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Resumen

  • 19/02/2012 23:09 - The artist
  • 28/02/2012 17:37 -

19/02/2012

The artist

Película sin diálogo verbal. La música, extraordinaria,  llena todo el espacio; en cada momento expresa con absoluta claridad y contundencia el contenido de las secuencias. El perro, que acompaña al protagonista hace un trabajo estupendo. El guionista ha preparado muy bien su actuación y el entrenador lo ha sabido interpretar. El lenguaje corporal y gestual de los actores, brillante.
Independiente del juicio técnico ya expresado, la lectura que realizo de la pelicula hace referencia a la evolución constante, a la adaptación necesaria que afecta a los profesionales.
El fin de una época, la obsolescencia de un sistema, la sustitución de una tecnología por otra: el coche sustituye al carro tirado por mulas, la luz eléctrica a las velas, la fotografía digital a la analógica, el ordenador sustituye a la máquina de escribir, el internet al teletipo…Las profesiones cambian. ¿Estamos atentos los profesionales a los cambios que se producen? ¿Somos tan orgullosos de creer que porque fuimos los mejores en lo nuestro, ya es suficiente? ¿Podemos dormirnos en los laureles? La formación permanente, la humildad de reconocer nuestras limitaciones y volver a reciclarnos.
En el caso que nos ocupa, hay un ángel de la guarda, una tutora, que en la sombra va realizando acciones que tratan de proteger a quien fue todo en el arte. El personaje principal es duro, su orgullo es muy fuerte, pero al final, el otro personaje, el que le sustituye, demuestra muchas más fortaleza y puede con él hasta producirse la reconversión. Estemos atentos; el cambio se sucede  más rápido de lo que creemos, las etapas se queman enseguida.

19/02/2012 23:09 #. Tema: Cine Hay 1 comentario.

28/02/2012

Moñux.

Es un día de febrero; hace buena temperatura. La tierra está seca,  se levanta polvo al pisarla. Un tractor está laborando,desterronando,o algo así. Castilla es ancha, muy ancha. En medio del paraje emerge un torreón en ruinas, como una atalaya. Data del siglo XII. En aquellos tiempos,  por allí estaba La Raya entre Aragón y Castilla. Los reyes respectivos se lo disputaban todo. Uno de esos reyes era Pedro el Cruel.

Esa tierra, en algún momento  un poco más remoto, fue un espacio habitado por pelendones y arévacos; en otra época, territorio de repoblación. Desde el torreón- Castillo le llamábamos los chicos cuando lo veíamos desde Almazán-  se ven  campos de labor, pequeños cerros y,  allá en la lejanía donde todavía llega la vista,  las sierras de la Ibérica: Urbión y Cebollera por el Norte y el Moncayo por el Este. En el sur, todavía se llega a divisar, la Sierra de Ayllón.

El pueblo, o lo que queda de él, en la ladera del montículo donde se posa el torreón;  montículo que protege de los vientos del Norte  a los pocos que allí habitan. Entre el torreón y el pueblo, la Iglesia y el cementerio adosado a la misma

 Los campos son tierra, huelen a tierra, tienen color de tierra; algunos en tonos grises, otro un poco más rojizos. La semilla está dentro, en la oscuridad, en el silencio, en lo templado  del interior; laborando y esperando el momento oportuno, la primavera, para salir a la superficie y presentarnos sus frutos.

 Los arboles, los pocos árboles de aquellos parajes, pelados, tristes,  están mimetizados en su color con el paisaje y casi se distinguen. En la desnudez del entorno, los pequeños matojos, los cardos secos arremolinados en alguna suave  ondulación que hace de refugio, esconden las entradas a los cados y madrigueras  de las liebres, sus habitantes  naturales. Las perdices están un poco más arriba, en los cerros más altos y alejados.

Hoy, en el entorno que nos movemos,  no vemos fuentes, ni humedad, ni incluso esas pequeñas arboledas que nos podían hacer vislumbrar algún manantial o curso de arroyuelo.

Echamos un último vistazo; la base de la torre está socavada. Cantos rodados sueltos,  y otros, algo  unidos todavía con una especie de argamasa natural, que aparenta piedra por la patina del tiempo, pero a punto de resquebrajarse por el paso inexorable de los años. La historia lo recogerá y  se podrá saber lo que fue (todavía lo es), pero  mucho nos tememos que Moñux dejará de ser aquello que  nos  evocaba a los que un día fuimos niños y vivíamos en Almazán, en cuanto a misterios, leyendas, sueños y elucubraciones, reconquista, pasadizos y subterráneos entre la Plaza y el Castillo.

 Esta tarde, todavía nos queda el sol. He seguido  su itinerario; he mirado a la lejanía, hacia donde discurre el Duero y he visto que poco a poco se escondía;  su tono, rojo vivo, rojo sangre, teñía todo a su alrededor. Un rayo de luz, que aparentemente procedía del exterior de la tierra, como si la tocara tangencialmente, subía hacia el firmamento, traspasando las nubes que le salían al paso e impregnándolas de unos tonos maravillosos.

 Aunque el torreón desparezca,  desde el cerro siempre nos quedarán los amaneceres y atardeceres. La naturaleza, en estado puro.

28/02/2012 17:37 #. Tema: pequeños relatos No hay comentarios. Comentar.
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