y muriendo, venció el dictador

La impunidad de Pinochet traspasó las barreras de la Justicia y con su muerte quedó exento de pagar por las atrocidades conocidas. Contento y sin ningún remordimiento, el Dictador murió sin cumplir condenas por sus actos, manejando una gran fortuna y recibiendo honores militares.
Los chilenos, y los que no lo somos, nos alegramos de la desaparición del atroz golpista pero a todos nos queda la pena de saber que con su muerte, ganó la batalla a la Justicia y jamás rendirá cuentas por sus actos. Sólo nos queda la esperanza de que con el tiempo se demuestre su culpabilidad y junto a su nombre se caigan todas las condecoraciones que los militares le rindan y los afines al régimen le griten.
El propio Pinochet dejó escrito en su testamento que quería ser incinerado para evitar profanaciones, qué bien sabía los odios levantados, la rabia contenida y el dolor manifiesto de tantas personas que, como último arrebato y de forma simbólica intentarían que sus restos jamás descansasen, como se merece quien no deja vivir en paz.
Y el destino, que es caprichoso y perverso, hizo coincidir su muerte con el día de los derechos humanos... derecho humano es la justicia, pero en esta ocasión, no pudo ser.