Historia. Los Sitios De Zaragoza.

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Lo importante no es vencer o ser vencido, sino el espíritu con el que luchas.
Ser invencible está en uno mismo. Lo más importante es la Fe en el triunfo y no la magnitud del problema.
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FERNANDO VII





Nació en el palacio de El Escorial, el 14 de octubre de 1784, y era el tercer hijo de Carlos y de María Luisa. A pesar de haberse criando en “casa”, careció del imprescindible cariño con que crecían los hijos de los pobres plebeyos españoles, quedando en manos exclusivamente de sus “educadores”, cual fue el caso del canónigo Escoiquiz, que le tomó de su mano y logró construir un abyecto personaje (la historia le conoce como el “rey felón”) que sirviese a sus ansias de poder, utilizable por su volubilidad para vengarse entre otros los primeros, de aquel Carlos IV, de María Luisa y de su valido Godoy, haciendo que aquel espécimen acabase siendo un frío y reservado objeto, capaz de todo y carente de sentimiento humano alguno, tal y como acabó siendo aquel monarca, tan distinto al menos a los que le habían precedido.

Los hechos de su vida desgraciadamente están ahí, escritos en muchos casos en incruentas causas abiertas a quienes más habían contribuido a devolverle al trono que había entregado en una de aquellas dobles jugadas que continuamente hacía a todos los que le rodeaban o se acercaban imprudentemente creyéndole aquel “Deseado” en el que como siempre el pueblo creía, pues ingenuamente los españoles seguían a quienes constituían entonces las clases privilegiadas, que eran los verdaderos transmisores de los intereses políticos.

Logró en una de esas trapisondas elevarse al trono de su padre, suceso que ocurrió un 19 de marzo de 1808. Desde ese día ya nadie tuvo su cabeza segura hasta que Napoleón le recluyó en aquella jaula dorada en que le retuvo hasta la celebración del tratado de Valençay, el 11 de noviembre de 1813, en que volvería a subirse al trono español.

Durante el retorno a España ya dejó entrever como venía de agradecido el personaje; los que más creían conocerle le enviaban cartas por mano de mensajeros, que curiosamente llevaban en algún caso dos cartas, una en términos sosegados por si el dador apreciaba síntomas de venir cambiado, o en términos más determinantes por si venía claramente absolutista. Entró Fernando por Figueras, el 22 de marzo de 1814, con lo que comienzan las persecuciones y la derogación del más importante código de aquellos últimos tiempos: la Constitución gaditana, promulgada en 1812, caerá en breves días bajo el hacha cercenadora del “Deseado” monarca. Los generales Porlier, Lacy, Riego y tantos otros patriotas irán subiendo a los patíbulos o cadalsos elevados por toda la geografía nacional, como fue hasta el caso de la pobre Marianita. Aquella Mariana Pineda, que en Granada, sentada junto al alfeizar de su ventana, en la tarde del 18 de marzo de 1831, bordaba letras para que en aquella bandera constitucional se leyese: Igualdad, Libertad, Ley, y que tan solo dos meses después, el 26 de mayo, a las doce de la mañana, subiría al patíbulo donde Campomonte haría girar el tornillo del férrea gargantilla.

En el palacio Real de Madrid, dos años después, el 29 de septiembre de 1833, entre las 14,15 y las 14,30 de la tarde, al decir del general Castaños, ya que «A las dos de la tarde de ayer salí de Palacio muy satisfecho con lo que los mismos médicos me habían dicho de que se notaba mejoría en la respiración de S. M. y que estaba comiendo con buen apetito, y juzga mi sorpresa cuando, al sentarme a la mesa, me participaron la muerte del Rey y la orden de ir a Palacio con los dos camaristas más antiguos.»

Esta fue la última jugarreta de Fernando VII, morirse, dejando dos hijas producto de su cuarto matrimonio con su sobrina María Cristina, y a los españoles divididos en isabelo-cristinos y carlistas, por lo que nada menos que escalonada en tres guerras, mantuvo la sangría durante otros cuarenta y dos años de luchas intestinas, por lo que la muerte como si él siguiese viviendo continuaría recorriendo España, desolando los más bellos parajes y acabando con la tranquilidad tan duramente lograda por la intervención principalmente de aquellos guerrilleros que un día cesaron en sus ocupaciones como labradores, pastores, maestros, curas, médicos y otras gentes, uniéndose bajo la sagaz dirección de algún jefe elegido por ellos mismos.


 

 

 

 

Miércoles, 31 de Marzo de 2010 22:45.

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