La joven voluntaria que tiene que entregarme la silla de ruedas que he reservado por teléfono atiende con mucho desparpajo a dos hombres sordomudos. Les está recomendando el recorrido que han de hacer desde el pabellón Puente donde nos encontramos, y ellos lo agradecen con un par de palmaditas en el corazón.
Ella les corresponde con una gran sonrisa y se afana en tomarme los datos antes de darme la silla. Dejo un teléfono y el número de mi tarjeta bancaria como garantía de que la devolveré en perfectas condiciones, y emprendemos con mi acompñante una jornada fantástica en la Expo. Fantástica e inimaginable, pues una reciente operación en los pies me habría impedido recorrer la Expo de no ser por la silla de ruedas.
La torre del Agua es nuestro primer destino. Antes de llegar a la puerta de entrada un voluntario se percata de mi presencia y nos indica otro acceso. Alli otra voluntria pedirá por walki un asacensor que me llevará a la sexta planta: Es el número uno, indica la muchacha.
No lo olvide y cuando quiera seguir subiendo o para descender pida que llamen al uno. El uno lo controla una voluntaria.
No quería perderme esto por nada en el mundo, en el pabellón de Aragón hay una cola inmensa, pero pero las azafatas de la entrada me indican un recorrido paralelo a la cola que está separado por una cinta roja. Sin más esperas llego al ascensor que me llevará a la magnifica exposición de la cuarta planta y, posteriormente, a la gran sala donde se exible el documnetal de Carlos Saura. El arquitecto que la diseñó tuvo presentes a los discpacitados físicos porque las sillas se mueven como pez en el agua, aunque no hay que moverse mucho porque la película se ve perfectamente desde todos los ángulos.
Con la misma suerte, subiendo y descendiendo rampas, recorro otros pabellones en cuyas entradas se agolpan los visitantes. Me ponen a refugio en una de las escasas sombras del recinto mientras mi acompañante hace cola para sacar agua de una máquina: comprala en el quiosco tienen una demora de quince minutos, pues ya es mediodia y el personal que atiende no es muy eficiente a la hora de preparar bocadillos, lo que retrasa también la venta de bebidas.
Por megafonía recomiendan constatemente tomar agua, pero las fuentes escasean y es inútil hacer acopio pues cae una sol de justicia. Si no llevara acompañante tendría bastente crudo comprar bebidas, aunque el comportamiento de la gente ante una silla de ruedas me indica que existe más empatía de la que suponía.
Ya es hora de comer y los acceso al comedor de las comunidades autónomas es un hormiguero. Cientos de personas esperan turno ambos lados, y otra vez un voluntario llega al rescate y me brinda un ascensor. Este comedor tiene los pasillos bastante anchos y pese al gentío me muevo con solutra hasta colocarme en el frente de una mesa. Es el único espacio que puedo ocupar, ya que tanto las mesas como los bancos están fijados al suelo.
El recorrido por las plazas temáticas es muy cómodo, entro y salgo, subo y bajo sin problemas. También sin problemas me enfundo el chubasquero que me entregan en el pabellón Agua Extrema, donde una voluntaría me invita a sentarme en una butaca de plástico para poner a buen recaudo de la lluvia que cae la silla de ruedas.
Todo va bien hasta llegar al pabellón de Japón: en Japón todo va muy bien. Cientos de personas componen una inmensa cola para entrar, y sin necesidad de pedirlo una azafata japonesa abre la cinta que me permite llegar a la misma puerta. Hay que esperar unos minutos hasta que termine el documental que veremos más tarde y cuando se abren las puertas hay cuatro sillas de ruedas esperando, una de ellas coupada por una adolescente.
La azafata, con un contador en la mano, invita a pasar a a cien personas. a todos les da la bienvenida mientras sonríe y cuenta. Cuando todos están instalados pasamos los de las sillas que tenemos reservadas diez localidades muy amplias con sus respectivas butacas para los acompañantes.
Ya que hemos entrado por el pabellón Puente decidimos salir por Ranillas para ver la pasarela del Voluntariado. Los voluntarios se merecen dar nombre a un puente tan espectacular porque el trabajo que desarrolan en la Expo no sé si se aprecia en todo su valor. Devolvemos la silla, y comprueban todos los datos.
Solo han pasado quince días desde la inauguración, y la Expo va sobre ruedas.
Autor: omar
Fecha: 16/07/2008 01:41.
Autor: Anónimo
Fecha: 11/11/2008 16:19.