayoría parecían deshabitadas o

 

estaban oscuras, en todo caso sólo unas pocas estaban iluminadas, como aquella

 

sobre la que estaba la catedral de la estación, una construcción babilónica de

 

desconcertantes dimensiones, lejos aún de estar terminada, como demostraban los

 

numerosos andamios. A través de los muros calados en filigrana resplandecía y

 

centelleaba la luz. Música de órgano sonaba del interior.

 

Un altavoz tronó: «¡Atención! ¡Atención! ¡Viajeros con enlace! El tren suplente

 

procedente de d sigma elevado al cuadrado hará su entrada por la vía ct a las t más

 

dt según el horario previsto... »

 

Por la nave del andén iban y venían masas humanas grises, pasaban formando ríos

 

apretados llevando cargas, gritando, gesticulando y trabándose. Aquí y allá había

 

grupos sentados en el suelo o sobre montañas de equipaje, cajas, cajones y

 

paquetes atados provisionalmente . Toda aquella gente estaba vestida con andrajos

 

sucios, chusma harapienta y mendigos piojosos, legañosos, cubiertos de costras,

 

desastrados. Sin embargo, las cestas, las maletas y los sacos que llevaban consigo

 

rebosaban de billetes de banco. Carros de equipaje que eran empujados

 

trabajosamente entre ellos estaban cargados hasta arriba con pilas de fajos de

 

billetes.

 

En el borde extremo de un andén, donde se abría una nave al exterior y una docena

 

de vías salía al espacio vacío, un bombero miraba el trajín con ojos perplejos.

 

Llevaba un uniforme azud oscuro con relucientes botones de latón, el casco con el

 

cubrenuca de cuero sobre la cabeza, la rutilante hacha niquelada en la funda del

 

cinturón. Un grueso bigote negro adornaba su labio superior.

 

Muy cerca de él, una mujer joven flaca se afanaba con una gran bolsa de viaje que

 

apenas podía arrastrar. Vestía una especie de traje de penitente, un hábito de monje

 

de pesada tela negra toda rota. La capucha enmarcaba una delgada cara pálida,

 

ascética, con ojos ardientes.

 

El bombero se acercó a la joven.

 

-¿Me permite? -preguntó-. ¿Puedo ayudarla?

 

Ella accedió asombrada a que de cogiese da bolsa y se la cargase al hombro.

 

-¿A dónde vamos?

 

-¿Oye el órgano? -dijo ella-. Pronto será mi turno. He de ir a las taquillas.

 

Él fue por delante, pasó por encima de algunas figuras miserables que dormían en

 

el suelo con la cabeza sobre fajos de billetes.

 

-¿Qué es esto? -gritó volviéndose-, quiero decir, ¿cómo se llama la estación?

 

-Estación de paso -contestó ella.

 

-¿Ah? dijo él mirándola de reojo, pues con el ruido no estaba seguro de haber

 

comprendido bien-. ¿Para usted también? Yo sólo estoy aquí de paso, ¡gracias a

 

Dios! Sólo hago aquí transbordo.

 

-Eso se lo creen todos -contestó ella -, yo también lo creía. Pero la estación de paso

 

es la estación terminal, al menos mientras no cese el jadeo éste. Y no cesa. No

 

cesa.

 

El altavoz tronó: «Trece mil setecientos once..., trece mil setecientos diez... »

 

Un grupo de seres como espantapájaros se abrió paso entre ellos separándoles.

 

Cuando la joven regresó braceando a donde estaba él, dijo atropelladamente:

 

-No llegaremos nunca. Ninguno de los que estamos aquí. Eso lo sabe usted tan

 

bien como yo, ¿verdad?

 

-¿Qué he de saber? -preguntó él, cargándose la pesada bolsa de viaje sobre el otro

 

hombro-, yo no sé nada.

 

-Que no llega ni sale ningún tren. ¡Es todo mentira!

 

-¡Tonterías! -respondió él-, yo he llegado hace poco y no tengo la intención de

 

quedarme. Aquí no se me ha perdido nada.

 

Ella soltó una risita descorazonada.

 

-¿De verdad? Eso ya se verá. ¿A dónde va usted?

 

-A una fiesta -dijo inseguro-, un desfile o algo así..., van a darme una

 

condecoración..., creo -un poco irritado, concluyó-: Perdone, pero esto no es cosa

 

suya.

 

Ambos fueron empujados de un dado a otro por dos mendigos y la joven se agarró

 

a su brazo.

 

-¡Nadie llegará! -le chilló al oído-, ¡Nadie! ¡Nadie!

 

Tuvieron que esquivar un carro de hierro de ruedas chirriantes que empujaba hacia

 

ellos un sujeto gigantesco, calvo, con la cabeza cubierta de pústulas. Sobre el carro

 

había un ataúd azul celeste de niño. La tapa estaba entreabierta, el ataúd rebosaba

 

billetes de banco. El bombero se quedó mirándolo perplejo y con la mano libre se

 

quitó de la frente el sudor que le brotó de repente. Siguió caminando a prisa y

 

apartó a su vez sin contemplaciones a un grupo de hambrientos.

 

Él y la joven habían alcanzado casi el gran arco que formaba la entrada a la nave

 

de taquillas. La música de órgano era aquí tan fuerte que resultaba difícil

 

entenderse. Cuando cesó un instante, él dijo:

 

-¿Sabe una cosa? Estoy oyendo el tictac del despertador en su bolsa de viaje.

 

Ella palideció aún más.

 

-No es un despertador -repuso secamente.

 

«Doce mil novecientos tres...», tronó el altavoz, «doce mil novecientos dos:.., doce

 

mil novecientos uno...».

 

Tras abrirse paso hasta la nave de taquillas a través de un río de gente, el bombero

 

colocó la bolsa de viaje en el suelo. Estaban uno junto ad otro, apretados contra un

 

pilar del arco de la entrada.

(continuará)

14/01/2008

Otro que se apunta a las encuestas

20080114162236-peak.jpg
Sería interesante que votaseis en esta otra página hermana (nos guardamos el voto nuestro, lo podeis imaginar si leeis los mensajes de este blog).

 

 

 

http://cronicas-supervivencia-urbana.blogspot.com/search/label/encuesta